Tenemos
una definición de nosotros mismos, lo que los psicólogos llamamos el “yo”,
“el sí mismo” , la personalidad, el autoconcepto. Todo lo que podemos decir
sobre nosotros es la imagen interna que nos hemos ido forjando a través de los años
y es realidad una especie de resumen de las reacciones que hemos tenido
frente a las experiencias que
vivimos.
Suena
muy teórico, pero tomando el ejemplo del niño siempre es más fácil entender el
proceso. Imaginémonos un niño en
la época de la guardería. Se encuentra con un montón de desconocidos… unos le
arranchan los juguetes, otros le dejan jugar con los suyos, algunos no paran de
llorar y los hay muy sonreídos… De ellos dicen los adultos que son
“respetuosos”, “bravucones”, “llorones”, “alegres”… Las personas alrededor
interpretan y traducen lo que cada uno hace, le ponen un nombre, y así como
hablan de los demás, también nos dicen: “no seas tan tímida” “eres demasiado
revoltosa”, etc.
Así
interiorizamos nuestro autoconcepto. Crecemos pensando que somos de una manera
u otra, y cuando somos adultos, podemos fácilmente describirnos diciendo: “soy
inteligente, divertida, ecologista, un poco malgenio, estricta, justa, etc,
etc”. Aprendemos incluso a seleccionar lo que vivimos en función de este
autoconcepto: si creo que soy tímida, ¿realmente voy a aceptar salir con
alguien que acabo de conocer a una cita face-to-face? ¡Ni en sueños!, esa es la
situación-tipo que tiendo a evitar porque “no va con mi personalidad”.
Dentro
de todo lo que pensamos sobre nosotros mismos, algunos de estos rasgos nos gustan, otros no. Quisiéramos
potenciar los que nos parecen buenos, y lo hacemos en realidad constantemente,
pero también quisiéramos deshacernos de aquellos que no nos gustan;
desgraciadamente también estos rasgos los potenciamos día a día: perezosa,
desordenada, sincerota, ingenua…
¿Podemos
deshacernos de estos rasgos? ¿Podemos cambiar quienes somos?
Si le
preguntamos eso a alguien la
primera respuesta es un NO rotundo. Mi amiga Andrea, por ejemplo, me
acaba de decir que no se puede ser “un poco menos yo”. ¿Por qué? Porque nos resistimos a cambiar "nuestra esencia". ¿Cuántas veces no hemos dicho: “Yo no
soy así”.?
Sin
embargo, pensemos un poquito más: si mi definición de mí mismo se forjó en una
serie de experiencias en las que actué de una manera, ¿no será que actuando de
manera diferente puedo llegar a cambiar esa definición de mí mismo?
(By the
way, el momento en que queremos cambiar algo de nosotros mismos es cuando nos
hemos dado cuenta de que nuestra manera de SER siempre nos lleva al mismo tipo
de situaciones que no nos hace sentirnos bien).
Digresión
aparte, yo creo que sí se puede… Siempre que la motivación esté ahí y que
seamos lo suficientemente perseverantes. Si pienso que soy mala bailarina, una
única solución se me presenta por delante: tomar clases de baile. ¿Voy a llegar
al nivel profesional con una sola clase? ¡Noooooo! Seguro que en la primera
clase me va a ir fatal, y en las 10 siguientes seguiré sintiendo que soy muy
muy mala en eso. Pero al llegar a la 20ª de repente encontraré que lo estoy
haciendo muy bien,y ni siquiera podré saber en qué momento preciso se revirtieron
las cosas. Y un día tal vez podré decir: “sé bailar salsa muy bien”.
A veces
lo que intentamos cambiar es más complejo y no es tan fácil saber qué camino
se debe transitar para llegar al objetivo: por ejemplo, si mi “tarea” no es
“ser mejor bailarín”, sino “dejar de ser inocente”… ¿Cómo lo hago? ¿Qué
experiencias debo acumular para perder la inocencia?
Hace
poco decidí dejar de ser tan miedosa: odio las películas de terror, me estresan
un montón, y por ello hace muchísimos años que no veo nada de este género. Empeñada en “no
ser tan yo misma”, me compré la película Mamá y me la vi solita. ¿Y qué creen?
¡Lo logré! (Debo confesar que,
para minimizarme el daño psíquico, me la vi al medio día y corté varias veces
el sonido porque sabía que sino me iba a dar un infarto). Ya ya, suena cobarde. Pero
el punto es que comencé a transitar el camino. Está aún lejos ver en pantalla gigante y con Dolby Surround Actividad paranormal o The ring. Pero ¡quién dice que no lo voy a
lograr!. Yo sé que es posible siempre y cuando le ponga el empeño necesario.
Todo
esto para decir que, aunque se trate de cosas tan complejas como “perder la inocencia”, creo que sólo
hay que buscar el camino adecuado y perseverar para lograrlo.
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