lunes, 30 de septiembre de 2013

Del matrimonio de la Lola y el matrimonio en general



Mi amiga Lola se casa en junio. Conoció a su novio hace unos pocos meses, en un viaje a México motivado a la vez por la auto-búsqueda y la formación personal. No sé si se puede decir que lo conoció allí, ya se habían conocido antes, tal vez una mejor palabra es se re-conocieron hace unos meses. Nos contaba  ella  ayer que cuando él se le declaró, sintió que su mundo se  derrumbaba, o que se le sacudía, pero a la vez como que todo parecía cobrar sentido de repente; como no encontraba una expresión precisa para describir lo que le pasó, le presté una mía: “sentir que el péndulo interno está perfectamente alineado”. Ella estuvo de acuerdo: estar con Hermel parecía la cosa más lógica del universo, como que cósmicamente todo lo transcurrido había tenido lugar apuntando a ese encuentro, como cuando después de viajar mucho uno se encuentra frente a un lugar perfecto y quiere detenerse y dejar de corretear porque entiende que ahí está su hogar.

Pero bueno, hay un enorme paso entre el saber que estamos con la persona que alinea nuestro péndulo y casarse con ella. Mi amiga Conchis preguntaba: ¿por qué? Doble pregunta en realidad porque quería a la vez decir: ¿Por qué casarse?  Y ¿Por qué tan rápido?


¿Por qué casarse? Hummm…. Eso demanda una reflexión bastante extensa…

El matrimonio no es una cosa fácil. Hay quienes le temen “de cajón”, lo ven como algo innecesario o convencional y deciden simplemente nunca arriesgarse. Hay quienes no encuentran una persona que les mueva lo suficiente para hacerlo. Hay otros que, pese a haber encontrado esa persona,  dicen no estar listos porque esperan alguna señal del universo que les diga “este es el momento”. Hay los que ya lo hicieron y no les fue bien, y por temor a pasar de nuevo por todo el sufrimiento que eso implica dicen “nunca más”.

Sea como que sea que lo veamos, el matrimonio es un acto social importante. En algún momento de nuestra historia se decidió que era un buen método de regular el desenfreno del instinto y civilizarnos a la fuerza; casados, era más fácil saber quién era padre de cuál hijo y estructurar las cosas para que los niños tuvieran suficiente protección. El matrimonio así mismo es un contrato, firmado por las partes involucradas para proteger el interés económico de lo que se construye en común. Permite también saber quién hereda qué en caso de fallecimientos súbitos y hasta  consolida imperios si la cuestión económica es alta…

Por otro lado, el matrimonio da estatus. Ser novio/a de alguien es ser un anexo intercambiable: se cambia de pareja en cualquier momento en que la cosa ya no le gusta a uno de los miembros, o que alguien más allá le gustó más; estar casado, en cambio,  es un derecho de posesión, no se puede deshacer un matrimonio así no más, no se puede ignorar el anillo en la mano de la persona y coquetearla impunemente, el anillo dice : “ten cuidado, hay otro/a involucrado y te puede ir mal si te metes con él/ella”. El matrimonio une familias, obligando a adoptar en su seno a personas que muchas veces no son tan afines y se evitaría en otras circunstancias. Contrariamente a otros modelos relacionales como el ser “novio” o “enamorado”, el matrimonio da seguridad, seguridad de no ser abandonado el rato menos pensado, porque alguien más interesante se le cruzó por delante a la pareja en un momento de debilidad y no pudo resistir…

En sí entonces, el matrimonio tiene un fin social innegable.  Consolida lazos, une familias, forja contratos económicos estables, reasegura la exclusividad relacional. Sin lugar a dudas la Conchis diría “¡Y qué! ¡Para qué nos importa la sociedad!”. Es verdad, tal vez deberíamos ignorar lo que dice la sociedad y solo fijarnos en nuestro péndulo bien alineado… Sin embargo, nos construimos como entes sociales, en el seno de familias y culturas, e ignorar lo que dice la sociedad es un poco luchar con algo interno que nos dice que el anillo es importante, ya que ayuda a recordar a todos – y a uno mismo- que el péndulo se alineó con alguien que también se sintió alineado.

Si fuera solo algo social, sin embargo, entonces bastaría con firmar el papelito en el registro civil, armar la farra y ya. ¡Pero la Lola quiere casarse en la iglesia! ¿No es eso algo como más serio, desde todo punto de vista? Creo que sí; creo que no es lo mismo jurar frente a Dios que ir a decirle a un humano que vamos a unir nuestras economías, ponernos anillos para que no nos seduzcan y no caer en tentación y crear un capital que sustente a  nuestros hijos.


