El ruido de las
olas del mar era ensordecedor para cualquiera. No en vano ese lugar se llamaba
“Gran Onada” (la gran ola), porque aquellas que rompían estrepitosamente en las
rocas hacían un ruido insoportable. A Valentina le pareció un lugar impresionante y bello… el paisaje era
absurdamente hermoso y a ella el ruido no le molestaba en absoluto. Había
nacido con un problema en el oído interno, que la condenó a escuchar un zumbido
apagado y constante, como el ruido que hacía el tocadiscos del abuelo cuando la
aguja rayaba interminablemente el disco una vez que dejaba de tocar la canción…
Cuando todo estaba en total silencio, en la noche por ejemplo, y ella apoyaba
su cabeza en la almohada, este ruido se amplificaba tanto que no la dejaba
dormir. Durante el día por el contrario, con el barullo invariable que había en
su casa ni pensaba en él. Pero la absurda violencia del mar con el reventar
estrepitoso de las olas ocultaban tanto el zumbido que logró conocer por un momento lo que era tener paz en
su cabeza.
Era un día soleado,
su amiga Gabriela le había invitado a pasar las vacaciones con sus tíos,
personas de la alta sociedad que poseían tantas propiedades que era imposible
contarlas con los dedos de las manos. Antes de llegar a la playa habían pasado
por una hacienda en donde el tío de Gabriela, Eduardo, criaba caballos de
estirpe para las carreras. Solo en esa hacienda habían 88 caballos y aunque
Valentina no sabía ni ostia de razas –pese a haber sido criada entre caballos
en la hacienda de su papá-, admiró la pureza de las líneas de esos animales
enormes y relucientes que el tío mostraba con el orgullo de un padre ante su
prole. Luego se habían dirigido hacia la playa, con la intención de bañarse en
el mar e intentar aprender algo de surfing, un deporte que se había puesto de
moda, cuyo objetivo consistía en parase en una tabla sobre una ola y dejarse
llevar con ella. Ni Valentina ni Gabriela pretendían en un solo día lograrlo,
pero habían escuchado que lo primero que se debía dominar era el “agarrar” la ola, y para ello habían comprado unas tablas
especiales, de la mitad del largo de las de surf, en las cuales uno debía
recostarse de medio cuerpo al momento de venir la ola y con las cuales, remando
rápidamente con las manos y los pies, se podía lograr acostarse sobre la ola y
ser llevado hacia la orilla.
Ella y Gabriela,
sin mucho éxito, estuvieron intentando hacerlo durante casi una hora. Se
divertían muchísimo, pese a la frustración del objetivo no logrado. Las olas
las sacudían sin piedad y tragaban tanta agua salada que seguro se iban a morir
todas las bacterias de su cuerpo -como decía su madre cada vez que tomaba una
copa de whisky- y sus cuerpos
jóvenes estaban veteados de rojo por la fuerza del mar. Todo pudo haber quedado
solo en eso… Y sin embargo, a veces la vida simplemente decide darle una patada
a toda la magia y desde ahí se hace imposible regresarla…
El tío de Gabriela,
Eduardo , entró al mar. Con la misma seguridad que había conducido a los
caballos pocas horas antes, les aseguró que les enseñaría a tomar la ola de la
mejor manera, para poder ser llevadas hasta la orilla. Primeramente, les dijo,
debían de estar más lejos de la orilla, donde el mar les llegara por lo menos a
la cintura. Sino, la sensación duraba muy poco. Las llevó mar adentro y decidió
que Gabriela sería la primera. Efectivamente, cuando llegó una ola que apenas
nacía a la altura de donde ellos estaban, súbitamente el tío la subió en la
tabla y dándole un fuerte impulso, a la par que la increpaba a que
reme con ambas manos, la aupó encima de la ola. Gabriela se alejó acostada en
la tabla, que reposaba como una hoja liviana en la ola cada vez más grande y
potente. Valentina la vio alejarse rápidamente y llegar a la orilla en un
santiamén. Cuando se bajó, a lo lejos, se podía ver su sonrisa y el contento
por lo vivido… Inmediatamente, el tío le dijo a Valentina que era su turno,
pero que debían de ir un poco más
allá, más adentro, para poder
coger la ola desde el inicio. Valentina lo siguió, jalando la tabla que le
correspondía. El tío Eduardo se adentró un poco más, y cuando llegaron a una
profundidad en la cual el agua les cubría hasta los hombros, él le dijo que era
suficiente. La acercó contra su cuerpo y le explicó que debería alzarla un poco
violentamente sobre la tabla cuando llegara la ola, por la profundidad… para
ello, la cogió por la cintura y la sujetó firmemente contra su cuerpo.
