jueves, 31 de diciembre de 2020

Cazando quimeras

 

Hace casi diez años me divorcié . Entre enamorada/ novia/ casada estuve con el mismo hombre 17 años de mi vida. La verdad, cuando pienso en esos años, nunca me parecen tan … DIECISIETE, ¿ saben? Pasaron rápido, en términos de vivencia. Psicológicamente hablando, fueron como unos diez a lo sumo. Trucos que nos juega la mente con el tiempo.

Porque los siguientes diez han sido otra cosa. Me divorcié a los 35, quizá 36, no lo tengo muy claro. Me divorcié porque varios años atrás había comenzado un proceso de desapego de mi exmarido muy sutil, suave e insidioso. Nunca hubo malos tiempos. Solo… nos fuimos alejando y un día… yo me fui. Me fui buscando algo que me hacía falta en la relación, que en un principio pensé que era amor, de ese super pasional, el de los quince, que te sacude con la fuerza de las hormonas y que hace que te enamores de... ALGUIEN, no siempre idóneo.  El amor de los cuentos.

Me pasó: me enamoré de un hombre 11 años menor a mí. Fue un amor tormentoso, de esos que darían mucho material para telenovela: de escondernos, del rechazo social, del desafío, del pensar que lo íbamos a lograr pese a todo, muy a lo “Macron”, del apoyarlo a ser mejor, para poder tener algo duradero. Resultado: él obtuvo una maestría en la Sorbona, se tiró a media Europa durante el viaje, escribió unos libros malísimos sobre el tema (que vende en  Amazon a 5 dólares  aunque realmente no valen ni eso)  y yo… bueno, me di contra el planeta por idealista y boba.

Luego entré en fase de revancha. Si él se tiraba a media Europa, yo iba a hacer lo mismo acá… ¡Já! Claro que no lo hice: yo era madre, respetable profesional, con un puesto directivo en una universidad… Mi revancha se limitó a unos pocos vaciles y luego, bueno… decidí estar sola.

Pero nunca me ha gustado el estatus de “estar sin pareja”. Resulta que yo sí he sido amamantada con el amor romántico y además tengo una voz interna (que se parece mucho a la de mi madre) que me dice que uno no debe estar sola porque la vida es mejor compartida. Estando en esas conocí a otro hombre, un ser muy decente y en la “edad apropiada” , del que me enamoré y… ahí fui a por mi segundo round.

Este round duró casi 5 años. Es que yo soy bien “dura de cachar”. De cachar las indirectas (o las directas según lo veamos), estilo: yo no me cruzo la ciudad por nadie a menos que haya “alguito” que ofrecer; o las de “me rogarás”; u otras como “para qué vamos a cambiar lo que tenemos por otra cosa, si esto está muy bien”. Ustedes me entienden. Y resulta que después de casi 5 años, tuve que arrancarme la venda de los ojos para darme cuenta que me se me habían pasado de nuevo varios años persiguiendo la segunda quimera: tener un compañero.

Y el “inventario” que puedo hacer de esta última relación tiene muchas cosas adentro, pero sobre todo tiene una sobredosis de fatiga emocional.

Estoy agotada. Agotada de ligarme emocionalmente. Yo soy bien burra. En mi última relación no solo me metí con “el novio”, sino con toda su familia. Y le metí a la mía. Y le metí a mi hija. (Él, por supuesto, ya debía tener más recorrido en esto o era más inteligente, porque en 5 años nunca conocí a la suya).  Y ahora no solo debo lidiar con el duelo de nuestra relación, sino con el extrañar a su familia, a sus sobrinas, a sus padres, o que los míos lo extrañen a él y mantengan esperanzas tontas sobre nuestro “retorno”. O con mi hija, con la que hemos decidido no nombrarlo, pero que me preguntó en su enfermedad por qué el “innombrable” no le había escrito ni siquiera un mensaje.

O de lidiar con situaciones como la que sucede en media cena navideña con mi sobrina-nieta, que desde su cosmovisión de 4 años me dice: “tía Fita, ya no estás casada con el XXXX”?. Y yo, semipasmada, pretendiendo explicarle que nunca estuvimos casados, y que solo atino a responder “él y yo ya no estamos juntos”. Y ahí va la réplica: “¿Y dondé está el XXXX ahora?”. Ya totalmente desarmada le hago “la del psicólogo” y respondo con la misma pregunta: “sí, y dónde estará el XXXX?”. Y ella, para quien esto es un juego, de decirme: “pues en la selva, o en el espacio, o en otro planeta…”

Debo decir que en esta ruptura he guardado la entereza muchas veces, pero dos momentos me han destrozado el alma. El primero, al día siguiente de la cena, cuando mi sobrina-nieta, al despedirse y no recordar nada de lo que le dije la noche anterior me dijo: “mándale besos al XXXX” y cuando escuché el mensaje en el que se le quebró la voz a  la madre de XXXX un día después, deseándonos a mi hija y a mí  feliz navidad.

