domingo, 3 de mayo de 2015

Inocencia perdida


El ruido de las olas del mar era ensordecedor para cualquiera. No en vano ese lugar se llamaba “Gran Onada” (la gran ola), porque aquellas que rompían estrepitosamente en las rocas hacían un ruido insoportable. A Valentina le pareció un lugar  impresionante y bello… el paisaje era absurdamente hermoso y a ella el ruido no le molestaba en absoluto. Había nacido con un problema en el oído interno, que la condenó a escuchar un zumbido apagado y constante, como el ruido que hacía el tocadiscos del abuelo cuando la aguja rayaba interminablemente el disco una vez que dejaba de tocar la canción… Cuando todo estaba en total silencio, en la noche por ejemplo, y ella apoyaba su cabeza en la almohada, este ruido se amplificaba tanto que no la dejaba dormir. Durante el día por el contrario, con el barullo invariable que había en su casa ni pensaba en él. Pero la absurda violencia del mar con el reventar estrepitoso de las olas ocultaban tanto el zumbido que logró conocer  por un momento lo que era tener paz en su cabeza.

Era un día soleado, su amiga Gabriela le había invitado a pasar las vacaciones con sus tíos, personas de la alta sociedad que poseían tantas propiedades que era imposible contarlas con los dedos de las manos. Antes de llegar a la playa habían pasado por una hacienda en donde el tío de Gabriela, Eduardo, criaba caballos de estirpe para las carreras. Solo en esa hacienda habían 88 caballos y aunque Valentina no sabía ni ostia de razas –pese a haber sido criada entre caballos en la hacienda de su papá-, admiró la pureza de las líneas de esos animales enormes y relucientes que el tío mostraba con el orgullo de un padre ante su prole. Luego se habían dirigido hacia la playa, con la intención de bañarse en el mar e intentar aprender algo de surfing, un deporte que se había puesto de moda, cuyo objetivo consistía en parase en una tabla sobre una ola y dejarse llevar con ella. Ni Valentina ni Gabriela pretendían en un solo día lograrlo, pero habían escuchado que lo primero que se debía dominar  era el  “agarrar” la ola, y para ello habían comprado unas tablas especiales, de la mitad del largo de las de surf, en las cuales uno debía recostarse de medio cuerpo al momento de venir la ola y con las cuales, remando rápidamente con las manos y los pies, se podía lograr acostarse sobre la ola y ser llevado hacia la orilla.

Ella y Gabriela, sin mucho éxito, estuvieron intentando hacerlo durante casi una hora. Se divertían muchísimo, pese a la frustración del objetivo no logrado. Las olas las sacudían sin piedad y tragaban tanta agua salada que seguro se iban a morir todas las bacterias de su cuerpo -como decía su madre cada vez que tomaba una copa de whisky-  y sus cuerpos jóvenes estaban veteados de rojo por la fuerza del mar. Todo pudo haber quedado solo en eso… Y sin embargo, a veces la vida simplemente decide darle una patada a toda la magia y desde ahí se hace imposible regresarla…

El tío de Gabriela, Eduardo , entró al mar. Con la misma seguridad que había conducido a los caballos pocas horas antes, les aseguró que les enseñaría a tomar la ola de la mejor manera, para poder ser llevadas hasta la orilla. Primeramente, les dijo, debían de estar más lejos de la orilla, donde el mar les llegara por lo menos a la cintura. Sino, la sensación duraba muy poco. Las llevó mar adentro y decidió que Gabriela sería la primera. Efectivamente, cuando llegó una ola que apenas nacía a la altura de donde ellos estaban, súbitamente el tío la subió en la tabla y dándole un fuerte impulso, a la par que la  increpaba  a que reme con ambas manos, la aupó encima de la ola. Gabriela se alejó acostada en la tabla, que reposaba como una hoja liviana en la ola cada vez más grande y potente. Valentina la vio alejarse rápidamente y llegar a la orilla en un santiamén. Cuando se bajó, a lo lejos, se podía ver su sonrisa y el contento por lo vivido… Inmediatamente, el tío le dijo a Valentina que era su turno, pero que  debían de ir un poco más allá, más adentro, para  poder coger la ola desde el inicio. Valentina lo siguió, jalando la tabla que le correspondía. El tío Eduardo se adentró un poco más, y cuando llegaron a una profundidad en la cual el agua les cubría hasta los hombros, él le dijo que era suficiente. La acercó contra su cuerpo y le explicó que debería alzarla un poco violentamente sobre la tabla cuando llegara la ola, por la profundidad… para ello, la cogió por la cintura y la sujetó firmemente contra su cuerpo. Valentina odiaba nadar tan profundo, en realidad nunca pasaba de la distancia en donde el mar la tapaba más de la cintura. Se sintió un poco más segura cuando el hombre la sujetó, y se pusieron a esperar la ola.