Valentina odiaba nadar tan profundo, en realidad nunca pasaba de la distancia
en donde el mar la tapaba más de la cintura. Se sintió un poco más segura
cuando el hombre la sujetó, y se pusieron a esperar la ola.
Pero la ola no
llegaba…
Como treinta
segundos después de haber sentido la sensación de seguridad, Valentina comenzó
a sentirse un poco incómoda. El cuerpo caliente de ese hombre contra su espalda,
sus piernas pegadas a las de él, sus nalgas rozando partes de la anatomía de
ese hombre de las que ni se atrevía a pronunciar el nombre, las manos en su
cintura y su vientre, no la hacían sentir bien. Algo como una luz naranja
tendiendo al rojo pareció prenderse en su cabeza. Pero antes de que esto se
volviera una alarma real, el tío Eduardo gritó: “ahí viene la ola”. Se sintió
alzada sobre la tabla y después, de manera casi irreal, se percibió
transportada como en una alfombra mágica hacia la orilla. ¡Qué poco duró esa
sensación de vértigo y de embriaguez sobre la ola! Gabriela la esperaba
aplaudiendo en la orilla, y apenas llegó la incentivó a regresar. Con la señal
de alarma completamente ahogada, Valentina ingresó en el mar de nuevo…
Como en esas
pesadillas de las que uno no se puede despertar, la misma escena comenzó a
repetirse. Gabriela partió impulsada por el tío con la primera ola… Y de nuevo
se encontró Valentina adentrándose en el mar más allá con él, “para coger mejor
la ola”. La luz naranja se prendió en seguida esta vez, pero Valentina no la
escuchó…
Y así, con el agua
hasta los hombros, Valentina dejó que él la pusiera de nuevo contra su cuerpo,
esperando que llegara la ola ideal para volar. Solo que esta vez, el tío dejó
pasar bastantes olas que hubieran podido ser perfectas para el efecto. La tenía
contra él, en la misma posición, y le iba diciendo que debía de cogerla mejor,
desde más abajo, para poder alzarla cuando llegara la ola. La mano que estaba
sobre su vientre se fue desplazando poco a poco más abajo, por debajo del bikini
naranja que se había puesto esa mañana, y sintió los dedos de ese hombre
comenzar a hurgar más abajo aún, y agarrarla con violencia en ese lugar que
ningún hombre había tocado aún. Estaba en pánico total… ¿qué podía hacer ella
allí, mar adentro, con el miedo a ahogarse? ¿Por qué fue tan estúpida y se
volvió a meter al agua?
Comenzó a
debatirse, pero lo único que lograba era que él la aferrara más, una mano
empeñada en lograr el objetivo que ella no quería ni imaginar, la otra cerca de
su pecho apretándola contra el cuerpo caliente y sin dejarle espacio para la
huida. Debatirse no servía de nada, gritar tampoco: estaba tan lejos de la
orilla y con el agua amenazando con meterse en sus pulmones al menor
resbalón… Y la mano, despiadada,
continuó su camino hasta encontrar el objetivo… Valentina sintió un dolor
lancinante, no solo allí abajo sino en todo su ser. Su alma se le desgarró
irremediablemente en el momento en que el tío Eduardo la penetró con sus dedos
en el cuerpo… El dolor tuvo el efecto de aniquilar sus ilusiones para siempre,
pero también la sacó de su estupor, de su miedo de ahogarse, y en una fracción
de segundo entendió exactamente lo que debía hacer. Sin pensarlo dos veces,
cogió un poco de aire, se sumergió rápidamente en el agua, pasó su cabeza
debajo del brazo del hombre y dio una patada violenta en la arena del fondo. La
súbita inmersión cogió por sorpresa al tío, y con la viada que cogió la chica,
logró nadar aferrada a la tabla, sin darse la vuelta un solo instante hacia la
orilla.
Cuando llegó,
Gabriela la regañó “por no haber cogido bien la ola”.
Valentina sólo la
miró… intentó decirle lo que había pasado, pero a la mitad del relato Gabriela, su mejor amiga, se volteó y
le dijo: “estás mintiendo”.
La sentencia cayó como un mazo sobre lo
vivido… Valentina entendió que nunca hablaría de eso porque nadie la
entendería… De lo sucedido en ese día no quedó rastro ni en su diario. Dicen
que “el papel aguanta todo”, pero es mentira. Hay cosas que ni el
papel aguanta, porque el corazón es incapaz de escribirlas…
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