Yo no me apunté a nada de esto… Y sin embargo, es lo que obtengo por haberme pasado cazando quimeras..

domingo, 20 de diciembre de 2020

Crónicas de la pandemia: La araña

Los miércoles en la mañana se han convertido en el “día de la limpieza” para mí. Si bien antes de todo este lío esto estaba a cargo de mi Mayri querida, desde que nos confinaron yo la confiné a ella a su casa y me he dedicado a esta tarea.

Ya son 9 meses de esta rutina, que arranca con una limpieza profunda de la cocina, luego la aspirada de toda la casa, y finalmente, la lavada de los baños. Al principio me renegaba, no le veía el punto a limpiar las cosas para que luego de media mañana todo esté de nuevo patas arriba, lleno de pelos de gato y trastes sucios.

Pero progresivamente este espacio se fue transformando, convirtiéndose en un momento en el que estaba por fin sola conmigo misma. Al principio, lo usé para disfrutar de mi música, puesto que había perdido el espacio asignado a esto que era, antes de la pandemia, cuando manejaba en camino al trabajo. Cuando rompí con la pareja con la que estuve casi 5 años, este se convirtió en el espacio de escuchar a Walter Riso decirme con su voz docta todo lo que no había querido confesarme a mí misma sobre este tema. Y cuando me faltó tiempo para las clases, lo usé para escuchar mis propias grabaciones del semestre anterior y refrescarme los temas. Finalmente, en estos dos últimos meses,  este se convirtió en el espacio del silencio, de oirme recitar los pendientes de las clases, los trámites por hacer antes de que se acabe el año, o lidiando con las cosas que me ha traído y sigue trayendo la pandemia: los problemas económicos por la baja del salario, el exceso de trabajo por la carga de los trabajos semanales de 130 estudiantes, la gastritis de mi mamá , las caídas de mi papá o cualquier otra novedad de esas que solo este año nos ha hecho vivir.

Coincidentemente, este miércoles que quiero narrar es el segundo que pasa desde que se presentó la última de “esas” novedades: mi hija enferma de covid. Lleva una semana y media encerrada en el cuarto, y yo una semana y media de desinfecciones de vajillas que entran y salen del mismo, de monitoreos a través de la puerta sobre su temperatura, su terapia respiratoria, su oxigenación, sus medicamentos. Es una semana y media que no duermo casi nada, esperando con ansiedad el día siguiente, y el nuevo síntoma que aparecerá: el inicio de la bronquitis, las crepitaciones que detecta el médico en el pulmón, la pérdida del olfato y el gusto….  Una semana y media que mi mente trata de “mantenerse positiva para que mi sistema inmune no se baje”, como me aconsejan todas las buenas personas que no tienen ni idea de lo culpabilizante que puede ser un consejo de este tipo en estas circunstancias.

Trato de no pensar mucho en nada, entonces, mientras limpio la cocina a profundidad. Como he terminado con eso bastante rápido, para proceder a la siguiente etapa cambio la fundita del aspirador por una nueva porque esta ya está bastante llena, y comienzo a aspirar la sala.  Lo estoy logrando bastante bien, mi cabeza inundada del ruido del aspirador, cuando levanto un cojín del sofá… y descubro la araña.

Al principio ni me doy cuenta que es una araña, parece una flor muerta, tipo margarita. Acerco mi mano, pero algo me frena, y es el pensamiento que hace ya rato no hay flores en esta casa. En un micro segundo entiendo lo que es. Tiene el tamaño de una margarita muerta, pero no lo es. Esas cosas largas y gruesas no son pétalos marchitos, son patas recogidas. Esa bola no es el centro de una flor. ¡Es el cuerpo de una araña! Mis neuronas me dicen que debo aspirarla y lo hago inmediatamente, dejando prendido el aparato mientras voy a buscar el insecticida para asegurarme que no salga con vida;  paro el aspirador, abro el compartimiento y me dedico a vaciar en la funda todo el frasco. Sello la funda con cinta de embalaje, la boto a la basura, y en poco tiempo todo el incidente ha terminado.

¿O ha comenzado?

Porque entonces me viene a la garganta una avalancha de sentimientos, y exploto en llanto. Lloro cambiando la bendita funda, y sigo llorando mientras continúo aspirando. Lloro sin control pensando en la horrorosa araña escondida debajo de mi cojín. Lloro por habérmela encontrado, por haber tenido que lidiar con ella sola en lugar de salir corriendo como hubiera querido, por tener que guardar la cabeza fría mientras "me hago cargo del asunto". Lloro por todas las arañas con las que he tenido que lidiar últimamente, sin ninguna cronología porque se precipitan así desde el pozo a donde las he mandado: las PCR,  las citas médicas, la ruptura, los diagnósticos, las tomografías, la conversaciones truncas, la reducción del sueldo, el aumento de la carga laboral, las desinfecciones de la casa, la indiferencia de quien decía querer pasar la vida conmigo, los recuerdos que no se me borran como a él que con 4 pedaleadas se ha olvidado de todo, las voces en mi mente, las angustias por la salud de mi madre, las discusiones con mis hermanos, los silencios eternos en las noches, los millones de preguntas que se han quedado sin respuesta, el dolor de la mandíbula que no desaparece, las ausencias, el frío eterno que me congela los pies cada noche y que permanece ahí hasta la mañana… parecería que dentro de mí esta desesperación va a durar toda la vida, es como un tsunami que no puedo contener.

