jueves, 28 de septiembre de 2023

El cigarrillo de mora

Hoy, por primera vez desde hace 20 años, prendí un cigarrillo.

No les puedo describir la maravillosa sensación de alivio que me recorrió en el cuerpo. Siempre supe que desde que dejé de fumar vivía en una especie de bruma constante. Una suerte de Londres nublado personal, con el cerebro medio embotado y la vista borrosa. Y no, no es culpa de mi miopía. Esa solo contribuye al problema esencial.

Hace 20 años dejé de fumar porque tenía un proyecto de vida: quería tener un hijo. Pero quería recibirlo en un cuerpo sano, no un cuerpo intoxicado por la nicotina. Y lo logré. Dejé de fumar y, un año después, me embaracé del mejor regalo que me dio la vida: mi hija. Ella hoy tiene dieciocho años, es una joven adulta, no una adolescente como otras de su edad. Vive sola en un país lejano, se prepara sus comidas y no tiene a nadie que la despierte. En pocas, su independencia es un éxito que se ha pagado con mi invisibilidad; tuve que dejar de hacer esas cosas por ella para devolverle el regalo de la vida. No me arrepiento de ello, para nada. Si mañana desaparezco, ella va a estar bien, yo lo sé. La sigo amando desde lejos, y extrañándola como a nadie. El amor de mi vida es ella, menos mal lo entendí antes de que se vaya, y supe disfrutar su presencia.

Volviendo a lo del cigarrillo, yo siempre dije que si volvía a probar uno probablemente me volvería una adicta de nuevo. Es que antes de dejarlo, tuve etapas en que fumaba 2 cajetillas diarias: una de blancos y otra de mentolados, alternando las unidades para introducir variedad y no saturarme. Uno antes del café de la mañana, otro después, otro más en camino a la universidad, otro al llegar, otro antes de entrar a la primera clase, otro en el receso, otro más porque el tiempo sí me daba antes de las segunda clase… los que fuman saben lo que es eso: se enciende el siguiente con la colilla del anterior, ya ni se necesita de fósforos o encendedores. El cigarrillo se fuma tan rápido y tan intensamente que la colilla quema los dedos. Por qué creen que los dedos se vuelven amarillos? : la nicotina entra en la piel como las improntas del ganado, a punta de llama.

Durante este período de abstinencia varias veces he flirteado con la idea de volver a fumar. En épocas de problemas emocionales, como por ejemplo, para relajarme: qué mejor que un tabaco? O cuando era decana y tenía tanto estrés laboral que a veces pensaba que no lo iba a lograr porque no me avanzaban las horas del día para todo, pese a que hacía jornadas de casi 12 horas incluido el sábado. Alguna que otra vez salí de reuniones particularmente tensas y siempre me decía: quiero fumar. Luego me acordaba de lo duro que fue dejar (eso no les he contado: tres días de no dormir, de estar temblando y sudando la abstinencia, emputada con el mundo por hablarme, conmigo por haber comenzado a fumar en mis 18 solo porque todos lo hacían, enojada con mi exmarido -marido en esa época- que seguía fumando frente a mí, con mi propio deseo de ser madre, con el universo, …) y no lo hacía, solo respiraba fuerte y me decía que yo podía con todo, con las frustraciones, los enojos, que si conseguí dejar de fumar podía con lo demás.

Hoy fumé mi primer tabaco desde hace 20 años. Llevaba flirteando con la idea desde hace varios días. o tal vez unas semanas. ¿Será que me ha cogido la vejez, o serán las cosas que estoy viviendo? El caso es que ya no siento que puedo con todo. Más bien, no puedo con nada. Tomo decisiones que en el momento parecen adecuadas, pero que en pocas horas se demuestran ser pésimas. Tengo trabajo acumulado como para tres meses si duermo las noches, o uno sin parar ni dormir, y cosas nuevas siguen llegando. Atiendo lo que puedo, pero mi nivel de atención es tan malo que pierdo las cosas: olvidé mi celular en un aula y tuve la suerte que una alumna lo devolvió; perdí mis tarjetas del banco y la señora de la limpieza las encontró, dejé la hornilla eléctrica encendida, también la cafetera todo un día… ya ni cuento las cosas que se me olvidan, o que hago sin querer. La otra noche hasta me emborraché  por error! (eso les cuento otro rato).