Pero la ola no llegaba…

Como treinta segundos después de haber sentido la sensación de seguridad, Valentina comenzó a sentirse un poco incómoda. El cuerpo caliente de ese hombre contra su espalda, sus piernas pegadas a las de él, sus nalgas rozando partes de la anatomía de ese hombre de las que ni se atrevía a pronunciar el nombre, las manos en su cintura y su vientre, no la hacían sentir bien. Algo como una luz naranja tendiendo al rojo pareció prenderse en su cabeza. Pero antes de que esto se volviera una alarma real, el tío Eduardo gritó: “ahí viene la ola”. Se sintió alzada sobre la tabla y después, de manera casi irreal, se percibió transportada como en una alfombra mágica hacia la orilla. ¡Qué poco duró esa sensación de vértigo y de embriaguez sobre la ola! Gabriela la esperaba aplaudiendo en la orilla, y apenas llegó la incentivó a regresar. Con la señal de alarma completamente ahogada, Valentina ingresó en el mar de nuevo…

Como en esas pesadillas de las que uno no se puede despertar, la misma escena comenzó a repetirse. Gabriela partió impulsada por el tío con la primera ola… Y de nuevo se encontró Valentina adentrándose en el mar más allá con él, “para coger mejor la ola”. La luz naranja se prendió en seguida esta vez, pero Valentina no la escuchó…

Y así, con el agua hasta los hombros, Valentina dejó que él la pusiera de nuevo contra su cuerpo, esperando que llegara la ola ideal para volar. Solo que esta vez, el tío dejó pasar bastantes olas que hubieran podido ser perfectas para el efecto. La tenía contra él, en la misma posición, y le iba diciendo que debía de cogerla mejor, desde más abajo, para poder alzarla cuando llegara la ola. La mano que estaba sobre su vientre se fue desplazando poco a poco más abajo, por debajo del bikini naranja que se había puesto esa mañana, y sintió los dedos de ese hombre comenzar a hurgar más abajo aún, y agarrarla con violencia en ese lugar que ningún hombre había tocado aún. Estaba en pánico total… ¿qué podía hacer ella allí, mar adentro, con el miedo a ahogarse? ¿Por qué fue tan estúpida y se volvió a meter al agua?

Comenzó a debatirse, pero lo único que lograba era que él la aferrara más, una mano empeñada en lograr el objetivo que ella no quería ni imaginar, la otra cerca de su pecho apretándola contra el cuerpo caliente y sin dejarle espacio para la huida. Debatirse no servía de nada, gritar tampoco: estaba tan lejos de la orilla y con el agua amenazando con meterse en sus pulmones al menor resbalón…  Y la mano, despiadada, continuó su camino hasta encontrar el objetivo… Valentina sintió un dolor lancinante, no solo allí abajo sino en todo su ser. Su alma se le desgarró irremediablemente en el momento en que el tío Eduardo la penetró con sus dedos en el cuerpo… El dolor tuvo el efecto de aniquilar sus ilusiones para siempre, pero también la sacó de su estupor, de su miedo de ahogarse, y en una fracción de segundo entendió exactamente lo que debía hacer. Sin pensarlo dos veces, cogió un poco de aire, se sumergió rápidamente en el agua, pasó su cabeza debajo del brazo del hombre y dio una patada violenta en la arena del fondo. La súbita inmersión cogió por sorpresa al tío, y con la viada que cogió la chica, logró nadar aferrada a la tabla, sin darse la vuelta un solo instante hacia la orilla.

Cuando llegó, Gabriela la regañó “por no haber cogido bien la ola”.

Valentina sólo la miró… intentó decirle lo que había pasado, pero a la mitad del relato  Gabriela, su mejor amiga, se volteó y le dijo: “estás mintiendo”.

 La sentencia cayó como un mazo sobre lo vivido… Valentina entendió que nunca hablaría de eso porque nadie la entendería… De lo sucedido en ese día no quedó rastro ni en su diario. Dicen que “el papel aguanta todo”,  pero es mentira. Hay cosas que ni el papel aguanta, porque el corazón es incapaz de escribirlas… 

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