¿Quién se iba a imaginar lo que haría una araña?

Pero eso también termina. 

Es más: he terminado de aspirarlo todo y  ya solo quedan los baños por lavar. Mientras guardo el aspirador, ya solo melamento por la funda nueva que puse y me tocó botar.

 

viernes, 2 de octubre de 2020

Crónicas de la Pandemia: Las Canas


Hoy como cualquier día de esta condenada pandemia, llamé a mi madre a media tarde para conversar. Poco importa si es un día de semana, un sábado o un domingo, porque la verdad, todo se ha desdibujado en esta nueva versión de la vida. Así, hago la limpieza en pleno miércoles que debería estar trabajando, pero a la vez trabajo durante toda la noche del viernes al sábado corrigiendo los deberes interminables que me invento para que los estudiantes no se aburran de mis clases virtuales, y tengan un chance de interactuar en grupos, para ver si así, de alguna manera, paliamos a la soledad que les aqueja en sus casas y tienen un momento para hablarse como solían hacer antes, de tonteras, a escondidas del profesor. (Algún otro rato les cuento sobre esa parte del ser profesora por zoom).

Pero hoy no. Hoy solo quería contarles sobre algo que me impactó en la charla con mi mamá.

Con ella, las llamadas usualmente giran sobre los mismos temas: el encierro, la desinfección de los productos, el alcalde y su ocurrencias, el último caso cercano de alguien que se contagió del Covid y si sobrevivió o no. Cuando sobreviven, mi madre saca a relucir los milagros del dióxido de cloro y cuando no, nos preguntamos qué pudo haber pasado en cada caso en particular: espulgamos la edad, los factores de riesgo, la imprudencia, ustedes saben, todo lo que las noticias nos dicen que influye al rato de que esta maldita enfermedad se lleve a alguien; yo por mi parte apuesto siempre por la lotería del destino, ese azar que rige nuestras vidas y tendemos a rechazar. Mi madre le apuesta al uso/ no uso del dióxido, pese a mi negativa de creer en los miles de chats y videos que me ha mandado al respecto. Y hoy añade triunfante que el gobierno está evaluando pasar una enmienda constitucional respecto al uso de esta sustancia. Esto, en la misma semana que el mismo gobierno vetó reformas esenciales al código de la salud que hubieran impactado seria y positivamente en la salud de los ciudadanos. Una ola de enojo me invade, pero un residuo de sensatez se eleva en mi conciencia y no digo nada. Hace rato que he abandonado toda discusión política: en este país es inútil encontrar ningún sentido en lo que hacen los gobernantes. Así que solo asiento ante la noticia y respondo “¿En serio? ¿por qué será?”.

Nada de esto me sorprende en realidad. Lo que me causa real estupefacción es que, por ahí, entre la enmienda y el siguiente tema que trae mi madre a colación -si mi ex novio ha dado señales de vida o no- mi madre me suelta: “tienes el mismo mechón de canas que yo tenía a los 20 años”.

Y es verdad. Ya hace rato que no me pinto el cabello, pero con real decisión únicamente lo he hecho en esta cuarentena. Tengo ese mechón desde los 21 años, y me he pasado 24 pintándolo de diferentes tonos de castaño, desde el caoba profundo, pasando por el mocca, hasta, en algún momento, el azul. He negado su existencia, lo he ocultado, disfrazado, supuestamente aceptado, rechazado de nuevo y finalmente, debo decir, me he cansado de luchar mes a mes por ocultar su presencia. Me ha pasado un poco lo que me pasó con mi última relación: luché varios años por mejorarlo, pero a la larga, su naturaleza rígida y poco satisfactoria me ha vencido, y he tenido que deponer las armas y aceptar, simplemente, que nada que yo haga va a impedir que sea como es. Me ha vencido a la cansada.

No me impacta su existencia. Hay cosas más impactantes que están pasando: estamos en media pandemia, mis padres no salen de casa desde hace 6 meses, hay gente contagiada y muriéndose de Covid cerca y lejos de mí, tenemos clases virtuales, babyshowers por zoom, graduamos profesionales en vídeo conferencias, no logramos ver las sonrisas de las personas a través de las mascarillas, ya no se puede viajar, ni ver las caras de los alumnos, ni festejar cumpleaños, ni siquiera respirar en paz…

No. No me impacta su presencia.

Lo que realmente me impacta es cómo, pese a la calidad horrorosa de las llamadas, mi madre logra ver mis canas en las imágenes pixeladas del whatsapp…

viernes, 18 de septiembre de 2020

Parte IV: El despertar de la guerrera

 Me ha tomado mucho tiempo escribir sobre mi despertar y sobre todo, hacerlo en primera persona. Todo parece más fácil cuando se pone en ficción. Como si aquello que sucediera no nos estuviera pasando, así,  lo que le duele al personaje duele menos, ¿saben? En tercera persona, siempre queda la duda de lo que pasó. Si es real, o imaginario. En tercera persona se asume solo un poco de la responsabilidad cuando se escribe. Un poco, pero no tanto.

