Yendo
hacia el norte de paseo con los colegas de trabajo he experimentado toda una
gama de vivencias y emociones.
Debo
confesar que la semana que acaba de terminar ha sido difícil: exámenes finales,
fin del grupo de estudio, problemas a nivel personal… conjugados obviamente con
lo de siempre: ser mamá, ser jefe,
ser mujer (hasta la menstruación parece escoger el peor momento para asomar) y
el insomnio que aparece siempre cuando el péndulo se desequilibra.
Resultado
de todo esto el viernes casi ni me levanto para el dichoso paseo.
Mi yo-cansado-de-vivir me decía “duerme dos días seguidos”
mientras el otro que se insomnia se reía diciendo “ no te engañes, son las cuatro, mejor levántate ya y deja todo en orden
en estas dos horas”.
En fin,
obviamente ganó mi yo-insomne…
Yendo hacia el norte ya con los compañeros, totalmente cansada, sin haber
desayunado (los que no tienen adicción a la cafeína no conocen la sensación del
cerebro que no “arranca” del todo sin el café), atacada sin piedad por la luz
solar ecuatorial porque para variar
me olvidé las gafas , fui retrazando una ruta que he hecho varias veces desde
mi infancia, en variada compañía.
Dándome cuenta como el ser humano “pinta” de emociones las vivencias y cómo
solo algunos recuerdos duelen… Toda un tarea no estallar en llanto delante de
40 colegas . Eso no hace la jefe. “Si
hubiera traído las tontas gafas por lo menos hubiera logrado soltar una lágrima
o dos”.
Reviviendo
ya con el café, abriendo por fin los ojos sin quemar neuronas por millón, fue
llevadero mantener los diques de contención. La verdadera aventura aguardaba
detrás de un itinerario que decía que en una hora y media, ascenderíamos y
descenderíamos del Cayambe, foto-souvenir incluída. De los 40, 20 nos animamos
a trepar en dos camionetas de lugareños, cuya tarifa oscilaba alrededor de los
30 dólares one-way. “Una estafa” –
pensé yo-, pero como éramos un montón el impacto al bolsillo pareció aceptable
en el momento. Eso era porque no había aún recorrido la ruta que transitamos.
Oponiéndome
a un amigo que quería que me vaya en la cabina, me trepé al balde de la
camioneta y debo decir que esta es una experiencia que he apreciado como
ninguna. He estado acostumbrada a viajar
como pasajera sin poder tomar todas las fotos que quisiera (que son un
montón), porque toca bajar el vidrio, que el chofer disminuya la velocidad o
pare (esto solo me ha sucedido una vez en la vida), recortar luego de la foto el asfalto de las
calles, etc. Montada en ese balde superé la frustración de décadas. Reviví
además esa sensación de total libertad que viene de sentir el viento en la cara,
la llovizna, los implacables rayos solares. “Al diablo con todo”, me dije… Mientras un colega ya llevaba el
pasamontañas, me dí el lujo de sentir como se me agarrotaban los músculos de
frío. Me sentí viva y dueña de mi vida. Fue genial.
Ese
camino fue un tormento para algunos. Los había estresados porque el auto no iba
a pasar esos huecos hondos como cráteres; otros se quejaban de los golpes. Pero
nada que ver con lo que nos esperaba aún: 40 minutos después de este trajín, la
camioneta, en constante ascenso, ya no dio más. El chofer, un señor muy
optimista, nos dijo que tocaba caminar como unos 20 minutos hasta el refugio.
Entre resignados y asustados, mirando el camino pedregoso y mojado de nieve derretida,
emprendimos el ascenso. En ese momento nadie pensó que había la opción de
quedarse en la camioneta. Simplemente motivados por nuestro deseo de llegar
arriba, comenzamos a ascender.
Los 20
minutos se transformaron, no sé como, en casi una hora…
“La vida es cuesta arriba”, saben decir.
Ayer aprendí qué mismo quiere decir esto. No que no haya hecho esfuerzos
físicos (desde hace varios meses hago semanalmente 20 km de bici en la Carolina;
antes hacía dos veces por semana aeróbicos con Miss Pichincha, ya se pueden
imaginar!). No que no haya sufrido. Pero ascendiendo hacia el refugio en una
caminata que resultó ser de tiempo indeterminado, aprendí lo básico de la vida.
Aprendí que dadas ciertas condiciones, hay
cosas más importantes que lamentarse por lo que fue o lo que no pasó. Hay veces
que todo está en el presente: hoy hay que subir hasta el Cayambe, si no
me concentro y hago el esfuerzo, no lo lograré. Y esto nunca se repetirá.
Aprendí que a veces no se sabe cuánto va a durar el dolor de ascender. Nos dijeron 20
minutos. En el actuar, se trata solo de poner un pie delante de otro, de ir hasta
el siguiente peñasco, de planterase siempre una meta que está solo más allá sin
saber si esta será la que determine el final del trayecto.
Aprendí que Maslow tenía razón en cuanto al asunto de las “necesidades básicas”. Cuando uno está concentrado en respirar y no
dejar que el corazón estalle, nada más importa. Respirar ES la necesidad más
básica de todo ser humano.