Hoy, al borde del colapso, después de olvidarme la clave de la alarma del auto… decidí que he llegado al punto de no poder hacer esto sola. Me refiero a la vida.

Y me compré un cigarrillo de mora.

Y me lo fumé. Antes de ir a cumplir con esos horarios absurdos llenos de cosas innecesarias inventadas por alguien que, a las claras, ignora todo sobre los seres humanos que tratamos de seguir siendo “de alto rendimiento” cuando lo único que queremos es rendirnos.

Y de repente, la bruma se disipó. Pude pensar de nuevo, ser coherente en las entrevistas, contestar correos, ser amable con la gente, relajarme y ver mi vida como si fuera un programa de televisión, sin que las cosas me lleguen o me afecten.  Pude salir a almorzar y ver niñas jugando con muñecas en el patio de comidas sin que se asomen de golpe todos los recuerdos infantiles de mi hija a aporrearme tanto que se me desbordan las lágrimas. Pude escuchar con atención sus mensajes y contestarlos sin tener que repetir tres veces para que no se note el tono de madre que extraña... Pude de nuevo ser pareja de mi pareja y reírme sin intentar ser su psicóloga. Pude ver el mundo sin tratar de arreglarlo o salvarlo.

Y pensar que todo esto estaba solo a un cigarrillo de mora de distancia…


jueves, 7 de septiembre de 2023

Historias de mudanza

La desesperación. Son las 7 de la noche del sábado, el camión viene a recoger las cosas a las 8 del domingo y no tengo nada empacado. Peor aún. He tomado tantas malas decisiones en este fin de semana que no hay nadie para ayudarme. Comienzo a armar las cajas y a poner frenéticamente las cosas adentro. Tengo cantidades de libros, tantas cosas acumuladas. Quería donar antes de cambiarme, pero la mudanza se me vino encima con demasiada rapidez. Necesito más tiempo, más cajas, más manos que me ayuden. Las lágrimas se me vienen a los ojos, pero no hay tiempo para eso tampoco. Como un robot, empaco y empaco.

La furia. Algunas horas han pasado y aunque el trabajo avanza, no pareciera que va disminuyendo. Faltan los cuadros, los utensilios de cocina, los adornos de la sala, ¡ni hablar de todo lo que queda en los cuartos arriba! Me estoy comiendo mis horas de sueño mientras trato de no pensar en la mudanza anterior que también hice sola, y en donde me juré no volver a hacerlo así. Estoy furiosa conmigo misma porque aparentemente no aprendo nada.

La tristeza. Estoy ya en la otra casa, entre cajas y más cajas. Ordeno y ordeno, no paro de ordenar, pero el caos le gana al orden, pareciera que los objetos se multiplicaran adrede para hacerme sentir que esto no va a terminar nunca. Mis gatos están traumados, no salen de debajo del edredón desde hace dos días, no comen, no beben agua. A ratos, quisiera ser como ellos y esconderme. Esta casa no es mi casa. Los libros, los adornos, los cuadros, todo está en la bodega. Talvez debería de irme a vivir allá. Me encierro en el baño a llorar un rato, solo 5 minutos, no hay espacio para esto tampoco acá.

Las dudas. Esta mudanza es una especie de apuesta a la vida. Apostemos que es bueno salir de la zona de confort e intentar algo nuevo. Apostemos que no es tan malo irse al valle como siempre lo he pensado. Apostemos que puedo vivir en pareja y que es mejor que estar sola. Apostemos que los gatos y los perros pueden llevarse bien y no van a haber accidentes. Apostemos que se puede lograr un equilibrio y tener algo que no sea solo mío, o suyo, sino “nuestro”. Apostemos.

