viernes, 24 de julio de 2020

Parte 1: La guerrera


Esta es la historia de una guerrera de armadura brillante.

No nació guerrera. Fue un bebé de ojos violetas, pestañas largas y lagrimones brillantes. No tuvo en su cuna dibujado el destino lleno de batallas, agotamiento, victorias y fracasos. En realidad,  fue creando la armadura cuando tuvo conciencia de haber nacido en un medio hostil a la ternura.

Forjó la mejor armadura, haciéndose un escudo de hierro sólido, una espada de acero y una cota de mallas tan tupida que nunca se vio el brillo de la dulzura a través, aunque por dentro su alma crecía. Se entrenaba en las mañanas frente a todos, la guerrera más dura y segura de todo el reino, con la más brillante armadura que nadie había tenido hasta entonces. Por las noches, sin embargo, soñaba con cuentos de hadas y de princesas atrapadas. Dragones y llamas, y finales felices de besos eternos y declaraciones de amor encantadas.

Obtuvo una reputación al crecer: nadie era más fiera y segura que la guerrera con armadura. A ella recurrieron los reyes desesperados para hacer frente a las peores amenazas, y siempre ganó.

Creció entonces luchando, y en esas luchas encontró a un príncipe azul: de ojos azules y azules promesas. Pensó haber cumplido con lo debido, y tuvo con él una hija hermosa, reluciente como el sol. Pero las luchas no habían terminado, y la guerrera, acostumbrada a pelear, dejó al príncipe y a la niña a salvo para combatir por ellos en arduas contiendas, sin nunca solicitar ayuda.

 Peleó sin problema todas las batallas...

…Hasta que un día se encontró con un dragón que la agotó. Por más que intentara, no lograba dar con su punto débil. Más aún, el dragón comenzó a herirla de mil y unas maneras, descosiendo su malla, perforando el escudo, mellando la espada. Agotada y sin saber qué más hacer, a punto de desfallecer, fue donde el príncipe y le dijo: “no puedo luchar sola”. El príncipe, asombrado, un poco confundido pero también enojado, la miró desafiante y contestó: “hasta ahora no me has necesitado, tampoco me necesitas ahora”.

Dolida, y sabiendo que no podía hacer nada sino luchar,  sacando fuerzas de donde ya no había nada, la guerrera afrontó una vez más al dragón, y … lo venció.

Fue su mayor derrota. La lucha la dejó tan cansada que, cuando se repuso,  abandonó al príncipe por haberla abandonado la única que vez que lo necesitó.

A partir de entonces, transitó en la vida luchando sola. Su hija creció y cumplió todas las promesas que dijeron las hadas en su cuna. La guerrera  luchaba, sola, contra todo lo que se venía. En las noches, aún leía cuentos de finales felices, con trajes relucientes, música armoniosa,  besos y promesas  para siempre. Aunque ella, desilusionada,  ya no quería un príncipe, ni una boda, solo seguir adelante con su armadura y las lecciones de sus batallas.

En el trayecto de sus guerras conoció a alguien. No era un príncipe, solo otro guerrero como ella, que parecía haber peleado las mismas luchas. Compartieron sus experiencias, y ella decidió hacer un camino con él. En el trayecto se enamoró, y comenzó a crear posibilidades en su mente. No de día, no frente a él, no en voz alta. Formular las cosas antes de que sucedan trae mala suerte, o como dicen los oráculos: no se debe pensar mucho en la felicidad, sino se escapa.

Entonces, ella solo imaginaba. Imaginaba un futuro juntos. Un jardín en el que cultivaban los frutos de los dos. Una casa llena de rincones de luz y libros. Gatos acostados haciendo la siesta mientras ellos, descansando de las batallas, se sacaban la armadura y compartían sus sueños. Luego venían los dragones y salían otra vez a afrontarlos juntos, y regresaban,vencedores de la contienda. Entonces, rendidos por el cansancio, se acostaban a la lumbre del fuego hasta que el sopor de la victoria conjunta les sometía a los dos, y se dormían, abrazados y exhaustos, frente al último rescoldo…

Pero tal vez todo fue solo un sueño de una guerrera muy cansada…

miércoles, 15 de julio de 2020

María Paula


María Paula es mi vecina. Si le calculo bien la edad debe tener unos 9 años ahora, o tal vez 10. Nos conocimos hace cuatro,  cuando me mudé a este barrio al cual se accede después de subir tantas cuestas que uno cree que va a llegar a la cima del Pichincha.

