lunes, 29 de diciembre de 2014

La reparadora


Mi hermano me pidió un favor muy especial el otro día…

Me entregó una funda llena de pedazos de algo-que-fue-una-chiva y me dijo: “Repárela por favor”.
Y yo  asentí.

Es que yo soy la reparadora….

Comencé hace muchos años. Pero antes de llegar a serlo, tuve mi trayectoria.

Durante un tiempo fui la destructora: cogía todas mis muñecas y separaba sin piedad troncos de brazos y piernas… Con un balde lleno de incógnitas anatómicas me dirigía a mi padre, quien, extrañamente paciente, hacía pares,  deducía incongruencias y lograba rearmar  todo sin errores de proporción. Agradezco no haber tenido un padre psicoanalista, porque seguro me hubiera puesto la etiqueta  de “psicópata”... Luego tuve otra época de “reconstrucción de look”, en donde todas las muñecas súbitamente pasaron por una peluquería obligatoria y renacieron en  versión masculina, cabello corto ochentero unisex para ellas. “Nenuco” es uno/a de ellas, sobreviviente adoptado por mi sobrina Isabela y parte del séquito obligatorio de Naomi hasta la actualidad…

Y después de esa etapa de comprender cómo funciona todo… me convertí en la reparadora.

Debo confesar que el afán de reparar vino de par con el de ocultar la travesura…  Abollé las esquinas de mi armario y me dí cuenta que si le ponía un poco de témpera café ni se notaba: un poco de esmalte transparente  encima para que durara hacía la diferencia, nadie se daba cuenta. La técnica funcionaba hasta para las abolladuras del auto, cosa que me dí cuenta después, siempre y cuando no vinieran acompañadas de hundimientos o algo más grave. Reparadora de vergüenzas en esa época. Debo admitirlo.

Y luego… mis padres se dieron cuenta poco a poco de mi talento. Jarrón que se abollaba, cerámica mellada, plato decorativo roto por el gato… Yo los reparaba…

Reparar es como armar un rompecabezas: todas las piezas están regadas. Unas más grandes, otras casi en polvo. Dependiendo  de la naturaleza del objeto se usa una pega u otra: brujita, cola blanca, cemento de contacto, UHU… Dependiendo de varios factores el resultado es óptimo, o a veces no hay remedio; y dependiendo de la función del objeto la reparación es  posible o no…

Me explico: la naturaleza del objeto (cerámica, madera, papel, vidrio…) determina el tipo de tratamiento (no todo se pega con todo). Luego, depende mucho del daño inicial: si el objeto se ha trizado nada más, es más fácil repararlo. Pero si está hecho añicos (un poco como la chiva que me dio mi hermano), se debe tener mucha paciencia, mucha dedicación para poder, aún con el ligante adecuado, encontrar dónde va todo y repararlo.

Pero más allá de eso, el éxito de la reparación depende más que nada –creo yo- de la naturaleza misma del objeto original… Si uno repara un florero, su propia naturaleza hace que sea más frágil y que la reparación sea más delicada. Un florero no sólo NO debe “parecer” trizado, porque desde su concepción original está hecho para contener agua que alimente a las flores. Repararlo implica no sólo que se “vea” bien sino que pueda cumplir con su función original. ¡Es sumamente complicado!. Que algo se vea bien, es una cosa, que algo FUNCIONE bien, es ya un arte…

Y eso, no siempre se logra. Es más. Casi nunca se logra…

Creo que en el afán de llegar más allá de la simple reparación formal estudié psicología. Reparar, ser el ligante, el medio, la pega. Pero a la vez, tratar de entender el objeto original, darle su forma, permitirle ser lo que estaba destinado a ser  antes del “trauma”, antes de ser abollado por las circunstancias. Fui terapeuta algunos años… Ahora ya no lo hago, mayoritariamente porque estoy en un puesto de “planificación”, en donde se supone que “evito” que las cosas se salgan de lo planificado (¿evito el daño?) .No sé si he logrado reparar el funcionamiento de las vidas que he tocado… Lo he intentado, tanto en mi vida profesional como personal. Pero eso es demasiado complicado de saber. Sé que he intentado todos los días hacerlo, pero mi propia naturaleza humana ha invadido a veces mis intenciones y sin quererlo ha sobresalido mi mezquindad, mi egoísmo, mi rebelión…

