viernes, 18 de septiembre de 2020

Parte IV: El despertar de la guerrera

 Me ha tomado mucho tiempo escribir sobre mi despertar y sobre todo, hacerlo en primera persona. Todo parece más fácil cuando se pone en ficción. Como si aquello que sucediera no nos estuviera pasando, así,  lo que le duele al personaje duele menos, ¿saben? En tercera persona, siempre queda la duda de lo que pasó. Si es real, o imaginario. En tercera persona se asume solo un poco de la responsabilidad cuando se escribe. Un poco, pero no tanto.

Hoy sin embargo voy a escribir sobre mí en primera persona. Solo usaré la metáfora porque suena mejor, como suenan siempre los cuentos…

Cuando me desperté de la terrible pesadilla, me encontré rodeada de fango seco, mis alas empapadas y una pesadez muy profunda en el alma. Sabía que algo sucedió, algo muy grave, pero una especie de burbuja de protección me rodeaba y filtraba de algún modo la realidad de la guerrera. Detrás de la burbuja estaba aún el guerrero, pero su actuar no dejaba ver que hubiera habido tormenta alguna. Es más: sonreía como si nada hubiera pasado, brillante, con el sol resplandeciente reverberando en su armadura.

Lo cual era extraño. Porque dentro de mi burbuja todo había cambiado. Primero: no tenía armadura. Lo cual podría haber resultado peligroso sin la burbuja. Pero la burbuja actuaba como un extraño escudo, frágil en sí, pero invisible: nadie parecía verlo, lo que lo hacía extrañamente potente, porque además era transparente y dejaba ver con claridad lo que pasaba en el exterior. Adentro, por el contrario, las alas no eran frágiles ni etéreas: pesaban al caminar al principio, aunque poco a poco me fui acostumbrando a ello.

Fuera de la burbuja, el guerrero quería seguir guerreando. A mí, en lo particular, ya no me interesaba el hacerlo. Para ello, debía de nuevo ponerme una armadura, pero ahora, aparte del peso de las alas, ya no quería sentir peso. El guerrero se enojaba por ello, así que fuimos a donde un sabio, para ver lo que nos podía decir al respecto. El sabio, sin embargo, no dirimía. Ocupado en sus asuntos, las veces que nos atendía eran escasas, y se desgastaba el tiempo en discusiones sobre la necesidad de usar armadura o no. Y yo ya sabía que no me pondría nunca de nuevo la armadura.

Es que, sin la armadura, esas alas fragilizadas, pesadas por el fango húmedo que un momento parecía que me hubieran condenado a ahogarme, se estaban cada día volviendo más ligeras al secarse el barro y convertirse poco a poco en polvo. Se tornaron livianas y hermosas, y mientras más pretendía ignorarlas, más querían desplegarse. Me quedaba pegada en el suelo solo porque el guerrero seguía ahí, y yo quería convencerlo de que deje su armadura, para que descubra sus alas y poder volar juntos.

El guerrero tenía sus propios planes, sin embargo y volar no era uno de ellos. Mientras más intentaba yo animarlo al viaje, más se enojaba y sacaba a relucir las ventajas de seguir combatiendo juntos cosas, así esto involucrara que yo, a veces, me quedara atascada en el fango con la mano extendida y que él, del otro lado, se burlara de mi desesperación de sentir que me ahogaba y negara extenderme su mano.

¡Pobre guerrero! Nunca había experimentado lo que es tener alas, y le daba miedo el peso que estas pueden tener en el contexto inadecuado.

No sabía que las alas solo pesan cuando se vuela bajo la lluvia y uno termina en el piso, con la tierra lodosa que se cuela entre las plumas. Las alas nunca pesan en el contexto adecuado, en los días de buen viento y cielos despejados, cuando el aire se desliza en cada uno de sus pliegues como suaves caricias que las impulsan siempre más arriba, hacia cielos tan elevados en donde no se sabe si lo que quita el aliento es la belleza de la vista… o la falta de oxígeno.

No levanté el vuelo, sin embargo, porque esperaba poder explicárselo. Explicarle que debajo de su armadura existía talvez un par de alas que merecían el chance de ser liberadas. Lo intenté, de diversas maneras, hasta que una noche entendí, por algo que él expresó, que nunca me iba a dejar explicárselo bien, peor aún mostrárselo…

Entonces, esa noche, saturada de fango, lluvia y peso, desplegué las alas por fin… y volé…

Me quedé un rato revoloteando, visitando al viejo sabio, charlando con él para intentar entender. Me quedé revoloteando cerca del guerrero por si lo veía, por si asomaba él también estrenando alas. Pero nunca apareció.

Me quedé volando cerca unas cuantas semanas, pero nada sucedió. 

Y en realidad todo sucedió sin que lo buscara…

Sucedió que las alas se volvieron fuertes, que me quedaron cortas las charlas con el sabio y los paisajes en los que volaba esperando algo… Así que, un día, ligera y con las alas henchidas por el viento que aprendí a conocer, decidí seguirlo sin importar a dónde me llevara, sin regresar a ver atrás.


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