Hoy sin embargo voy a escribir sobre mí en primera persona. Solo usaré la metáfora porque suena mejor, como suenan siempre los cuentos…

Cuando me desperté de la terrible pesadilla, me encontré rodeada de fango seco, mis alas empapadas y una pesadez muy profunda en el alma. Sabía que algo sucedió, algo muy grave, pero una especie de burbuja de protección me rodeaba y filtraba de algún modo la realidad de la guerrera. Detrás de la burbuja estaba aún el guerrero, pero su actuar no dejaba ver que hubiera habido tormenta alguna. Es más: sonreía como si nada hubiera pasado, brillante, con el sol resplandeciente reverberando en su armadura.

Lo cual era extraño. Porque dentro de mi burbuja todo había cambiado. Primero: no tenía armadura. Lo cual podría haber resultado peligroso sin la burbuja. Pero la burbuja actuaba como un extraño escudo, frágil en sí, pero invisible: nadie parecía verlo, lo que lo hacía extrañamente potente, porque además era transparente y dejaba ver con claridad lo que pasaba en el exterior. Adentro, por el contrario, las alas no eran frágiles ni etéreas: pesaban al caminar al principio, aunque poco a poco me fui acostumbrando a ello.

Fuera de la burbuja, el guerrero quería seguir guerreando. A mí, en lo particular, ya no me interesaba el hacerlo. Para ello, debía de nuevo ponerme una armadura, pero ahora, aparte del peso de las alas, ya no quería sentir peso. El guerrero se enojaba por ello, así que fuimos a donde un sabio, para ver lo que nos podía decir al respecto. El sabio, sin embargo, no dirimía. Ocupado en sus asuntos, las veces que nos atendía eran escasas, y se desgastaba el tiempo en discusiones sobre la necesidad de usar armadura o no. Y yo ya sabía que no me pondría nunca de nuevo la armadura.

Es que, sin la armadura, esas alas fragilizadas, pesadas por el fango húmedo que un momento parecía que me hubieran condenado a ahogarme, se estaban cada día volviendo más ligeras al secarse el barro y convertirse poco a poco en polvo. Se tornaron livianas y hermosas, y mientras más pretendía ignorarlas, más querían desplegarse. Me quedaba pegada en el suelo solo porque el guerrero seguía ahí, y yo quería convencerlo de que deje su armadura, para que descubra sus alas y poder volar juntos.

El guerrero tenía sus propios planes, sin embargo y volar no era uno de ellos. Mientras más intentaba yo animarlo al viaje, más se enojaba y sacaba a relucir las ventajas de seguir combatiendo juntos cosas, así esto involucrara que yo, a veces, me quedara atascada en el fango con la mano extendida y que él, del otro lado, se burlara de mi desesperación de sentir que me ahogaba y negara extenderme su mano.

¡Pobre guerrero! Nunca había experimentado lo que es tener alas, y le daba miedo el peso que estas pueden tener en el contexto inadecuado.

No sabía que las alas solo pesan cuando se vuela bajo la lluvia y uno termina en el piso, con la tierra lodosa que se cuela entre las plumas. Las alas nunca pesan en el contexto adecuado, en los días de buen viento y cielos despejados, cuando el aire se desliza en cada uno de sus pliegues como suaves caricias que las impulsan siempre más arriba, hacia cielos tan elevados en donde no se sabe si lo que quita el aliento es la belleza de la vista… o la falta de oxígeno.

No levanté el vuelo, sin embargo, porque esperaba poder explicárselo. Explicarle que debajo de su armadura existía talvez un par de alas que merecían el chance de ser liberadas. Lo intenté, de diversas maneras, hasta que una noche entendí, por algo que él expresó, que nunca me iba a dejar explicárselo bien, peor aún mostrárselo…

Entonces, esa noche, saturada de fango, lluvia y peso, desplegué las alas por fin… y volé…

Me quedé un rato revoloteando, visitando al viejo sabio, charlando con él para intentar entender. Me quedé revoloteando cerca del guerrero por si lo veía, por si asomaba él también estrenando alas. Pero nunca apareció.

Me quedé volando cerca unas cuantas semanas, pero nada sucedió. 

Y en realidad todo sucedió sin que lo buscara…

Sucedió que las alas se volvieron fuertes, que me quedaron cortas las charlas con el sabio y los paisajes en los que volaba esperando algo… Así que, un día, ligera y con las alas henchidas por el viento que aprendí a conocer, decidí seguirlo sin importar a dónde me llevara, sin regresar a ver atrás.


viernes, 28 de agosto de 2020

Es viernes... y el cuerpo lo sabe

 

Es viernes y el cuerpo lo sabe…

Pero tal vez en esta época, solo sabe del cansancio pegado al cuerpo por estar demasiadas horas delante de una pantalla, o respirando a través de una mascarilla /visor/ dentro de un traje de protección.