A veces, simplemente es más fácil intentar reparar objetos que personas. Las personas son demasiado complicadas.  Conocer la naturaleza de alguien debería “ayudar a ayudar”. Pero a  veces demanda ir más allá de uno mismo, hacer un esfuerzo  para no oírnos primero, para escuchar el grito de “ayuda” que clama que nos olvidemos de nuestras necesidades para responder a las del otro, un poco como entender cuándo es necesario dar de nuestra sangre a alguien que, sin ella, se va a morir, así estemos moribundos nosotros mismos: renunciar a nuestro bienestar por el de otra persona…  aceptar estar débiles y sufrir si eso le hace bien a alguien… es complicado. Talvez ni la psicología tradicional está dispuesta a algo así. Hay que ser humanista: hay que ser Kübler-Ross, o Fromm… Nosotros, los mortales, simples personas o psicólogos que no trascenderemos… sólo repararemos lo posible dentro de nuestras manos artesanas.

 Y les cuento sobre la chiva… para los que les intriga mis reparaciones manuales…

La chiva está muy bien (enterita de nuevo). Pero como mi hermano me dijo que todos los personajes van adentro, ahora tengo atrapado dentro de un bus a un personaje que decoraba, magníficamente, la parte trasera de la chiva original. Este señor, por un error de recuerdo , se convirtió en el chofer en la reparación…

¿Será que la terapia hace lo mismo con las personas? Les hace un “upgrade” a algunos de  “pasajeros colados "a “chofer de bus”?



 

domingo, 21 de diciembre de 2014

De puño y letra



El otro día salió una noticia de que en uno de esos países nórdicos súper evolucionados ya no se iba a enseñar a escribir a los niños a mano sino directamente aprenderían a teclear… resultó un malentendido, parece que Finlandia lo que hará es introducir simultáneamente la caligrafía y el teclado. Me causó estupor sin embargo y  me alegro profundamente de que no sea verdad que se abandona la escritura a mano.

Es que hay un sinnúmero de cosas implicadas en el escribir a mano. No soy docta en el tema, pero estoy segura que en la manipulación del lápiz al dibujar las primeras letras la interacción cerebro-producción manual es tan intensa que estructura el pensamiento en sí. Aún recuerdo las planas que nos mandaba mi profe de “bolitas” y “palitos”, en esos cuadernos de cuatro líneas que luego nos permitieron dibujar letras complejas y hermosas… Estas debían llenar el espacio perfectamente y ser lo más bonitas para alcanzar el puntaje total. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta concentración demandaba eso! Yo no era tan buena en la tarea, mi amiga Marguerite era una genia a mi lado y por más que me esmeré, nunca logré hacerlo como ella.

Es que en esa época, cuando yo era pequeña, no habían computadoras… Antes de escribir, había que pensar y saber exactamente qué decir para no tener que tachar, porque si no la profesora (cuando no la propia mamá) nos arrancaba la hoja y nos mandaba a repetir todo. SIEMPRE, sin excepción, hacíamos borradores  de TODO lo que escribíamos y solo después de retrabajar un montón de veces el texto nos permitíamos escribir la « versión definitiva ». Había que pensar dos veces antes de escribir. Esto también se transducía al habla…

En mi adolescencia me enseñaron a mecanografiar. En las máquinas de escribir cada error equivalía también a algo grave, como poner tinta en la página, ya que  muchas veces los profesores no aceptaban eso, es decir que equivocarse equivalía a repetir la hoja entera. Admiré siempre a las personas de ese siglo que escribieron manuscritos enteros a máquina, porque no se pudieron dar el lujo del « recorte-pega ». En mecanografía los profes nos ponían pegatinas en las teclas para que no viéramos el teclado y nos obligaban a usar todos los dedos, lo que me enojaba sobremanera. Desgraciadamente, por ahí por mis 12 o 13 años, las computadoras invadieron las escuelas y se suprimió el curso de mecanografía. Resultado : no uso los diez dedos al teclear, sino solo 8 (extrañamente los cinco de la izquierda aunque no soy zurda) y también miro más el teclado que la pantalla al escribir. Creo que he perdido en ello.

