Me
inventé un novio. Así suene raro.
No siempre me porto de manera racional pero aunque parezca paradójico,
esta es una de las decisiones más racionales que he tomado en mi vida.
No soy
buena en el plano anímico: me he dejado engañar fácilmente por las promesas del
“primer venido” que me dedicó un poco de su tiempo y algunas palabras recicladas;
he dejado que me hicieran de menos y no salí pronto de la relación; he
permito que los vínculos se desgasten tanto que llegaron a ser sólo un pálido
reflejo de lo que fueron en un inicio. No he tenido la lucidez como para
detectar el engaño, fui incapaz de saber hasta dónde se podía justificar un
acto por amor y siempre puse las necesidades del otro por encima de las mías.
Después
de ese tipo de experiencias llegué a sentirme triste, deprimida, enojada,
decepcionada. Tan confundida que tanto el actuar como el no hacer nada
resultaban equivalentes; sumida en
el peor magma sentimental, mi terapeuta me aconsejó que debía estar un tiempo sola
para tratar de dilucidar qué decidir en el plano amoroso.
Lo más
difícil de la vida es tratar de tomar decisiones sola. Todas las personas
pretenden aconsejarte y saben más de tu vida que tú misma. Cuántas veces he
tenido ganas de preguntar a esas personas dónde se consiguen esas
maestrías-en- consejería-de-la-vida-ajena para cursar una yo. Sin embargo, más
complicado aún ha sido tratar de parar mi propio ruido interno, ese que analiza pros y contras del
asunto pareja. Durante meses me transformé en un escáner viviente de las personas, tratando de entender
qué tienen los que están en pareja , cómo son sus compañeros, virtudes
de los solteros, defectos de los potenciales galanes.
Al
ruido de los consejos y de mi propio escáner mental tuve que añadir el ruido
de las personas que querían salir conmigo: los mensajes del exnovio infiel que creía
que todo podía ser igual porque en el fondo estaba convencido de no haber hecho
nada malo; los del vacile que fué incapaz de admitir que me merecía más que un
programa en la tele y el vino de cartón, del otro que decidió que una botella
cara debía ser pagada con creces, del de más allá que ni siquiera sabía si lo
suyo era atracción legítima o definición de género….
Llegó
un momento en que, harta de la cacofonía de mensajes y voces, de palabras vacías y de lecturas entre
líneas, “fed up” de todo, se me ocurrió una solución: me inventé
un novio.
A todas
las personas que me aconsejaban sobre mi vida, les conté que ya estaba bien,
que estaba con una persona maravillosa que pronto les presentaría. Lo bueno de
tener un novio inventado, es que su personalidad es reajustable al interlocutor
que uno tiene en frente. A las personas de mi familia que me preguntaban si era un buen tipo (trabajo estable, maduro, independiente, hombre de mundo), obviamente se los reafirmé. A mis amigas que me decían que el problema
es que ando con hombres más jóvenes, se lo pinté perfecto, 45 años +. A los que me dijeron que los psicólogos
son complicados, lo dibujé ingeniero…. En fin, ya ven la ventaja.
A los
pretendientes que me atosigaban con sus mensajes, el sólo decirles que estaba frecuentando a otra persona les
frenó en el asedio. En esta sociedad machista es muy difícil que un hombre se
haga a un lado si uno le dice “quiero estar sola”. Creen que uno está “hecha la
dura o la estrecha”, lo que quiere decir que sospechan que uno practica una estrategia de psicología contraria para que ellos
insistan. Pero díganle a un “macho” que ya hay otro rondando y humildemente se
retira, sobretodo cuando las intenciones eran sólo las de siempre: tener
un buen revuelque. Muchachas, tenemos que olvidarnos de que hay hombres que se cruzan el mar para
buscarnos o que deambulan suspirando por nosotras y que algún día van a abrir
los ojos y darse cuenta que deben combatir al destino para
que estemos con ellos. Lo que hay, en general, es más real y menos divertido: machos, la mayoría de tipo beta, prestos a ceder frente a un macho alfa. Real o inventado.
Inventarse
un novio ha sido bueno también para diversificar la actividad de mi escáner
mental: en lugar de analizar a la gente real que conozco, me puse a imaginar
cómo debía ser una pareja para mí. Lo hice tan bien que terminé enamorándome de
él y hasta me inspiró unos buenos versos de amor y algún que otro texto muy
cotizado.
Algunos
deben pensar que estoy loca de remate. Seguramente esto no encaja entre las
conductas más lógicas. Pero no saben cuánto me ha ayudado. Me da traído la paz
mental que necesitaba y me ha hecho ganar el tiempo necesario para poder estar
tranquila conmigo misma; así mismo, me ha permitido no caer en tentaciones de
baja monta (hay que saber sostener la mentira frente a todos). Pero el mejor
efecto de este invento es que me ha hecho proyectarme con una persona
maravillosa a mi lado. Entonces, cuando vienen nuevas propuestas mediocres,
sólo evoco a este ser inventado y me digo que, realmente, si la brecha entre el
perfil deseado y el propuesto es excesiva, no voy a invertir mi energía en eso.
En
pocas, como le decía a un amigo, mi novio inventado me ha hecho llegar a una conclusión:
si no se presenta una propuesta espectacular, simplemente paso.
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