La esperanza. Estoy terminando mi jornada laboral en la universidad. Prendo la Waze para que me diga cuál es el mejor trayecto para llegar a mi nueva casa. El regreso extrañamente siempre es menos largo que la partida. Debe ser una señal del universo. Aunque todos estos días he flirteado con la idea de irme a un hotel que acepte mascotas, hoy tengo ganas de regresar allá. El desorden no se acaba, siguen llegando los objetos rezagados, pero no me importa. Hay algo que me calienta el corazón: es el pensamiento de que ahora siempre le voy a ver a él ahí.

martes, 16 de mayo de 2023

Tabú

 Vivimos curiosos tiempos. En la década de los 80, hablar de sexo, acceder a pornografía o simplemente ver escenas de relaciones entre parejas en las películas eran cosas encubiertas, relegadas al murmullo o a la conversación llena de vergüenza, o a las horas pasadas la medianoche en los programas como “Noches de clímax” de Teleamazonas. Ahora, tres décadas después, el sexo está por todo lado: en la publicidad vemos gente desnuda, las series como Élite nos mandan escenas de porno suave con una censura que descaradamente dice 16+, en la canciones escuchamos versos como “nalga y tetita”[1], “acto acto quiero contacto”[2] y el baile más común involucra frotar las nalgas en el pene de la pareja de baile (perreo se llama). Es una sociedad hiperliberada que aparentemente no le tiene miedo a nada.

En esta sociedad moderna, sin embargo, hay un tema que ha tomado el lugar del tabú, de lo que no se puede hablar, o si se lo hace, debemos hacerlo con recelo, cautela, cuidándonos mucho de las palabras que usamos y con quién lo hacemos, porque es gravísimo y puede traernos consecuencias terribles. Ese tema es, sorpresivamente, el amor. Hablar de amor. Expresar amor. Confesar amor. Todo lo vinculado al amor está bajo el ojo crítico de la sociedad, que mira con suspicacia cada una de sus facetas.

Confesar amor es condenable. Me refiero incluso a confesar un poquito de amor hacia alguien, aunque sea una onza y que aún no se llame amor como tal, sino algo más soft, tan solo un preludio, como el “enamoramiento”. Hace algunas semanas, en una conversación con una amiga, le conté que estaba saliendo con alguien y me estaba enamorando, y me dijo en tono de voz cortante: “es muy temprano para decir que estás enamorada”. Mi hermana, al hablar de lo mismo, me dijo algo similar: “no se enganche tan rápido”. Es decir que el amor es algo que no puede venir ni en pequeñas dosis temprano. Apegarse, vincularse, encariñarse, enamorarse, está prohibido según alguna ley de este mundo moderno, a menos que el tiempo haya legitimado su existencia. Es paradójico, porque frente a esto, el sexo sí podemos hacerlo en la primera cita, ya sin que nadie se escandalice. No entiendo cómo te pueden decir que no te enganches con una persona porque no la conoces, pero que dejes nomás que un extraño entre en tu cuerpo. ¿Acaso el cuerpo no forma parte de nosotros de igual manera que los sentimientos? Aparentemente no: podemos intercambiar fluidos, pero el amor ¡cuidado! no podemos darlo ni en dosis moderadas desde un principio, porque ahí es donde reside el real peligro ahora. Mejor si no lo das, mejor si no te enganchas.

Tampoco se puede hablar de amor con el otro, con ese mismo ser con el que estamos sintiendo cosas. Nos cuesta decir las palabras y preferimos escoger otros modos, transformando el sentimiento en un emoticón, una broma, un meme, para bajarle el tono y que suene más light. Actualmente, no podemos manejarnos con la premisa de estás dentro o estás fuera del amor. Siempre parece mejor permanecer en el umbral, con un pie en cada lado: nos cuesta reconocer que estamos adentro y peor aún, reconocerlo ante el otro de manera auténtica .Ya nadie dice ”te amo”, porque amar suena a enfermedad terminal. Ahhhh, pero nos sale facilito el “me gustas” y el “te deseo”. Comprometemos el cuerpo, como que ahí no se jugara nada del terreno de los afectos. Nos disociamos y pretendemos que esos roces no nos rocen nada más que la piel. ¡Dios nos libre de sentir algo por esa persona, y peor de confesarlo! Ahora, tenemos el amor torpe. El amor en el que nos faltan palabras porque ya no las hemos usado o porque las hemos usado y se nos han vaciado de sustancia. Decimos “amo mi carro”, “amo mi celular”, y somos incapaces de decir “te amo” a una persona. Circunvalamos alrededor del concepto buscando eufemismos para no hacerlo. Le tenemos más miedo al amor que al sida.