Soy entonces un producto de la transición entre la era pre-compu y la actual. Ni una loca anti-tecnología ni una fanática pro-modernismo:  agradezco las facilidades de la computadora, porque creo que  ha permitido que hagamos las cosas más rápido y ha facilitado procesos…Pero de ahí a dejar la escritura a mano… NO.

Es que escribir a mano es otra cosa.

En la letra, reconocemos rasgos de personalidad. No en balde hay una ciencia, la grafología, que estudia esto. Nuestra letra evoluciona con la edad que tenemos, con lo que aprendemos, con las experiencias vividas. Conozco una persona que era ambidiestra y la obligaron a escribir con la derecha: tiene pésima letra pero salta con el pie izquierdo, abre la botella con la mano zurda y brinda con la derecha. Aunque ni ella se entiende cuando se relee, sabe hablar con poesía sobre las cosas más simples, como aquellas personas que usan su hemisferio derecho casi en su totalidad… Es una contradicción viviente y ella jura que, si la hubieran dejado usar ambas manos, podría ser el doble de eficaz en lo que hace. Créanme que cuando alguien intenta leer su mala letra, tiene que calarse su vida enterita, lo quiera o no…

Además, la letra es como la palabra de la persona: a veces viene con énfasis, otras es débil. No escribimos de igual forma cuando estamos apurados, cuando nos dedicamos, cuando estamos enfermos o cuando estamos enamorados. La letra que tenemos depende de nuestro carácter, de esa parte semi- estable de nuestra personalidad, que además se plasma con la emoción del momento: es, en suma, casi una foto de lo que somos en un instante de nuestras vidas.

Hace poco recibí una carta escrita a mano… Leyéndola me puse a reflexionar sobre este tema. Sobre el esfuerzo que uno pone cuando escribe “de puño y letra”. Esfuerzo físico, primeramente, porque estamos tan acostumbrados a teclear que hasta duelen algunos músculos al escribir mucho tiempo con esfero. Esfuerzo intelectual en segundo lugar, porque no se puede entregar una carta a mano con manchas de tinta blanca, no sería algo correcto, hay que estructurar muy bien lo que se piensa decir. Y finalmente, esfuerzo emocional, porque el que escribe a mano se compromete a ser reconocido  y se apropia de la autoría de lo hecho. Si escribo un papel en la computadora, una carta, un poema, y lo firmo así, con Arial Narrow tamaño 11, cualquiera puede haber escrito eso… La tecnología es tan perversa (o tan perfeccionada) que además nos da pensando y nos  corrige lo que queremos decir, dando lugar a situaciones cómicas a veces y hasta embarazosas; ¿pero cuántas veces no encubrimos lo que queríamos decir y le echamos la culpa al corrector ? Por el contrario, cuando cojo un esfero y escribo lo que pienso  a mano, me pertenece plenamente, soy el autor, me comprometo con lo que digo ahí, puedo hasta ser imputable penalmente si lo que estoy escribiendo es ilegal…

Así, me parece que nadie debería aceptar cartas de amor escritas en computadora, cartas de despedida adjuntas a correos, compromisos de ningún tipo que vengan en tipografías preestablecidas, formatos de whastapp o chat, o impresos en la última tecnología HP. Para comprometer el alma, se requiere regresar al papel y a la tinta. Es así de simple. Esta es sólo una de las lecciones que me ha dejado mi aprendizaje caligráfico, que en realidad me ha dejado varias otras…

Primero, me ha permitido apreciar la escritura a mano. Actualmente no se puede más que admirar la valentía del remitente que escribe de puño y letra y valorar plenamente el mensaje incluído, porque en esta época que vivimos, todo se plagia, todo se copia, y ya nadie se responsabiliza de nada.

En segundo lugar, me ha permitido estructurar un razonamiento. Cuando escribo, tengo siempre una estructura previa: el “hilo conductor” general, la introducción, el desarrollo y la conclusión. No se puede hablar como se piensa, peor escribir como se habla (en lo personal, sería mucho más feliz si mis estudiantes entendieran eso también).

