martes, 28 de abril de 2015

Llorar manejando


Llorar no es un acto neutro. Desde pequeños nos enseñan a reprimir nuestros afectos negativos, negando aquello que los provoca y minimizando las circunstancias. Si nos caemos, no debemos de llorar “no es para tanto”. Si nos frustramos, es que nuestro deseo no es legítimo, no es legítimo llorar por aquello que no vale la pena. No se debe llorar los desengaños, las desilusiones, los desafectos, los rechazos. El mensaje social es siempre: si no te mata, te hace más fuerte. ¿Para qué llorar entonces por las pequeñas cosas?

Uno no llora en cualquier circunstancia. Hay que estar realmente mal o ser una histérica en busca de atención para hacerlo en público. A veces escogemos personas muy especiales, nuestros “paños de lágrimas”. Personas que pueden sostener nuestra emoción, entenderla y darle un sentido. Ellas no  descalifican lo que sentimos , no se ríen o lo minimizan. Son personas  que por lo menos en ese instante “se conectan” con nuestro dolor, ira o frustración y nos acompañan.

No lloramos en cualquier lugar. A menos que el afecto se nos desborde, en general escogemos sitios muy privados. Conozco personas que esperan llegar a casa para poder hacerlo en la intimidad del hogar. O que van corriendo a la primera iglesia y se desbordan ahí, porque está permitido llorar, frente de Dios es un contexto adecuado. Para otros, sin embargo,  ni el hogar es íntimo. No confían en el consuelo de los suyos y se encierran en el armario abrazados a los armadores, pretendiendo que son personas en cuyos hombros se apoyan.

La mayor parte del tiempo, “maduramos” y aprendemos a tragarnos las lágrimas lo más que podemos.

Tragarse las lágrimas ¡qué expresión tan gráfica! A veces es como beberse el mar entero. Conocí a un señor que tenía cálculos en los riñones todo el tiempo. Cíclicamente iba a realizarse unos tratamientos de litotricia para eliminarlos. Alguna vez el médico le dijo que su cuerpo acumulaba sodio en exceso y que deje de consumir tanta sal. Él, asombrado, me contó que no consumía. Sin embargo, surgió en la conversación que desde la muerte de su madre a los 8 años no lloraba nunca…

Llorar sirve para no acumular dentro tanta carga afectiva. Y mal que bien, la persona promedio  suele encontrar un lugar, un momento, una persona con la que realizar el proceso.

 Sin embargo, hay un grupo de personas para las cuales llorar es un lujo que no les está permitido. Son personas fuertes, valientes, emprendedoras, luchadoras, que no se dejan vencer ante nada; piedras angulares de sus familias, pilares en su trabajo, referentes sociales. Afrontan lo que venga con valentía, no se amedentran ante nada. Los sistemas en los que se insertan están acostumbrados a que sean como esas fortalezas de piedra, indestructibles ante cualquier viento. Ellas mismas piensan serlo.  Pero  ¿lo son?

(Alguien me contó que una piedra puede partirse si una gota cae, incesantemente en el mismo lugar).

Estas personas no pierden las ganas de llorar. Simplemente no tienen hombros en los cuales apoyarse, ni ganas de verse débiles ante nadie, ni espacios de privacidad en los cuales dejar caer esos mares agitados que sin merced azotan sus corazones y que pretenden no oír, pero saben que están ahí, ellas elevan todos los días el dique más alto, le ponen un muro más a la fortaleza, sabiendo que cualquier rato todo puede venirse abajo.

Hablaba hace ya algunos meses con una persona así y ella me decía que la vida no le daba espacios, que no lograba expresar ante nadie su dolor por miedo a asustar a sus allegados, que no quería consuelo ni piedad ni juzgamientos, que no podía cejar ante sus luchas diarias… en fin, que estaba consciente de que no debía acumular los afectos pero tampoco encontraba ni siquiera un minuto para poder dejar “escapar la presión”.  Me decía que si lloraba de noche, los ojos se le hinchaban tanto que parecía que estaba con una enfermedad tropical.  O si lloraba bajo la ducha los ojos le quedaban tan rojos que parecía que se hubiera encerrado en el baño a consumir  sustancias ilícitas. Pero ella no quería que se le notara el dolor.