Y ni hablar de otras expresiones de amor. Nos incomoda ver a las personas abrazadas y juntas, o besándose. Las llamamos “melosas” o “cursis”, nos burlamos de ellas o las criticamos diciendo que “parecen adolescentes”. Da la idea de que el amor no es cosa de adultos, es algo inmaduro e infantil. Entonces, al renegar del amor, de golpe somos un grupo de personas super pensantes y racionales, que no caemos en esa trampa porque los adultos no amamos. Tan maduros somos, que preferimos subir el volumen de las canciones de reggaetón y perrear en las fiestas, porque el perreo nos hace sentir libres y jóvenes. No hay escándalo en eso. El escándalo está en besarle cariñosamente a tu pareja en público porque “ya nadie hace eso”.

Ahora, entonces, nos hemos vuelto muy modernos. Hemos virado la tortilla y puesto bajo el reflector a un tipo de relación que se plasma solo a través del cuerpo y de la superficie. Y hemos mandado a la sombra, al lugar del tabú, al amor, esa cosa extraña que aún sentimos pero que no podemos confesar, ni verbalizar, ni actuar.

Qué curiosos tiempos.



[2] https://www.youtube.com/watch?v=rscOXVuaCGw

miércoles, 12 de abril de 2023

"Game Over" for Laura?

 Laura no sabe jugar.

Sobre todo, en lo que respecta a las relaciones de pareja. Nunca ha sabido hacerlo, nunca supo, y se salió del juego lo más pronto que pudo, como a los 19 años, ligándose por casi dos décadas con el mismo hombre. A Laura le hubiera venido bien vivir a inicios del siglo XX, cuando la esperanza de vida bordeaba los 40 años nada más. Hubiera cumplido con el mandato de “hasta que la muerte los separe” y no hubiera tenido que volver a jugar nunca más en estos juegos relacionales para los cuales nació completamente discapacitada.

No hay que malentender la situación. Laura no es fea ni boba ni mala persona. Por el contrario, sus amigas no paran de decirle lo “guapa, inteligente y buena” que es, y que “algún rato va a llegar un hombre a su altura”. Para Laura esto no tiene mucho sentido. Desde que se divorció, lo único que ha llegado a su vida son hombres narcisistas, que la quieren como un trofeo a su lado, o los que tienen miedo al compromiso y que huyen cuando se dan cuenta que Laura no quiere jugar con ellos. Por lo menos ya no pasa lo que le pasaba antes, cuando era adolescente y lo único que atrajo fueron muchos malos ratos, algunos hasta pésimos, de esos que en este tiempo hubieran sido denunciados en redes y hubieran recibido el apoyo de las SororasVioletas.

Laura no quiere jugar desde hace rato en esas arenas; si han seguido su historia, saben que recién después de tres años se ha lanzado de nuevo al juego relacional. Solo para darse cuenta de que las cosas se han complicado aún más. Ahora que tiene 48 años y ha salido con algunas personas cercanas a su edad, se da cuenta de lo difícil que resulta por varias razones. La primera, porque hay menos hombres disponibles y los que están, no lo están del todo. Quieren entablar relaciones, pero vienen ensañados contra las mujeres por sus historias relacionales, y convencidos que la solución es mantener la relación lo más superficial posible. Están dispuestos a seducir evocando escenarios futuros románticos, en los cuales exhiben el compromiso como un anzuelo para que la presa se enganche: prometen futuras salidas, intercambios de libros, salidas a la quinta familiar, cenas en restaurantes de lujo, paseos en el parque, conciertos, teatros… Todo lo que les permita tener acceso a esa persona, no para un revuelque puntual (bueno fuera), sino para un plan más permanente para ellos, pero tremendamente frustrante para ellas: para cuando tengan tiempo una vez que se les termine lo verdaderamente importante en su vida,  el gimnasio, los amigos, las reuniones, las salidas, en fin. Ya me entienden.

