martes, 6 de septiembre de 2016

Don Carlos


Don Carlos tiene apenas 23 años,  pero yo no me entero de su edad hasta terminados los casi 120 Kilómetros que pasamos juntos en el taxi; entre Pompeya y el Coca, inicia tímidamente una conversación sobre el motivo de nuestra visita al Yasuní.

A mí no me gusta mucho contar, pero me encanta escuchar. Así que de curva en desvío, el que más habla es él. Hoy la llovizna me presenta una Amazonía que desconozco y mantengo los ojos pegados en la carretera lastrada detrás del parabrisas, pero a medida que habla Don Carlos hasta me  atrevo a mirarlo de reojo intentando  descifrar las emociones en las expresiones de su cara.

Me cuenta del Oriente, de cómo le encanta vivir acá. Para mí, todos los paisajes son demasiado planos y demasiado verdes, la vegetación sólo atravesada por el camino. Regreso de la selva siempre con la impresión de que es muy hermosa pero que le falta un horizonte y muchos primeros, segundos, terceros planos de montaña. Además, estas tierras que atravezamos ya ni siquiera son la selva y  han sido desvalorizadas ante mis ojos por las conversaciones mantenidas con los biólogos que aman el bosque primario. Estas son las tierras deforestadas, arrasadas por los cultivos de los colonos; son las tierras que, en términos científicos, ya no valen nada. Pero a través de sus palabras estos paisajes toman nuevas formas, se tiñen de colores y se llenan de actores insospechados: las guatusas que él cazaba con carabina, la tierra amarilla que sirve sólo para la hierba del ganado y la otra tierra, esa que sirve para plantar y que rinde generosamente frutas y verduras. En esta época, me dice, están ya sembradas las sandías, que pronto serán cosechadas. Por el contrario, es mala época para plantar maíz, porque en octubre y noviembre llueve mucho y la lluvia daña las plantas.

Estos recuerdos le traen a Don Carlos otros de su primera infancia, cuando vivía en Caluma con su madre, antes de que se mudaran al Oriente. Ahí, explica, se dedican a plantar la naranja todo el año, pero los mejores meses son abril y mayo para la producción. A veces regresa allá para visitar a su tía, aunque este año no lo ha hecho porque ha tenido que trabajar más. Se irá el año próximo para verla y aprovechará para subir a buscar a su padre allá en la Cárcel del Norte, que no sabe muy bien dónde queda pero ya averiguará. “Parece que está preso desde hace cuatro años”, y se inquieta un poco al preguntarse si lo reconocerá a él, porque no le ha visto desde que tenía 9. Echa unas cuentas a la rápida, sorteando un camión que va muy lento, y calcula que habrá cambiado mucho pero su padre no, “porque los adultos casi no cambian” y que sí lo va a reconocer, pese a los 13 años que separan este reencuentro proyectado. Se ha puesto melancólico Don Carlos, pero vuelve a sonreír al hablar de su madre, que con 8 hijos salió adelante y les enseñó a trabajar, y de su padrastro que “es un hombre excelente”.

Ahora vamos entrando al Coca y aquí ya no crece nada. Solo los tubos delgados de perforación, los gruesos de  trasporte de crudo y los mecheros de algunas petroleras yuxtapuestos a los moteles de pintura descascarada y  night clubs descoloridos. Entonces le pregunto si ya está casado o tiene hijos, y muy muy serio me dice "eso es una tremenda responsabilidad". Él se ha dedicado a trabajar en el taxi desde hace dos años y piensa que es mejor así, porque es muy joven.

En ese momento le pregunto su edad y me responde “tengo veinte y tres”.

Cuando nos despedimos en el aeropuerto nos apretamos la mano y le digo “hasta pronto Don Carlos, un gusto en conocerlo”. Nos obsequia una sonrisa resplandeciente.