Tal vez el cuerpo sabe solo del dolor de áreas anatómicas que gritan por el exceso de horas sentados, por los ojos que lagrimean sin razón, los pulmones agotados, los labios cansados de no poder expresarse sin esfuerzos sobrehumanos.

El cuerpo sabe de las ausencias de aquellos que nos acompañaban los viernes, amigos de karaokes, clases de italiano, cafés o farras, con los que celebrabamos de buena / mala? manera estar vivos.

O sabe de pijamadas, chimeneas encendidas, relatos de grupos de lectura, paseos a Papallacta bajo las estrellas o canguil frente a una serie de Netflix, o simplemente de abrazarse y dormir pegados con la persona que nos amaba.

Es viernes, el cuerpo lo sabe....

la memoria recuerda...  

y el alma extraña.

domingo, 2 de agosto de 2020

Parte 3: El canto de la guerrera

Hay batallas que perdí  casi sin luchar

hay batallas que abandoné antes mismo de comenzarlas


Hay algunas en las que maldimensioné mis fuerzas y salí  muy herida

Y otras que simplemente me aniquilaron


A algunas de ellas las  llamé  victorias y fueron fracasos

Y otras que percibí como fracasos pero me enseñaron mucho


Cuando  luché  hasta sangrar y matarme me llamaron"guerrera"

Y cuando abandoné  para salvarme  a mí misma me  juzgaron débil


Cada quien  lucha como puede sus batallas

Cada quien sabe cuando valen la pena y cuando dejarlas


Solo estando en la contienda se entiende los motivos

Solo el que sale herido sabe cuán profundo o doloroso es el agravio


sábado, 1 de agosto de 2020

Parte 2: El sueño de la guerrera

En su sueño, la guerrera no pelea. Transita sin su armadura y se entrega totalmente a experimentar cosas con el guerrero a su lado.

El guerrero quiere compartir manjares que le gustan con ella, a los que ella nunca les ha visto mucha afición. Sin embargo prueba y se da cuenta que algunos pueden ser también de su gusto. Acepta a veces compartirlos aunque no le plazcan del todo, porque eso hace feliz al guerrero. A ratos, él gruñe, si ella expresa que algo no le gusta. Y ella no quiere eso. Entonces aprende a no decir en voz alta lo que piensa, y esquiva el gruñido.

La guerrera está tan feliz con su nueva relación que no para de hacer fotos y mostrarlas. Ingenuamente piensa que el guerrero también está feliz. Pero él le dice que eso es vano y presumido. La guerrera le da la razón, y guarda las fotos para mirarlas solo ella.

El guerrero presenta a su familia a la guerrera. Ella es un poco tímida, pero se siente tan bien acogida y eso es tan importante para el guerrero que multiplica los contactos, los cultiva y se integra. El guerrero está feliz. La guerrera quiere entonces también compartir su mundo  con él, con su familia de la vida, las amigas de combates anteriores. Le presenta  a las otras guerreras. Pero el guerrero no quiere estar en esos espacios, y le dice que no irá más porque no se divierte. La guerrera no quiere obligarle, quiere que sea feliz. Irá sola de ahora en adelante.

A la guerrera le gustaría que él le abra un poco más de su mundo. Le gustaría, por ejemplo, conocer a la hija del guerrero, que de lo que él le ha contado, es también otra guerrera. Se lo sugiere al guerrero, y él le dice que a la hija no le interesa. La guerrera piensa que esto se arreglará con el tiempo, que tal vez es muy temprano. Pasan los años, y todo sigue igual. La guerrera le dice al guerrero que esta situación es dolorosa para ella. Al guerrero no le importa. Él es feliz así, con dos vidas paralelas. La guerrera acepta. Porque él es feliz.

La guerrera quisiera que el guerrero comparta más con ella la vida diaria. Los espacios en los que están juntos son pocos y a ella le gusta la compañía del guerrero. Tiene miedo de pedírselo, porque cuando se ha rozado el tema una vez antes, el guerrero le ha dicho que es muy temprano, que deben esperar, que está buscando la seguridad que ella no tiene. Se lo pide de todas maneras, cuando ya ha pasado más tiempo. Entonces él le dice que no, porque ella es inestable, toma decisiones impulsivas, como cuando acogió en su casa a una niña embaraza que no tenía a quien acudir. Ella le da la razón, esa historia terminó mal, con mucho dolor. Entonces espera un poco más, para que el guerrero se dé cuenta de que no es impulsiva. Y se lo vuelve a pedir. Ahora el guerrero le dice que no es momento porque la hija de la guerrera es joven, porque las cosas no se han estabilizado. La guerrera entiende que es él quien no está listo. Y deja de insistir. Y él es feliz.

La guerrera sigue entonces caminando al lado del guerrero. Feliz porque él es feliz.

