viernes, 17 de julio de 2015

Perderse


En los cuentos de hadas, las que son buenas se reúnen al rededor de la cuna de un bebé y otorgan talentos. A veces unas hadas maléficas se mezclan entre los invitados y mandan maldiciones. Eso en la ciencia moderna se llama « herencia por ADN »… es menos romántico y más determinante, pero el resultado es el mismo : todos tenemos talentos y defectos.

Yo tengo_ modestia aparte_ algunos talentos innatos : puedo volar una cometa tan alto que siempre me falta hilo, peinar moños y trenzas que parecen hechos en peluquería, cortar los pasteles sin importar la forma ni el número de comensales y hacer que todos tengan un pedazo, lanzar el zapato desde el columpio lo suficientemente lejos como para establecer marcas olímpicas…

Y tengo también defectos innatos: soy incapaz de reconocer rápidamente a las personas fuera del contexto en las que las veo normalmente, peor si han cambiado o si es después de varios años. Carezco de “antenas” para detectar las verdaderas intenciones en las personas que frecuento y muchas veces “me doy contra el planeta” cuando las descubro. Y por encima de todo, mi peor defecto es que carezco absoluta y totalmente de un sentido de orientación espacial.

Hace poco pensé que pasé por el peor de mis despistes cuando perdí el auto en el parqueadero de Centro Comercial El Jardín. Fui una tarde con mi hija y mi sobrina a la librería y a tomar un café. Ambas  -por coincidencia- estaban con muletas y como ya sé que no soy buena en esto, me parquee diagonalmente a un ascensor. Cuando ya terminamos el plan librería-café pagué la tarifa correspondiente, nos subimos en el ascensor y bajamos al piso que –suponía- era el correcto. Veinte minutos después, conversando con la señorita de la caja me enteré que habían varios ascensores… Les hago el cuento corto porque nos tocó buscar con el personal en los subterráneos dónde andaba mi auto… con las niñas con muletas…

Después de eso me juré que no volvería a pasar. Y sin embargo esta semana decidí salir con mi hija y sus amigas a un lugar divertido. El Museo del Agua era el plan, así que para que no pasara nada me metí al web-site y me apunté el trayecto en un post-it. Llegado el día, sin embargo, frente a la casa de las niñas y admirando el sol, en un arranque de espontaneidad propuse: ¿Y si vamos al Zoológico?

Obviamente todas aceptaron. Casi 40 minutos después, llegados a Calacalí algo me dijo que no era la buena vía… Por ahí se llegaba a la playa, si mal no recordaba. Hummm…. Preocupada le pregunté a un señor en la vía si por allí se llegaba al zoológico de Guayllabamba. Me miró con suspicacia y me indicó que escogí el camino erróneo 40 minutos antes. Desesperada por no re-andar lo andado le pregunté si había una vía alterna. ¡Claro! – me dijo- en el poblado de San Antonio, pregunte no más y ahí hay una vía que le llevará a donde quiere llegar.

Otro de mis defectos –debo admitir- es la falta de paciencia… ¿Desandar lo andado? ¡Nunca! Por eso prefería arriesgarme por esta vía alterna…El primer tramo era un camino lleno de arena que arruinó –por tercera vez este verano- mi lavado de carwash de 5-dólares-con-cera. La carretera a la que accedimos después es una maravilla reasfaltada por la famosa revolución que atraviesa mi país: un sendero magnífico lleno de curvas serpenteantes (se llama “Culebrillas” si logré leer bien el letrero), un camino que cruza las montañas divinas sin romperlas (nada que ver con el HORRIBLE camino que lleva al aeropuerto- y al zoológico, en donde lograron – en contra de toda ley natural- hormigonear las montañas).

Claro que yo, realmente, tuve que hacer esfuerzos para no entrar en pánico. Primero nadie sabía que estábamos ahí aparte de nosotras mismas (en total, las tripulantes sumábamos 70 años de edad,  pero debo decir que en suma creo que no se llega a la sabiduría) . En segundo lugar no había señal de celular. En tercer lugar no llevábamos ni agua ni comida en caso de desperfecto mecánico. Las niñas se rieron mucho cuando les pregunté si sabían algo sobre supervivencia. La verdad… sólo el humor rescata el espíritu cuando sientes que las cosas no están bajo tu control.

Pero en cambio (o a favor del destino) debo decir que este  camino es maravilloso: recorre la provincia de Pichincha en lugares que una ni sabe que son de Pichincha… Perucho- poblado en el que les hice escoger a las niñas si debía preguntar o seguir lo que decía el letrero  (en su sabiduría –sumada- de 30 años, me obligaron a que siguiera menos mal). Puéllaro, insospechado poblado con una iglesia bonita que fotografié al vuelo… El parque Jerusalem, que por votación unánime de estómagos hambrientos nos saltamos “hasta la próxima vez”…


Enfin… llegamos al zoológico como 3 horas después.

¿Y saben? Lo mejor no fue el zoológico. No digo para estas niñas embarcadas en el auto de una persona absolutamente despistada. Lo digo para mí. Me he perdido muchas, muchas veces. En el centro comercial, en el aeropuerto, en ciudades en las cuales no hablaba el idioma, en los viajes que he emprendido, a veces hasta en mi lugar de trabajo. Siempre sentí un poco de pánico. Siempre me demoré en llegar a donde quería. Pero nunca fue catastrófico. A la larga encontré mi camino y supe enrumbarme hacia donde quería llegar.

He conocido lugares insospechados, entablado conversaciones con personas que nunca hubiera conversado, me he reído y he sufrido pensando en todos los escenarios alternos que riman con catástrofe al peor estilo hollywoodiano sin nunca llegar a vivirlos.

Pero después de perderme, sobre todo, he tenido un sentido-de-logro-absoluto cuando he podido llegar a la meta original… Me he sentido feliz-feliz cuando agotada, encuentro el auto, doy con la dirección, me subo en el metro adecuado, llego al zoológico….

Por ello, aunque me vea forzada a ponerlo como un defecto, a veces pienso que en el fondo, perderse puede llegar a ser un talento también.

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