A más de los dólares de la carrera, hoy Carlos se ganó el Don con su conversación.


sábado, 14 de mayo de 2016

Me hubiera gustado


Me hubiera gustado ser más estándar… No cuestionarme todo el tiempo si la vida tiene sentido o no, si lo que pasa ahora importa más que la niebla del futuro a venir, si ser mujer es más difícil que ser varón, si ser libre es una utopía o puede lograrse.

Me hubiera gustado ser más como el resto de mujeres aparentan ser, que cuando les llegan dudas similares (estoy segura que les llegan)  se precipitan a un centro comercial para llenar su armario de ropa bonita, zapatos y carteras y eso les llena a la vez el closet y el corazón.

Me hubiera gustado ser menos yo. Menos reflexiva, menos reaccionaria. Menos “feminista” por ejemplo. Poder simplemente entrar en el rol tradicional en la pareja. Aceptar que el hombre “es así porque es así” y no pretender a niveles mayores de conciencia y de empatía en pareja. Negociar mis insatisfacciones. Negar el contacto sexual buscando algo más que se cifra en reconocimiento, y lograr – a cambio de sexo- llenar el armario de objetos que en realidad sólo llenan el armario, y que combinan más entre ellos que conmigo.

Me hubiera gustado no tener tanta conciencia del momento. No percibir la amenaza del hábito en la conducta inmediata. Me hubiera gustado poder hacer como el resto: proyectarme en un futuro lejano, tener fe, saber que las cosas van a llegar, creer en un más allá donde todo acaba por estar bien, en lugar de pensar que mañana todo lo bueno puede desvanecerse o lo malo prolongarse, y que  entonces es mejor intervenir ahorita.


Me hubiera gustado poder entender que el mundo gira alrededor del reconocimiento, de las comodidades y lujos que aporta el dinero, en vez de buscar la gratificación en cosas tan nimias como sentir cómo el cabello se desenreda bajo la ducha, o el calor de un abrazo, o dejar vagar interminablemente la mirada en los colores de los picaflores de mullos mientras el corazón palpita desbocado, o en acallarlo lentamente acompasando mi respiración con otra en el silencio de la noche.

sábado, 30 de abril de 2016

Acosada


En julio del año anterior recibí un correo lleno de insultos horribles; como no conocía al remitente y contenía cosas tan feas y raras, pensé que habían hackeado la cuenta de alguien y era un spam. Sin pensarlo mucho, lo tiré a la papelera y me olvidé de él. Una semana después sin embargo recibí un correo de la misma índole con amenazas explícitas y con los suficientes detalles sobre mi vida privada y mi última relación como para ponerme a temblar frente a la computadora. No sabía qué hacer, ni a quién llamar. Le conté a una amiga, a mi hermana, y por último llamé a mi ex novio para solicitarle que dejara de publicar en su blog cosas sobre nuestra relación, porque alguien estaba tomando ventaja de ello. En un gran gesto de ayuda, quitó la última entrada y me propuso tener sexo de nuevo. Yo, que estaba tan asustada, ni siquiera lo insulté como debía.

Como consecuencia directa de este correo,  no salí de mi casa dos semanas salvo para lo indispensable.Sin embargo el tiempo pasó, tocó ir a trabajar y poco a poco retomar mi vida “normal”.

En realidad, ya nada es “normal” después de eso. Porque esta historia no terminó ahí. Puse una demanda legal en contra del tipo, pero él siguió escribiendo correos, acosándome bajo seudónimo por Facebook, en su página de Google+, en su cuenta de Youtube , buscándome en mi lugar de trabajo, en fin… todo hasta  que por fin la justicia logró dar con su paradero. Al ser llamado a declarar y enterarse seguramente por su abogado que no debía hacer esas cosas, cesó el acoso.

Pero desgraciadamente debo decir que en realidad el acoso nunca cesa.

Porque lo terrible del acoso no es solo lo que sucede en la inmediatez, al abrir el correo todos los días sin saber lo que va a haber, o leer los insultos llenos de alusiones a sangre, muerte y sexo.