La guerrera no se ha dado cuenta de que el cielo antes despejado se ha venido poco a poco cubriendo. Ahora, gruesos nubarrones negros es todo lo que hay y comienza a llover despacito. A ratos un rayo de sol sale, pero parece escaparse cuando ella trata de alcanzarlo. La lluvia se vuelve más fuerte, el piso se enloda, la guerrera está empapada. Comienza a sentir frío y busca sin éxito un lugar donde guarecerse. Mientras tanto sigue caminando, regresando a ver al guerrero. Extrañamente donde está él no llueve, y le regresa  a ver sonreído, como que no pasara anda. Pero ella se va empantanando más y más, no logra avanzar y agotada decide sentarse. Comienza a sollozar de impotencia. La guerrera es una mujer fuerte. Ha vivido batallas dolorosas, y en la última le nacieron un par de alas mágicas en la espalda; con ellas escapó lejos de un campo de batalla en el que casi pierde la vida. Durante todo  el sueño, las alas mágicas no estaban; en su lugar apenas había un tatuaje y la guerrera se había olvidado de ellas.  En este momento por primera vez puede sentirlas; quisiera desplegarlas pero están empapadas y son muy pesadas. No lo logra. Mientras, su cuerpo se va hundiendo más y más en el lodo, el agua la va cubriendo; todo se acelera, el fango está llegando peligrosamente a su cuello, luego a su mentón...

Desesperada, tiende una mano al guerrero pidiéndole ayuda. Él la mira extrañado,  y le increpa porque no está pasando nada, no está lloviendo, el sol brilla. Ella le suplica diciendo que sin su mano se va a ahogar. Pero el agua ha llegado ya a su boca y él no agarra su mano. La guerrera no logra entender por qué no la ayuda, si ella lo ha hecho feliz todo el tiempo. Finalmente, el fango entra por su nariz y sus oídos, sabe que va a morir, y en un último atisbo de su conciencia…

… se despierta.

viernes, 24 de julio de 2020

Parte 1: La guerrera


Esta es la historia de una guerrera de armadura brillante.

No nació guerrera. Fue un bebé de ojos violetas, pestañas largas y lagrimones brillantes. No tuvo en su cuna dibujado el destino lleno de batallas, agotamiento, victorias y fracasos. En realidad,  fue creando la armadura cuando tuvo conciencia de haber nacido en un medio hostil a la ternura.

Forjó la mejor armadura, haciéndose un escudo de hierro sólido, una espada de acero y una cota de mallas tan tupida que nunca se vio el brillo de la dulzura a través, aunque por dentro su alma crecía. Se entrenaba en las mañanas frente a todos, la guerrera más dura y segura de todo el reino, con la más brillante armadura que nadie había tenido hasta entonces. Por las noches, sin embargo, soñaba con cuentos de hadas y de princesas atrapadas. Dragones y llamas, y finales felices de besos eternos y declaraciones de amor encantadas.

Obtuvo una reputación al crecer: nadie era más fiera y segura que la guerrera con armadura. A ella recurrieron los reyes desesperados para hacer frente a las peores amenazas, y siempre ganó.

Creció entonces luchando, y en esas luchas encontró a un príncipe azul: de ojos azules y azules promesas. Pensó haber cumplido con lo debido, y tuvo con él una hija hermosa, reluciente como el sol. Pero las luchas no habían terminado, y la guerrera, acostumbrada a pelear, dejó al príncipe y a la niña a salvo para combatir por ellos en arduas contiendas, sin nunca solicitar ayuda.

 Peleó sin problema todas las batallas...

…Hasta que un día se encontró con un dragón que la agotó. Por más que intentara, no lograba dar con su punto débil. Más aún, el dragón comenzó a herirla de mil y unas maneras, descosiendo su malla, perforando el escudo, mellando la espada. Agotada y sin saber qué más hacer, a punto de desfallecer, fue donde el príncipe y le dijo: “no puedo luchar sola”. El príncipe, asombrado, un poco confundido pero también enojado, la miró desafiante y contestó: “hasta ahora no me has necesitado, tampoco me necesitas ahora”.

Dolida, y sabiendo que no podía hacer nada sino luchar,  sacando fuerzas de donde ya no había nada, la guerrera afrontó una vez más al dragón, y … lo venció.

Fue su mayor derrota. La lucha la dejó tan cansada que, cuando se repuso,  abandonó al príncipe por haberla abandonado la única que vez que lo necesitó.

A partir de entonces, transitó en la vida luchando sola. Su hija creció y cumplió todas las promesas que dijeron las hadas en su cuna. La guerrera  luchaba, sola, contra todo lo que se venía. En las noches, aún leía cuentos de finales felices, con trajes relucientes, música armoniosa,  besos y promesas  para siempre. Aunque ella, desilusionada,  ya no quería un príncipe, ni una boda, solo seguir adelante con su armadura y las lecciones de sus batallas.

En el trayecto de sus guerras conoció a alguien. No era un príncipe, solo otro guerrero como ella, que parecía haber peleado las mismas luchas. Compartieron sus experiencias, y ella decidió hacer un camino con él. En el trayecto se enamoró, y comenzó a crear posibilidades en su mente. No de día, no frente a él, no en voz alta. Formular las cosas antes de que sucedan trae mala suerte, o como dicen los oráculos: no se debe pensar mucho en la felicidad, sino se escapa.

