lunes, 17 de febrero de 2014

La caja de las ilusiones y la de los resentimientos




Mi mamá dice que siempre fui resentida. Según ella , cuando era pequeña y me resentía por algo se me llenaban los ojos de lágrimas y no hablaba durante horas. De esas épocas no me acuerdo, debía de ser muy pequeña, porque la versión que recuerdo es una ya más grandecita, súper resentida igual, no hablando durante horas pero tragándose las lágrimas por puro orgullo. Por último, mi versión adulta es más perfeccionada, full autocontrolada, puede incluso hasta hablar si es necesario.

En pocas: he  aprendido a ocultar mejor mi resentimiento. Pero tengo adentro de mí desde hace años una “caja de los resentimientos”, en donde meto las cosas que me duelen y se van acumulando; cuando algo nuevo sucede se abre la cajita y salen los otros resentimientos. Entonces me resiento aún más. Ya sé: poco sano para una psicóloga. Es que en terapia aún no he tenido tiempo de abrir la caja, con todo lo demás que era más urgente. Buena excusa. Talvez sólo tengo vergüenza de decirle a mi terapeuta las cosas tontas que guardo en la caja. Como el estar resentida con mi ñaña por una historia de aretes. Papelón hablar de eso.

En contraparte, tengo adentro también una caja de ilusiones. Porque también desde pequeña, aunque nadie lo notaba,  he sido alguien que se ilusionaba mucho. Con cosas materiales como una hermosa barbie que había en un almacén del Bosque cuando era pequeña , en una tienda en la que ahora venden ropa para señoras “de tallas grandes” (cómo cambian los negocios). Mis ilusiones de adulta no son tan materiales, aunque sí pueden llegar a ser concretas. Como viajar a Italia, una ilusión que atesoré en mi cajita varios años y ahora que ya se cumplió ha sido reemplazada por uno de los deseos obligatorios hechos a la Fontana de Trevi: volver a Italia.

Esta cajita contiene aquellos deseos más profundos de mi corazón, muchos de los cuales tampoco le cuento a mi terapeuta, un poco por vergüenza o un poco porque sé que si los analizo mucho, van a surgir 5000 argumentos racionales en contra de su realización y finalmente serán sólo, como dicen los adultos, “malas ideas”.

Pensando en esto desde hace rato me dí cuenta que llevar ambas cajitas adentro puede tener efectos nocivos. Pueda ser que la cajita de los resentimientos se esté volviendo una mega caja sin darme cuenta, y que en realidad deba hacer algo con lo que llevo dentro, por ejemplo, tratar de resolverlos. Pueda ser en cambio que la cajita de las ilusiones se me vaya empolvando con el ir creciendo y haciéndome adulta, y que se me olviden algunas que tuve y que son esenciales para mi bienestar.

Por eso decidí que ya no las voy a llevar por dentro.

Ahora tengo dos cajitas transparentes, de igual tamaño para fines comparativos: una para las ilusiones y otra para los resentimientos. He escrito en unos papelitos aquello que llevaba guardado dentro; las ilusiones en un bonito papel grueso,  los resentimientos en un papel de líneas más delgado. Cada vez que me resienta por algo escribiré eso en un papel y trataré que se quede fuera de mí. Cada vez que algo me ilusione lo pondré en un papel para que no se me olvide.

Pienso hacer una revisión periódica de ambas cajas. Talvez sacar de vez en cuando un papel de la de los resentimientos y llevarlo a terapia, o dejarlo que esté ahí o simplemente quemarlo con el año viejo. Revisar la de las ilusiones también para ver si las puedo transformar en proyectos, llegar a concretarlas, o si simplemente seguirán siendo sueños.

Viendo las cajas en este momento me doy cuenta que mi mamá tenía razón: soy bien resentida. Pero me siento mucho más liviana hoy. Porque el efecto más nocivo de tener las cajas adentro es que ambas pesan, con un peso diferente cada una. El  peso de la de los resentimientos es bastante claro: no es bueno andar resentido, sobretodo por cosas que vienen del carácter de las personas y que no van a cambiar . El peso de la de las ilusiones es diferente; proviene de la frustración de no poder realizar aquello que tanto deseamos por ser difícil o no depender totalmente de nosotros.

Me alegro de haber puesto todo en las dos cajas, para no cargar ni las unas ni los otros dentro de mí, y así poder viajar más ligera en esta vida.

domingo, 2 de febrero de 2014

Auparse sin cordones


Crecer a veces es auparse sin ningún cordón...

Yo crecí así. Entre mi hermana y mi hermano,la una muy activa el otro varón, casi desapercibida entre los dos.

Un día mi tío le dijo a mi mamá que yo debía tener algún problema y le preguntó si tenía amigos, porque no hablaba mucho. Ahora sé que eso se llama introversión. En ese momento me sentí una extraterrestre.

A veces me siento un poco extraterrestre aún. Odio comprarme cosas en el centro comercial, particularmente joyas, carteras y demás…Me gusta oler las flores y pasearme bajo el sol.

Yo crecí como las enredaderas, sin cordones muy fuertes. Tuve que agarrarme a mis creencias y a mi manera de ser, para construirme un andamio en el cual trepar. Es difícil construir un andamio y a la vez crecer. Pero a algunos nos toca. Simplemente, no tenemos cordones de los cuales auparnos con facilidad. 

Así, si fuera una planta, soy una enredadera luchando cada día por el rayo de sol que la hace vivir. A veces amanece nublado, y es difícil captar la luz solar. Es difícil hacer fotosíntesis si no se está convencido en la esencia de que se posee la capacidad de hacerlo.


Las personas que poseen fuertes cordones que las agarran desde el inicio están aventajadas. Siempre creerán en ellas y vivirán con el convencimiento que pase lo que pase todo va a ir bien para ellas.

Yo… soy esa mega enredadera que se aúpa sóla cada día. Busca el rayo de sol jornalero que le permite hacer fotosíntesis… mientras exista. Se nutre de ilusiones mientras puede. Se aferra al andamio cuando ya no da más.

Y entonces... simplemente se repliega y se seca, esperando el rayo de sol que rescate algún retoño y la haga surgir de nuevo...  y si no lo encuentra, solo espera secarse para siempre...