¿Por qué se casa la gente en la Iglesia? Me parece que la gente va frente a Dios -se crea o no en él-, ya que representa un ser superior, uno al que se toma en serio y al que no se quiere mentir, con la genuina idea de que se desea compartir el resto de la existencia con esa persona especial. Las personas quieren decirle a Él, más que a un juez o a un ser humano, que el otro con el que están les alinea tan bien el péndulo que están  dispuestos a compartir con él el espacio, el tiempo, la  cotidianidad aburrida, con la esperanza de que juntos esa misma cotidianidad va a ser de otro tipo, porque esa persona puede potenciar un crecimiento en ellos. Van a contarle que no la dejarán a la vuelta de la esquina porque se están uniendo para “las buenas y las malas”. Le prometen  a Él que esa persona tendrá exclusividad en su vida, en su cama, en su alma. Hay un nivel extra de compromiso al ir a la Iglesia, porque ya no es solo una unión material sino una unión espiritual.

Ahora, conozco decenas de matrimonios que se fueron a jurar todo eso y fracasaron. No hablo de la gente que se divorcia, sino de los que se quedan juntos y son infieles, o no se aman, y que amargan la vida de su cónyuge todos los días, haciéndoles pagar en cada acto cotidiano el sinsabor de estar juntos. Conozco gente con anillos que coquetea delante de sus parejas. Personas que aunque juraron delante del juez y de Dios, hacen caso omiso de los votos y no construyen hogares sino pequeños infiernos. La gente que se divorcia por lo menos admite el no haber logrado hacer lo prometido y deja libre al otro de encontrar un camino propio de felicidad.

Psicológicamente hablando, no creo que el matrimonio fundamente a la pareja porque lo que la fundamenta es el amor. Pero no el amor como un sentimiento interno, sino como dice Fromm, un amor con tres componentes indisolubles: lo pasional, lo fraterno y la voluntad. El amor pasional tiene que ver con esa necesidad física de proximidad y de unión con el otro, ese sentimiento de que uno puede perderse corporalmente en el amado y encontrarse con su alma. La parte fraterna vendría a ser esa ternura, ese sentirse  responsable del bienestar de su pareja y cuidarla, estando atentos a las necesidades del otro y potenciando su crecimiento como ser humano. Y el componente de voluntad puede plasmarse en diversos actos de compromiso, de los cuales uno es el matrimonio con todas sus ceremonias, pero no el único que puede existir.

Hay quienes llevan el compromiso solamente tatuado en el alma. Los que, una vez que deciden estar con alguien, se lo hacen saber a él y a los demás de una manera sutil: aprenden a detectar qué pone en riesgo la relación y simplemente la priorizan por encima de esas cosas cotidianas que destruirían el vínculo. Es una elección difícil, porque la sociedad, la de afuera pero también la que hemos internalizado,  está siempre exigiendo pruebas, pruebas de que existe el mismo nivel de compromiso en la psique de otro. Creo que hay muchos que deciden no complicarse con este componente y prefieren ese tipo de relaciones “abiertas” que proponen, aparentemente, menos sufrimiento y menor incertidumbre (se tiene la certeza de que no hay compromiso y no hay por qué hacer esfuerzos mientras el otro juega conmigo). Creo que hay algunos que saben que podrían dar ese paso, pero que por miedos a fracasos propios o ajenos deciden no hacerlo. Y creo que hay quienes, como la Lola, quieren plasmar ese compromiso en una ceremonia social y religiosa, como una manera de decirle a su pareja, a la sociedad y a Dios, que sí creen que van a seguir alineándose mutuamente el péndulo para siempre.


Solo falta ahora contestar a la segunda pregunta: ¿por qué tan rápido?

Eso de cuánto tiene que durar una relación antes de que las personas se conozcan lo suficiente es sumamente relativo. Por mi parte creo que uno nunca llega a conocer a nadie lo suficiente, porque las personas estamos siempre cambiando. El conocimiento de alguien se construye en el continuo intercambio con esa persona. Me explico: yo puedo vivir con alguien 5, 10 y hasta 15 años y no conocerlo para nada, porque llevamos vidas yuxtapuestas y no nos interesamos en esa persona.

