lunes, 29 de diciembre de 2014

La reparadora


Mi hermano me pidió un favor muy especial el otro día…

Me entregó una funda llena de pedazos de algo-que-fue-una-chiva y me dijo: “Repárela por favor”.
Y yo  asentí.

Es que yo soy la reparadora….

Comencé hace muchos años. Pero antes de llegar a serlo, tuve mi trayectoria.

Durante un tiempo fui la destructora: cogía todas mis muñecas y separaba sin piedad troncos de brazos y piernas… Con un balde lleno de incógnitas anatómicas me dirigía a mi padre, quien, extrañamente paciente, hacía pares,  deducía incongruencias y lograba rearmar  todo sin errores de proporción. Agradezco no haber tenido un padre psicoanalista, porque seguro me hubiera puesto la etiqueta  de “psicópata”... Luego tuve otra época de “reconstrucción de look”, en donde todas las muñecas súbitamente pasaron por una peluquería obligatoria y renacieron en  versión masculina, cabello corto ochentero unisex para ellas. “Nenuco” es uno/a de ellas, sobreviviente adoptado por mi sobrina Isabela y parte del séquito obligatorio de Naomi hasta la actualidad…

Y después de esa etapa de comprender cómo funciona todo… me convertí en la reparadora.

Debo confesar que el afán de reparar vino de par con el de ocultar la travesura…  Abollé las esquinas de mi armario y me dí cuenta que si le ponía un poco de témpera café ni se notaba: un poco de esmalte transparente  encima para que durara hacía la diferencia, nadie se daba cuenta. La técnica funcionaba hasta para las abolladuras del auto, cosa que me dí cuenta después, siempre y cuando no vinieran acompañadas de hundimientos o algo más grave. Reparadora de vergüenzas en esa época. Debo admitirlo.

Y luego… mis padres se dieron cuenta poco a poco de mi talento. Jarrón que se abollaba, cerámica mellada, plato decorativo roto por el gato… Yo los reparaba…

Reparar es como armar un rompecabezas: todas las piezas están regadas. Unas más grandes, otras casi en polvo. Dependiendo  de la naturaleza del objeto se usa una pega u otra: brujita, cola blanca, cemento de contacto, UHU… Dependiendo de varios factores el resultado es óptimo, o a veces no hay remedio; y dependiendo de la función del objeto la reparación es  posible o no…

Me explico: la naturaleza del objeto (cerámica, madera, papel, vidrio…) determina el tipo de tratamiento (no todo se pega con todo). Luego, depende mucho del daño inicial: si el objeto se ha trizado nada más, es más fácil repararlo. Pero si está hecho añicos (un poco como la chiva que me dio mi hermano), se debe tener mucha paciencia, mucha dedicación para poder, aún con el ligante adecuado, encontrar dónde va todo y repararlo.

Pero más allá de eso, el éxito de la reparación depende más que nada –creo yo- de la naturaleza misma del objeto original… Si uno repara un florero, su propia naturaleza hace que sea más frágil y que la reparación sea más delicada. Un florero no sólo NO debe “parecer” trizado, porque desde su concepción original está hecho para contener agua que alimente a las flores. Repararlo implica no sólo que se “vea” bien sino que pueda cumplir con su función original. ¡Es sumamente complicado!. Que algo se vea bien, es una cosa, que algo FUNCIONE bien, es ya un arte…

Y eso, no siempre se logra. Es más. Casi nunca se logra…

Creo que en el afán de llegar más allá de la simple reparación formal estudié psicología. Reparar, ser el ligante, el medio, la pega. Pero a la vez, tratar de entender el objeto original, darle su forma, permitirle ser lo que estaba destinado a ser  antes del “trauma”, antes de ser abollado por las circunstancias. Fui terapeuta algunos años… Ahora ya no lo hago, mayoritariamente porque estoy en un puesto de “planificación”, en donde se supone que “evito” que las cosas se salgan de lo planificado (¿evito el daño?) .No sé si he logrado reparar el funcionamiento de las vidas que he tocado… Lo he intentado, tanto en mi vida profesional como personal. Pero eso es demasiado complicado de saber. Sé que he intentado todos los días hacerlo, pero mi propia naturaleza humana ha invadido a veces mis intenciones y sin quererlo ha sobresalido mi mezquindad, mi egoísmo, mi rebelión…

A veces, simplemente es más fácil intentar reparar objetos que personas. Las personas son demasiado complicadas.  Conocer la naturaleza de alguien debería “ayudar a ayudar”. Pero a  veces demanda ir más allá de uno mismo, hacer un esfuerzo  para no oírnos primero, para escuchar el grito de “ayuda” que clama que nos olvidemos de nuestras necesidades para responder a las del otro, un poco como entender cuándo es necesario dar de nuestra sangre a alguien que, sin ella, se va a morir, así estemos moribundos nosotros mismos: renunciar a nuestro bienestar por el de otra persona…  aceptar estar débiles y sufrir si eso le hace bien a alguien… es complicado. Talvez ni la psicología tradicional está dispuesta a algo así. Hay que ser humanista: hay que ser Kübler-Ross, o Fromm… Nosotros, los mortales, simples personas o psicólogos que no trascenderemos… sólo repararemos lo posible dentro de nuestras manos artesanas.

 Y les cuento sobre la chiva… para los que les intriga mis reparaciones manuales…

La chiva está muy bien (enterita de nuevo). Pero como mi hermano me dijo que todos los personajes van adentro, ahora tengo atrapado dentro de un bus a un personaje que decoraba, magníficamente, la parte trasera de la chiva original. Este señor, por un error de recuerdo , se convirtió en el chofer en la reparación…

¿Será que la terapia hace lo mismo con las personas? Les hace un “upgrade” a algunos de  “pasajeros colados "a “chofer de bus”?



 

2 comentarios:

  1. Perdón que personalice tu reflexión, pero me dejaste pensando un montón, me di cuenta que soy una experta en ocultar heridas sin embargo olvide su función, como tu lo llamas el arte de reparar y más complicado en seres humanos... Me encanta tu forma de ver las cosas, aprendo cosas que no se enseñan en las aulas... :)

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