martes, 22 de octubre de 2013

¿Cuándo se inventó la preadolescencia?

Desde hace varias semanas mi hija de 8 años (casi 9) tiene un comportamiento extraño: todas las noches me reclama una cosa y otra a voz de grito y con un montón de llanto, desde el divorcio hasta cosas más sutiles como no poder dormir. El otro día se plantó frente a mí después de uno de estos episodios, para agradecerme por “pagarle la vida”. En ese momento, sentí como un desfase temporal, porque me esperaba a tener este tipo de escenas en, según yo …¿unos 3 años? Ha reivindicado también ir en el puesto delantero del auto, tener celular, y no sé cuántas otras cosas ridículas para su edad desde mi punto de vista.

Yo, ingenua, pensé que era por la mala influencia de la tele y de sus amigas cuyas madres les hacen ser adolescentes prematuramente, hasta que ayer mi psicóloga me dijo que todo esto son indicadores de “preadolescencia”. Solo de oír esa palabra casi me caigo del sillón.

¿Qué diablos es eso de la preadolescencia? Se supone que como psicóloga debería de saberlo pero me palpita que “Psicología del Desarrollo I” fue una de las clases a las que nunca fui en Lovaina porque me aburría el profesor. ¿O tal vez soy un dinosaurio y “en mi época” no se hablaba de eso?

 Pues resulta que entre los 8 y los 12 años, según una fuente de internet, los niños ya no son niños ni las niñas, niñas, sino preadolescentes. Saberlo me hace sentir fatal… Porque resulta que esto de la preadolescencia viene con una combinación de contradicciones, en las cuales el “preadolescente” quiere permanecer siendo niño pero se porta ya como un adolescente en ciertas facetas de su vida. ¿Por qué nadie me avisó que mi pequeña y dulce hija se transformaría en un híbrido al que le seguiría gustando jugar con peluches pero me pediría usar desodorante e invitar al novio al cumpleaños?

Claro que cuando se lo dije a ella ayer (no lo del híbrido, sino lo de pre-adolescente), casi salta de la felicidad. Para frenarle un poco tuve que decirle que crecer viene no solo con derechos sino con obligaciones; así, negociamos que se va a ir a acostar media hora más tarde pero se levantará media hora más temprano para preparar su lonchera y su desayuno. De la misma forma, podrá ir adelante en el auto cuando alcance el tamaño de una niña de 12 años (en 3 centímetros más de su tamaño actual según otra fuente de internet), pero nada de celular hasta los 16.

 Lo peor de todo es que creo que mi psicóloga tenía razón, ya que aunque ayer en la noche mi hija me pidió que le acariciara los cabellos para dormirse como cuando tenía 2 años, hoy se levantó mientras yo me duchaba, tendió su cama y preparó solita su desayuno y su lonchera.

Y yo que pensaba que tenía aún 3 años antes de comenzar con estas cosas… Recibir esa noticia fue como mandarme de golpe y sopetón a un mundo futuro – no muy agradable- sin hacerme el “upgrade” de rigor; con cada cambio de este tipo deberíamos de recibir un apoyo extra: un manual estilo “preadolescencia para Dummies”, una línea de apoyo telefónica, o por lo menos un kit de emergencia para abrir “en caso de no saber qué hacer”; ¡qué sé yo! En lugar de eso, pasada la tormenta del día solo nos queda la voz de la conciencia (que se parece mucho a la de mi mamá) resonando “para qué te metiste a tener hijos” y las fuentes (dudosas) de internet para googlear a cualquier hora de la noche.