Lo terrible del acoso es tener que andar protegida, siempre acompañada o con un gas pimienta en mano por si acaso se me acerque. El sentir miedo en mi lugar de trabajo o impotencia de no saber si estoy a salvo o no. La vergüenza de tener que mostrar a las personas lo que me escribe, en un intento de recibir apoyo y protección. La censura auto impuesta sobre acciones que ya no puedo hacer y palabras que ya no escribo para que él ya no tenga de dónde “agarrar más cuerda” para seguir acosándome.

Nadie sabe lo que es estar enfrentado a un sistema judicial que no entiende por lo que se está pasando. Desde la condescendencia del abogado penalista diciendo “perro que ladra no muerde” y que no hace los trámites a tiempo porque seguramente ha pasado por muchas peores causas, hasta los tipos de la UNASE preguntando si es verdad lo que pone en los correos, si le debo plata, si tuve una relación con él, si soy esa zorra pervertida que él dice, … Eso sin contar la tonelada de tiempo gastado en fiscalía y en trámites judiciales, el dinero invertido y la ausencia de privacidad que se instala en lugares y partes de mi historia que antes ingenuamente yo pensaba que eran míos.

Lo peor del acoso está en actitud de los que leen el contenido de lo que escribe  sobre mí. Que me preguntan si es verdad lo que dice; que me interrogan sobre el por qué el tipo tiene algo en contra mío; que de dónde saca tantos detalles sobre mi vida… Es terrible tener que sostener las miradas de las personas y tratar de convencerlas de que nunca pasó nada, que es un delirio, que nada de lo que dice ahí es real: la mirada fría e incrédula de uno de mis jefes, una mirada de hombre que cree a otro hombre; la mirada dolida de mi pareja que si bien me ha acompañado durante todo el proceso, comienza a dudar sobre las cosas que pone este hombre en sus escritos. La acusatoria de mi hermana, que dice que no hago nada para que esto acabe, que debería cerrar mi Facebook, mi blog, el twitter, en pocas, toda puerta virtual que él tiene sobre mi vida...

Lo peor es mirar con recelo mi teléfono cada vez que suena, porque el acoso no cesa, el ir entendiendo que esto no tiene fin, que si no es por una vía será por otra y que finalmente, como en todo, estoy sola. Sola con el miedo, con la rabia, con la vergüenza, con la tristeza. Con mi vida que ya no es mía, con mi versión de los hechos que nadie escucha en realidad. Sola detrás de la cortina de la sospecha que “algo habré hecho” para merecerme esto.


Pero lo que es peor que todo lo demás, en realidad, es saber que aunque algún día la justicia me dé la razón, el que gana es él, porque ya logró lo que quería.

lunes, 14 de marzo de 2016

Desencuentros



Escuchando a Taylor Swift cantar « The best day » ((https://www.youtube.com/watch?v=l4_6eQm7RTQ)  me acordé de mi hija cuando era chiquitita y se abrazaba a mis piernas. Se me vino un montón de imágenes en tropel : columpiándome con ella cargada en el canguro, cuando le hacía «palmeritas » en el pelo con ligas de colores, sus patinadas extremas en la Carolina, su carita cuando está tan dormida que no logra despertarse en las mañanas…

Debe ser la coincidencia de mi estado de ánimo menstrual con la letra de la canción que me entró una nostalgia terrible… No por todos esos lindos momentos, sino por todos los otros, esos en los que me he enojado con ella porque no hacía las cosas rápido o porque no me escucha por estar embobada frente al televisor; por esos instantes en los cuales  yo no logro conectar con su estado de ánimo, ni ella con el mío, y nos ponemos tercas y malgenias y nos queda en el recuerdo todo menos el « best day » de la Taylor Swift.

