Llorar
no es un acto neutro. Desde pequeños nos enseñan a reprimir nuestros afectos
negativos, negando aquello que los provoca y minimizando las circunstancias. Si
nos caemos, no debemos de llorar “no es para tanto”. Si nos frustramos, es que
nuestro deseo no es legítimo, no es legítimo llorar por aquello que no vale la
pena. No se debe llorar los desengaños, las desilusiones, los desafectos, los
rechazos. El mensaje social es siempre: si no te mata, te hace más fuerte.
¿Para qué llorar entonces por las pequeñas cosas?
Uno no
llora en cualquier circunstancia. Hay que estar realmente mal o ser una
histérica en busca de atención para hacerlo en público. A veces escogemos
personas muy especiales, nuestros “paños de lágrimas”. Personas que pueden
sostener nuestra emoción, entenderla y darle un sentido. Ellas no descalifican lo que sentimos , no se
ríen o lo minimizan. Son personas
que por lo menos en ese instante “se conectan” con nuestro dolor, ira o
frustración y nos acompañan.
No
lloramos en cualquier lugar. A menos que el afecto se nos desborde, en general
escogemos sitios muy privados. Conozco personas que esperan llegar a casa para
poder hacerlo en la intimidad del hogar. O que van corriendo a la primera
iglesia y se desbordan ahí, porque está permitido llorar, frente de Dios es
un contexto adecuado. Para otros, sin embargo, ni el hogar es íntimo. No confían en el consuelo de los suyos
y se encierran en el armario abrazados a los armadores, pretendiendo que son
personas en cuyos hombros se apoyan.
La
mayor parte del tiempo, “maduramos” y aprendemos a tragarnos las lágrimas lo
más que podemos.
Tragarse
las lágrimas ¡qué expresión tan gráfica! A veces es como beberse el mar entero.
Conocí a un señor que tenía cálculos en los riñones todo el tiempo.
Cíclicamente iba a realizarse unos tratamientos de litotricia para eliminarlos.
Alguna vez el médico le dijo que su cuerpo acumulaba sodio en exceso y que deje
de consumir tanta sal. Él, asombrado, me contó que no consumía. Sin embargo, surgió
en la conversación que desde la muerte de su madre a los 8 años no lloraba
nunca…
Llorar
sirve para no acumular dentro tanta carga afectiva. Y mal que bien, la persona
promedio suele encontrar un lugar,
un momento, una persona con la que realizar el proceso.
Sin embargo, hay un grupo de personas
para las cuales llorar es un lujo que no les está permitido. Son personas
fuertes, valientes, emprendedoras, luchadoras, que no se dejan vencer ante
nada; piedras angulares de sus familias, pilares en su trabajo, referentes
sociales. Afrontan lo que venga con valentía, no se amedentran ante nada. Los sistemas
en los que se insertan están acostumbrados a que sean como esas fortalezas de
piedra, indestructibles ante cualquier viento. Ellas mismas piensan serlo. Pero ¿lo son?
(Alguien
me contó que una piedra puede partirse si una gota cae, incesantemente en el
mismo lugar).
Estas
personas no pierden las ganas de llorar. Simplemente no tienen hombros en los
cuales apoyarse, ni ganas de verse débiles ante nadie, ni espacios de
privacidad en los cuales dejar caer esos mares agitados que sin merced azotan
sus corazones y que pretenden no oír, pero saben que están ahí, ellas elevan
todos los días el dique más alto, le ponen un muro más a la fortaleza, sabiendo
que cualquier rato todo puede venirse abajo.
Hablaba
hace ya algunos meses con una persona así y ella me decía que la vida no le
daba espacios, que no lograba expresar ante nadie su dolor por miedo a asustar
a sus allegados, que no quería consuelo ni piedad ni juzgamientos, que no podía
cejar ante sus luchas diarias… en fin, que estaba consciente de que no debía acumular
los afectos pero tampoco encontraba ni siquiera un minuto para poder dejar “escapar
la presión”. Me decía que si
lloraba de noche, los ojos se le hinchaban tanto que parecía que estaba con una
enfermedad tropical. O si lloraba
bajo la ducha los ojos le quedaban tan rojos que parecía que se hubiera
encerrado en el baño a consumir sustancias ilícitas. Pero ella no quería que se le notara el
dolor.
A ella
le dí una solución:
Llora manejando
El
momento de manejar es uno de los más privados. Cada conductor en su burbuja no
conoce ni se fija en el de al lado. Uno pasa por lo menos media hora en un
trayecto corto, a veces más; no se puede hacer nada si se maneja, aparte de
escuchar las insensateces de los locutores de la radio. Nadie pregunta nada,
nadie interrumpe el continuo fluir emocional con juzgamientos o palabras
inapropiadas. Cuando se maneja no se “hace nada”, por ende es un buen momento
para dejar fluir aquellas emociones acumuladas. No se necesita más que de una caja de kleenex disponible y un
par de gafas. Unas cuatro cuadras antes de llegar a destino se puede dejar de
llorar. Nadie lo notará, nadie preguntará. Los ojos un poco rojos… ¿quién no
encuentra un buen pretexto para explicarlo?
Así suene
a poco, o suene mal, este es el espacio que la vida moderna les deja a algunos
para llorar.
Siempre será mejor que "tragarse las lágrimas"...
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