A ella le  dí una solución:

Llora manejando

El momento de manejar es uno de los más privados. Cada conductor en su burbuja no conoce ni se fija en el de al lado. Uno pasa por lo menos media hora en un trayecto corto, a veces más; no se puede hacer nada si se maneja, aparte de escuchar las insensateces de los locutores de la radio. Nadie pregunta nada, nadie interrumpe el continuo fluir emocional con juzgamientos o palabras inapropiadas. Cuando se maneja no se “hace nada”, por ende es un buen momento para dejar fluir aquellas emociones acumuladas.  No se necesita más que de una caja de kleenex disponible y un par de gafas. Unas cuatro cuadras antes de llegar a destino se puede dejar de llorar. Nadie lo notará, nadie preguntará. Los ojos un poco rojos… ¿quién no encuentra un buen pretexto para explicarlo?

Así suene a poco, o suene mal, este es el espacio que la vida moderna les deja a algunos para llorar.

Siempre será mejor que "tragarse las lágrimas"...

lunes, 27 de abril de 2015

Alma milenaria

Mis padres suelen decir que cuando me veían desde bebé yo tenía la mirada de  una  “alma vieja”.

Debo decir que aunque mi madre sea profundamente católica y mi padre medio ateo, tienen algunas creencias en común, entre ellas este asunto de la reencarnación de las almas para poder acumular aprendizajes y algún día, acceder a otro estado, tal vez mi madre lo llamaría vida eterna y mi padre el universo…

Un alma vieja es, según lo que he podido colegir, un alma que ha acumulado ya algún saber y cuyas percepciones la llevan a hacer elecciones diferentes; ya no se interesa por las mismas cosas que los demás y su recorrido tiende a no ser convencional puesto que sus preocupaciones son otras.

Mi percepción interna de esto que dicen mis padres, hasta hace poco, era solamente que yo ando media “traspapelada” en relación a los demás. En verdad, no me interesan varias cosas que les preocupan a un montón de personas y hay cosas que son trascendentales para mí que no le interesan a nadie. Siempre pensé que era yo sólo un “bicho raro” y que mis padres me decían eso como consuelo. Para mí, no existían tales almas, puesto que no había encontrado a nadie que encajara en esa descripción.

Sin embargo, ahora me he topado con una persona que posee este tipo de alma y el poder contemplar desde fuera me da la perspectiva de que tal vez es verdad  que hay un diferente nivel de “madurez” en cuanto al aspecto psíquico de las personas. Aún no sé si esto venga de la reencarnación, porque yo soy agnóstica en varios aspectos, pero en todo caso hoy puedo dar testimonio de que conozco por lo menos un ser que posee este tipo de alma.

Esta persona tiene una manera de ser muy peculiar. Su caminar tiene una elegancia particular, que no surge de la ropa que usa ni de su aspecto interior, sino de un extraño desprendimiento de la situación cotidiana; pareciera que no va a ningún lado, porque no se lo ve con prisa y al mismo tiempo hay algo en sus ademanes que deja entrever que allá a donde va hay cosas muy importantes que van a suceder.

Con este ser se puede hablar de todo, y todo adquiere un tinte diferente. Ve la vida con ojos de luz, siempre quiere saber más. Aquello que sucede frente a su mirada se transforma por lo que sabe, lo que ha vivido, lo que ha investigado, lo que le han contado. Y a la vez hay una sencillez en sus palabras, un afán sólo de compartir, de distribuir aquello que sólo él ha sabido asimilar.

Él no juzga a las personas por lo que ve, establece contactos alma-alma. Se va abriendo camino a través de las máscaras que ponen los demás y enciende luces pequeñitas que van alimentándose en el interior: es que estar a su lado es como apegarse a una hoguera que calienta e ilumina.

Tengo el privilegio de compartir el camino con él en este momento. Nunca he sentido tanta paz, tanta ternura, tanto vértigo y felicidad como ahora. El tiempo a su lado es excepcional; las horas se pueblan de palabras, de calor, de belleza, de armonía. Cada actividad adquiere un sentido diferente. Estamos pintando juntos un mural, pero hasta “pintar” es una palabra que no puede englobar lo que se siente en ese momento: ahí donde no había nada, van surgiendo formas, van cristalizándose figuras, las almas se conectan y de repente todo se transforma y de esta mezcla surge una sensación indescriptible, difícilmente plasmable en palabras. Es como volar con pinceles.

Si hay almas viejas en el mundo, creo que me he topado con una milenaria. 

