viernes, 10 de abril de 2015

Payaso


He sentido siempre rechazo a los payasos, me asustaban cuando era pequeña en los circos, y prefería de lejos el espectáculo de los acróbatas al número absurdo en el cual una persona pintada hacía el ridículo para que nos burláramos de ella.  Para colmo, leí “IT” de Stephen King y me sentí aterrorizada por la imagen del payaso asesino; ese libro ahondó el miedo que les tenía y de paso desenterró todas mis angustias infantiles,  de tal manera que sigo esperando oír voces en las cañerías del lavabo  y hasta temo a los días de lluvia combinados con alcantarillas. Ni hablar de los barquitos de papel.

Volviendo a los payasos, sin embargo, esta semana me he detenido a reflexionar un poco más profundamente sobre el payaso y la función que se nos presenta en el circo.

El show tiene en general una estructura bastante fija. La figura disfrazada sale  y « sin querer queriendo » comete algún desatino; en acciones simples y  cotidianas, el payaso hace un sinfín de errores : se tropieza, se ensucia, se sienta en donde no debe, se resbala y cae. El público lo que ve es la persona con la sonrisa pintada, tratando incesablemente de  volver a hacer bien las cosas, pero por algo que no nos explicamos del todo esta persona torpe y desgarbada sigue «arruinando la situación» y cada intento de recuperar compostura parece hundirlo más; pobre payaso, sus desventuras a él le hacen ver más triste, pero el efecto en los demás son las risas, la rabia, el asco, la conmiseración o hasta el rechazo. No he conocido hasta la fecha ninguna persona adulta que adore a los payasos, ni he visto en ningún espectáculo que alguien se precipite a abrazarlos después del show.


Creo que a los adultos no nos gustan los payasos porque nos recuerdan demasiado nuestra propia naturaleza humana. Todos – para mala suerte– terminamos sintiéndonos payasos en algún momento, tratando de hacer las cosas bien pero sin lograrlo, bajo la mirada implacable del “otro”, de la gente que nos critica, se burla, nos rechaza o simplemente se da la vuelta indiferente ante nuestros desaciertos.

En la vida real no es necesario llevar disfraz; los disfraces son los roles que representamos y asumimos: profesional, padre, hijo, estudiante, ama de casa. No necesitamos maquillaje, porque tenemos expresiones que  enarbolamos en nuestro rostro que cumplen cabalmente la función de ocultamiento: indiferencia, amabilidad y la mejor de todas, la sonrisa, que muchas veces reemplaza pelucas, colores estridentes, lentejuelas y escarcha  en un afán de ocultar nuestro ser real. Y así, pueden estar pasando en nuestra  vida las historias más tristes, las más sombrías, las del depresivo suicida:  nadie ve más allá del maquillaje. 

Como payasos bien educados, pretendemos dar siempre  una buena función. Pero cuando cae el telón, a solas en el  camerino, a veces se nos desbordan las lágrimas y se devela el verdadero yo, ese que anhela  que alguien  vislumbre  detrás de la sonrisa, detrás de la representación, a la persona que somos  pese a todos los errores, tropiezos, torpezas , malos entendidos, mal genios, llantos, inseguridades.

Sin embargo la vida, tan similar a la actuación del circo, transcurre irremediablemente y pase lo que pase, nosotros payasos nos levantamos, retocamos el maquillaje y seguimos actuando.

Es que el show debe continuar.

Tal vez si alguien nos mirara genuinamente a los ojos, lograría entender lo que realmente estamos pasando. Yo tampoco lo he  hecho con los payasos de profesión, pero prometo que la próxima vez que vea uno lo haré, porque estoy segura que, detrás de las pestañas postizas,  también se transparenta el alma en su mirada.


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