Hace
dos semanas se me murió un pez. Se llamaba Blanquita y vivió con nosotros desde
hace más de un año. Según los del almacén de mascotas, los peces pueden vivir
hasta 6 años o más… Medía unos 2 cm. Solía jugar a perseguir al otro pez que
tenemos, que se llama Pedrito (Naomi es quien se encarga de los nombres), y era
muy activa. Murió de una terrible enfermedad que afecta a los peces, se llama
Septicemia Hemorrágica, una especie de ébola que genera hemorragias primero
externas, luego internas, hasta que el pez muere en horrible sufrimiento.
Me dí
cuenta demasiado tarde. Intenté todo para salvarle la vida… pero no funcionó.
Naomi y yo la enterramos en una de las jardineras, envuelta en un pañito que
recorté en una de mis blusas la noche que la encontramos sin vida. Lloramos las
dos abrazadas.
Cuando
conté esto en mi trabajo, una persona me dijo: “y porqué no le compraste otro
igual para que no se diera cuenta?”. Otra persona comentó: “es de que le compre
otro pez para que se le pase la pena”.
Estoy
un poco cansada de este tipo de pensamiento. Un pez reemplaza a otro pez… si el
perro está enfermo mejor darle un tiro… un clavo saca otro clavo… ¿Quien diablos se inventó estas cosas? Me
enoja esta sociedad de poco compromiso, de cosas desechables y perecederas.
Galeano ya escribió sobre esto y mucho mejor que yo, pero quiero dejar por
sentado mi voz de protesta. Estoy harta de que todo sea reemplazable, porque
esto da la excusa a las personas
de no hacer un esfuerzo, de no ir más allá…
Si algo
no va mal en esta relación, ya encontraré a otra.
Si el
proyecto no funciona, lo dejo de lado y no importa.
Si algo
sale mal en lo que estoy haciendo, nadie lo va a recordar porque vendrán otras
cosas…
Estamos
en una época de inmediatismo, en la que la calidad no importa. Ni la de los
productos, ni la del trabajo, peor la de las relaciones. Es una época en donde
se justifica el hacer el mínimo esfuerzo, el no esperar, el consumir aquí y
ahora lo que hay. Sin paciencia, sin esfuerzo, sin invertir un poco más…
Yo ni
siquiera creo que pertenezco a otra época. En general, independientemente de la
edad, a la mayoría de gente que conozco no le importan estas cosas que a mí me
perturban el sueño y me tienen melancólica: viven, consumen, amanecen y
consumen más… Creo que pertenezco a otro planeta, uno en donde todo debe
hacerse bien, todo importa y vale la pena, en donde si uno no le pone el empeño
a lo que vive se va a arrepentir siempre de las consecuencias y estas nos quitarán
el sueño.
Yo no
lo hice bien con Blanquita. Demasiado enfocada en el trabajo, no leí las
señales que estaban ahí. No cambié el agua como debía. Y hubo una consecuencia
nefasta. Asumo mi error: cuando no se cuida lo importante, a veces desaparece
de nuestras vidas. No puedo volver el tiempo atrás y me siento culpable… Creo
haber hecho todo lo posible en cuanto medí la gravedad: cuando la vi enferma,
no me fui a trabajar sino al Acuario para comprar el antibiótico. No logré
salvarle y sé que es mi culpa, pero al menos no fui parte de esa masa de
personas que ven que cuando algo no está perfecto, simplemente dejan que
degenere y lo botan a la basura: si veo una planta con las hojas caídas, hago una pausa en mi
vida y la riego; si hay una persona llorando en mi camino, siempre me detengo
un rato para preguntarle lo que pasa; si un aparato no funciona, intento que lo
reparen antes; si algo falla en una relación, intento siempre dar lo mejor de mí,
pase lo que pase.
A veces
me siento un poco extraña, como aislada de los demás. Debo ser de otro planeta…
del planeta en donde todo es único,
y no intercambiable.