Bueno, sé que en
la coyuntura de las manifestaciones de esta semana todo el mundo anda definiendo su postura: que si
están a favor, que si están en contra, que si irán a la marcha, o a la contramarcha, que si reúnen
a ver ambas en la tele…
Yo tengo una
gran confesión que hacer: a mí, la política, me HARTA.
Me harta lo que
está pasando y lo que siempre ha pasado:¿estar a favor o en contra???? ¿Escoger
un bando??? Para mí, lo que está sucediendo no tiene ningún sentido, no se
construye nada criticando lo que existe; si no nos gusta lo que hay, no es
cuestión de mostrar nuestro descontento: es cuestión de QUÉ proponemos en su
lugar.
Partamos sin embargo desde el inicio, porque nada inicia en una
protesta en la calle. Las manifestaciones llegan cuando el ciudadano, desbordado,
cree que es su momento de actuar. ¡Cuán errado está el individuo! Su momento de
actuar ya pasó hace rato. El momento de actuar no se sitúa
cuando la “gota” derrama el vaso de lo que consideramos que no está bien en el
manejo de un país, sino mucho antes, incluso es previo
a la primera gota que comenzó a llenar el vaso: el momento se venció CUANDO ELEGIMOS a nuestros
representantes.
El momento de
las votaciones, para mí, se asemeja mucho a cuando hago compras en el mercado y
quiero preparar una receta especial.
Si voy al
mercado a comprar algo muy específico y que debe estar -bajo todos los
parámetros de calidad- en perfecto estado, algo como, digamos, los tomates (que dicho sea de paso me encantan porque son la base de la mayoría de mis recetas: sopa, espaguetti boloñesa; ensalada,
albóndigas, refrito, bloody
mary) y llego al mercado y todo lo que veo son un montón de tomates podridos,
viejos, no maduros, llenos de gusanos…
¿Compro tomates???????
Nooooooo…. No
soy ni de cerca buena cocinera (así como no pretendo conocer las costuras de
ser un buen estadista, o un buen alcalde), pero soy una buena consumidora de
derivados del tomate y sus aplicaciones (equiparable a ser una buena ciudadana). Por eso, cuando voy al
mercado y no hay buenos tomates… SIMPLEMENTE NO COMPRO.
Porque no puedo
ingenuamente confiar en que van a resultar “buenos” una vez que los haya
comprado. No soy chef, pero la lógica me dice que no hay manera que me sirva
para ninguna receta un tomate que no está en su punto.
Y sin embargo, en política, siempre nos portamos tan tontos como
para comprar tomates que han estado “ofertándose” como buenos tantos años
aunque sabemos, desde la primera vez, que eran MALOS y que no sirven ni para
reciclarlos en compost para los chanchos. O tomates de dudosa procedencia, que
saltan de repente al mercado la última vez que nos quejamos de la producción de
tomates. O tomates inmaduros, duros y sin sabor. .. ya me entienden.
Así, siempre que
hay elecciones oigo a personas decir “es el menos malo, hay
que votar por él” o “entre los males, el menor”; yo traduzco esto a la elección en el mercado
y deduzco que son tan insensatos que, en términos de tomates, lo que me están
diciendo es “me como
el podrido, pero no el que tiene gusanos”
En lo personal, cuando voy al mercado y los tomates no están
buenos, simplemente cambio de receta y me compro unas lechugas.
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