Mi hermano me pidió un favor muy especial el otro día…
Me
entregó una funda llena de pedazos de algo-que-fue-una-chiva y me dijo: “Repárela
por favor”.
Y
yo asentí.
Es que
yo soy la reparadora….
Comencé
hace muchos años. Pero antes de llegar a serlo, tuve mi trayectoria.
Durante
un tiempo fui la destructora: cogía todas mis muñecas y separaba sin piedad
troncos de brazos y piernas… Con un balde lleno de incógnitas anatómicas me
dirigía a mi padre, quien, extrañamente paciente, hacía pares, deducía incongruencias y lograba rearmar todo sin
errores de proporción. Agradezco no haber tenido un padre psicoanalista, porque
seguro me hubiera puesto la etiqueta de “psicópata”... Luego tuve otra época de “reconstrucción de
look”, en donde todas las muñecas súbitamente pasaron por una peluquería
obligatoria y renacieron en versión masculina, cabello corto ochentero unisex para ellas.
“Nenuco” es uno/a de ellas, sobreviviente adoptado por mi sobrina Isabela y parte
del séquito obligatorio de Naomi hasta la actualidad…
Y
después de esa etapa de comprender cómo funciona todo… me convertí en la
reparadora.
Debo
confesar que el afán de reparar vino de par con el de ocultar la
travesura… Abollé las esquinas de
mi armario y me dí cuenta que si le ponía un poco de témpera café ni se notaba:
un poco de esmalte transparente
encima para que durara hacía la diferencia, nadie se daba cuenta. La
técnica funcionaba hasta para las abolladuras del auto, cosa que me dí cuenta
después, siempre y cuando no vinieran acompañadas de hundimientos o algo más
grave. Reparadora de vergüenzas en esa época. Debo admitirlo.
Y
luego… mis padres se dieron cuenta poco a poco de mi talento. Jarrón que se
abollaba, cerámica mellada, plato decorativo roto por el gato… Yo los reparaba…
Reparar
es como armar un rompecabezas: todas las piezas están regadas. Unas más grandes,
otras casi en polvo. Dependiendo de la naturaleza del objeto se usa una pega u otra: brujita,
cola blanca, cemento de contacto, UHU… Dependiendo de varios factores el
resultado es óptimo, o a veces no hay remedio; y dependiendo de la función del
objeto la reparación es posible o
no…
Me
explico: la naturaleza del objeto (cerámica, madera, papel, vidrio…) determina
el tipo de tratamiento (no todo se pega con todo). Luego, depende mucho del
daño inicial: si el objeto se ha trizado nada más, es más fácil repararlo. Pero
si está hecho añicos (un poco como la chiva que me dio mi hermano), se debe
tener mucha paciencia, mucha dedicación para poder, aún con el ligante
adecuado, encontrar dónde va todo y repararlo.
Pero
más allá de eso, el éxito de la reparación depende más que nada –creo yo- de la
naturaleza misma del objeto original… Si uno repara un florero, su propia
naturaleza hace que sea más frágil y que la reparación sea más delicada. Un
florero no sólo NO debe “parecer” trizado, porque desde su concepción original
está hecho para contener agua que alimente a las flores. Repararlo implica no
sólo que se “vea” bien sino que pueda cumplir con su función original. ¡Es sumamente
complicado!. Que algo se vea bien, es una cosa, que algo FUNCIONE bien, es ya
un arte…
Y eso,
no siempre se logra. Es más. Casi nunca se logra…
Creo
que en el afán de llegar más allá de la simple reparación formal estudié
psicología. Reparar, ser el ligante, el medio, la pega. Pero a la vez, tratar
de entender el objeto original, darle su forma, permitirle ser lo que estaba
destinado a ser antes del
“trauma”, antes de ser abollado por las circunstancias. Fui terapeuta algunos
años… Ahora ya no lo hago, mayoritariamente porque estoy en un puesto de
“planificación”, en donde se supone que “evito” que las cosas se salgan de lo
planificado (¿evito el daño?) .No sé si he logrado reparar el funcionamiento de
las vidas que he tocado… Lo he intentado, tanto en mi vida profesional como
personal. Pero eso es demasiado complicado de saber. Sé que he intentado todos
los días hacerlo, pero mi propia naturaleza humana ha invadido a veces mis
intenciones y sin quererlo ha sobresalido mi mezquindad, mi egoísmo, mi
rebelión…
A veces,
simplemente es más fácil intentar reparar objetos que personas. Las personas son
demasiado complicadas. Conocer la
naturaleza de alguien debería “ayudar a ayudar”. Pero a veces demanda ir más allá de uno mismo,
hacer un esfuerzo para no oírnos
primero, para escuchar el grito de “ayuda” que clama que nos olvidemos de
nuestras necesidades para responder a las del otro, un poco como entender
cuándo es necesario dar de nuestra sangre a alguien que, sin ella, se va a
morir, así estemos moribundos nosotros mismos: renunciar a nuestro bienestar por el de otra persona… aceptar estar débiles y sufrir si eso le
hace bien a alguien… es complicado. Talvez ni la psicología tradicional está
dispuesta a algo así. Hay que ser humanista: hay que ser Kübler-Ross, o Fromm…
Nosotros, los mortales, simples personas o psicólogos que no trascenderemos… sólo
repararemos lo posible dentro de nuestras manos artesanas.
Y les cuento sobre la chiva… para los
que les intriga mis reparaciones manuales…
La
chiva está muy bien (enterita de nuevo). Pero como mi hermano me dijo que todos
los personajes van adentro, ahora tengo atrapado dentro de un bus a un
personaje que decoraba, magníficamente, la parte trasera de la chiva original. Este señor, por un error de recuerdo , se convirtió en el chofer en la reparación…
¿Será que la terapia hace lo mismo con las
personas? Les hace un “upgrade” a algunos de
“pasajeros colados "a “chofer de bus”?
Perdón que personalice tu reflexión, pero me dejaste pensando un montón, me di cuenta que soy una experta en ocultar heridas sin embargo olvide su función, como tu lo llamas el arte de reparar y más complicado en seres humanos... Me encanta tu forma de ver las cosas, aprendo cosas que no se enseñan en las aulas... :)
ResponderEliminarMuchas gracias Estefy :-)
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