Agradezco por esta oportunidad a la vida, porque ahora entiendo que sólo al lado de un alma así podré concretar ese famoso aprendizaje que mis padres creen que vienen a hacer las almas en cada encarnación al mundo. 



viernes, 24 de abril de 2015

Línea divisoria


Mucho en la vida es cuestión de límites. Los países han trazado líneas imaginarias que los dividen entre ellos, y manejan relaciones de poder en función de ellas. Los psicólogos nos matamos enseñando a los padres de familia que hay que “poner límites a los hijos”, márgenes imaginarios entre los cuales se debe manejar la conducta. Hay límites que separan mi propiedad de la del vecino, límites del espacio corporal que es correcto manejar entre personas, límites y más límites…

Trazamos estas fronteras para poner orden a un algo que en toda su extensión tiende a ser caótico. El límite nos dice desde dónde- o hasta donde- actuar, interpretar, colegir algunas cosas.

Pero a veces  es difícil, justamente, dibujar esta la línea divisoria.

Conversábamos el otro día de la campaña que existe contra la violencia sexual. En un spot publicitario dicen “si te roba un beso, es violencia sexual”. En una publicidad radial se narra la historia de una pareja en la cual el varón poco a poco solicita de la chica que no salga tanto con las amigas, que se quede  más vale con él, y así la va cortando de toda su red social… Mi amiga Susy solía decirme que su esposo era muy parco en afecto y ella por el contrario muy expresiva, pero que  a veces acababa sintiendo que le obligaba a demostrar su  amor.

¿Dónde está la línea divisoria entre el flirteo romántico y el abuso?¿ Entre la real gana de estar más con alguien y el cortarle su red?¿ Entre el solicitar atención y el mendigar amor?


Esto también es una cuestión de límites ¿no?

miércoles, 22 de abril de 2015

Lo que las mujeres callan


Me he venido cuestionando estas últimas semanas sobre las diferencias generacionales en cuanto al abordaje de la sexualidad.

Resulta que “en mi generación”, hablar de sexo era un poco así: nunca con los papás, desde lo biológico en el colegio y desde lo recatado con las amigas. Hasta en la actualidad, no nos contamos los detalles de nuestra sexualidad; nos decimos si ya pasó o no con el novio, nos reímos de nuestros “vaciles”, bromeamos sobre la sexualidad en el matrimonio, o nos lamentamos de la falta de sexo, dependiendo de los casos en los que nos encontramos. Pero nunca detallamos lo que hacemos en la intimidad, ni usamos expresiones gráficas para referirnos a lo que sucede con nuestras parejas.

En cambio el otro día una profesora de la universidad me contó que mientras estaba fumando escuchó a un grupo de chicas en el jardín decir “es que a mí me encanta comérmelos y hasta me trago el semen”. ¡Qué discurso tan diferente! Desde entonces, en varias conversaciones con personas de “esta” generación, he venido hablando del tema tratando de entender varias cosas.

Primeramente, he recabado que la gente joven piensa que el no dar detalles gráficos sobre la sexualidad equivale un poco a “ser cohibida y frígida”. Las mujeres de mi generación no hablamos de sexo abiertamente, según ellos, porque crecimos coartadas y por ende tenemos una sexualidad reprimida, somos pasivas y además no tenemos deseo sexual.

En segundo lugar, para “esta” generación, el hablar gráficamente de sexo, describiendo en detalle lo que han hecho, lo que harían , lo que vieron o leyeron les da la impresión de tener una mejor sexualidad, más abierta y sin tabúes. Por ende, estaríamos enfrentándonos a una generación de mujeres con mayor bienestar sexual, que entra en relaciones más sanas e igualitarias con los varones.

Un razonamiento sencillo que sin embargo me ha perturbado lo suficiente como para que tenga que dedicarle un tiempito de reflexión.

Analizando primero a las mujeres de “mi generación”… ¿Por qué no hablamos con esa apertura? Creo que se debe a que consideramos que todo lo que tiene que ver con la sexualidad debe permanecer en la esfera de lo íntimo. No nos parece pertinente hablar de cuántos orgasmos tenemos durante la relación con nuestra pareja, del tamaño de su miembro, de los estímulos que nos excitan. No sé si eso es bueno o malo, supongo que desde cierto punto de vista solo es así. En lo personal, es una marca de respeto hacia la pareja y hacia la intimidad de un acto que es más que una mezcla de fluidos. La sexualidad de la pareja es un intercambio relacional recíproco, un momento de cercanía única en el cual develamos la naturaleza más oculta de nuestros seres y no sólo le entregamos el cuerpo al otro sino le abrimos, por un instante, un espacio dentro de nuestra alma. Dolto –psicoanalista francesa- decía que es como tocar el violín y la sinfonía resultante es el acto de amor. En lo particular si debiera hablar con mis amigas al respecto tal vez usaría esa imagen musical y describiría algunos encuentros sexuales como melodías de una sola nota, otros como música de radio con interferencias y otros  definitivamente, como escuchar a una orquesta entera tocando dentro de mi cabeza. No contaría el número de orgasmos porque en el momento en que uno hace el amor, no está pensando en contracciones y disparos de neurotransmisores, o posiciones del kamasutra o de las famosas “Cincuenta sombras de Grey”. Pero no es represión, pasividad o falta de deseo sexual. Solo respeto por el encuentro con la pareja.


