Ser mujer en esta época, en este país, en
esta cultura… Tener 15 años, 20, tener 30, 40 o 50… ¿Cómo es?
Cuando converso con mi sobrina a veces creo
entenderla y conectarme con su realidad, pero en el fondo creo que no tengo ni
idea de lo que le toca vivir. Cuado yo tenía 15 años, los modelos de belleza no
eran tan fuertes y exigentes, la droga era algo fundamentalmente ilegal, el
regalo era la fiesta rosada y la edad de inicio de las relaciones sexuales era
de 19 años. Ahora se toma píldoras para divertirse, hay websites que enseñan
como vomitar y emplear eméticos para estar delgada, la actividad sexual inicia antes
de los 15 y los padres regalan cirugías estéticas para festejar a sus hijas.
Comencé a dar clases cuando tenía 25 años y
la diferencia de edad con mis alumnas era poca; hoy cuando miro a las chicas de 20 que están
sentadas en mi clase me digo que si lo hubiera hecho temprano, podrían ser mis
hijas. Sé que ellas viven cosas durísimas, de las que me entero no porque
confían en mí sino porque sus historias llegan a mis oídos porque “soy la
decana” y tengo que tomar decisiones.
Algunas ya tienen hijos, sus padres las han botado de la casa y viven
por ahí con su guagua, trabajando y viniendo a clase con los ojos llenos de
sueño pero sabiendo que es necesario si quieren salir adelante. Otras están
entrampadas en relaciones de pareja nocivas y maltratantes de las cuales
piensan que no deben salirse porque no encontrarán a nadie que las ame…
Habiendo comenzado a trabajar tan temprano,
tengo colegas en los 30 que fueron mis alumnas. Mujeres luchadoras e
inteligentes a las que les dirigí la tesis y que sin miedo me miran a los ojos
y “me cantan las verdades” cuando saben que lo que estoy haciendo no está bien.
Son excepcionales en muchos aspectos y
a veces bromeo con ellas llamándolas “las chicas Flacso”, porque tienen
ese sesgo de género que les enciende la mirada y las hace desafiar a quien sea,
hombre o mujer, así sea su “jefe”.
Mi grupo referencial son mujeres que bordean,
como yo, los 40… Mujeres inteligentes, sinceras, frontales, sensibles y
tiernas; han hecho carrera en su profesión y no tienen “pelos en la lengua” al
momento de protestar por algo que no está bien. Mujeres que saben decir “no” si
el asunto no les convence y aunque se demoren en entender que una situación que
no va a mejorar es mejor cortarla de raíz, acaban tomando las decisiones más difíciles y saliendo adelante con
coraje.
En mi trabajo también hay muchas mujeres de
50 años. Son tradicionales en sus valores familiares y se escandalizan con
facilidad de situaciones a las cuales no están acostumbradas, como ver parejas
de chicas besándose, cabello azul o cuando se les habla de
relaciones no formales. Son mujeres que trabajan y mantienen hogares estables,
sin cuestionar sus relaciones de pareja; mujeres cuyo credo es “mientras yo no
me entere…”
¿Tenemos algo en común? A veces pienso que
nada, porque se supondría que con
el paso del tiempo las generaciones van rompiendo modelos tradicionales y
adoptando nuevos modelos. Sin
embargo, lo agradable de relacionarse con personas de diversas edades es
justamente que se aprende a conocerlas en sus diferencias pero también, a veces,
se encuentran puntos en común. ¿Y adivinen qué? He encontrado por lo menos dos
temas en los cuales empatamos las mujeres de cualquier generación.
El primero son las relaciones de pareja.
Tenga la edad que tenga, una mujer vive preocupada por los vínculos afectivos. He
escrito un montón sobre el tema últimamente, justamente inspirada en las conversaciones
que he tenido con amigas, colegas, vecinas, alumnas, sobrina, etc. No
quiero repetir lo ya dicho, solo llegar a una conclusión al respecto. He
escuchado a los hombres decir que las mujeres deberíamos venir con manual; siento
decepcionarlos, pero pienso que sería botar el tiempo y el dinero dedicarse a
eso, porque las mujeres de todas las edades tenemos una única aspiración
relacional. En broma le decía a Doña Mary ayer mientras me pintaba las mechas
que lo de los vaciles casuales no le funciona a ninguna mujer, porque lo que
toda mujer busca es “amor, comprensión
y ternura”. Punto. Manual de una línea para hombres interesados. Obsesión
de una vida para las mujeres.
Otro tema –muy doloroso en verdad- en el cual
empatamos las mujeres se llama “insatisfacción corporal”. No conozco mujer de
ninguna edad que esté satisfecha con su apariencia física al 100%. Últimamente
hubo una campaña de Dove en la cual un dibujante pedía a una mujer que se
describa a ella misma, y luego le pedía a una persona que conversó con ella que
la describa. Los dibujos de la auto-descripción eran taaaaan feos y
contrastaban radicalmente con el dibujo producido por la descripción del extraño;
las mujeres lloraban al ver esta diferencia, constatando la dureza del auto-juicio.
Es verdad: las mujeres cuando nos miramos al espejo buscamos el defecto, los
rollitos, la celulitis, las canas, las arrugas, la asimetría, la mancha. No nos
gustan nuestras nalgas porque son abultadas o planas, nuestros pechos porque
están caídos o son pequeños, nuestras cicatrices, las patas de gallo… Qué
triste es pensar que desde la adolescencia o a veces desde antes nos pasamos
odiando nuestro cuerpo, haciendo dietas imposibles, comprando ropa que esconda lo feo y realce lo bonito, yendo a la peluquería a cambiar
interminablemente de look, al cirujano plástico para el botox o la liposucción,
comparando dietas y cruzándonos los tips que funcionan para adelgazar, estirarse,
adquirir firmeza…
Mujeres, mujeres ¿qué nos pasa? Concentradas
en el otro, haciendo nuestra vida en función de la pareja (o de su ausencia) y
sus deseos reales o proyectados. Concentradas en el “afuera”, ese envoltorio
que transformamos para agradarnos pensando así agradar a los demás. Escuchando
las voces de todos al momento de decidir sobre nuestras vidas. ¿Dónde está
nuestro deseo? ¿Dónde está la libertad de decidir ser cómo queremos? ¿Dónde
estamos y qué vida estamos viviendo?
Fui al funeral de una mujer esta semana. Y me
puse a pensar que la vida es un recorrido con muchos recovecos para algunas,
con senderos claros y rectos para otras;
pero sea cual sea el camino
la vida nos lleva a todas para allá: a estar solas y tendidas en un
ataúd, con este cuerpo que nos obsesionó descomponiéndose para ser alimento de
gusanos. ¿Vale la pena sufrir tanto por las relaciones? ¿Vale la pena
preocuparse tanto por el aspecto que tenemos? ¿No será mejor simplemente
preocuparnos más por nuestro yo interno y empezar a escuchar nuestra propia
voz?
Aparte de tener el cuerpo perfecto y de estar con alguien que nos ame… ¿en qué soñamos mujeres?
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