Acabo
de releer por 4ta vez el libro de Elizabeth Kübler-Ross, La rueda de la vida. Lo interesante de leer varias veces un buen libro es que
impacta de manera diferente según los momentos que estamos viviendo.
La
primera vez que lo leí casi me arrepiento de haberlo escogido como lectura para
mis estudiantes. Esta autora, en etapa de vejez, es un personaje interesante
pero en las 40 últimas páginas del libro se le “tuestan los cables” severamente. Eso pensé la primera vez
que lo leí.
Las dos
veces siguientes me sentí altamente conmovida por ese sentido humanitario que
ella supo imprimir en su vida. Sus palabras sobre el “amor incondicional”
hicieron eco con las de Fromm en mi corazón y creo que, en muchas ocasiones,
cuando pude escoger entre la opción egoísta de escuchar mis necesidades versus
las del otro, hice prevalecer las ajenas en pro de esta lección humanista. Las
veces en que cedí a mi impulso egoísta, me torturó el pensamiento de que no
había dado lo mejor de mí. Ese efecto tuvo la relectura del libro en mí.
Hoy
terminé de leer por cuarta vez el libro.
Y lo
que leí esta vez fue diferente. Esta vez, leí la historia de una mujer que
siguió desde un inicio lo que le dictaba el corazón. Una mujer en contacto con
sus sentimientos, los más nobles y los más oscuros, que no se negó la ocasión
de sentirlos pero que nunca se quedó empantanada en ellos. Una mujer que sintió
desesperanza, odio, frustración, miedo y que sin embargo decidió fijarse
siempre más en la luz que en la profundidad de la sombra del alma humana. La
propia y la ajena.
De esta relectura, he sacado algunas reflexiones que desearía compartir.
La primera
es relativa al dolor. Concuerdo con Elizabeth en que el vivir necesariamente
implica dolor. El ambiente con el que nos toca interactuar es siempre hostil:
el aire trae polución, el agua carga exceso de sodio, nuestros padres toman
malas decisiones, la profesora nos hace sentir inútiles, el chofer del bus nos
cierra la puerta en la rodilla, nos usan, abusan, maltratan… La vida entonces
se impone como una lucha. Le preguntaba al hombre que amo ¿qué te impulsó a
vivir? La respuesta no es fácil. Creo que tratamos siempre de ponerla afuera: una meta, una persona… No
es verdad. El impulso de vivir habita en nosotros, en mayor o menor medida. Es
una llamita que está, ahí, viviendo. Podemos alimentarla o podemos asfixiarla
hasta que no nos quede más remedio que matarnos. Es una elección.
La
segunda reflexión es esa justamente esa : la del libre albedrío. No en el sentido filosófico. Sino
solamente en un sentido vivencial: todo el tiempo estamos enfrentados a
elecciones. Elegimos encerrarnos entre cuatro paredes o elegimos salir. Elegimos
tomar un bus o un taxi para regresar a casa. Elegimos sonreír a la persona que amamos
y abrazarla o ignorarla. Elegimos contestar una llamada o dejar sonar el
teléfono. Siempre elegimos. Las elecciones a veces las debemos tomar en solo
unos segundos. A veces son impulsivas: decimos cosas de las que nos
arrepentimos o aceptamos retos que nos llevan a cosas impresionantes… Nuestra
vida es solo una cadena de decisiones. Nunca serán del todo perfectas, pero si
estamos conscientes que somos los diseñadores de nuestro camino, tal vez
diseñemos mejor la trayectoria.
Sí,
podemos echarle la culpa a los demás de nuestras vidas; sí, podemos enfocarnos
en lo vivido y dejar que esto decida de nuestro presente y nuestro futuro, podemos decidir que nuestros padres, ex-parejas, personas del pasado, sigan determinando nuestras elecciones. Pero
también podemos dejar de ser cómodos, de poner nuestra vida en manos de
aquellos que nos usaron (¿por qué les dejamos que sigan moldeando nuestras vidas? ¿Van a pedirnos perdón? ¿Van a pagar por su
culpa?); debemos dejar de sentirnos inmortales y pensar que tenemos tiempo
ilimitado para vivir otras cosas. Podemos decidir, libremente, tomar nuevos caminos…
Los "grilletes que nos atan” no están en la vida real, sino en nuestras mentes. Los grilletes nos los ponemos nosotros mismos.
La
tercera reflexión es la de la aceptación (es la que más me cuesta). Nos sucederán cosas en la vida que no
podamos entender en ese momento. Las personas que dicen amarnos morirán, las
que prometieron quedarse se irán, las que propusieron cosas magníficas se
echarán para atrás. Los planes que trazamos se complicarán, la vida que
deseamos no llegará. Aceptar que hay tantas y tantas cosas que no podemos
planificar es difícil, pero es necesario. Hace 5 años yo poseía todas las
certezas. Hoy sólo tengo ilusiones que a medida que pasa el tiempo transformo
en planes. Pero si antes tenía frente a mí un camino pre-trazado, lo que vislumbro
ahora se asemeja más a las ramificaciones de un árbol. Quisiera llegar a donde
apunta aquella rama que topa las nubes… pero hay tantas bifurcaciones en la
arborización que creo que al final, así no llegue a aquella rama, no me
arrepentiré, no renegaré de lo vivido. A la postre, todo forma parte del mismo árbol.
El árbol
de mi vida.
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