Una vez
arriba, entendí que no hay nada como el sentimiento de respirar calmada frente
a un paisaje maravilloso y decirse que la vida, así duela y nos haga sentir a
veces que no vale la pena ni levantarse, nos premie el rato menos pensado con
una vista tan espectacular.
Aprendí también lo importante que es no dejarse tentar por el camino fácil. Las
benditas camionetas, con menos carga, continuaron subiendo: recogieron a varios
de mis colegas en el camino. Ni en el asenso ni en la bajada me trepé a la
camioneta. Mi afán de hacerlo por mi misma me ganó una caída espectacular en la
que se me moreteó la mano, la muñeca y la rodilla derecha. No me duelen. ¡En serio! Hasta estoy asombrada de lo
irónica es la vida, pues me duele
más la otra rodilla por una tonta caída de hace dos semanas en la grada
del baño de la oficina que sucedió
por andar distraída chateando en el whastapp.
Llegué
en el 7mo puesto, lo cual es perfecto para mí, porque en esta competencia era sólo
conmigo y alcancé el número mágico, el de los colores del arcoiris…
Ya en
la bajada, sucedió otro evento…
La-can
nos seguía. En ese momento aún no tenía ni nombre. Lo conocimos en el refugio,
un perro color caramelo gentil y amigable. Cuando mi cuerpo se llena de emociones tiende a rechazar
la comida, por eso, sin hambre, le brindé todas mis galletas. Ya en la bajada el
perro decidió seguirnos. Al principio pensé que sería solo en el trayecto a pié
pero resultó que el perro nos siguió hasta donde estaban las camionetas. En
realidad el animal corrió detrás nuestro casi la mitad de un trayecto lleno de
piedras y polvo. Cuando nos dimos cuenta, comenzó la mega-discusión en el balde
de la camioneta. ¿Debíamos llevarlo? ¿De quién era la culpa que nos siguiera?
Una de nuestras colegas dictaminó que “si
no le hubieran dado de comer, no estuviera aquí”. Inmediatamente se me elevó el nivel de la culpa… ¡yo y
las galletas! (luego me enteré que previamente, el perro había comido de otras
manos, algunos colegas hasta se habían sacado selfies con él y que una de las personas que llegó primero
compartió su PERA con él). En un arranque de reparación emití la
idea de adoptarlo: mi culpa hizo eco en la colectiva, así que paramos la
camioneta y subimos al can.
Le
dimos un nombre “psicológico”. Ya que era “el can”, sería La-can.
Tuvimos
20 minutos para debatir la idea de la adopción. En mi “plan de contingencia”,
una colega se llevaría el perro hasta el lunes. Inmediatamente publicaríamos la
foto de La-can en el Facebook y alguien se conmovería y lo acogería. Luego
surgieron las voces de las otras personas: no podíamos llevarnos al perro,
pertenecía al campo, a la vida al aire libre, estábamos interviniendo
violentamente en su curso vital.
Y se me
prendió una alerta mental: ¿No estaría yo haciendo lo que suelo hacer siempre,
es decir imponer mi visión de la vida a otro (en este caso: La-can) sin tomar
en cuenta sus necesidades?
Resultado
de esta reflexión y de mucho debate acompañado de golpes y ajetreos, decidimos
dejar a La-can más abajo en el camino, en un lugar más habitado, esperando con
eso haberle ayudado en algo: nos paramos en la garita del guardia del parque y
La-can, por propia voluntad se bajó. Le dejamos unas galletas. Nos siguió luego un poco más, pero
sería por la velocidad de la camioneta (la ruta está empedrada desde ahí), o
porque en realidad quería quedarse… en un momento dado ya no lo vimos más.
Tratando
de hacer un proceso de “reestructuración
cognitiva”, en el resto del trayecto reconstruimos una historia que es la
que contaríamos después:
“La-can era un perro abandonado, pero de
apariencia cuidada. Fuimos su familia de acogida durante algunas horas, pero
realizamos un proceso de reinserción inmediata en su hábitat”.
Estoy
segura que La-can está mejor en ese páramo del Cayambe en donde siempre estuvo.
Ese perrito que yo creía que me seguía por mis galletas (y ni siquiera era
así), me hizo entender que debo dejar de creer que tengo la fórmula para
resolver la vida de todos.
Muy
terapéutico este viaje.
Como
corolario sólo quiero hablar de las tarifas de los señores de las camionetas: ninguna
estafa, por el contrario: ¡Bien
ganadas! Para ellos tengo yo dos enseñanzas más que saqué. Primeramente, deberían
contratarme como asesora financiera: tarifa base sin negociación : 30; para
grupos de más de 6 personas: 6 dólares el one-way, y 10 el ida y vuelta cuando los
grupos sobrepasan 10 personas. La segunda enseñanza es: deberían solicitar el
auspicio de Mazda y filmar sus subidas… ¡ganarían montones de dinero!. Sin necesidad
de publicidad, yo salí convencida de este viaje que mi próximo auto será sin
dudas una camioneta Mazda 4 x 4. Hasta les tengo el slogan: “la única que te permite sobrepasar tus
propios límites”.

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