El contexto no ayuda. Ahora todo se ha complicado aún más, porque las personas quieren mantener sus opciones abiertas. Estar con un pie adentro y otro afuera, por si acaso. Mantenerse siempre en el umbral de la relación. Tener un lazo que se pueda desanudar en cualquier momento, porque afuera pululan las opciones. No son opciones tan reales, son esas mujeres que ellos desean a través de los vídeos de Instagram que siguen, o del porno que ven, u otras con las que chatean a través de las app, mujeres de cuerpos perfectos, jóvenes, vitales y abstractas, a las que ven a través de una pantalla. Todas esas mujeres están en vitrina para ellos, por lo que conformarse con una real se vuelve tedioso, poco importa si es bonita, inteligente y buena. Ya nadie quiere esforzarse, nadie quiere cerrar sus cuentas de Tinder permanentemente, incluso si está “saliendo con alguien”, porque nadie sabe lo que dura nada, entonces es mejor suspender solo un ratito por si acaso, no vale perder los contactos de todas las mujeres con las que se chateó alguna vez.

Laura sabe cómo se le llama a esto. Ahora chatear con muchas personas en plan de coqueteo, así no se concrete nada, es “tener ganado”. Al ganado no se le puede descuidar, hay que darle de comer de vez en cuando, y sobre todo no se lo puede perder por un plan “fijo”, porque ya nadie anda en plan fijo y te puedes quedar sin ganado.

Ella mismo se ha sentido como ganado en este tiempo. Sabe que las personas con las que ha interactuado no la han buscado para conocerla en realidad. Siente que todos están en este juego relacional para mostrarse, para ser conocidos, no para conocer. No están solo en vitrina en las redes, sino en el mundo real. Están y no están. Toman café con ella, pero miran y hablan de otras mujeres, a veces hasta le muestran videos de las mujeres que consideran bonitas. Como diciendo “no te lo creas”, dejan el mensaje de “me gustas, pero no es para tanto, hay otras que deseo también/ más”. Chatean y luego ghostean; se ponen intensos, pero luego se muestran indisponibles. Muestran a ratos sentimientos, pero luego los ocultan detrás del sarcasmo o la broma, de tal manera que Laura, confundida, no entiende el mensaje.

Laura en este tiempo se ha dado cuenta que no solo no sabe jugar, sino que nunca le ha gustado el juego, ni con las reglas anteriores, peor con estas.  Ella siempre pensó en lo sencillo que sería si todas las personas fueran más sinceras en sus intenciones, más abiertas en sus deseos y aspiraciones relacionales, y más respetuosas de los sentimientos de los demás. Ahora eso también tiene un nombre; lo llaman “responsabilidad afectiva”. Lo leyó en un meme el otro día: es el equivalente de ser un ser humano decente. Ella solo ha querido eso siempre: ser decente en las relaciones y que lo sean con ella. Ahora, cuando piensa en todo esto, le parece que también por eso debió de haber nacido en otra época o en otra piel, ya no sabe muy bien. Lo que sí sabe, es que ya no es solo que no sabe jugar, es que ya no quiere intentar jugar.

No more games for Laura. 

Se baja de este tablero, frustrada. Y cuando lo hace, se da cuenta que no está sola. Otras personas también se han bajado por los mismos motivos aparentemente. Se acerca a ellos. Alguien le extiende una mano: es un hombre todo serio, pero sus ojos brillan con picardía. Laura toma su mano, y decide caminar un poco con él por ahí. Una nunca sabe. 

miércoles, 22 de febrero de 2023

De Tinder, la Inteligencia Artificial y otras fábulas modernas

 Laura, 48 años, soltera desde una ruptura muy fea hace casi tres años, decide que el duelo de esa última relación ha durado demasiado y es hora de salir de la zona de confort. Como encontrar personas en la vida real es bastante complicado, resuelve ingresar en Tinder e intentar interactuar con máximo 9 personas, porque, según lo leyó en un artículo de El País, es lo que aconseja una de las antropólogas que creó la App. La antropóloga además aconseja tratar de llevar la interacción lo más pronto a la vida real, y no ser demasiado quisquillosa al escoger con quien hablar (1) . Sobrellevando su “quisquillosidad” natural, Laura se instala Tinder y comienza a dar likes.

Interacción 1: Marco, 48 años, mecánico.- Laura da clic en un perfil de un hombre en cuya foto se lo ve asando una carne y parece divertirse. Por hacer conversación, le pregunta sobre las recientes elecciones: ¿por quién votó? Él le manda la lista entera de sus elegidos para alcalde, concejales, consejeros, participación ciudadana. Y un comentario de cómo en LATAM la gente no entiende por quién votar. Mucha política para Laura, quien por su parte anuló todas la papeletas. No le contesta por unas horas. Cuando abre la app, ve una serie de mensajes con puntos de interrogación, y un gif de Mr. Bean mirando al reloj en actitud impaciente. Laura decide dejar la interacción.