En el análisis de las mujeres de “esta” generación, me parece que un factor de peso para que no les cueste ser gráficas es que se han criado en sociedades en donde con solo hacer un clic en la pantalla se accede a lo que se desee a nivel sexual; es un época en  la que haciendo búsquedas neutras en  Google aparecen páginas de sexo y en el cual hasta los programas infantiles están marcados de erotismo y mensajes de doble sentido. Nuestra sociedad ha banalizado el sexo, lo ha sacado de las cuatro paredes del cuarto y nos dice que “hablemos no más” de eso. La chica del parque se reía de haber practicado sexo oral. ¿Lo habrá hecho? ¿O no? El caso es que contarlo entre risas no describe lo que realmente sucedió ese rato entre cuatro paredes. ¿Acaso se reía ella cuando esto pasaba? Espero que no y espero que haya disfrutado el encuentro. ¿Quién nos asegura que no estaba muerta del miedo, medio atragantada y sintiéndose incómoda? El reírse y banalizar el sexo es como una fea tragicomedia griega en la cual me burlo, ya no de los actores disfrazados, sino de mi propia vida. Las amigas que receptan el mensaje también reciben esto como algo anodino, sin consecuencias y tal vez al verse en la misma situación se digan “ah bueno, no es gran cosa, mi amiga lo hizo” “si me siento mal o no me gusta, soy una reprimida, entonces lo haré”. Banalizar la sexualidad pone el encuentro humano a nivel del los reportajes que vemos en Animal Planet. Deshumaniza la sexualidad.

Pero más allá aún, desde mi punto de vista , creo que hablar del sexo con mayor facilidad sólo ha sacado de las cuatro paredes del cuarto la descripción del acto desprovisto  de la vivencia. Porque en realidad creo que las mujeres callamos mucho.


¿Qué callamos?  Pues aquello que es el pan cotidiano en las sociedades machistas, las vivencias que solo se cuentan en raras ocasiones, ya sea en la confidencialidad de la consulta o la confesión, en medias palabras a personas muy cercanas o las que nos cargamos a la tumba en silencio.

Las vivencias de la mujer cuya pareja la cela sin razón: ¿con quién estuviste? ¿Con quién chateas? ¿Por qué llegas tarde?, sácate el calzón para oler si has estado con otro hombre.

Las de la mujer que se torna en una muñeca inflable en las manos del hombre: Ven, dame un “beso” allá abajo, no tan rápido, abre bien la boca, trágate todo; qué te pasa estúpida, no ves que no estoy gozando.

Las de la mujer que convive con la indiferencia de su pareja , que no la mira, que se duerme sin darle ni gracias por la compañía o la comida, que la deja esperando en la cama porque él “no tiene ganas”.

Las de la mujer que callada lava las camisas manchadas de maquillaje, que ve mensajes en el celular en donde él llama “mi vida” a cualquier compañera de trabajo, que se aguanta que en el semáforo él quede viendo a otras mujeres y que le haga sentir que ningún reclamo es válido porque “él es hombre y tiene necesidades”.

Las vivencias de tanta violencia sexual, esa que se ejerce en la pareja, la que se despliega hacia las niñas y adolescentes en el seno de su propia familia,  en las manos de personas cercanas, o hasta en la calle.

De esas vivencias, nadie habla.

Las estadísticas en Ecuador son claras: 1 de cada 4 mujeres ha sido víctima de violencia sexual. A veces me detengo a aplicar esta simple estadística a las personas que frecuento, en un juego reflexivo que funciona más o menos así: En el grupo de amigas con las que me reúno a desayunar somos 5 : una de nosotras ha vivido violencia sexual. ¿Cuál? No hablamos de ello. Tengo 16 alumnas mujeres en mi grupo de clases:  4 han sido abusadas sexualmente. ¿Cuáles? Ellas tampoco hablarán de ello.