Y me acordé de otros desencuentros… 
Las veces en las que mi madre llama por teléfono llena de ganas de hablar sobre su jornada conmigo y yo le contesto cortante y malhumorada porque estoy cansada y  justo estoy haciendo algo.
O cuando acabo discutiendo distante y enfadada con el hombre que amo, porque su actitud coincide en el espacio-tiempo de mi psique con la de otras personas en mi pasado y me rebelo contra ellas en un presente  en el que ya ni siquiera están presentes.
O de las llamadas que no devolví a una mujer desesperada por un consejo ante un posible diagnóstico de cáncer, porque mi agenda estaba repleta de actividades que desviaban mi atención.

Menos mal la canción dura sólo unos cuantos minutos, y para cuando ya va acabando siento que la misma música me envuelve el alma en un cataplasma melódico: me invade la certeza que la vida a la postre puede ser como en la canción, y que los desencuentros se terminan también, dejándonos esa impresión de haber  pasado con las personas que amamos los mejores días , juntos, cada vez.  

jueves, 25 de febrero de 2016

De Clark Kent y Superman


En el feriado de fin de año nos fuimos de paseo con mi hermana y su familia y ya descansando nos pusimos a ver (en teles diferentes porque estábamos en diferentes cuartos) la película Superman Returns. Aparentemente el sueño nos venció también a momentos diferentes y eso hizo que al día siguiente nos pusiéramos espontáneamente a hablar de la película en el desayuno para comparar impresiones y conocer quién había visto el final.

Pero una conversación con mi ñaña sobre una película nunca es sólo una conversación: se asemeja más a un análisis psicológico-vivencial, en donde se mezcla su experiencia de abogada de familia (de divorcios mayoritariamente, si toca traducir “en crudo”) con la mía de psicóloga . Sus antecedentes y los míos son un coctel a veces molotov, a veces agridulce….Independientemente de quién terminó de ver la película, de repente la fantasiosa versión de Superman se vuelve espontáneamente una alegoría de la vida real.

Mi hermana,  desde su perspectiva de abogada se ensaña rápidamente con la figura de Superman: típico hombre egocentrista disfrazado de alguien más atractivo, con objetivos imposibles, medio desentendido de la situación de pareja y con millones de mujeres babeando por él. Se desaparece para cumplir con su “trabajo” y deja abandonados a la mujer y al hijo para asomar de vez en cuando… Material definitivo para la pensión alimenticia.

Yo, desde mi perspectiva de psicóloga que lo entiende todo, rápidamente salgo a la defensa de Louise Lane: madre soltera que trata de salir adelante con un hijo y que recibe por fin el respaldo de un “novio” que ha escogido sólo porque es una figura paterna decente para su hijo, pero que en el fondo tiene como única perspectiva un trabajo en el que debe luchar doblemente porque es mujer para obtener el respeto del jefe y además carga con la culpabilidad de haber fracasado  en su rol principal…. Material definitivo para una psicoterapia de empoderamiento femenino.

Finalmente, ambas, desde nuestra postura de mujer, concordamos:  Clark Kent se gana el Premio al Respeto Femenino. Reconocido periodista, recatado, medio tímido, inteligente, muy dedicado, buen amigo e incondicional en su acompañamiento: despierta en nosotros esa ternura empática de aquellos que hemos sufrido la indiferencia cruel de la pareja que ignora nuestros méritos y virtudes. Y admitimos por las mismas que él es el típico hombre en el cual las mujeres no nos fijamos porque esperamos al tipo que nos haga volar sin darnos cuenta que la condición para hacerlo es paradójicamente lo mismo que nos hace sufrir… ¡que no tenga los pies sobre la tierra él tampoco!.