Entonces, ella solo imaginaba. Imaginaba un futuro juntos. Un jardín en el que cultivaban los frutos de los dos. Una casa llena de rincones de luz y libros. Gatos acostados haciendo la siesta mientras ellos, descansando de las batallas, se sacaban la armadura y compartían sus sueños. Luego venían los dragones y salían otra vez a afrontarlos juntos, y regresaban,vencedores de la contienda. Entonces, rendidos por el cansancio, se acostaban a la lumbre del fuego hasta que el sopor de la victoria conjunta les sometía a los dos, y se dormían, abrazados y exhaustos, frente al último rescoldo…

Pero tal vez todo fue solo un sueño de una guerrera muy cansada…

miércoles, 15 de julio de 2020

María Paula


María Paula es mi vecina. Si le calculo bien la edad debe tener unos 9 años ahora, o tal vez 10. Nos conocimos hace cuatro,  cuando me mudé a este barrio al cual se accede después de subir tantas cuestas que uno cree que va a llegar a la cima del Pichincha.

Cuando la conocí era una niña vivaz, muy amiguera, que se pasaba las tardes en el jardín de su casa cargada una muñeca a la que le cambiaba la ropa todo el tiempo y hablando con quien se le cruzaba. En esa época mi sobrina y su bebé vivían acá, lo cual volvía la conversación muy interesante y la casa muy atractiva. Hasta el punto que la María Paula, que no había sido inscrita aún el orden de las prohibiciones sociales, venía a timbrar a la puerta cada vez que se le antojaba para “ver a la bebé”.

Supongo que no hacía eso solo con mi casa, sino que tenía otros pretextos para ir a otras casas en el barrio, y que alguien un día se quejó, porque súbitamente dejó de venir. A mí en lo personal no me molestaba su charla infantil y su curiosidad sin freno, me hacía sentir acogida en un lugar que sentía aún extraño para mí. Mi único otro contacto era la vecina de al lado, cuya hija adolescente salía siempre a gritar “Luuuunaaaa, Luuuuunaaaaa”, buscando a una perra pekinesa que varias veces asomó en mi sala, hasta que un día desapareció también. Luego nos enteramos que la había atropellado un taxi.

Ya casi no había visto a la María Paula hasta esta cuarentena. Cuando desapareció comenzamos a elucubrar las cosas más extrañas al respecto: sus padres la habían encerrado en un cuarto oscuro, la mandaron a un internado, la asesinaron y la enterraron en el jardín…

En estos años progresivamente reapareció, siempre en versiones más grandes y lejanas, y sobre todo, hurañas, lo que la transformó en maléfica para nosotras. Comenzamos un nuevo juego con mi hija: que no nos vea la María Paula. Cuando llegábamos del trabajo, nos agachábamos en el auto y salíamos hagazapadas luego hasta la puerta como en un juego de espías; la sospechábamos de fumar marihuana o quemar cosas en su casa cuando flotaban olores extraños afuera, y cuando la veíamos sentada en el jardín imaginábamos que seguramente se encontraba ocultando los huesos de algún pobre animalito que desolló.

El encierro cambió muchas cosas para muchas personas, incluida la María Paula. La hemos visto salir a lavar el auto con su hermano, acostada en shorts tomado el sol en la hierba con su mamá, caminando afuera haciendo quién sabe qué mientras su papá da interminables vueltas en el parqueadero en traje de deporte. Hemos vuelto a saludar, de lejos por la ventana y a veces en persona cuando salgo. Está grande y se la ve feliz, feliz en esta cuarentena con sus dos nuevos regalos.

El más reciente es una bici rosada enorme en la cual da interminables vueltas en círculo en el parqueadero, a veces persiguiendo a su hermano, a veces sola, pero siempre con una sonrisa inmensa y las mejillas coloradas por el esfuerzo. El otro, más antiguo porque llegó a inicios del aislamiento, es también el más extraño. Vino en forma de casi perro: es un chihuahua al que trata como a las muñecas de antaño, paseándolo en la bici y poniéndole vestidos. Para mí era solo un perro más, hasta que un día oí la voz chillona de la María Paula en el patio llamándolo incesantemente “Luuuunaaa, Luuuuunaaaa”.

Todos recuperamos algo en esta cuarentena.
La María Paula, su sonrisa.
El barrio, la Luna.
Y yo... a la María Paula.

sábado, 11 de julio de 2020

Querida Andrea


Querida Andrea:

Desde que te fuiste he estado tratando de lidiar con tu ausencia. Te he llorado a ratos y en otros me he sentido alegre por haberte tenido el tiempo que te tuve. Me he sentido culpable por no haber disfrutado más tu paso por esta vida, por no haberte obligado a ir al yoga conmigo, por no subirte a un avión amarrada para que te fueras a Guayaquil porque allí eras feliz, por haber respetado tu negación a la enfermedad en lugar de confrontarte una y otra vez. La culpabilidad me viene también cuando me acuerdo de todas las veces que me invitaste a estar contigo, a tomar cafés cuando me sentía mal, a almorzar cuando me peleaba con mi novio, y que yo no iba porque me parecía lejos, hacía frío o prefería quedarme leyendo un libro. La verdad creo que lo que realmente pasaba es que se me daba mejor llevar el dolor sola que compartirlo. Y creo que tú hacías lo mismo.

