lunes, 29 de junio de 2015

Humillada


Mi amiga María José tiene una inteligencia fuera de serie ; es ese tipo de mujer que, independientemente del tema del que se hable, desde el big bang hasta de telas, con cualquier tipo de interlocutor, llámese científico de alto vuelo o niño de 5 años, siempre puede entablar una conversación y siempre es interesante. Es tan inteligente que si la dejaran frente a la televisión viendo un programa en un idioma que no habla, estoy segura que en una hora sacaría patrones lingüísticos y de contexto y estaría en capacidad de hacer un resumen adecuado de la trama de lo visto.

El reverso de la medalla es que, en temas de pareja, es una auténtica autista relacional.
Se enamora como una tonta de los peores ejemplares, y siempre acaba llamándome para contarme una historia peor que la otra. Hasta ahora ha tenido de todo aquello con lo que ninguna mujer se quisiera topar. Tuvo un admirador que resultó estar casado pero de ese « detalle » sólo se enteró cuando la esposa fue a hacerle un escándalo a la oficina. Estuvo con otro que, después de vivir a costa de su intelecto y conseguir un mejor estatus social, se largó  a vivir a la playa con una fotógrafa argentina que conoció en un teatro,  clamando que era un espíritu libre y ella le cortaba las alas. El siguiente idilio que tuvo la mantuvo en la nube rosada durante unos meses, y mientras no involucró sexo en la relación todo iba bien porque resultó que el hombre era gay. En fin, ya se imaginan.

Cada vez que sale de una de estas historias fallidas, me llama desesperada para el consabido café entre chicas, en el cual siempre termina el relato  preguntándome : ¿Por qué ? Ahí solemos en general masacrar entre galletas y sarcasmos al ejemplar de turno, y concluir que los hombres buenos son una especie en vías de extinción.

Sé desde sus estatus de facebook que estuvo algunos meses con un chico y que acaban de romper. A las frases románticas y las canciones de amor, le ha sucedido un silencio “estatutario” que no es muy normal, por eso cuando me llama para el café presiento que esta historia va a ser diferente de algún modo. Pero no estoy preparada para el calibre de lo que me va a contar.

Todo comenzó maravillosamente. El hombre trabajaba con ella desde hace algunos años, pero en un departamento diferente; tenían proyectos en común, lo que hacía que se frecuenten a menudo. El era muy atento, y así como conmigo, ella le contaba sus desaventuras amorosas (en una versión resumida, claro está). Lo consideraba su amigo. Desde su última ruptura, él se acercó más y más y por último le declaró su amor, que según él estaba presente desde que la conoció; le dijo cosas maravillosas, le describió un futuro a largo plazo con ella… poco faltó para que le baje la luna. Ella siempre lo había visto como un amigo, pero decidió darle un chance, y se enamoró. Los primeros meses fueron espectaculares. Ella era su “reina” su “princesa” su “amor eterno”, la llenaba de flores, de palabras bonitas, de mensajes repletos de emoticones con corazones de todos los colores. Se fueron de viaje, recorrieron lugares maravillosos, se compraron regalos, se tomaron tantas fotos que podrían haber llenado varios álbumes sin problema. Todo iba bien, según ella, hasta que llegó el momento de entregar el proyecto. Mucho estrés, mucho cansancio… él empezó a alejarse; a enojarse por pequeñas cosas; a rebuscar su facebook; a reclamarle sus relaciones anteriores, de las cuales conocía hasta el mínimo detalle porque ella misma se lo había facilitado en la época en que solo eran amigos; desaparecieron los “te amo”, los “hermosa”; comenzó a llamarla por su nombre de pila. Nada grave en sí, según ella. Las personas con las que conversó le dijeron que era inseguro, que la amaba demasiado… 

Nada como las otras cosas, más esporádicas, las que no contó a nadie hasta este momento, mucho más duras. Como la vez que, cuando ella le dijo que  tal vez deberían estar un poco más de tiempo juntos, él le sacó en cara que su trabajo era muy importante, mucho más que el de ella, y que ella podía delegar tal vez sus tareas a alguien pero él no. O la otra vez en la que, en una salida del trabajo, ella se tomó dos copas y él la llamó “borracha”. O cuando le pidió que se quede a dormir una noche y él le dijo que no le gustaba quedarse porque dormía mal con ella en la cama.

O finalmente, esa vez en la que, haciendo el amor, le mordió el labio hasta sacarle sangre para que “no hiciera tanto ruido”. Riéndose de su labio hinchado le dijo que para que se sintiera mejor solo tendía que ponerse un vestido y unos zapatos de tacón; luego, él se vistió para salir a  farrear por el cumpleaños de su mejor amiga y no lo volvió a ver.

María José para el relato y me mira, y veo en sus ojos algo nuevo, que no solo está en su mirada sino en todo su cuerpo. Presiento que no me va a contar más y creo que no necesito saber más detalles. Lo importante no está en el relato.  Esta vez no me pregunta ¿por qué?, no nos vamos a reír del individuo, ni a pelarlo a punta de sarcasmos. Ni siquiera comeremos las galletas… Solo tomo su mano a través de la mesa y en el apretón que nos damos tratamos de ahogar esos momentos que ha vivido.

Ay mujer, pienso ¿a dónde diablos se te va la inteligencia cuando dejas que estas cosas pasen? Pareciera que el amor te interrumpe las sinapsis neuronales a tal punto que no logras interpretar lo que está sucediendo a cabalidad. Y ahora, ¿cómo estás? ¿Qué es lo que sientes?

Como si hubiera escuchado mi pensamiento, María José suspira y con mucha mucha frialdad me dice: “Me tomó mucho tiempo poder hablar de esto, le estuve dando vueltas en mi cabeza y preguntándome ¿Por qué? yo sola. Lloré a mares, me bebí todo el vino de mi cava. Pero entendí que todo es un aprendizaje y decidí que no volvería  a derramar ni una sola lágrima más por esta historia, ¿sabes por qué? Por que esta vez aprendí lo que es la humillación”. Se pasa la servilleta por los labios y con la inteligencia de nuevo al mando de la situación, como si esta conversación nunca hubiera existido,  me pregunta: “Y tú, cómo estás? ¿Vas a lo del Papa?

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