En tercer lugar, me enseñó a ser perfeccionista… Vamos por la vida pensando que tendremos muchos chances de corregir lo que hacemos, de hacer un “copy-paste”, un “delete”.  NO ES ASÍ, la vida está construída de instantes únicos e irrepetibles, nada se borra, nada desaparece… El párrafo que no escribimos, la palabra precisa que no buscamos, no vamos a poder “insertarla” mágicamente y arreglar el texto. Incluso cuando hablo con las personas intento estructurar lo que digo: pienso en las palabras precisas para transmitir lo que quiero…  Y a veces, cuando no quiero decir algo, simplemente me callo, porque la palabra me compromete, más allá de si esté escrita en papel o en el recuerdo de alguien. Hay que hacer las cosas bien hechas de una buena vez, porque nada se presenta de nuevo para que podamos releerlo, editarlo, transponerlo, borrarlo.

Finalmente, las planas de caligrafía, aunque no me salían tan bien como a la Maggie, me permiten aún hacer unas lindas tarjetas navideñas, lo cual es perfecto en una época como esta.

martes, 16 de diciembre de 2014

Todos vamos a morir


Tenemos un contrato a plazo fijo con la vida. No sabemos cuándo, pero todos vamos a morir: ya sea por circunstancias fortuitas o provocadas, de todas maneras tenemos una “fecha de caducidad” inscrita en nuestras células que plantea que, en el mejor de los casos, moriremos de todos modos en algún momento.

Todos vamos a  morir, pero tenemos una pésima actitud frente a la muerte. Cuando alguien se muere, lo primero que hacemos es tratar de “zafarnos” de ese suceso. Hace algunos decenios, cuando alguien moría lo hacía en su casa rodeado de las personas queridas en un ambiente familiar, en su cama, con sus ruidos y rutinas habituales. Ahora las personas se mueren en los hospitales estériles, conectadas a un millón de tubos que las hacen respirar, comer, excretar en contra de su voluntad, “a favor de su vida”… En terapia intensiva ni siquiera pueden beneficiarse de la presencia de sus seres queridos. Así, “ganan” a veces una o dos semanas de “vida” mientras los hospitales cobran casi mil dólares diarios por la “atención” brindada. Antaño, para velar al muerto se tendía una sábana en la mesa del comedor y se rodeaba al cadáver de velas. Las personas queridas velaban al muerto varios días y luego se los enterraba. Ahora, podemos morirnos en la mañana y la tarde estar en tierra, mediante un servicio-funerario-flash del que nadie se entera, así, a los vivos, no se los ve llorar. Ocultamos la muerte. Recuerdo que una amiga me contó –espero que no se enoje si llega a leerme- que cuando su padre murió ella tenía 6 años. Estaba muy enfermo y lo llevaron al hospital. Lo último que recuerda es haberlo visitado y verlo yacer en su cama con una serie de vendas en la cabeza. A partir de allí, recuerda que, ante su extrañeza infantil de que el padre no regrese, sólo obtuvo la respuesta de que “se había ido de viaje”. En su inocencia, ella esperó que regresara casi un año sentada en las gradas de su casa, cada día a las seis de la tarde. Un día la vecina -en un acto de caridad o de imprudencia- le preguntó qué hacía ahí y ante la insólita respuesta de la niña, le dijo tristemente: “mijita, si tu papá donde está es en el cementerio, ¿nadie te lo dijo?”.

Desposeemos a los niños de la muerte de sus seres queridos. Robamos a los enfermos  la suya, como cuando le ocultamos a la abuelita la gravedad de su condición o como cuando conectamos a  esa persona cuyo organismo ya clama por descanso a un millón de aparatos  que le prolongan muchas veces solo el sufrimiento orgánico, y no su calidad de vida.

¿Por qué tenemos tanto miedo a la muerte?

Todos vamos a morir, y creo que todos tememos mucho a nuestra condición mortal, lo cual nos hace reaccionar mal ante la muerte de los que amamos. Tememos morir por las cosas que no hemos hecho, los planes que no hemos concretado, los lugares que no conocemos; por el futuro que no veremos de la gente querida: de nuestros padres, amigos, nuestra pareja, de nuestros hijos si los tenemos. ¡Qué ridícula actitud! Tememos perdernos el “futuro” de alguien cuando somos incapaces de disfrutar su presente:  de nuestra hija,  su graduación, matrimonio, sus hijos. Pero nos perdemos impunemente el presente trabajando como idiotas para alcanzar indicadores de gestión que irán a engrosar el monto de papeleo de la empresa, para la cual, al final, no somos una persona sino solo una firma que hacen aparecer en donde más les conviene. Tememos perdernos los viajes que haremos con nuestra pareja y al cabo del tiempo la verdad nos atrapa y nos damos cuenta que cuando tenemos el tiempo, el dinero y todo lo demás… ya no hay salud, estamos demasiado viejos, demasiado cansados o solos. Tememos planificar un futuro con una persona por no comprometernos y al final, perdemos a esa persona en presente y en futuro..

