Mi amiga Lola se casa en junio. Conoció a su
novio hace unos pocos meses, en un viaje a México motivado a la vez por la
auto-búsqueda y la formación personal. No sé si se puede decir que lo conoció
allí, ya se habían conocido antes, tal vez una mejor palabra es se
re-conocieron hace unos meses. Nos contaba
ella ayer que cuando él se le
declaró, sintió que su mundo se
derrumbaba, o que se le sacudía, pero a la vez como que todo parecía
cobrar sentido de repente; como no encontraba una expresión precisa para
describir lo que le pasó, le presté una mía: “sentir que el péndulo interno
está perfectamente alineado”. Ella estuvo de acuerdo: estar con Hermel parecía
la cosa más lógica del universo, como que cósmicamente todo lo transcurrido
había tenido lugar apuntando a ese encuentro, como cuando después de viajar
mucho uno se encuentra frente a un lugar perfecto y quiere detenerse y dejar de
corretear porque entiende que ahí está su hogar.
Pero bueno, hay un enorme paso entre el saber
que estamos con la persona que alinea nuestro péndulo y casarse con ella. Mi
amiga Conchis preguntaba: ¿por qué? Doble pregunta en realidad porque quería a
la vez decir: ¿Por qué casarse? Y ¿Por
qué tan rápido?
¿Por qué casarse? Hummm…. Eso demanda una
reflexión bastante extensa…
El matrimonio no es una cosa fácil. Hay
quienes le temen “de cajón”, lo ven como algo innecesario o convencional y
deciden simplemente nunca arriesgarse. Hay quienes no encuentran una persona
que les mueva lo suficiente para hacerlo. Hay otros que, pese a haber
encontrado esa persona, dicen no estar
listos porque esperan alguna señal del universo que les diga “este es el
momento”. Hay los que ya lo hicieron y no les fue bien, y por temor a pasar de
nuevo por todo el sufrimiento que eso implica dicen “nunca más”.
Sea como que sea que lo veamos, el matrimonio
es un acto social importante. En algún momento de nuestra historia se decidió
que era un buen método de regular el desenfreno del instinto y civilizarnos a
la fuerza; casados, era más fácil saber quién era padre de cuál hijo y
estructurar las cosas para que los niños tuvieran suficiente protección. El
matrimonio así mismo es un contrato, firmado por las partes involucradas para
proteger el interés económico de lo que se construye en común. Permite también
saber quién hereda qué en caso de fallecimientos súbitos y hasta consolida imperios si la cuestión económica es
alta…
Por otro lado, el matrimonio da estatus. Ser
novio/a de alguien es ser un anexo intercambiable: se cambia de pareja en
cualquier momento en que la cosa ya no le gusta a uno de los miembros, o que
alguien más allá le gustó más; estar casado, en cambio, es un derecho de posesión, no se puede
deshacer un matrimonio así no más, no se puede ignorar el anillo en la mano de
la persona y coquetearla impunemente, el anillo dice : “ten cuidado, hay otro/a
involucrado y te puede ir mal si te metes con él/ella”. El matrimonio une
familias, obligando a adoptar en su seno a personas que muchas veces no son tan
afines y se evitaría en otras circunstancias. Contrariamente a otros modelos
relacionales como el ser “novio” o “enamorado”, el matrimonio da seguridad,
seguridad de no ser abandonado el rato menos pensado, porque alguien más interesante
se le cruzó por delante a la pareja en un momento de debilidad y no pudo
resistir…
En sí entonces, el matrimonio tiene un fin
social innegable. Consolida lazos, une
familias, forja contratos económicos estables, reasegura la exclusividad relacional.
Sin lugar a dudas la Conchis diría “¡Y qué! ¡Para qué nos importa la
sociedad!”. Es verdad, tal vez deberíamos ignorar lo que dice la sociedad y
solo fijarnos en nuestro péndulo bien alineado… Sin embargo, nos construimos
como entes sociales, en el seno de familias y culturas, e ignorar lo que dice
la sociedad es un poco luchar con algo interno que nos dice que el anillo es
importante, ya que ayuda a recordar a todos – y a uno mismo- que el péndulo se
alineó con alguien que también se sintió alineado.
Si fuera solo algo social, sin embargo,
entonces bastaría con firmar el papelito en el registro civil, armar la farra y
ya. ¡Pero la Lola quiere casarse en la iglesia! ¿No es eso algo como más serio,
desde todo punto de vista? Creo que sí; creo que no es lo mismo jurar frente a
Dios que ir a decirle a un humano que vamos a unir nuestras economías, ponernos
anillos para que no nos seduzcan y no caer en tentación y crear un capital que
sustente a nuestros hijos.