Porque al caer el telón Superman posee la capa, la profesión interesante y no tiene ataduras, pero es un tipo volátil y egoísta. Y concordamos también en que Louise Lane es una mujer estereotipada que se queda suspirado por los momentos de arrebato en la relación (pocos) sin ponderar de manera alguna:
  •        la falta de apoyo cotidiano porque el padre ni se ha enterado que tiene un hijo
  •        su idealización del personaje de Superman, que la hace  justificar el abandono de obligaciones básicas en pro de “objetivos-macro”
  •       su ignorancia de la presencia del único hombre decente,  un individuo básicamente igual al macho alfa pero más “terrenal”, sólo porque no resulta tan “atractivo” a primera vista.
Al final de la discusión resulta que la película es sólo un reflejo de las relaciones de pareja que vemos día a día en nuestras profesiones; tal vez por eso nos quedamos enganchadas mirando la película a altas horas de la noche en lugar de  dormir, lo cual es –siempre- el mejor plan considerando el monto de cansancio acumulado en nuestra vidas. En todo caso finalmente concordamos también que el único personaje no-realista es el novio, Richard: personaje secundario, cumple un rol paterno tan bueno que hasta se llega a dudar que él es el verdadero padre. Luego, cuando ya se nota que Louise está aún babeando por Superman, accede a salvar a su rival romántico y hasta a llevar a la “mujer-que-ama-y-piensa-en-otro”  al hospital  para que se encuentre con él. Al despedirse – según mi hermana porque yo ya no vi esa parte- hasta la besa en los labios y le desea “buena suerte”.

Tanto altruismo del hombre desengañado … bueno… nunca lo he visto en mi práctica psicológica… Se lo digo a mi hermana y ella confiesa que ella tampoco ha conocido a ningún hombre así en su práctica legal. Casi casi nos ponemos reflexivas... pero por ahí va llegando mi cuñado que se levantó más tarde y nos reímos sonoramente al pensar en lo que se perdió.

Lo bueno de todo esto es que sólo se trata de una plática de desayuno… y un desvelo viendo una película en la tele.

martes, 2 de febrero de 2016

Maldita pubertad


Cuando mi hija era bebé se despertaba todos los días con una sonrisa resplandeciente. Tanto tanto era el hechizo que emanaba de ella que se me olvidaba ipso facto la pésima noche que me había hecho pasar -noches en las que me quedaba dormida en la silla dándole de lactar y me despertaba horrorizada pensando que se me había caído de los brazos cuando en realidad  una parte mía (media zombie) la había depositado en la cuna antes de dormirse irremediablemente en la silla porque la cama de mi cuarto era un horizonte inalcanzable.

Ahora, cuando la levanto en las mañanas, la zombie es ella. En un estado alterado de conciencia me gruñe antes de levantarse al enésimo pedido y sospecho que su cerebro no se levanta hasta bien pasado el mediodía porque ejecuta todas las acciones cotidianas en una versión de “cámara lenta” que dispara mi ansiedad cada cinco minutos. Mientras yo  me he duchado, vestido, maquillado, peinado, puesto la ropa a lavar y arreglado la vajilla, ella aún no atina a cambiarse el pijama por ropa y ni hablar de desayunar o peinarse. Tengo que ponerme en mi peor versión de monitoreo-seguimiento para – mientras ejecuto lo antes citado- enumerarle las acciones y mantener un check-list mental sobre la ejecución de las tareas mientras veo las manecillas del reloj avanzar sin remedio.

Pero ella, vive en Lentilandia… A su propio ritmo se acuerda al último minuto de las cosas importantes: “ma, hazme una colita” “ma, no firmaste mis evaluaciones” “ma, la profe dijo que traigamos tal-o-cual material si no me va a poner mala nota”. Yo he optado por resolver todo lo solucionable en la parada del bus: preferible estar firmando cosas a última hora en media calle que dejar que el bus pase,  no nos vea y se vaya sin esperarnos. Para lo del material suelo decirle “qué pena, vas a tener mala nota”  e inmediatamente sentirme como una mamá-nazi frente a ella.