Planificar… no sirve de mucho. La vida es como navegar en un barco… hay que tener una idea de hacia dónde queremos ir (como Colón con las Indias). En el transcurso, hay tormentas, momentos de calma, puertos en los que atracamos para recobrar fuerzas. Pero debemos seguir navegando, guiando el barco de buena manera, cuidando de los tripulantes y de nosotros mismos. No podemos empeñarnos  en lanzarnos de cabeza a la tormenta y de la misma manera no podemos bajar los brazos en media tormenta y dejarnos hundir sólo porque “no estábamos preparados”. Aún cuando pensemos que todo está perdido, el horizonte es una perspectiva que no hay que perder. Pero en realidad el trayecto es un construir del día a día: la semana anterior pensamos que una estrategia era buena, pero si al aplicarla no funcionó, tuvimos que abandonarla. Al final, una vida es un trayecto, corto o largo, agradable o desagradable: a veces llegamos a donde planificamos, a veces llegamos a América…


Es que en realidad, todos vamos a morir, pero nos pasamos la vida  actuando como inmortales, como si pudiéramos posponer todo lo de hoy a mañana. Le decía a una amiga que planificar, a mí, no me va muy bien. Yo siempre creí que me iba a morir a los 30 años. Eso hizo que acelerara mi vida de tal manera que publiqué un libro antes de  esa edad y planifiqué tener un hijo también. ¿No dicen que para lograr una vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo? (el asunto de los árboles lo resolví mucho antes, he plantado varios). Pues para mi sorpresa, no me he muerto aún y casi llevo una década “de yapa” frente a mi expectativa de vida.  Me parece genial. La vida que planifiqué la concreté hasta los 30. En esta década “de excedente” he aprendido a improvisar cada día; he entendido que mis horarios , mis comidas, mis planificaciones pueden irse “al Cairo” por una enfermedad, una mala noche, un programa escolar. He entendido que mi tiempo no me pertenece, que si no cuido a las plantas o a los peces, se mueren, que por más que haga las cosas perfectamente algo puede irse al mismísimo carajo porque yo no puedo planificarlo todo, no puedo controlarlo todo. He entendido sobretodo que más allá de las cosas cotidianas, del dinero, de las preocupaciones laborales, del orgullo o egoísmo… están los vínculos con los seres humanos.  Yo no creo en Dios. Creo que la vida vale por lo que hacemos aquí y ahora. Creo que la vida se resume a preguntarnos cada día: “qué he hecho hoy por alguien que  haga la diferencia?”

Sólo si podemos responder la pregunta, el trayecto vale la pena.

Es que hay barcas  en la que soy el capitán. Hay otras en las que soy copiloto. Hay otras en las que, como simple pasajero, sobrevivo a las decisiones que toma el chofer.  Yo también voy a morir… mientras tanto, vivo el día a día. Nunca estoy segura si mis decisiones son acertadas. Pero vivo bajo el principio (no sé si es cristiano, o es simplemente un valor), que si lo que hago no agrega algo valioso en la vida de alguien, simplemente no debo hacerlo.

De todas formas, todos vamos a morir. El lío no está ahí… el lío está en lo que hacemos con nuestras vidas.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Perra


Perra es un insulto terrible. ¿Por qué? ¿qué tiene que ver un animalito del sexo femenino con lo que implica tremenda palabra?

La asociación es de índole sexual, seguramente porque este animal hembra tiene varios contrapartes sexuales durante su vida. Pero quienes han observado como se da el cortejo, verán que aunque las perras pueden aceptar varios machos, no aceptan a cualquiera; si bien están en época de reproducción, de todas maneras escogen a aquellos machos con quienes se van a acoplar. Que son varios  a veces, sí, que no hay monogamia todo el tiempo… verdad. Pero ¿para qué? ¿Acaso el "privilegiado" se va a quedar a su lado  toda la vida criando a los cachorros? ¡No! de la cópula en adelante, la perra permanece sola. Cuando pare, es sólo ella. Cuando amamanta , también. Además, sí hay perras que son fieles a un solo perro:  ¿De qué dependerá?

