jueves, 21 de enero de 2016

¿Usted qué cree, doctora?


Me mira a través del estrecho escritorio del consultorio. No es la primera vez que viene, hace dos meses que se acercó a pedir ayuda en el Centro de Atención en el que trabajo. Tiene 50 años, apenas unos diez más que yo. Los ojos cercados de pequeñas arrugas, la tristeza impresa en las comisuras de los labios y las ojeras profundas me dicen que sigue tomando las pastillas para dormir –sin mucho éxito la verdad-.

¿Usted que cree, doctora? Suele preguntar…

Pregunta eso hoy cuando me explica su vida sexual… Abusada a los quince por un conocido, decidió que la vida era demasiado peligrosa para intentar nada con un chico hasta que se refugió en los brazos del que fue su marido desde los diecinueve años. Un hombre bueno, un poco frío, mayor a ella: el primero que no se lanzó a manosearla desde la primera cita. El primero con el que “tuvo relaciones” y al que amó, por ser respetuoso y no brusquearla. Sexualmente, ni se cuestionó si estaban las cosas bien o mal, simplemente dejó que las cosas fluyeran. Él casi no la acariciaba, no le decía cosas bonitas, no la besaba; pero era un buen hombre. Se quedó con él hasta los 36.  Hasta que se dio cuenta que no la conocía, no la miraba y que ella no existía en su vida. Sexualmente, no llegaban ni a un encuentro al año… Entonces, lo dejó.

¿Usted que cree, doctora? ¿Será que maduré o que me harté?- pregunta con un suspiro.

La cosa es que en este absoluto estado de abandono conoció a otra persona. Con él tuvo la historia pasional que nunca tuvo. Se le olvidó que la vida está llena de lobos disfrazados de ovejas y le entregó lo más preciado que tenía: su corazón casi virgen de sentimientos apasionados. Sexualmente, me dice, casi ni se fijó. Él solía tomarla cuando se le antojaba y dormirse inmediatamente. Estuvieron así casi dos años. Luego, comenzó a rechazarla: como la vez que le dijo que solo las putas hacían eso, o las otras en que argumentó que estaba demasiado cansado. Casi no la tocaba antes de hacerle el amor.  Ni después. Finalmente, comenzó a tratarla mal y en un arranque de honestidad le dijo que ya no quería estar con ella. Honestidad a medias, porque andaba con otra(s). 

Y ella, con el corazón hecho tripas, lo dejó. Entonces se dedicó a hacer lo que nunca había hecho: salió con uno y con otro, se alcoholizó tanto que  amaneció varias veces en la casa de un hombre del cual huyó apenas recuperó la conciencia; a otro que le hizo un trabajo le pagó en especies; volvió incluso a acostarse con el que le puso en ese mal estado sólo para constatar que casi le daba asco estar en su cama. ¿El la hundió o ella se hundió solita? No está segura.

Se interrumpe y me dice:  ¿Usted que cree, doctora?¿Será que no entendí y necesitaba otra lección?

Porque en medio de tanta zozobra me cuenta que asomó otro hombre.  Un muchacho aparentemente maravilloso que rezumaba amor por ella y le cantó tantas maravillas que le sonaron como a la luz al final del túnel.

Un vuelo de amor platónico, doctora, y cuando por fin nos acostamos… un desastre.; para que le cuento los detalles. Fue tan terrible que una vez me cercó el cuello con sus manos para que me  callara porque el ruido lo desconcentraba. Casi me asfixia. Luego se marchó: fue la última vez que estuvimos juntos. Y yo tan tonta…. ¿Usted que cree, doctora? ¿No debí mandarle a paseo después de tantas decepciones? Y en cambio ¿sabe lo que hice? Aunque me maltrató, lloré amargamente cuando se fue  porque pensé que ya nunca nadie me iba a amar.  Pensé que yo estaba mal. Que era una mujer mala, dañada por desear el encuentro con una persona en especial… Mala, fea, vieja, ninfómana, loca, ingenua… dañada en pocas.

Se calla un rato mirando al piso. Luego me dice que es la primera vez que habla con alguien de su vida sexual: después de haber sido abusada, ninguneada, ignorada, rechazada, auto-impuesta como objeto, humillada… recién ahora…habla en terapia.

Y me lanza la pregunta lapidaria:

¿Usted que cree, doctora? ¿Será que a todas nos pasa lo mismo?


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