Cuando la conocí era una niña vivaz, muy amiguera, que se pasaba las tardes en el jardín de su casa cargada una muñeca a la que le cambiaba la ropa todo el tiempo y hablando con quien se le cruzaba. En esa época mi sobrina y su bebé vivían acá, lo cual volvía la conversación muy interesante y la casa muy atractiva. Hasta el punto que la María Paula, que no había sido inscrita aún el orden de las prohibiciones sociales, venía a timbrar a la puerta cada vez que se le antojaba para “ver a la bebé”.

Supongo que no hacía eso solo con mi casa, sino que tenía otros pretextos para ir a otras casas en el barrio, y que alguien un día se quejó, porque súbitamente dejó de venir. A mí en lo personal no me molestaba su charla infantil y su curiosidad sin freno, me hacía sentir acogida en un lugar que sentía aún extraño para mí. Mi único otro contacto era la vecina de al lado, cuya hija adolescente salía siempre a gritar “Luuuunaaaa, Luuuuunaaaaa”, buscando a una perra pekinesa que varias veces asomó en mi sala, hasta que un día desapareció también. Luego nos enteramos que la había atropellado un taxi.

Ya casi no había visto a la María Paula hasta esta cuarentena. Cuando desapareció comenzamos a elucubrar las cosas más extrañas al respecto: sus padres la habían encerrado en un cuarto oscuro, la mandaron a un internado, la asesinaron y la enterraron en el jardín…

En estos años progresivamente reapareció, siempre en versiones más grandes y lejanas, y sobre todo, hurañas, lo que la transformó en maléfica para nosotras. Comenzamos un nuevo juego con mi hija: que no nos vea la María Paula. Cuando llegábamos del trabajo, nos agachábamos en el auto y salíamos hagazapadas luego hasta la puerta como en un juego de espías; la sospechábamos de fumar marihuana o quemar cosas en su casa cuando flotaban olores extraños afuera, y cuando la veíamos sentada en el jardín imaginábamos que seguramente se encontraba ocultando los huesos de algún pobre animalito que desolló.

El encierro cambió muchas cosas para muchas personas, incluida la María Paula. La hemos visto salir a lavar el auto con su hermano, acostada en shorts tomado el sol en la hierba con su mamá, caminando afuera haciendo quién sabe qué mientras su papá da interminables vueltas en el parqueadero en traje de deporte. Hemos vuelto a saludar, de lejos por la ventana y a veces en persona cuando salgo. Está grande y se la ve feliz, feliz en esta cuarentena con sus dos nuevos regalos.

El más reciente es una bici rosada enorme en la cual da interminables vueltas en círculo en el parqueadero, a veces persiguiendo a su hermano, a veces sola, pero siempre con una sonrisa inmensa y las mejillas coloradas por el esfuerzo. El otro, más antiguo porque llegó a inicios del aislamiento, es también el más extraño. Vino en forma de casi perro: es un chihuahua al que trata como a las muñecas de antaño, paseándolo en la bici y poniéndole vestidos. Para mí era solo un perro más, hasta que un día oí la voz chillona de la María Paula en el patio llamándolo incesantemente “Luuuunaaa, Luuuuunaaaa”.

Todos recuperamos algo en esta cuarentena.
La María Paula, su sonrisa.
El barrio, la Luna.
Y yo... a la María Paula.

sábado, 11 de julio de 2020

Querida Andrea


Querida Andrea:

Desde que te fuiste he estado tratando de lidiar con tu ausencia. Te he llorado a ratos y en otros me he sentido alegre por haberte tenido el tiempo que te tuve. Me he sentido culpable por no haber disfrutado más tu paso por esta vida, por no haberte obligado a ir al yoga conmigo, por no subirte a un avión amarrada para que te fueras a Guayaquil porque allí eras feliz, por haber respetado tu negación a la enfermedad en lugar de confrontarte una y otra vez. La culpabilidad me viene también cuando me acuerdo de todas las veces que me invitaste a estar contigo, a tomar cafés cuando me sentía mal, a almorzar cuando me peleaba con mi novio, y que yo no iba porque me parecía lejos, hacía frío o prefería quedarme leyendo un libro. La verdad creo que lo que realmente pasaba es que se me daba mejor llevar el dolor sola que compartirlo. Y creo que tú hacías lo mismo.

No sabes lo duros que han sido estos meses sin tenerte a mi lado. Un día te dije que no te podías morir porque si no a quién le iba a contar las peleas con mi pareja. Igual te moriste e igual sigo peleando con él. Ahora hablo con otras personas de las peleas, estoy en terapia con la Anita, y hasta hacemos terapia de pareja y ¿adivina qué? Con nadie me siento como me sentía contigo al hablar de eso.