Así mismo, pensar que la decisión es rápida implica que hay que dejar pasar el tiempo. Pero ¿quién ha dicho que tenemos todo el tiempo del mundo? Hasta ahora no sé de alguien que sepa con certeza cuánto va a vivir. Creemos que tenemos toda la vida por delante para tomar decisiones trascendentales, y como decía, esperamos la “señal divina” que nos diga “ahora sí”. He descubierto con mi poca experiencia, que nunca se está suficientemente listo para nada de lo esencial: escoger la carrera, hacer el amor, cambiar de país, casarse, tener hijos, aceptar postular para un puesto de responsabilidad, renunciar a un trabajo que no nos gusta, frenar el acoso de tu jefe, dar un primer beso… nada ni nadie nos dice “ahora es cuándo”. Decidir dar el paso implica solamente dos cosas: una, entender que la vida se nos escapa esperando el momento preciso y que a veces cuando queremos hacer algo ya es demasiado tarde. Y dos: tener la valentía de hacerlo, asumiendo las consecuencias que nos vengan con ello.

Entonces, en resumen, no me parece tan rápido que la Lola se case en junio. Al contrario, si ya encontró quien le alinea el péndulo, y ella le hace sentir igual a él  y quieren estar juntos, junio parece lejísimos para empezar ese camino. ¿O no?

viernes, 27 de septiembre de 2013

Creo que a veces el corazón gotea



Creo que a veces el corazón gotea
sutil y suavemente, como un jarrón trizado
se escapan por  sus grietas las lágrimas contenidas
esas que ni el otoño logra evaporar

Creo que a veces el alma anestesiada
se queda dormida en la cama
Y uno transita vacío y sin rumbo
zombi entre los zombis del mundo
  
Creo que a veces el corazón gotea,
el alma está dormida y ya no hay esencia
solo el sol del otoño que ya no calienta
y  sonrisas vacías para ocultar  las grietas

lunes, 23 de septiembre de 2013

Sobre el ser madre y el ser uno mismo




 Yo crecí en una familia con una madre que trabajó siempre pero se “desdobló” para cumplir con el papel tradicional: cocinaba, planchaba las camisas de mi padre, hacía los deberes con nosotros. Se levantaba 5 de la mañana para hacer el jugo que todo el mundo criticaba a la hora del desayuno: muy frío, muy espeso, muy caliente, muy insípido…  No fuimos buenos apreciando eso en ella, y ella siempre puso en claro que tampoco sacaba mucha satisfacción de hacerlo, recalcando cuánto sacrifico implicaba ese rol, y como “así debía ser” en nombre de la estabilidad de la familia.

Creo que no era en nombre de la estabilidad emocional de nadie en el fondo, sino de la social: las mujeres como mi mamá fueron criadas para mantener unida a la familia pese a todo y sobretodo pese a ellas. Se conformaron con responder a medias a sus aspiraciones profesionales o personales, a favor de sacar adelante las de sus maridos y la educación de los hijos. Aceptaron de sus esposos que ellos tuvieran vida social, salieran, fueran conocidos e incluso cosas peores, como infidelidades, dobles familias, gritos e insultos, con tal de que puertas afuera todo pareciera bien. Estas mujeres dejaron que su estima, su realización y su felicidad no significaran nada para los otros ni tampoco para ellas. Si tuviera que dibujarlas, creo que las haría como en las caricaturas: con 8 brazos para poder hacerlo todo a la vez (cargando un bebé, cocinando, leyendo un libro, dándole la comida al marido,…etc.) y con una cara como la mamá de Mafalda cuando hace las tareas de la casa.

Como toda persona que se construye con modelos, yo asimilé inconscientemente ese modelo de mamá aunque lo rechazara en el plano consciente. Sin querer, construí mi vida de igual forma y durante 7 años me la pasé con la única satisfacción proviniendo de mi rol materno, sin pensar mucho en nada más.  Creo que si mi propia hija no hubiera puesto un día la distancia necesaria, yo habría podido pasarme así como mi madre -como un montón de mujeres,- atrapada en una vida que fue la de todas las generaciones pasadas sin intentar primero y ante todo ser lo que fui desde el primer día: YO MISMA antes de ser una MADRE.

Porque aunque suene simple, es una realidad que se nos olvida: antes de ser una madre, somos personas. antes de ser un rol social, somos individuos, con deseos, pasiones, expectativas, metas, sentimientos, propios y originales de cada uno. Antes de tener que ocuparnos de otros, hay un ser interno que necesita encontrar satisfacción en la vida,  ser feliz haciendo aquellas cosas que le llenan, buscando vías que transitar, personas especiales con las que compartir, etc. Pero nadie nos lo dijo, ni nos lo enseñó, ni nos dio el modelo. Nuestras madres,  al contario, nos dijeron: “asume el rol antes de ser quien eres tú”, aliena tu felicidad en pro de la ajena.

Tomar conciencia de eso es algo que en sí no es tan difícil. Pero hacer algo con ello ya es más complicado. Sin embargo, yo decidí un día preocuparme primero de ser yo. Eso me llevó por un camino complicado, porque tuve que renunciar a obedecer al rol social impuesto y comenzar a  encontrar a la persona que dejé de ser en algún momento. Tuve que rebuscar esos aspectos de mí que había dejado en mi sombra; cambié tanto que hasta llegué a cuestionar mi orientación profesional; dejé mi matrimonio porque me dí cuenta que uno no tiene por qué vivir resignada dentro de una relación en la cual no se encuentra satisfacción y decidí que vivir con mi hija es un buen modelo de familia, aunque la sociedad diga que es mejor cualquier cosa antes que estar sola. Me impuse la meta de  mostrar a mi hija que se puede vivir nuevas historias, diferentes, llenas de emociones y sentimientos, que no son necesariamente las que nos contaron, sino las que nos toca descubrir,  que ser uno mismo es apoderarse de su destino y que no importan las dificultades, lo que diga la gente, el rechazo y hasta la estigmatización social cuando se toman las decisiones por las razones justas.


Este camino me ha valido un montón de soledad: me ha hecho perder amigos (pero creo que si se fueron es porque no valían la pena en el fondo), me cuesta discusiones interminables con mi madre que nunca modificará su modelo para tolerar mi manera de ser, me significa todos los días el no poder hablar de mi vida con la gente que debería de ser la más cercana.  A nivel social,  transitar vías alternas para la felicidad lleva a que todos te juzguen; esas mismas mujeres que han sufrido toda su vida no se alegran que abandones el modelo del sacrificio:  condenan tu decisión y tu manera de ser feliz, poco importa que sean tus hermanas, tías o amigas. No se diga los varones que fueron criados con esas madres abnegadas y renunciantes: en el fondo creen que estás fallando fundamentalmente al orden cósmico cada vez que tu hija llora porque le extraña a su papá. Hay como un trasfondo en sus miradas que te dice: “eres egoísta”.


Pero a mí no me importa, porque he ganado muchísimo en el canje de modelo. Hoy soy libre de ser la persona que quiero: escribo, me río y disfruto de las cosas esenciales que me hacen feliz, como la música, la poesía y la buena compañía; no voy más a reuniones por compromiso y prefiero la compañía de los peces a la de personas vacías que no me aportan nada.   También enseño a mi hija cómo hacer para que halle su camino de felicidad. Sé que nunca le pasaré la factura del haber dejado mi vida por ella, no le reclamaré como hacen las madres “por tu culpa dejé esto o aquello”. Podrá ser libre de escoger ella también su camino y cuando se vaya de mi lado no se sentirá culpable de dejarme porque sabrá que yo sí tengo una vida y soy feliz.

El camino que estoy recorriendo es el que quiero y estoy segura que cuando mire atrás no va a ser plano, tal vez se vea hasta tortuoso pero será el mejor que pude haber escogido, porque lo escogí YO.

lunes, 9 de septiembre de 2013

De los desfases entre el alma y la realidad

El alma funciona con su propio reloj y sus propias medidas, existiendo una desconexión fundamental entre lo que sucede en "el mundo real" y lo que nuestra psique capta de ello. Eso genera interesantes desfases cronológicos y físicos que me han hecho reflexionar.

Me he dado cuenta, por ejemplo, que el tiempo  transcurre diferentemente para el alma que para el cuerpo : así, es fácil encontrar almas viejas encerradas en cuerpos de niños y almas jóvenes atrapadas en cuerpos envejecidos. La mamá de mi amiga Silvia, por ejemplo, es una señora de más de 80 años que se enoja con su cuerpo porque le traiciona y no le deja hacer más, pero que hace más a sus 80 que otras personas que conozco y tienen la mitad de su edad. En concordancia con su alma, acaba de remodelar parte de su casa y solo espera poder ahorrar más para demoler una pared, ampliar el área de esparcimiento que acaba de crear y trasladar su cocina al patio de atrás que va a cerrar y, por supuesto, le dejará un espacio enorme para preparar las copiosas comidas que suele compartir con nosotras como si fueramos parte de su familia.