Hablando con otras madres me doy cuenta que el fenómeno es global. Una de mis más queridas amigas me contó que también  levanta mil veces a su hijo en las mañanas y que este zombi de 14 años suele dormir sentado en la ducha hasta que ella lo saca usando lo que los psicólogos llamamos “condicionamiento aversivo”; con ello, sin embargo sólo logra encontrarlo acostado en la cama envuelto en su toalla, entre la vigilia y el sueño, alegando que “se está secando”…

Maldita pubertad: se roba las sonrisas alegres de los niños al despertarse; les niega el derecho a dormirse temprano (la melatonina se segrega más tarde en el cerebro de los púberes, es un hecho científico); les altera el humor; les roba la ilusión de que sus padres son lo máximo y los reemplaza por ídolos que no saben ni vestirse. Además, instala en sus cuerpos un reloj propio, incompatible con la hora mundial que manejamos los adultos.

Para sobrevivir al asunto, cuando levanto las mañanas a mi hija me focalizo en esos recuerdos de cuando ella era pequeña y que su sonrisa iluminaba mi día; la nostalgia ha llegado a tal punto que in memoriam le compré un letrero que dice “you are the sunshine of my life”. Pero la realidad es que cada mañana me topo con esa niña-en-transición que me gruñe como en las películas de terror y hago acopio de todos mis recursos emocionales (que a las 5:50 de la mañana no son muchos) para no perder la paciencia y evitar utilizar los métodos a los cuales los padres de antaño han recurrido desde que se inventó la adolescencia.


Y aunque suelo salir airosa de esta batalla interna,  “deep inside” algo en mí me dice que soy solo una víctima de un hechizo malévolo. Ese que hace que los bebés sean tan lindos de pequeños que uno se enamora  tanto de ellos que no nos atrevemos a botarlos a la quebrada cuando  crecen y les llega la maldita pubertad.

jueves, 21 de enero de 2016

¿Usted qué cree, doctora?


Me mira a través del estrecho escritorio del consultorio. No es la primera vez que viene, hace dos meses que se acercó a pedir ayuda en el Centro de Atención en el que trabajo. Tiene 50 años, apenas unos diez más que yo. Los ojos cercados de pequeñas arrugas, la tristeza impresa en las comisuras de los labios y las ojeras profundas me dicen que sigue tomando las pastillas para dormir –sin mucho éxito la verdad-.

¿Usted que cree, doctora? Suele preguntar…

Pregunta eso hoy cuando me explica su vida sexual… Abusada a los quince por un conocido, decidió que la vida era demasiado peligrosa para intentar nada con un chico hasta que se refugió en los brazos del que fue su marido desde los diecinueve años. Un hombre bueno, un poco frío, mayor a ella: el primero que no se lanzó a manosearla desde la primera cita. El primero con el que “tuvo relaciones” y al que amó, por ser respetuoso y no brusquearla. Sexualmente, ni se cuestionó si estaban las cosas bien o mal, simplemente dejó que las cosas fluyeran. Él casi no la acariciaba, no le decía cosas bonitas, no la besaba; pero era un buen hombre. Se quedó con él hasta los 36.  Hasta que se dio cuenta que no la conocía, no la miraba y que ella no existía en su vida. Sexualmente, no llegaban ni a un encuentro al año… Entonces, lo dejó.

¿Usted que cree, doctora? ¿Será que maduré o que me harté?- pregunta con un suspiro.

La cosa es que en este absoluto estado de abandono conoció a otra persona. Con él tuvo la historia pasional que nunca tuvo. Se le olvidó que la vida está llena de lobos disfrazados de ovejas y le entregó lo más preciado que tenía: su corazón casi virgen de sentimientos apasionados. Sexualmente, me dice, casi ni se fijó. Él solía tomarla cuando se le antojaba y dormirse inmediatamente. Estuvieron así casi dos años. Luego, comenzó a rechazarla: como la vez que le dijo que solo las putas hacían eso, o las otras en que argumentó que estaba demasiado cansado. Casi no la tocaba antes de hacerle el amor.  Ni después. Finalmente, comenzó a tratarla mal y en un arranque de honestidad le dijo que ya no quería estar con ella. Honestidad a medias, porque andaba con otra(s). 

