Hoy en
la tarde estábamos jugando con los vecinos al carnaval, y no recuerdo muy bien
qué pasó pero en algún momento rompimos una rama del árbol que adorna la fachada de la casa de
enfrente. Entendí enseguida que eso estaba mal y como ya soy grandecito –tengo
8 años-, sé exactamente lo que eso significa : sus papás se quejarán a mis
papás. Mi mamá va a estar super enojada y seguramente le transmitirá a mi papá
lo mal que nos hemos portado.
Mis
hermanas lo negarán, mis hermanos harán equipo con ellas. La misma historia de
siempre en la cual yo quedo excluído se repetirá : mi padre furioso cogerá
la correa y nos pegará. A mí siempre más, porque no logro mentir tan bien como
ellos, porque no logro correr y escaparme. Siempre me quedo paralizado recibiendo
lo que me merezco por "ser así".
Recuerdo
una vez en que nos mandamos la mega-travesura, nos pareció excelente en el
momento en que, aburridos, escuchamos la super idea de nuestro hermano mayor.
Cosas que parecen muy divertidas tienden a transformarse en absolutos desastres
una vez que mi madre pisa la casa. Una
magia fea que termina siempre en tragedia : mi madre y mi padre
enfurecidos, correa en mano, persiguiéndonos a todos para que recibamos, otra
vez, lo que merecemos. Resulta que esa vez todos huyeron como si tuvieran 8
patas como las arañas. Solo quedé yo, aterrado en un rincón del cuarto. Mis
padres hicieron turnos : primero mi madre, que se tomó la molestia de
contar los 20 correazos que me dio. Luego mi padre, quien decidió que podía
equiparar el record de mi madre
porque los veinte primeros no eran suficientes… Yo mientras tanto no recuerdo
haber llorado aunque seguro debí de hacerlo. Pero solo recuerdo haber mirado
fijamente el papel tapiz memorizando esas formas rojas y raras que nunca supe
qué eran, como unas flores pero deformes, sintiendo el dolor del cuero de la
correa sobre la piel… Esa vez mis piernas se llenaron de moretones y de círculos
verdes durante días.
En esa
época trabajaba en nuestra casa una chica como niñera, Gladys, estudiante
universitaria que se redondeaba el sueldo cuidando niños. A ella le mostré mis
piernas llenas de colores (dolores?) y ella supo decirme que allá afuera, en la
vida real, los padres podían ir presos por hacer eso a sus hijos.¡Qué alivio
sentí ese día ! Mis padres solían decirnos que hacían eso « por
nuestro propio bien »: a mí
nunca me pareció "bien" que el dolor y el miedo que nos infligían fuera necesario para hacernos mejores.
Pero
esta noche, después de haber roto la rama, me sirve de poco consuelo saber eso porque más fuerte es el saber que
todos me echarán la culpa a mí y que mi padre, enfurecido, sacará la correa y
tendré de nuevo que vivirlo todo. Así que me voy a acostar y por si acaso
amarro a mi cintura, del lado de las nalgas, una bandeja de juguete del juego
de té de metal, ese que es de mi ñaña, la menor y más consentida, quien seguro se va a enojar en
el minuto mismo en que sepa para qué la estoy usando…
Tendido
en la oscuridad, escucho la puerta del garage que se abre. Poco después, los
pasos de mi padre y el ruido del maletín que cae en el sofá. Voces que
cuchichean; las de mis hermanos que se elevan declarando inocencia. El comienza
a gritar buscando un culpable … Yo me hago chiquitito en la cama. Quisiera
poder desaparecer, pero oigo los pasos que se acercan inexorablemente a la puerta de mi cuarto. En el momento en que se abre, pierdo el sentido.
xxx
Hoy me
desperté como todos los días. Tengo que levantarme e ir a la U. Pero
simplemente, no tengo ganas.
¿Para
qué? ¿Quién se va a dar cuenta de si llego o no llego a clases? La profe de ley
me pone “falta”. Una más, una
menos. En dos minutos, mi debilidad superyoica es sobrellevada porque me doy
cuenta de que hoy expongo y tengo que llegar pase lo que pase. Si no, todo el grupo tendrá cero. La profe
no bromeaba el día en que nos dijo que somos todos responsables de lo que pasa
el día de la exposición. Media nazi, pero buena profe…
Una
parte de mí se levanta, se baña, desayuna y hasta hace el esfuerzo de arreglarse.
Estoy como disociado: lloro en la ducha pero me pongo bolsas de té en los ojos
para que no se me note la hinchazón. Es que anoche también lloré, mirándome
al espejo y viendo lo feo que soy, lo gordo que estoy, sintiéndome menos bueno
que el perro de la calle al pensar lo que le dije a esa chica que me gustaba,
lo que le ofrecí y escuchando lo que me contestó. No se portó mal , no no, me
dijo que “no era por mí, sino por ella” pero yo sé que no es verdad, es lo que
las chicas dicen cuando al final quieren quedar bien y ser gentiles, pero que
en el fondo significa “no me interesas”.
¿Qué
está mal en mí? Pregunta recurrente frente al espejo y mil respuestas me
vienen en seguida: soy un tonto, soy intenso, como demasiado y estoy
engordando, bebo demasiado, no sé
hablar bien, soy demasiado tímido.
¿Y si
no voy a la exposición? Sigue pensando esa parte de mí. La otra… no me deja: me pone un terno,
y me manda a sonreír a todos y a exponer para pegar 10. Así
me voy a la U. Todos me aplauden.Y soy triple “A”. Siempre. Mis padres estarían orgullosos de mí.
Podrían poner mi sonrisa al lado de todas las placas que coleccionan en la
vitrina familiar: igual de reluciente, sería la envidia de las tías que vienen
al tecito mensual cada sábado.
El
duelo se lleva siempre, desde siempre, por dentro: en forma de desmayo y de
bandeja, en forma de lágrimas atragantadas y de éxitos que más llenan a ajenos que a mí mismo…
Ellos
no saben que esta noche tengo una cita con el espejo que me dirá las verdades:
eres malo, todo lo haces mal, nadie te quiere ni te querrá; si no corriges tu
forma de ser, te va a ir mal en la vida; deja de llorar, las lágrimas no
resuelven nada; tienes que crecer y ser duro…
Hoy
ganó esa parte de mí… Mañana… ojalá logre levantarme de nuevo la misma parte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario