viernes, 11 de septiembre de 2015

Fascinación y dolor


Tengo el privilegio de vivir en un país hermoso. Todos los días me despierto y desde mi ventana admiro una vista espectacular de la ciudad de Quito: el sol se levanta por detrás del Cayambe y si el día está despejado diviso el Antisana detrás de la cordillera. Cuando me desplazo al trabajo -por la misma ruta casi siempre estos últimos 5 años- puedo vislumbrar  uno de los más espectaculares volcanes en mi camino: el majestuoso Cotopaxi.

En mi ciudad el clima es siempre clemente. Los extranjeros hablan  de él como “la eterna primavera”. Hay meses en que llueve más, otros más secos y ventosos, pero no transcurre una semana sin que el sol ecuatorial atraviese las nubes y veamos, aunque sea, retazos de cielo azul. Y ese azul del cielo de Quito es único: he viajado y vivido en varios países fuera y creo que no me equivoco al decir que este cielo es irrepetible. A veces me acuesto en la hierba sólo por el placer de mirar cómo las hojas de los árboles se recortan perfectamente en ese fondo cuyo tono  nunca he logrado transcribir en ninguna de mis pinturas.

Cuando me conecto con mi ser profundo me siento agradecida de vivir en un lugar tan hermoso.

Desde hace algunas semanas, sin embargo, este lugar tan lindo se ha ido trasformando ante mis ojos. Cuando voy al trabajo busco con la mirada a ese Cotopaxi que ha perdido su blanco inmaculado y que ahora humea amenazante todos los días. Si está despejado, constato su estado y tomo una foto para plasmar su transformación. Los días nublados, imagino su silueta detrás de la capa de niebla y siento que nos acecha inclemente, echando ceniza y vapor como un padre enojado. Cuando duermo sueño con explosiones terribles y flujos de vapor, o piedras incandescentes que caen en mi espalda mientras yo intento, en vano, proteger a mi hija.

Mi hábitat se ha transformado. Ha pasado de ser mi hogar a ser un lugar que se divide en zonas de riesgo y zonas seguras. Casi no escribo porque leo incansablemente los reportes del Geofísico, hablo de ello con mi padre, mis amigos, mis colegas, comparo lo publicado con los datos históricos o geográficos e intento, incansablemente (¿o vanamente?) saber lo que va a pasar.

Pienso en las personas que conozco y que viven el zonas de riesgo. Trato de transmitirles aunque sea un poco de mi ansiedad preventiva. Y luego me asalta la angustia por todos esos otros que no conozco, las personas en Mulaló, en Lasso, en la zona del Chaupi, tantos lugares cuyos nombres apenas conocía y de los cuales oímos día a día ahora que la ceniza invade y escuchamos que sus habitantes ya han vendido su ganado, los chanchos, a pérdida obviamente; veo en el internet las fotos del pasto, las cosechas, las flores, todo marchito y gris bajo la ceniza…

Pienso en los pacientes del hospital de Latacunga, tan cercano al río Cutuchi que nace en las nieves eternas de Cotopaxi. En los presos de la cárcel. Imagino miles de niños con sus mochilas yendo a sus escuelas con la idea de que regresarán a su casa como todos los días. Pienso en los ancianos y discapacitados que nada esperan sino tener la misma rutina al día siguiente y para quienes un cambio de lugar, de estado, de clima, es todo un drama.

Me indigno cuando oigo “que nada va a pasar”, como que no estuviera ya pasando algo: ¿acaso no están perdiendo económicamente ya las poblaciones afectadas? ¿Qué pasa con el agricultor cuya cosecha ya no sirve para nada? ¿Con los ganaderos cuyas vacas no pueden pastar y tienen las panzas hinchadas por consumir alimentos a los cuales no estaban acostumbradas? ¿Con los floricultores cuyas flores se han marchitado porque la ceniza cubre el sol y ya no reciben los rayos como antes? ¿Con toda la gente que dejó atrás su casa, entendiendo que por estar en zona de lahares tal vez van a perder un bien pero que han preferido evacuar preventivamente para salvaguardar su salud, y –quién sabe- su vida?

¡Ya tenemos un drama y las personas fingen y siguen con sus vidas como si nada!.

Yo no puedo…

Me duelen las plantas que están muriendo quemadas por la ceniza, la gente que sigue al lado de su ganado y sus cultivos esperando que la naturaleza  se porte clemente y esto termine, los animales que van a estar afectados en su salud porque no se les puede poner mascarillas y hacerlos razonar.

Me duele saber que por falta de anticipación se puede perder más que lo que se pierde por exceso de prevención.

Me duele el egoísmo de la población en las “zonas seguras”  que se está preparando para salvaguardar sus bienes ante la posibilidad que seres humanos desesperados por sobrevivir lleguen a sus casas. Me duele oír que debemos comprar cadenas y si es posible, armarnos… Y me pregunto: ¿seremos realmente capaces de disparar a un ser humano que lo único que busca es ayuda?


Y aunque cada día me despierto sintiéndome privilegiada de poder vivir un día más rodeada de tanta tierra viva, hermosa y majestuosa hasta en la amenaza de la desaparición, cada día ruego que realmente esta erupción sea como la del Tungurahua y no una “cataclísmica tipo VEI-4” como aparentemente, según el informe 15 del Instituto Geofísico, podría ser.

Porque  la fascinación nunca le gana al dolor.

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