Interacción 2: Oscar, 53, dentista.- Laura encuentra un perfil en donde la foto de portada es la de un dentista trabajando en las muelas de una persona. Le da like y hace match. Inicia la conversación comentando que le parece divertido que él haya puesto esa foto cuando en general la gente tiene pavor a los dentistas. Él contesta con un “jajajaja”, a lo que ella insiste en la broma preguntándole si la idea era espantar a las posibles personas interesadas o atraerlas. Recibe una respuesta cortante. Cero sentido del humor. Laura deja la interacción.

Interacción 3: Eduardo, 50, publicista.- Laura inicia la conversación con Eduardo una noche. Hablan sobre los hijos de cada uno, ambos son divorciados. Él le cuenta que en su divorcio la pasó muy mal, hizo mucho daño a su ex esposa pero que era necesario. Desde entonces, pasó por una época en la que se volvió “como el tío Charlie de Two and a Half Man, pero en pobre”. Ahora se describe como un hombre egoísta y gris. Las alarmas mentales de Laura se ponen en funcionamiento, y sale huyendo de la interacción. Esta vez despidiéndose, porque conversó largamente con la persona y odia el Ghosting desde que ella misma fue víctima de eso hace unos meses (pero esa es otra historia). Pide asesoría a la Inteligencia Artificial sobre cómo hacerlo, porque no encuentra las palabras precisas. La IA le dice que exprese sinceramente que desea dejar la interacción por razones personales y que le desee lo mejor. Así lo hace. El match desaparece instantáneamente.

Interacción 4: Paúl, 51, terapeuta.- Paúl es uruguayo y trabaja en proyectos sociales con niños con problemas. Psicólogo de formación, lo que augura mucha afinidad con Laura. Conversan algunos días sobre diferentes temas de psicología. Intercambian ideas sobre lo que tienen en común, y Laura termina recomendándole unas lecturas sobre lo que a ella le apasiona. Aunque es muy agradable, Laura siente que la conversación deriva en cosas demasiado académicas. Se despiden sin drama los dos.

Interacción 5: Juan Ignacio, 49, administrativo.- Juan Ignacio en su perfil ha puesto fotos de diferentes actividades que le gusta hacer. Parece que le agrada estar en la naturaleza, algo que atrae mucho a Laura. Comienzan a hablar, en una conversación que se da durante varios días con algunas interrupciones. Es muy agradable y trabaja en una organización parecida a la de Laura. Finalmente, él le pregunta si quiere tomar un café. Laura ha aprendido que antes de pasar “a la vida real” se debe hacer un chequeo de rigor, mirando las otras redes sociales y Googleando a las personas. Le pide su nombre completo. Con este, Laura lo encuentra en Facebook e Instagram, en donde no hay nada raro. Sin embargo, también halla una cuenta de Pinterest con diferentes álbumes, entre ellos uno de memes. Como a Laura le encantan los memes, lo abre, y se topa con una colección de imágenes sexistas, altamente sexualizadas y denigrantes hacia la mujer. Laura no es puritana, es psicóloga, y ya no son alarmas mentales las que suenan en su mente, es casi una explosión nuclear. Se despide inmediatamente de él y corta el match.

A estas alturas, Laura se está sintiendo cansada de las interacciones. Aunque sus amigas dicen que lo siga intentando, siente que es demasiado cansado entablar conversaciones con desconocidos. Sin embargo, aún no ha aplicado el consejo de la antropóloga de llevarlo a la vida real, entonces sigue adelante.

Interacción 6: Francisco, 42, marketing.- Por algún error en la parametrización en la app, Laura ha solicitado que si se acaban los perfiles en el rango de edad la app sugiera personas más jóvenes. Sin mirar la edad, ha dado like a Francisco, un joven que estudió fuera del país, que habla varios idiomas y ha viajado a diversos lugares. Francisco es muy educado, pero Laura siente que por la diferencia de edad eso no va a prosperar. Ella ya tuvo una relación con un hombre más joven y terminó en desastre. Decide interrumpir la interacción como le sugirió la IA. Francisco, muy amable, lamenta no poder seguir hablando con ella y le deja su número de Whastapp por si cambia de parecer y quiere tomar un café con él.