De almas viejas en cuerpos jóvenes tengo un sinfín de ejemplos. La mayoría de personas que conozco están atrapadas en vidas sin sentido que son aquellas que dictan viejos códigos sociales, reglas obsoletas que no son las de ellos...  No logran disfrutar de nada porque viven ansiado satisfacciones ajenas, trazan sus vidas según las expectativas de la sociedad y se entrampan en el juego en el que el dinero y el  "que dirán" son más importantes que su propia felicidad. ¿Felicidad? huyen a esta palabra porque les traería pesadillas el mirarse al espejo de la realización personal y ver lo que son. El verlas envejecer a través de los años es solo un proceso lógico en donde el alma acaba por atravezar las células de sus cuerpos y se transparenta al fin, llena de arrugas que estuvieron siempre ahí...

El tiempo psíquico nos juega malas pasadas: cosas que no nos agradan nos parecen eternas; momentos felices se nos escapan de las manos... El reloj implacable hace "Tic Tic" a la misma velocidad siempre, pero a veces sentimos que nos arrastra al abismo de lo eterno y a veces que nos lanza a lo efímero del instante. Ansiamos que lleguen momentos específicos: en nuestra infancia, la Navidad o nuestro cumpleaños, cuando somos adolescentes una fiesta o el momento en que un chico se nos va a declarar, en nuestra adultez, el nacimiento de un hijo o el reencuentro con la persona amada.Todo acaba por llegar, pero con una lentitud extrema, y cuando llega se desvanece con la ligereza de las cenizas ante la primera brisa... Quisiéramos recogerlas, juntarlas de nuevo, y ni siquiera el recuerdo es suficiente para pegarlas entre ellas y reconstruir lo vivido.

El alma violenta la realidad no solo en el tiempo, sino en el espacio. Cuando una persona se va, por ejemplo, sabemos que la distancia nos separa irremediablemente pero cuando la racionalidad está apagada, cuando nuestra conciencia no gobierna nuestro corazón, seguimos sintiéndolas tan cerca que nos asombra despertar y no encontrarlas a nuestro lado, o nos entristece que no respondan, que se pierdan esos momentos que vivimos, que no nos puedan consolar si las lloramos.

Nuestra alma, irracional como ninguna, no entiende la ausencia en términos normales, por eso soñamos con nuestras personas queridas aunque hayan muerto, añoramos su presencia, quisiéramos tenerlas a nuestro lado aún cuándo sabemos que eso  no es posible. Hablaba con una alumna muy querida respecto a esto, y me dí cuenta que la distancia no existe cuando amamos a alguien. Que se haya ido de viaje, que esté a diez minutos de nosotros, que ya nunca vaya a regresar... para el alma es igual. El alma no capta lo irremediable de la distancia, solo percibe lo profundo de la ausencia.

Para nuestra psique el espacio y lo que lo ocupa nada tienen que ver con la realidad: la  soledad nos invade aunque nos rodeen muchas personas e inversamente, como decía Lamartine, basta que nos haga falta un ser para que todo esté despoblado... Pero aunque allí, en la realidad compartida, no logremos estar cerca de la persona ausente o fallecida, en el fondo sabemos que se necesita más que el tiempo y la distancia para separarnos de ellas. Hay un  curioso sentimiento que  se llama esperanza... Es lo que nos mantiene firmes frente al "Tic Tic"de ese reloj en cámara lenta, con ella desafiamos las horas que nos pesan, contamos los amaneceres que nos separan de las personas ausentes, soñamos con el reencuentro, ya sea real o psíquico, que en algún momento o en algún espacio se dará...

Y es que para nuestra alma lo único que es importante es ese etéreo concepto de felicidad, que existe fuera del tiempo y del espacio, que se enraíza no en la tierra sino en el amor. Veo a mi sobrinito llorar como si se le acabara el mundo cuando mi hermana no entra rápido al ascensor... Y calmarse al minuto cuando la tiene cerca. La felicidad está en los vínculos que se tejen entre las almas, a veces  tan fuertes que logran crear el concepto de lo eterno, ya que son vínculos que no desaparecen , no se desanudan, no se rompen, pase lo que pase en la "vida real".