Perra es sin embargo un insulto y  no “gata”, por ejemplo; ¿por qué? Quizá por los otros rasgos asociados: la fidelidad al  dueño, la sumisión, la gentileza, la calidez del trato. Las gatas hacen lo mismo, se acuestan con varios machos, pero les dan encima un buen zarpazo y son frías y distantes…

A mí me cuestiona mucho esa asociación con las perras… En general los perros  son animales muy domésticos, calurosos, gentiles, afectuosos, juguetones, animalitos con los cuales se entablan verdaderas relaciones. Buenas y malas: hay perros que crecen mimados, otros educaditos, otros agresivos. Ninguno nace per se así, todos aprenden a reaccionar con el estilo de dueño que han tenido. Hay  perritos totalmente atemorizados, por ejemplo, a los que se ha acariciado y  de repente la misma mano le da un buen bofetón… dos o tres veces … y a la final cada vez que se le presenta al animal la mano que debería acariciar, este siente la desconfianza de que el bofetón venga por atrás. Animalito acorralado, sólo puede escoger entre huir y morder: ¡Malo! ¿Malo?

En mi familia nuclear de origen soy la única a la que le gustan los animales. Cuando tenía más o menos la edad de Naomi (mi hija), compré todos los boletos de una rifa en mi clase sólo porque el primer premio era un gatito. Menos mal, cuando llegué a la casa con la bolita de pelos negros y blancos mi Tía Sonia estaba de visita y abogó frente a mi mami sobre la posibilidad real de dejar que el gato viva con nosotros. Antes ya habíamos tenido un “primer intento”, un gatito que trajimos de contrabando de Azogues y al que llamamos “Mishu”, que mi madre regaló a los tres días. No sé lo que le dijo mi tía, pero Coral, mi primer gato, vivió varios años con nosotros. Tengo grabados episodios de su estadía en nuestra vida, como cuando le picó una abeja en el cachete y casi le da un shock anafiláctico o cuando se indigestó y el albañil que trabajaba en la casa le dio un masaje en la panza que parecía un partido de box y le recetó “agua de manzanilla” (¡obvio!), lo que contra toda expectativa curó al gatito…

He tenido después de él una gata maravillosa que se llamó “Pompón Maharajá Felipe” por un error inicial de determinación de género, que vivió casi 14 años con nosotros y fue mi mejor amiga durante toda mi adolescencia. Además, pobló de gatitos a medio Quito porque, cruzando fronteras raciales, era una “verdadera perra” como dirían algunos…

Lo que me hace volver a mi reflexión inicial. Extraña relación que tenemos con nuestra animalidad, con el género femenino, con la sexualidad. Los animales son seres genuinos, de fácil lectura, con su carácter e individualidad, como cualquier ser vivo. Pero aman sin condiciones a quien les cuida y les protege, son fieles, saben perdonar pequeños errores, extrañan la distancia emocional, dan cariño gratuitamente… sobre todo los perros (pero no únicamente) y más que nada las perras, aunque tengan tan mala fama. Esto es  más de lo que la mayoría de los seres humanos somos capaces de dar en nuestras relaciones.

Entré en tremenda polémica el otro día con una publicación de la página “Evolucionarios” del Face, en la que dijeron que un estudio había encontrado que "los hombres que tienen 20 parejas sexuales o más tienen menor incidencia de cáncer de próstata”… (https://www.facebook.com/EvolucionEC/photos/pb.220637228069156.-2207520000.1418263398./567905476675661/?type=3&theater) . Reaccioné racionalmente diciendo que a las cifras uno les hace decir lo que quiere, y que además el tener múltiples parejas en el hombre aumenta el riesgo de papiloma virus en las mujeres y que esto causa la MUERTE en el sexo femenino;  pero me “cayeron” un montón de hombres diciendo en resumen que solo las tontas se acuestan sin usar preservativo y se contagian. Ya ni les contesté. ¿Para qué polemizar con gente tan obtusa? Internamente me dije… solo las tontas… solo las fieles… ¿sólo las perras?

