El amor
empieza en el alma, cuando el otro alcanza a rozarla con algo que la hace brillar:
el final feliz de una historia que debía acabar mal, la promesa de un sándwich
compartido al atardecer cuando ambos sean viejos. Se alimenta de poemas y caricias,
de escenarios de parques, nubes y árboles milenarios que mecen las promesas de
eternidad. Se le añade la magia que esconde lo cotidiano : la frescura de los momentos compartidos,
la ilusión de los versos de Benedetti, la música de aquellos cantantes que mezclan rebeldía con
versos. La alegría de la comida preparada por dos, los colores de los acrílicos
de nombres estrambóticos, los sonidos de lenguas extranjeras, la inteligencia
de la intuición, la magia e ingenuidad de los niños.
Y el amor
termina en el alma, cuando entiendes que aquello que la tuya alberga nunca será
alcanzado por el otro. Que mientras tú estás conjugando en todos los tiempos el
verbo amar, el otro está en versión “turismo emocional” y te das cuenta
que para él amar era sinónimo de tomar
fotografías para ponerlas en exposición a los demás.
Cuando descubres lo terrible que puede ser esa persona cuya única intención es
apoderarse de tu alma para pincharla con un alfiler, ponerle una etiqueta y
exhibirla en una vitrina.
Y que
te rehúsas a ello.
Muy claro Marie-France, cuanto razón, cuanta verdad, cuan mal manejamos el amor. Buen día.
ResponderEliminarEso mismo constato yo Raulito :-(
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