No sabes lo duros que han sido estos meses sin tenerte a mi lado. Un día te dije que no te podías morir porque si no a quién le iba a contar las peleas con mi pareja. Igual te moriste e igual sigo peleando con él. Ahora hablo con otras personas de las peleas, estoy en terapia con la Anita, y hasta hacemos terapia de pareja y ¿adivina qué? Con nadie me siento como me sentía contigo al hablar de eso.

Estoy enojada con la vida porque me robó más que una amiga. Tú siempre fuiste como una hermana para mí. No puedo creer que nos hayamos vuelto adultas juntas, a veces sueño que seguimos en el colegio y nos estamos paseando cerca del bar, comiendo pastel de chocolate mientras andamos atrás del Pepe o del Simón. Me acuerdo de las notas que nos escribíamos en los cuadernos, y de las cartas ridículas en que nos inventamos que mi papá tenía un tanquero y el tuyo una volqueta. No sé por qué eso nos parecía chistoso en esa época, ahora al escribirlo incluso me doy cuenta de lo absurdo y hasta clasista que puede sonar. Pero nos reíamos mucho mucho en esos tiempos y sin ningún cargo de conciencia, de todo: de la historia del búho de la Bruna y la Cris, de los eructos de la Lola, de las clases de Filo, de las nalgas de la profe de Géo. Cuando pienso que ahora yo tengo unas iguales… nos hubiéramos reído también de esto último. Tú no tenías este problema, sobre todo al final, que tu cuerpo se fue transformando cada vez más en cuerpo de sirena, ese cuerpo frágil que no querías mostrar en el consultorio del homeópata  pese a que se te veía tan bonita como siempre.

Cuando me acuerdo de ti es como abrir un cofre de recuerdos que no se vacía. Uno trae a otro y creo que me podría pasar días enteros recordando cosas, como la vez que fuiste a hacerte churos para una fiesta y que la peluquera te puso la cabeza como la de la Pequeña Lulú, y que tuvimos que salir más tarde de tu casa porque te fuiste a lavar el cabello. ¡Qué épocas esas de adolescentes, en la que nuestra mayor preocupación era pelearnos con nuestros hermanos para ganar el teléfono para llamarnos y contarnos lo que no pudimos comentar en el colegio!

Alguien debió decirnos que esos eran los años fáciles. Debieron hablarnos de lo que se venía después, los desamores, las traiciones, la infidelidad, los divorcios, las terapias de pareja, las concesiones con nuestros objetivos. Alguien debió advertirnos que podíamos perder nuestra esencia en el camino y convertirnos en adultas que tienen que ocultar sus emociones para no asustar a los hijos o a los padres. Alguien debió nombrarnos al cáncer que se iba a desarrollar en tu cuerpo y advertirnos que no te curarías por más dietas, remedios y quimios que te metieras en el cuerpo. Alguien debió decirme que por más que me pasara repitiendo “a mí no se me muere nadie”,  era un pensamiento mágico e infantil que no evitaría lo que terminó por pasar.

Creo que con todo esto lo único que quiero decirte es lo mucho que te extraño. ¿Sabes que te sigo escribiendo a tu número celular? Cada vez que escucho “Nowhere fast” y me acuerdo que la bailamos en la fiesta de los 25 años de graduadas. O cuando estoy triste y no sé qué hacer. O la otra vez que me topé con un meme que decía “me encanta cuando la risa de alguien es más divertida que la broma” y me acordé de tu risa. Siempre.

No quiero despedirme nunca de ti y sé que podría pasarme horas escribiéndote. Por eso por ahora voy a cerrar esta carta con la letra de la canción que asocio con tu partida. La escuché en la radio cuando manejaba hacia el aeropuerto esa vez que te fui a ver sola por un día en Guayaquil. Tuve la suerte que alguien me obligó literalmente a dar el paso de ir a verte, porque tenía miedo de molestar a tus papis. ¡Qué boba! Ese día pude sostenerte la mano y constatar que estabas ya transicionando para irte a algún lugar, aún no sé bien a cuál porque no se me va el ateísmo. Volví a escuchar la canción cuando regresé de tu funeral y estaba tan triste. Y ahora cada vez que la escucho no puedo evitar pensar en ti…

She's got a smile that it seems to me
Reminds me of childhood memories
Where everything was as fresh as the bright blue sky
Now and then when I see her face
She takes me away to that special place
And if I stare too long, I'd probably break down and cry

Whoa, oh, oh
Sweet child o' mine
Whoa, oh, oh, oh
Sweet love of mine

She's got eyes of the bluest skies
As if they thought of rain
I'd hate to look into those eyes and see an ounce of pain
Her hair reminds me of a warm safe place
Where as a child I'd hide
And pray for the thunder and the rain to quietly pass me by

Whoa, oh, oh
Sweet child o' mine
Whoa whoa, oh, oh, oh
Sweet love of mine