No hay diferencias generacionales en ello. Sólo vivencias muy duras que no confesamos. No nos vamos a parar delante de nadie a decir “yo fui abusada por un amigo de mi papá” “mi novio me dio una bofetada una vez que quise que hiciéramos el amor” “eyaculó en mi cara y me hizo sentir sucia; luego solo me dijo que me vaya a limpiar si me molestaba”.

Entonces, las cosas serias, lo que realmente sentimos, lo que realmente sucede, no son verbalizadas, no se traducen en el discurso, ni en el recatado ni en el abierto y gráfico.

¡Qué triste que  aquellas cosas de las que deberíamos estar hablando  todas, independientemente de la edad que tengamos, nunca sean dichas!

viernes, 10 de abril de 2015

Payaso


He sentido siempre rechazo a los payasos, me asustaban cuando era pequeña en los circos, y prefería de lejos el espectáculo de los acróbatas al número absurdo en el cual una persona pintada hacía el ridículo para que nos burláramos de ella.  Para colmo, leí “IT” de Stephen King y me sentí aterrorizada por la imagen del payaso asesino; ese libro ahondó el miedo que les tenía y de paso desenterró todas mis angustias infantiles,  de tal manera que sigo esperando oír voces en las cañerías del lavabo  y hasta temo a los días de lluvia combinados con alcantarillas. Ni hablar de los barquitos de papel.

Volviendo a los payasos, sin embargo, esta semana me he detenido a reflexionar un poco más profundamente sobre el payaso y la función que se nos presenta en el circo.

El show tiene en general una estructura bastante fija. La figura disfrazada sale  y « sin querer queriendo » comete algún desatino; en acciones simples y  cotidianas, el payaso hace un sinfín de errores : se tropieza, se ensucia, se sienta en donde no debe, se resbala y cae. El público lo que ve es la persona con la sonrisa pintada, tratando incesablemente de  volver a hacer bien las cosas, pero por algo que no nos explicamos del todo esta persona torpe y desgarbada sigue «arruinando la situación» y cada intento de recuperar compostura parece hundirlo más; pobre payaso, sus desventuras a él le hacen ver más triste, pero el efecto en los demás son las risas, la rabia, el asco, la conmiseración o hasta el rechazo. No he conocido hasta la fecha ninguna persona adulta que adore a los payasos, ni he visto en ningún espectáculo que alguien se precipite a abrazarlos después del show.


Creo que a los adultos no nos gustan los payasos porque nos recuerdan demasiado nuestra propia naturaleza humana. Todos – para mala suerte– terminamos sintiéndonos payasos en algún momento, tratando de hacer las cosas bien pero sin lograrlo, bajo la mirada implacable del “otro”, de la gente que nos critica, se burla, nos rechaza o simplemente se da la vuelta indiferente ante nuestros desaciertos.

En la vida real no es necesario llevar disfraz; los disfraces son los roles que representamos y asumimos: profesional, padre, hijo, estudiante, ama de casa. No necesitamos maquillaje, porque tenemos expresiones que  enarbolamos en nuestro rostro que cumplen cabalmente la función de ocultamiento: indiferencia, amabilidad y la mejor de todas, la sonrisa, que muchas veces reemplaza pelucas, colores estridentes, lentejuelas y escarcha  en un afán de ocultar nuestro ser real. Y así, pueden estar pasando en nuestra  vida las historias más tristes, las más sombrías, las del depresivo suicida:  nadie ve más allá del maquillaje. 

Como payasos bien educados, pretendemos dar siempre  una buena función. Pero cuando cae el telón, a solas en el  camerino, a veces se nos desbordan las lágrimas y se devela el verdadero yo, ese que anhela  que alguien  vislumbre  detrás de la sonrisa, detrás de la representación, a la persona que somos  pese a todos los errores, tropiezos, torpezas , malos entendidos, mal genios, llantos, inseguridades.

Sin embargo la vida, tan similar a la actuación del circo, transcurre irremediablemente y pase lo que pase, nosotros payasos nos levantamos, retocamos el maquillaje y seguimos actuando.

Es que el show debe continuar.

Tal vez si alguien nos mirara genuinamente a los ojos, lograría entender lo que realmente estamos pasando. Yo tampoco lo he  hecho con los payasos de profesión, pero prometo que la próxima vez que vea uno lo haré, porque estoy segura que, detrás de las pestañas postizas,  también se transparenta el alma en su mirada.