Hoy como cualquier día de esta condenada pandemia, llamé a mi
madre a media tarde para conversar. Poco importa si es un día de semana, un
sábado o un domingo, porque la verdad, todo se ha desdibujado en esta nueva
versión de la vida. Así, hago la limpieza en pleno miércoles que debería estar trabajando,
pero a la vez trabajo durante toda la noche del viernes al sábado corrigiendo los
deberes interminables que me invento para que los estudiantes no se aburran de
mis clases virtuales, y tengan un chance de interactuar en grupos, para ver si
así, de alguna manera, paliamos a la soledad que les aqueja en sus casas y
tienen un momento para hablarse como solían hacer antes, de tonteras, a
escondidas del profesor. (Algún otro rato les cuento sobre esa parte del ser
profesora por zoom).
Pero hoy no. Hoy solo quería contarles sobre algo que me
impactó en la charla con mi mamá.
Con ella, las llamadas usualmente giran sobre los mismos
temas: el encierro, la desinfección de los productos, el alcalde y su
ocurrencias, el último caso cercano de alguien que se contagió del Covid y si
sobrevivió o no. Cuando sobreviven, mi madre saca a relucir los milagros del
dióxido de cloro y cuando no, nos preguntamos qué pudo haber pasado en cada
caso en particular: espulgamos la edad, los factores de riesgo, la imprudencia,
ustedes saben, todo lo que las noticias nos dicen que influye al rato de que
esta maldita enfermedad se lleve a alguien; yo por mi parte apuesto siempre por
la lotería del destino, ese azar que rige nuestras vidas y tendemos a rechazar.
Mi madre le apuesta al uso/ no uso del dióxido, pese a mi negativa de creer en
los miles de chats y videos que me ha mandado al respecto. Y hoy añade triunfante
que el gobierno está evaluando pasar una enmienda constitucional respecto al
uso de esta sustancia. Esto, en la misma semana que el mismo gobierno vetó
reformas esenciales al código de la salud que hubieran impactado seria y positivamente en
la salud de los ciudadanos. Una ola de enojo me invade, pero un residuo de
sensatez se eleva en mi conciencia y no digo nada. Hace rato que he abandonado
toda discusión política: en este país es inútil encontrar ningún sentido en lo
que hacen los gobernantes. Así que solo asiento ante la noticia y respondo “¿En
serio? ¿por qué será?”.
Nada de esto me sorprende en realidad. Lo que me causa real estupefacción
es que, por ahí, entre la enmienda y el siguiente tema que trae mi madre a colación -si mi ex novio ha dado
señales de vida o no- mi madre me suelta: “tienes el mismo mechón de canas que
yo tenía a los 20 años”.
Y es verdad. Ya hace rato que no me pinto el cabello, pero
con real decisión únicamente lo he hecho en esta cuarentena. Tengo ese mechón
desde los 21 años, y me he pasado 24 pintándolo de diferentes tonos de castaño,
desde el caoba profundo, pasando por el mocca, hasta, en algún momento, el
azul. He negado su existencia, lo he ocultado, disfrazado, supuestamente aceptado,
rechazado de nuevo y finalmente, debo decir, me he cansado de luchar mes a mes
por ocultar su presencia. Me ha pasado un poco lo que me pasó con mi última
relación: luché varios años por mejorarlo, pero a la larga, su naturaleza
rígida y poco satisfactoria me ha vencido, y he tenido que deponer las armas
y aceptar, simplemente, que nada que yo haga va a impedir que sea como es. Me ha
vencido a la cansada.
No me impacta su existencia. Hay cosas más impactantes que
están pasando: estamos en media pandemia, mis padres no salen de casa desde
hace 6 meses, hay gente contagiada y muriéndose de Covid cerca y lejos de mí, tenemos
clases virtuales, babyshowers por zoom, graduamos profesionales en vídeo conferencias,
no logramos ver las sonrisas de las personas a través de las mascarillas, ya no se
puede viajar, ni ver las caras de los alumnos, ni festejar cumpleaños, ni siquiera
respirar en paz…
No. No me impacta su presencia.
Lo que realmente me impacta es cómo, pese a la calidad horrorosa
de las llamadas, mi madre logra ver mis canas en las imágenes pixeladas del whatsapp…
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