Y ella, con el corazón hecho tripas, lo dejó. Entonces se dedicó a hacer lo que nunca había hecho: salió con uno y con otro, se alcoholizó tanto que  amaneció varias veces en la casa de un hombre del cual huyó apenas recuperó la conciencia; a otro que le hizo un trabajo le pagó en especies; volvió incluso a acostarse con el que le puso en ese mal estado sólo para constatar que casi le daba asco estar en su cama. ¿El la hundió o ella se hundió solita? No está segura.

Se interrumpe y me dice:  ¿Usted que cree, doctora?¿Será que no entendí y necesitaba otra lección?

Porque en medio de tanta zozobra me cuenta que asomó otro hombre.  Un muchacho aparentemente maravilloso que rezumaba amor por ella y le cantó tantas maravillas que le sonaron como a la luz al final del túnel.

Un vuelo de amor platónico, doctora, y cuando por fin nos acostamos… un desastre.; para que le cuento los detalles. Fue tan terrible que una vez me cercó el cuello con sus manos para que me  callara porque el ruido lo desconcentraba. Casi me asfixia. Luego se marchó: fue la última vez que estuvimos juntos. Y yo tan tonta…. ¿Usted que cree, doctora? ¿No debí mandarle a paseo después de tantas decepciones? Y en cambio ¿sabe lo que hice? Aunque me maltrató, lloré amargamente cuando se fue  porque pensé que ya nunca nadie me iba a amar.  Pensé que yo estaba mal. Que era una mujer mala, dañada por desear el encuentro con una persona en especial… Mala, fea, vieja, ninfómana, loca, ingenua… dañada en pocas.

Se calla un rato mirando al piso. Luego me dice que es la primera vez que habla con alguien de su vida sexual: después de haber sido abusada, ninguneada, ignorada, rechazada, auto-impuesta como objeto, humillada… recién ahora…habla en terapia.

Y me lanza la pregunta lapidaria:

¿Usted que cree, doctora? ¿Será que a todas nos pasa lo mismo?


lunes, 4 de enero de 2016

Miradas


Tus miradas hija hermosa, tus ojos azules que sonríen con la comisura de tus labios al mirar a tu primito con amor profundo. Tu mirada de reproche cuando no quiero jugar contigo; la llena de angustia por el miedo a fracasar en el colegio. Miradas en presente y otras del pasado que brillan en mi recuerdo como el sol cada mañana; la primera que me regalaste, de ojitos pardos cuando naciste y te pusieron sobre mi vientre.


Tus miradas amor mío, la inquieta que se pasea buscando saberlo todo y la tímida, que se fija en mis ojos pero no permanece y va acompañada siempre de un leve giro de la cabeza. La mirada seria del científico y la burlona que combina tan bien con la mochila. La mirada profunda en la que se puede ver el mar agitado de tu deseo y aquella otra en la que brilla una luz que se va fundiendo en las sombras a la par que nos cae la noche.

Mis miradas, que pueden ser furiosas  y parecer rayos láser, o acariciar cuando la distancia no me permite hacerlo con las manos. Las de mi madre, que nos congelaban a través de la mesa cuando nos portábamos mal. Las de la tormenta que no logra convertirse en torrente de lágrimas, como la de mi padre en el entierro de mi abuelo. Las pícaras de mis sobrinos.  Las cálidas como las de mi terapeuta. Las vacías de las personas que ven a través de las ventanas de los buses. Las preocupadas de Doña Mary cuando habla de sus hijos. Las censurantes, como las de las monjas de la escuela. Las que acogen en secreto las lágrimas.  

Tantas miradas...

viernes, 1 de enero de 2016

Doble Vida



Nadie se casa para divorciarse. Por el contrario, toda persona que se atreve a firmar un papel en el que une su destino al de otra persona o a jurar frente a una deidad que “es para siempre” es un ser valiente y optimista que genuinamente desea que “Así sea”.

