jueves, 5 de noviembre de 2015

Combinar un "te amo" con un "para siempre"


“Me hubiera quedado con el primero, ¿sabes? Si las cosas se hubieran dado bien ni siquiera hubiera pensado en buscar otra pareja….”

Los ojos nublados de tristeza, mira al vacío, se pone el cigarrillo en los labios para aspirar una bocanada que lo enciende como las brasas de una chimenea  -naranja tan intenso que pienso que tal vez el calor incandescente chamusque fatalmente sus pulmones. Aliviada, veo salir por su boca una nube de humo densa como la bruma del páramo y me dice:

“En cambio… si supieras lo que vino después…”

En un frenesí de palabras entremezclado de nicotina me cuenta de sus desamores, aquellos que vinieron después del divorcio, divorcio que a su vez vino después de mil años de matrimonio y de desamores de otro tipo.

Me cuenta del aprendiz de poeta que le sedujo en el momento de mayor vulnerabilidad, al cual le regaló todo lo que estaba guardado en el cajón de sus tesoros y cuyo contenido fue vendido por e-bay en cuanto él  se dio cuenta de lo que valía.

Del motociclista  salido de Mad Max al que solo le faltaba la motocicleta… De cómo se divirtió con él pero de cómo él le hizo sentir que era la última opción en su vida, del dormirse sin conciencia bajo su techo y del despertarse en un rincón para salir corriendo antes de tener que afrontar su mirada irónica y su conversación insípida.

Del pirata del Caribe,  atractivo y gentil, que le dejó el sabor amargo de no haber sabido exactamente lo que pasó porque el sabor del alcohol se mezcló tanto con los recuerdos  que solo rememoró el aroma del vodka, y que se desvaneció de su vida conjuntamente con sus vapores al día siguiente.

Del aprendiz de brujo que resultó saber sólo hacer magia de medio minuto y que huyó al darse cuenta que lo suyo, en pocas, era menos estable que una burbuja de jabón.

Y ahora más recientemente, del desestabilizador de mundos, un aparecido sin propuestas, casado y con familia, pretendiendo robar un alma que si no se murió antes fue por puro milagro, pero que en todo caso no estaba enteramente a disposición.

Llegada a este punto en el relato, me mira con sus ojos pardos y me echa de nuevo la frase lapidaria: “Me hubiera quedado con el primero, ¿sabes? Si las cosas se hubieran dado bien, ni siquiera hubiera pensado en buscar otra pareja….”

Me impacta cómo durante toda la conversación ha logrado no atragantarse  de pasado y presente al mezclar historias amargas con nubes de tabaco.  De vez en cuando, un sorbo de café suaviza el sollozo insipiente y sigue adelante:

“Sí,  me hubiera quedado con el primero, pero no se pudo… el problema, mi querida, es que las personas van por el mundo sin conciencia de lo que desean en las relaciones. Crecimos con modelos de Disney,  pero luego resulta que no nos atrevemos a decir esas palabras tan comprometedoras, tan grandes, aunque SON las que anhelamos en el fondo de nuestro ser.

Nadie quiere usar la palabra con A mayúscula. Al mismo tiempo, la usamos para trivialidades: amo este peluche, amo mi carro…
Peor es lo otro: nadie  quiere decir PARA SIEMPRE: nos suena a atadura, a cadena perpetua…”

“…Pero en el fondo del alma” - me dice botando humo por la nariz como un dragón milenario - “anhelamos encontrar una persona que no tenga miedo de ponerse el desafío alto. Que se atreva a decir TE AMO en el momento mismo que siente esa conexión con el otro y que asuma las consecuencias de usar un verbo que equivale al champán o al vino que reservamos para las ocasiones especiales. Una persona que se da cuenta de lo poco usual que puede ser algo y lo desea tanto que quiere extender el tiempo para que no desaparezca. Una persona que se atreva a verbalizar lo imposible, la promesa más difícil de sostener porque se trata de jugarle una trampa no solo al tiempo sino al espacio y a las definiciones, a las transformaciones y a las dudas, un juego en el que no poseemos ninguna certeza pero en el que apostamos lo que no poseemos: la eternidad.”


Sus palabras me han transportado a una noche… Esa en la que me despierto y siento  la respiración pesada del hombre que amo a mi lado y que me ama con sincera reciprocidad. Madrugada en la que agradezco el privilegio de existir y me vuelvo a dormir,  en la que él pone sonidos que arrullan: pájaros, lluvia, bosque húmedo… y cierro los ojos y ya no sé si lo que sueño es la realidad o si lo que vivo es un sueño.

Ella, con una mirada socarrona y encendiendo un nuevo tabaco con la enésima colilla, me dice:

“Tú me entiendes: me hubiera quedado con el primero si él hubiese sabido combinar en la misma frase un te amo,  con un para siempre”.


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