El otro
día escribí sobre la diferencia de escribir las cosas de puño y letra y el
hacerlo a través de una máquina. Hoy quisiera reflexionar sobre la importancia
de la palabra en general.
« Las
palabras son aire y van al aire » según Becquer. Lo cité en otra entrada
alguna vez. En estos tiempos cada vez voy sintiendo más que las personas no le
dan importancia a lo que dicen, sin darse cuenta del peso que puede tener, en
este caso, una idea envuelta en aire. Es que las palabras, para mí, tienen un peso.
Pasa
con las promesas. Si creyera todo lo que me han prometido en los últimos 6
meses, personas con las que he interactuado de manera profunda me están “debiendo”
cosas tan eclécticas como : una salida al parque, un tamal/humita, comida
de todo origen, dibujarme, viajes de compras o a lugares exóticos, karaokes, cafés
en mi oficina, mejoras en la eficacia del trabajo, puntualidad.... Muchas de
estas cosas las proyecté en mi mente, las esperé… otras sonaron
« hueco » desde un principio y me dí cuenta que nunca se concretarían.
El punto no está ahí sin embargo (en si yo las deseaba o no). El punto está en que las personas que las emitieron nunca se hicieron cargo de la promesa.
Pasa
con los apodos. Como cuando uno le dice a alguien “el Peque” “Gordita” “Negra”.
Mi ñaño le dice a mi sobrinito “el
Peque”, y él, desde sus dos años y medio, con una sonrisa que le arrancaría un
rayo de sol al peor invierno, cuando se le pregunta quién es “el Peque”, señala
al tío (qué ironía, ¡mi ñaño
sobrepasa 1.80m!). ¿Qué pasaría sin embargo con este apodo si lo mantiene a los
20, 30 años? … seguro no diría lo mismo sobre quién es él. “Gordita” sólo funciona si la
persona es delgada (a ninguna mujer le gusta estar pasada de kilos), “Negra”
sólo para aquella que no tiene complejos raciales… Un apodo, una simple palabra, trae “cola”… Deberíamos escoger mejor
los apodos, viendo los rasgos más bonitos de una persona, no sus defectos. Para
mí, por ejemplo, mi sobrina Isabela es “la Più Bella”…
Pasa
con las bromas. Como cuando mi amiga Wilma me dijo cuando era adolescente: “Parece
que te peinó un gato”. Recuerdo sus palabras porque ese día entendí realmente
que en general, para el mundo real, un poco de mousse después de la ducha en el cabello no se
considera un peinado. Por el tono jocoso, supe que no traía “mala intención”.
Otra cosa hubiera sido si me decía sincerotamente: “Nunca te peinas”. En todo
lo que uno dice hay una parte de verdad; decirlo en tono de broma nos permite solamente vehicular mensajes que no podríamos decir de otra manera.
Pasa
con los insultos. Esta semana estamos viviendo procesos importantes con los
“clientes” en mi trabajo. Pese a la dedicación y afán que le ponemos, el
sistema se “va” (siempre me intrigó esta expresión, es como que existiera un
lugar virtual: ¿a dónde va el sistema cuando se va?), no se puede dar total
satisfacción, se generan impasses… Y lo que veo, en redes sociales, son
insultos como “incompetentes” “ineficientes” “no saben planificar” “ineptos”…
Cada una de estas pequeñas palabras, soltadas "como si nada" sin tener que dar ni
siquiera la cara, son recibidas por los que trabajamos como golpes de piedra
que lapidan nuestra motivación. ¿Quién les dijo a estas personas que la vida debe
siempre ser perfecta y plegarse a su voluntad? El mundo no es así, sólo es lo que es y detrás de todos los procesos hay seres humanos y máquinas que no funcionan al 100%. Más allá de eso, creo que hay definitivamente mejores
palabras para expresar la insatisfacción...
Hay
palabras que son más fáciles de
escribir que de pronunciar : como el “T.Q.M.”, que verbalizado se
transforma en « Te Quiero Mucho ». Ya casi nadie se atreve a
decírtelo en la cara: supongo que representa demasiado compromiso mirar a los
ojos a una persona y atreverse a pronunciarlo, tal vez equivale a “dar el pecho”
frente a la pistola… Estoy segura que ya nunca sucederá eso en esta época.
Otras palabras,
en cambio, son más difíciles de escribir que de pronunciar, porque cuando se las dice en
realidad son “aire” : no queda registro alguno, nadie graba, nadie filma…. Simplemente se desvanecen
y sufren la transformación que sufre todo recuerdo : según la
circunstancia y la necesidad, será magnificado, minimizado, modificado, impregnado para siempre o muchas veces… olvidado.
Si viéramos
a las palabras como algo tangible, talvez pensaríamos más lo que decimos : el
insulto a veces duele como un golpe, la broma disfraza verdades crueles, la promesa es casi un contrato escrito y un apodo puede ser… una
condena.
“Honra
tu palabra” debería ser un mandamiento fundamental. Desde mi punto de vista, honrar la palabra abarca la brecha entre la palabra y el acto, eso que se llama « coherencia ». Así, soy
incoherente si le digo a mi hija que no mienta y luego le pido que, cuando
suena el teléfono «diga que no estoy ». La palabra compromete al
acto, por lo menos para mí. Honrar la palabra es reflexionar antes de decir cualquier cosa. Honrar la palabra es honrarse a sí mismo, porque las palabras que decimos nos definen como personas.
Pero
bueno, ser coherente también puede ser considerado por algunos como ser de otro planeta…
Es verdad estamos viviendo en una época en que los sentimientos del otro no importan, sabemos que esas cosas molestan al otro y aún así lo decimos intencionalmente al fin y acabo ya se le pasará, es un mundo incoherente en donde exigimos cosas pero no somos capaz de darlas, herimos pero no reparamos, nos equivocamos pero no reconocemos, lanzamos indirectas en voz alta como si no las oyeran, y para empeorar justificamos todo a la emoción del momento, muy necesario está reflexión Marie France :)
ResponderEliminarEs verdad Estefy, no cuidamos lo suficiente las relaciones con los demás :-( Pero cuando ya accedemos a otro nivel de conciencia, definitivamente podemos comenzar a hacernos cargo de nosotros mismos y del respeto que les debemos al resto de personas :-)
ResponderEliminarSii vale la pena realmente esforzarse por cuidar las relaciones y ahora que sé lo de los niveles de conciencia he aprendido a ver las cosas desde otra perspectiva :)
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