Interacción 7: Roberto, 50, director de orquesta.- Roberto en su perfil no dice gran cosa, salvo que está estudiando un posgrado y que le gusta la música, y efectivamente, se lo ve en algunas fotos tocando la guitarra. Laura ama la música y cantar, por eso le ha dado like. Inicia la interacción preguntado por su posgrado, que resulta ser en composición y dirección musical. Conversando un poco más, Roberto le cuenta que no es de aquí, que se encuentra en el país por una semana porque viene a dirigir a la Sinfónica Nacional en un concierto. La interacción es interesante, pero Laura tiene una política de tres citas con la persona antes de que suceda nada en el plano físico, por lo que se despiden amigablemente y quedan, talvez, para una próxima.

Interacción 8: Bernardo, 50, profesor.- En la app Bernardo no tiene gran cosa, salvo dos fotos de perfil en donde sonríe mucho y toma café. Comienzan a escribirse y Bernardo le dice que trabaja en una institución al lado de la suya; de hecho, tienen trabajos muy similares y hasta amigos en común. Laura hace el chequeo de rigor antes de dar su número de Whatsapp, y no lo encuentra en ninguna red tradicional, salvo en las que son laborales y que tienen en común. Chatean un poco por Whatsapp, y una tarde, sorpresivamente, él dice estar viéndola desde el interior de un café. Laura está con dos amigos afuera y decide entrar a hablar con él. No lo encuentra. Cuando está a punto de irse, se levanta un señor y la interpela. Dice ser Bernardo, pero no lo reconoce. Se sienta. Ha comenzado a llover y Laura lleva zapatos de gamuza. No quiere mojarse los pies y decide quedarse hasta que pare de llover. Interactúa con él como por dos horas, en las que mentalmente compara al Bernardo de las fotos con este que se encuentra enfrente. No logra cuadrar las dos imágenes… La conversación tampoco es del todo estándar para una primera cita: sin saber cómo, llega a enterarse de las maniobras poco éticas de seducción que practicaba en la adolescencia, de sus movimientos excretorios y otras cosas que suenan raras. Sobre las fotos no da explicación, dice que son “de unos viajes” y desvía la conversación. Laura le pide al universo que alguien la llame urgentemente por teléfono, que se active la alarma de incendios o que erupcione el Cotopaxi, para tener una excusa para salir corriendo sin que le importe mojarse los pies. Por fin deja de llover y puede irse. Unos días después, se despide diciéndole que esta interacción la ha puesto incómoda.

Incómoda es una palabra suave. Laura está francamente agotada. Y aún falta una interacción, que, de hecho, ya ha comenzado a tener hace un par de semanas con Carlos.

Interacción 9: Carlos, 50, promotor inmobiliario.- Con Carlos ha estado hablando con algunas intermitencias desde que inició este periplo, sobre varios temas: las elecciones, sus trabajos, sus proyectos. Auque es muy educado, Laura está ya muy cansada para tratar de buscar las afinidades para conversar, por lo que está a dos dedos de enviar a Carlos la frase de la IA para finalizar la interacción, Sus amigas sin embargo le dicen que, pase lo que pase, no puede ser peor que la última que tuvo. Hay mucha razón en ello, por lo que decide intercambiar números de Whastapp. Hablan por teléfono. Se ven en un café. Pasan un par de horas muy divertidas conversado, puntuadas de los timbrazos de las miembras del "Consejo de Guerra" que llaman a chequear si necesita el rescate emergente (ya aprendió la lección de la otra vez y ha prevenido a sus amigas de esta cita). Sin embargo, esta vez todo va bien. Lo va a dejar a su casa porque no vino en auto. Antes de despedirse, le acepta una segunda salida.

