Esta es la historia de una guerrera de armadura
brillante.
No nació guerrera. Fue un bebé de ojos violetas,
pestañas largas y lagrimones brillantes. No tuvo en su cuna dibujado el destino
lleno de batallas, agotamiento, victorias y fracasos. En realidad, fue creando la armadura cuando tuvo
conciencia de haber nacido en un medio hostil a la ternura.
Forjó la mejor armadura, haciéndose un escudo de hierro sólido,
una espada de acero y una cota de mallas tan tupida que nunca se vio el
brillo de la dulzura a través, aunque por dentro su alma crecía. Se entrenaba en las mañanas
frente a todos, la guerrera más dura y segura de todo el reino,
con la más brillante armadura que nadie había tenido hasta entonces. Por las
noches, sin embargo, soñaba con cuentos de hadas y de princesas atrapadas.
Dragones y llamas, y finales felices de besos eternos y declaraciones de amor encantadas.
Obtuvo una reputación al crecer: nadie era más fiera y
segura que la guerrera con armadura. A ella recurrieron los reyes desesperados
para hacer frente a las peores amenazas, y siempre ganó.
Creció entonces luchando, y en esas luchas encontró a un príncipe
azul: de ojos azules y azules promesas.
Pensó haber cumplido con lo debido, y tuvo con él una hija hermosa, reluciente
como el sol. Pero las luchas no habían terminado, y la guerrera, acostumbrada a
pelear, dejó al príncipe y a la niña a salvo para combatir por ellos en arduas
contiendas, sin nunca solicitar ayuda.
Peleó sin problema todas
las batallas...
…Hasta que un día se encontró con un dragón que la agotó.
Por más que intentara, no lograba dar con su punto débil. Más aún, el
dragón comenzó a herirla de mil y unas maneras, descosiendo su malla,
perforando el escudo, mellando la espada. Agotada y sin saber qué más hacer,
a punto de desfallecer, fue donde el príncipe y le dijo: “no puedo luchar sola”.
El príncipe, asombrado, un poco confundido pero también enojado, la miró desafiante y contestó: “hasta ahora no me has necesitado,
tampoco me necesitas ahora”.
Dolida, y sabiendo que no podía hacer nada sino luchar, sacando fuerzas de donde ya no había nada, la
guerrera afrontó una vez más al dragón, y … lo venció.
Fue su mayor derrota. La lucha la dejó tan
cansada que, cuando se repuso, abandonó
al príncipe por haberla abandonado la única que vez que lo necesitó.
A partir de entonces, transitó en la vida luchando sola. Su hija
creció y cumplió todas las promesas que dijeron las hadas en su cuna. La
guerrera luchaba, sola, contra todo lo
que se venía. En las noches, aún leía cuentos de finales felices, con trajes relucientes, música armoniosa, besos y promesas para siempre. Aunque ella, desilusionada, ya no quería
un príncipe, ni una boda, solo seguir adelante con su armadura y las lecciones
de sus batallas.
En el trayecto de sus guerras conoció a alguien. No era un príncipe, solo otro
guerrero como ella, que parecía haber peleado las mismas luchas. Compartieron sus
experiencias, y ella decidió hacer un camino con él. En el trayecto se enamoró,
y comenzó a crear posibilidades en su mente. No de día, no frente a él, no en voz alta. Formular las cosas antes de que sucedan trae mala suerte, o como dicen los oráculos: no se debe pensar mucho en la felicidad, sino se escapa.
Entonces, ella solo imaginaba. Imaginaba un futuro juntos. Un jardín en el que cultivaban
los frutos de los dos. Una casa llena de rincones de luz y libros. Gatos
acostados haciendo la siesta mientras ellos, descansando de las batallas, se
sacaban la armadura y compartían sus sueños. Luego venían los dragones y
salían otra vez a afrontarlos juntos, y regresaban,vencedores de la contienda.
Entonces, rendidos por el cansancio, se acostaban a la lumbre del fuego hasta
que el sopor de la victoria conjunta les sometía a los dos, y se dormían, abrazados y exhaustos,
frente al último rescoldo…
Pero tal vez todo fue solo un sueño de una guerrera muy cansada…