¿Por qué se casa la gente en la Iglesia? Me
parece que la gente va frente a Dios -se crea o no en él-, ya que representa un
ser superior, uno al que se toma en serio y al que no se quiere mentir, con la
genuina idea de que se desea compartir el resto de la existencia con esa
persona especial. Las personas quieren decirle a Él, más que a un juez o a un
ser humano, que el otro con el que están les alinea tan bien el péndulo que están
dispuestos a compartir con él el
espacio, el tiempo, la cotidianidad
aburrida, con la esperanza de que juntos esa misma cotidianidad va a ser de
otro tipo, porque esa persona puede potenciar un crecimiento en ellos. Van a
contarle que no la dejarán a la vuelta de la esquina porque se están uniendo
para “las buenas y las malas”. Le prometen a Él que esa persona tendrá exclusividad en su vida,
en su cama, en su alma. Hay un nivel extra de compromiso al ir a la Iglesia,
porque ya no es solo una unión material sino una unión espiritual.
Ahora, conozco decenas de matrimonios que se
fueron a jurar todo eso y fracasaron. No hablo de la gente que se divorcia,
sino de los que se quedan juntos y son infieles, o no se aman, y que amargan la
vida de su cónyuge todos los días, haciéndoles pagar en cada acto cotidiano el sinsabor
de estar juntos. Conozco gente con anillos que coquetea delante de sus parejas.
Personas que aunque juraron delante del juez y de Dios, hacen caso omiso de los
votos y no construyen hogares sino pequeños infiernos. La gente que se divorcia
por lo menos admite el no haber logrado hacer lo prometido y deja libre al otro
de encontrar un camino propio de felicidad.
Psicológicamente hablando, no creo que el
matrimonio fundamente a la pareja porque lo que la fundamenta es el amor. Pero
no el amor como un sentimiento interno, sino como dice Fromm, un amor con tres
componentes indisolubles: lo pasional, lo fraterno y la voluntad. El amor
pasional tiene que ver con esa necesidad física de proximidad y de unión con el
otro, ese sentimiento de que uno puede perderse corporalmente en el amado y
encontrarse con su alma. La parte fraterna vendría a ser esa ternura, ese
sentirse responsable del bienestar de su
pareja y cuidarla, estando atentos a las necesidades del otro y potenciando su
crecimiento como ser humano. Y el componente de voluntad puede plasmarse en
diversos actos de compromiso, de los cuales uno es el matrimonio con todas sus
ceremonias, pero no el único que puede existir.
Hay quienes llevan el compromiso solamente
tatuado en el alma. Los que, una vez que deciden estar con alguien, se lo hacen
saber a él y a los demás de una manera sutil: aprenden a detectar qué pone en
riesgo la relación y simplemente la priorizan por encima de esas cosas
cotidianas que destruirían el vínculo. Es una elección difícil, porque la
sociedad, la de afuera pero también la que hemos internalizado, está siempre exigiendo pruebas, pruebas de
que existe el mismo nivel de compromiso en la psique de otro. Creo que hay
muchos que deciden no complicarse con este componente y prefieren ese tipo de
relaciones “abiertas” que proponen, aparentemente, menos sufrimiento y menor
incertidumbre (se tiene la certeza de que no hay compromiso y no hay por qué
hacer esfuerzos mientras el otro juega conmigo). Creo que hay algunos que saben
que podrían dar ese paso, pero que por miedos a fracasos propios o ajenos
deciden no hacerlo. Y creo que hay quienes, como la Lola, quieren plasmar ese
compromiso en una ceremonia social y religiosa, como una manera de decirle a su
pareja, a la sociedad y a Dios, que sí creen que van a seguir alineándose
mutuamente el péndulo para siempre.
Solo falta ahora contestar a la segunda
pregunta: ¿por qué tan rápido?
Eso de cuánto tiene que durar una relación
antes de que las personas se conozcan lo suficiente es sumamente relativo. Por
mi parte creo que uno nunca llega a conocer a nadie lo suficiente, porque las
personas estamos siempre cambiando. El conocimiento de alguien se construye en
el continuo intercambio con esa persona. Me explico: yo puedo vivir con alguien
5, 10 y hasta 15 años y no conocerlo para nada, porque llevamos vidas
yuxtapuestas y no nos interesamos en esa persona.
Así mismo, pensar que la decisión es rápida
implica que hay que dejar pasar el tiempo. Pero ¿quién ha dicho que tenemos
todo el tiempo del mundo? Hasta ahora no sé de alguien que sepa con certeza
cuánto va a vivir. Creemos que tenemos toda la vida por delante para tomar
decisiones trascendentales, y como decía, esperamos la “señal divina” que nos
diga “ahora sí”. He descubierto con mi poca experiencia, que nunca se está
suficientemente listo para nada de lo esencial: escoger la carrera, hacer el
amor, cambiar de país, casarse, tener hijos, aceptar postular para un puesto de
responsabilidad, renunciar a un trabajo que no nos gusta, frenar el acoso de tu
jefe, dar un primer beso… nada ni nadie nos dice “ahora es cuándo”. Decidir dar
el paso implica solamente dos cosas: una, entender que la vida se nos escapa
esperando el momento preciso y que a veces cuando queremos hacer algo ya es
demasiado tarde. Y dos: tener la valentía de hacerlo, asumiendo las
consecuencias que nos vengan con ello.
Entonces, en resumen, no me parece tan rápido
que la Lola se case en junio. Al contrario, si ya encontró quien le alinea el
péndulo, y ella le hace sentir igual a él
y quieren estar juntos, junio parece lejísimos para empezar ese camino.
¿O no?