Del (la) Pompón y mis otros gatos, ya les contaré otra vez.


lunes, 8 de diciembre de 2014

A destiempo


La mayoría del tiempo, estamos a destiempo…

Como cuando el novio de mi amiga Paola decidió que quería reconocer a su hija de 2 años. ¿Demasiado tarde?. Cuando ella se quedó embarazada, él puso el grito en el cielo, que no estaba listo, que era muy joven, que él nunca se embarcó en algo tan serio… Menos mal mi amiga era una mujer « hecha y derecha » que no se « frikió » con la situación : tomó las cosas en mano, es decir puso los cuatro enseres del individuo en una maleta y lo mandó con viento fresco, sacó un turno con el ginecólogo y siguió sola todas las indicaciones de rigor para las circunstancias, incluídas las del curso de profilaxis del parto. Ahora que su hijita Megan tiene dos años, asoma el individuo queriendo reconocerla, pero desgraciadamente, es a destiempo. A destiempo (demasiado tarde?) para verla sonreír por primera vez, para ver brotar su primer diente, ayudarla a dar los primeros pasos, verla escupir los pedazos sólidos de la papilla. A destiempo para su primera palabra, para dormirse agotado de cansancio tratando de consolarla con ella en brazos. Demasiado tarde para dar apoyo a esa madre que lo hizo todo sola.

O demasiado adelantados, como cuando mi amiga Margarita se portó « intensa » con su vacile de una noche y le dijo de buenas a primeras una semana después que ella lo que quería era alguien así de dulce, de tierno, para envejecer con él. No necesariamente para casarse sino para una relación seria en la cual ella daría lo mejor de ella y esperaba que él la amara también. Esta muda le fue a soltar que su sueño “era llegar a ser anciana y que esta persona especial sostuviera su mano mientras caminaban de la mano en un sendero lleno de hojas secas que crujían a su paso”. ¡Pobre Margie! Debió de esperar hasta la tercera cita por lo menos para contarle su « dark Secret ». Una regla que debería ser posteada en el face como “meme” es aquella que me dijo mi amiga Sandra : « puedes hasta tener sexo en la primera cita, pero para decirle a un hombre lo que realmente quieres debes esperar hasta que se haya enamorado».

Demasiado tarde de nuevo, como cuando tratamos a toda costa de reparar una relación que ya se fue al carajo por nuestro descuido. Como la de mi amiga Leonor con sus padres. Personas frías que nunca supieron transmitirle amor. Ella, ser sensible como pocos, se fue acostumbrando a la falta de alegrías frente a sus éxitos, a la ausencia de su presencia en momentos importantes de su vida. Como cuando iba a jurar la bandera y sus padres no vinieron porque estaban demasiado ocupados con sus logros laborales. Nada ha cambiado ahora, acaba de obtener su doctorado y eso no les ha sacado de su apatía, han seguido sentados en la mesa como si se les anunciara que por-enésima-vez- que-subieron-los-impuestos… Leonor, imperturbable (como sólo pueden ser las personas que han levantado murallas años tras años), me dice que nada ha cambiado. Pero cuando le planteo que  se pudiera hacer algo al respecto, con sus ojos de niña luchando para no llenarse de lágrimas me dice : « Para qué ? Es demasiado tarde ». ¿Demasiado tarde? A destiempo, creo yo... la muralla con la que se van a topar cuando quieran arrelgar las cosas será demasiado grande ya.

A destiempo, solamente, como cuando uno llama al servicio informático al borde de la desesperación tecnológica para soporte técnico y nos dicen que, justo ese día, se fueron todos de paseo de integración. Como cuando se envía un correo quejándose del mal desempeño de alguien en el momento justo en que el proveedor iba a pedir disculpas, o como cuando nos conectamos al whatsapp que habíamos olvidado encendido dos horas antes y vemos un mensaje al que hubiéramos querido contestar inmediatamente. Como cuando nos abrazan demasiado fuerte y solo queremos soltarnos. Como cuando leemos un mensaje de arrepentimiento y ya se botó para siempre la llave del corazón.

Nunca es “demasiado tarde” o “demasiado pronto”

Simplemente es… a destiempo.