Estoy enojada con la vida porque me robó más que una amiga. Tú siempre fuiste como una hermana para mí. No puedo creer que nos hayamos vuelto adultas juntas, a veces sueño que seguimos en el colegio y nos estamos paseando cerca del bar, comiendo pastel de chocolate mientras andamos atrás del Pepe o del Simón. Me acuerdo de las notas que nos escribíamos en los cuadernos, y de las cartas ridículas en que nos inventamos que mi papá tenía un tanquero y el tuyo una volqueta. No sé por qué eso nos parecía chistoso en esa época, ahora al escribirlo incluso me doy cuenta de lo absurdo y hasta clasista que puede sonar. Pero nos reíamos mucho mucho en esos tiempos y sin ningún cargo de conciencia, de todo: de la historia del búho de la Bruna y la Cris, de los eructos de la Lola, de las clases de Filo, de las nalgas de la profe de Géo. Cuando pienso que ahora yo tengo unas iguales… nos hubiéramos reído también de esto último. Tú no tenías este problema, sobre todo al final, que tu cuerpo se fue transformando cada vez más en cuerpo de sirena, ese cuerpo frágil que no querías mostrar en el consultorio del homeópata  pese a que se te veía tan bonita como siempre.

Cuando me acuerdo de ti es como abrir un cofre de recuerdos que no se vacía. Uno trae a otro y creo que me podría pasar días enteros recordando cosas, como la vez que fuiste a hacerte churos para una fiesta y que la peluquera te puso la cabeza como la de la Pequeña Lulú, y que tuvimos que salir más tarde de tu casa porque te fuiste a lavar el cabello. ¡Qué épocas esas de adolescentes, en la que nuestra mayor preocupación era pelearnos con nuestros hermanos para ganar el teléfono para llamarnos y contarnos lo que no pudimos comentar en el colegio!

Alguien debió decirnos que esos eran los años fáciles. Debieron hablarnos de lo que se venía después, los desamores, las traiciones, la infidelidad, los divorcios, las terapias de pareja, las concesiones con nuestros objetivos. Alguien debió advertirnos que podíamos perder nuestra esencia en el camino y convertirnos en adultas que tienen que ocultar sus emociones para no asustar a los hijos o a los padres. Alguien debió nombrarnos al cáncer que se iba a desarrollar en tu cuerpo y advertirnos que no te curarías por más dietas, remedios y quimios que te metieras en el cuerpo. Alguien debió decirme que por más que me pasara repitiendo “a mí no se me muere nadie”,  era un pensamiento mágico e infantil que no evitaría lo que terminó por pasar.

Creo que con todo esto lo único que quiero decirte es lo mucho que te extraño. ¿Sabes que te sigo escribiendo a tu número celular? Cada vez que escucho “Nowhere fast” y me acuerdo que la bailamos en la fiesta de los 25 años de graduadas. O cuando estoy triste y no sé qué hacer. O la otra vez que me topé con un meme que decía “me encanta cuando la risa de alguien es más divertida que la broma” y me acordé de tu risa. Siempre.

No quiero despedirme nunca de ti y sé que podría pasarme horas escribiéndote. Por eso por ahora voy a cerrar esta carta con la letra de la canción que asocio con tu partida. La escuché en la radio cuando manejaba hacia el aeropuerto esa vez que te fui a ver sola por un día en Guayaquil. Tuve la suerte que alguien me obligó literalmente a dar el paso de ir a verte, porque tenía miedo de molestar a tus papis. ¡Qué boba! Ese día pude sostenerte la mano y constatar que estabas ya transicionando para irte a algún lugar, aún no sé bien a cuál porque no se me va el ateísmo. Volví a escuchar la canción cuando regresé de tu funeral y estaba tan triste. Y ahora cada vez que la escucho no puedo evitar pensar en ti…

She's got a smile that it seems to me
Reminds me of childhood memories
Where everything was as fresh as the bright blue sky
Now and then when I see her face
She takes me away to that special place
And if I stare too long, I'd probably break down and cry

Whoa, oh, oh
Sweet child o' mine
Whoa, oh, oh, oh
Sweet love of mine

She's got eyes of the bluest skies
As if they thought of rain
I'd hate to look into those eyes and see an ounce of pain
Her hair reminds me of a warm safe place
Where as a child I'd hide
And pray for the thunder and the rain to quietly pass me by

Whoa, oh, oh
Sweet child o' mine
Whoa whoa, oh, oh, oh
Sweet love of mine