Llega a casa. Escéptica por experiencia más que por naturaleza, no está esperando nada en especial de esto que parece iniciar tan bien. Ha pasado gran parte de su vida con el cerebro tostado por las fábulas contemporáneas de Hollywood, pero desde hace rato ya no cree en el amor: sus últimas relaciones le han dejado como evidencia que tiene tendencia a atraer narcisistas manipuladores. Ahora, por lo tanto, vive con las alarmas encendidas, no se engancha con facilidad y analiza todo como si estuviera viendo la vida de otra persona en televisión. Hoy, sin embargo, se siente contenta porque la cita ha salido muy bien,  ha concretado las 9 interacciones y está orgullosa de ella misma por haber salido de la zona de confort. Antes de acostarse, desinstala el Tinder, jurándose no volver a hacerlo jamás. Por ahora, decide no preocuparse por lo que está pasando en la vida real.

Se pregunta sin embargo qué opinaría la Inteligencia Artificial de todo esto... ¿Hubiera sido capaz de preveer todo lo que pasó? Abre el ChatGPT e introduce lo siguiente: "Escribe un guión sobre una mujer de 48 que sale de una relación, se mete en Tinder y tiene 9 interacciones con usuarios". Inmeditamente en la pantalla de su móvil aparece: 

" Laura, 48 años, soltera desde una ruptura muy fea hace casi tres años, decide que el duelo de esa última relación ha durado demasiado y es hora de salir de la zona de confort. Como encontrar personas en la vida real es bastante complicado, resuelve ingresar en Tinder..."


(1) https://elpais.com/tecnologia/2023-02-03/no-seas-quisquilloso-y-olvida-la-quimica-guia-para-triunfar-en-tinder-segun-la-asesora-cientifica-de-la-aplicacion.html?fbclid=IwAR03TdlGQ8PyDhhcfyMkcUPCV9F42vSIGlF2xMR09eJf62iyXu8p3tMu7cE

domingo, 1 de enero de 2023

Mujer madura

 

Laura tiene 40 años +. No le gusta decir su edad, es más, hace algunas décadas decidió que los cumpliría cada 5 años y no anualmente, lo que suena raro pero es solo un argumento para no tener que celebrarlo y que la dejen tranquila.

Podríamos decir que es una mujer madura, pero Laura odia ese término. Se lo ha topado últimamente en los anuncios del youtube para las app de citas. Ella escucha “Mujer madura” y eso le activa en la mente la imagen de la casera del mercado cuando le dice que la fruta está madura para vendérsela, pero a las claras ya ha comenzado a podrirse.

Laura es soltera, pero no es una soltera verdadera. Eso lo ha aprendido con los años. Existe como una especie de jerarquía entre los solteros: en la cúspide están los solteros-solteros, que nunca se casaron ni tuvieron hijos. Debajo de ellos, los que estuvieron casados y tuvieron hijos pero ya no viven con ellos. Y en el tercer peldaño, los separados o divorciados que tienen aún a sus hijos a cargo. La jerarquía aparentemente depende del grado de soledad acumulado. Laura sabe que, aunque ha pasado por el tercer y segundo puesto, nunca alcanzará el primer peldaño ni será una “soltera verdadera”. Pesa sobre ella la sospecha de que al haber tenido parejas en su vida, vuelva a recaer y estar con alguien.

Laura no sabe bien si eso es verdad o no, el caso es que se ha instalado en esa nube cómoda de la soltería y siente que para ella representa un lugar seguro. No entiende los juegos relacionales, ese tira y afloja que se instala en el cortejo en donde se supone que tiene que hacerse la dura e inalcanzable para que el otro se interese en ella. Ella es más bien de juego franco y abierto, de decir las cosas como las va sintiendo. Pero nada bueno le ha traído ese exceso de sinceridad, entonces prefiere no jugar.

Además, a Laura le estresa mucho conocer a alguien a estas alturas; teme terminar ratificándose en lo que carga de experiencias anteriores, y que lo resume muy bien su tocaya, la Pausini: “cada hombre tiene su sombra detrás de la sonrisa”. Laura ha aprendido a la dura lo que es salir de una ruptura amorosa, lo ha hecho varias veces, y le asusta entrar en lo mismo de nuevo. Por eso se ha encerrado en un mundo de libros y rompecabezas, con la única compañía que no la estresa, sus gatos. Solo se deja creer en el amor a veces por el espacio de una hora y media, cuando ve películas románticas en el Netflix. Su corazón palpita unos instantes con el universo color rosa, pero luego cierra la tapa de la computadora para volver a la realidad.

A la realidad en la que ella es una mujer madura, así no le guste el término.