viernes, 1 de enero de 2016

Doble Vida



Nadie se casa para divorciarse. Por el contrario, toda persona que se atreve a firmar un papel en el que une su destino al de otra persona o a jurar frente a una deidad que “es para siempre” es un ser valiente y optimista que genuinamente desea que “Así sea”.

Y luego… la vida da un giro violento; nos encontramos firmando de nuevo una pila de papeles para disolver algo que muchas veces no se puede disolver. Pasamos de tener un destino trazado a vivir una película sin guión.

En esta época de fiestas he reflexionado mucho sobre lo que es ser una madre divorciada. Las fiestas de Navidad y de fin de año no son tan festivas para los divorciados. Porque una vez que uno se divorcia se pasa ipso facto a una división del tiempo: tiempo  que compartimos con los hijos y tiempo que nos perdemos cuando se van con su padre. El de la semana y el del fin de semana; el de las vacaciones y el de los feriados; el de la Nochebuena  y el del Año Nuevo.  Tiempo para madre y tiempo para padre. Desde mi perspectiva: tiempo con ella y tiempo sin ella.

En realidad pasamos a vivir una doble vida.

Una es la vida que llevamos cuando los hijos no están. Parecería que tiene beneficios inmediatos, como el poder descansar a cabalidad o dedicar el tiempo libre a hacer lo que nos gusta, viajar, pasearse, leer, ir la cine. La verdad es que todos los buenos momentos que vivimos alejados de ellos tienen un tinte agridulce…  si me voy de paseo, me pregunto qué diría mi hija si estuviera allí, si me estoy divirtiendo pienso en lo mucho que se divertiría en esa situación. Cuando voy a reuniones con otras familias y hay niños siento que la traiciono en parte cuando interactúo con ellos, como ayer por ejemplo cuando quemamos el año viejo con mis sobrinos y me sentí como rota en dos partes porque ella no estaba ahí.

Luego tenemos la otra vida en presencia de nuestros hijos, esa que en cambio está tan llena de responsabilidades que no dan espacio para este compartir idílico de buenos momentos. En el divorcio toda la cotidianidad se vuelve pesada y recae sobre una única espalda: perseguir en la mañana a los hijos a que se laven los dientes, asegurarse de que se vistan adecuadamente según el clima; si se despiertan en la noche, solo hay una persona que se puede levantar; si se enferma, una la que se desvela. No hay relevo, no hay descanso: se está de turno las 24 horas. Así yo, como madre divorciada, poco a poco he adoptado un estilo de vida en el que he perdido todo derecho a ser vulnerable cuando mi hija está conmigo: no me enfermo, nada me duele, no tengo sueño, no puedo tomarme una copa tranquila, nada puede afectarme, no puedo llorar… simplemente porque si algo me pasa sé que no hay plan de apoyo.

No sé qué hacen las otras madres, pero al no tener a nadie para alivianar el peso acumulativo de las pequeñas cosas, he tenido que poner en los hombros de mi hija responsabilidades que los niños de su edad no tienen normalmente: desde los siete años se prepara su bol de cereales en la mañana, se viste sola y también hace su lonchera.  Debo decir que ella es magnífica en esto, no se queja y parece entender que simplemente es lo que debe hacer. Yo por mi parte siento que le he robado parte de su infancia: la de los desayunos  alrededor de la mesa, los almuerzos y meriendas compartidas contándonos el día, la de los deberes hechos en la mesa del comedor y no en un rincón de la oficina. Pero no sólo le robo su cotidianidad: le robo recuerdos con su padre para que tenga algunos conmigo, le robo momentos de disfrute porque estoy demasiado cansada para todo lo que demanda energía extra; además, la estafo a ratos con promesas de cosas futuras, como cuando le digo que le compraré un  perro el día en que vivamos en una casa, a sabiendas que es una promesa que no podré sostener…

A veces cierro los ojos y sueño con otra vida, la que quería tener cuando firmé el papel cuando me casé, en la que regreso a casa y alguien me pregunta si estoy cansada y si quiero que me prepare una tasa de té, una en la que mi hija tiene hermanos con quienes jugar y un perro que es de ella. Una vida que no fue y que con el paso del tiempo ya no podrá ser nunca.

Cuando me pongo a pensar en estas cosas me entran unas terribles ganas de llorar. Pero no les hago caso. Me digo que hay cosas peores en la vida, que no soy la única que pasa o pasó por estos sentimientos; me hago acuerdo a mí misma que esta es la vida que tengo que vivir y que es el resultado de mis elecciones.  Es que no se puede llorar sobre el camino escogido, y eso es algo que he tenido bien claro en estos 5 años de divorcio. Pero habiéndome sentido poco festiva últimamente, me pregunto si así va a ser mi vida para siempre, si ya nunca podré sentirme plenamente feliz en un momento porque esa vida doble me va a dejar siempre el sentimiento de que “algo anda mal”.


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