Y luego… la vida da un giro violento; nos encontramos firmando de nuevo una pila de papeles para disolver algo que muchas veces no se puede disolver. Pasamos de tener un destino trazado a vivir una película sin guión.

En esta época de fiestas he reflexionado mucho sobre lo que es ser una madre divorciada. Las fiestas de Navidad y de fin de año no son tan festivas para los divorciados. Porque una vez que uno se divorcia se pasa ipso facto a una división del tiempo: tiempo  que compartimos con los hijos y tiempo que nos perdemos cuando se van con su padre. El de la semana y el del fin de semana; el de las vacaciones y el de los feriados; el de la Nochebuena  y el del Año Nuevo.  Tiempo para madre y tiempo para padre. Desde mi perspectiva: tiempo con ella y tiempo sin ella.

En realidad pasamos a vivir una doble vida.

Una es la vida que llevamos cuando los hijos no están. Parecería que tiene beneficios inmediatos, como el poder descansar a cabalidad o dedicar el tiempo libre a hacer lo que nos gusta, viajar, pasearse, leer, ir la cine. La verdad es que todos los buenos momentos que vivimos alejados de ellos tienen un tinte agridulce…  si me voy de paseo, me pregunto qué diría mi hija si estuviera allí, si me estoy divirtiendo pienso en lo mucho que se divertiría en esa situación. Cuando voy a reuniones con otras familias y hay niños siento que la traiciono en parte cuando interactúo con ellos, como ayer por ejemplo cuando quemamos el año viejo con mis sobrinos y me sentí como rota en dos partes porque ella no estaba ahí.

Luego tenemos la otra vida en presencia de nuestros hijos, esa que en cambio está tan llena de responsabilidades que no dan espacio para este compartir idílico de buenos momentos. En el divorcio toda la cotidianidad se vuelve pesada y recae sobre una única espalda: perseguir en la mañana a los hijos a que se laven los dientes, asegurarse de que se vistan adecuadamente según el clima; si se despiertan en la noche, solo hay una persona que se puede levantar; si se enferma, una la que se desvela. No hay relevo, no hay descanso: se está de turno las 24 horas. Así yo, como madre divorciada, poco a poco he adoptado un estilo de vida en el que he perdido todo derecho a ser vulnerable cuando mi hija está conmigo: no me enfermo, nada me duele, no tengo sueño, no puedo tomarme una copa tranquila, nada puede afectarme, no puedo llorar… simplemente porque si algo me pasa sé que no hay plan de apoyo.

No sé qué hacen las otras madres, pero al no tener a nadie para alivianar el peso acumulativo de las pequeñas cosas, he tenido que poner en los hombros de mi hija responsabilidades que los niños de su edad no tienen normalmente: desde los siete años se prepara su bol de cereales en la mañana, se viste sola y también hace su lonchera.  Debo decir que ella es magnífica en esto, no se queja y parece entender que simplemente es lo que debe hacer. Yo por mi parte siento que le he robado parte de su infancia: la de los desayunos  alrededor de la mesa, los almuerzos y meriendas compartidas contándonos el día, la de los deberes hechos en la mesa del comedor y no en un rincón de la oficina. Pero no sólo le robo su cotidianidad: le robo recuerdos con su padre para que tenga algunos conmigo, le robo momentos de disfrute porque estoy demasiado cansada para todo lo que demanda energía extra; además, la estafo a ratos con promesas de cosas futuras, como cuando le digo que le compraré un  perro el día en que vivamos en una casa, a sabiendas que es una promesa que no podré sostener…

A veces cierro los ojos y sueño con otra vida, la que quería tener cuando firmé el papel cuando me casé, en la que regreso a casa y alguien me pregunta si estoy cansada y si quiero que me prepare una tasa de té, una en la que mi hija tiene hermanos con quienes jugar y un perro que es de ella. Una vida que no fue y que con el paso del tiempo ya no podrá ser nunca.

Cuando me pongo a pensar en estas cosas me entran unas terribles ganas de llorar. Pero no les hago caso. Me digo que hay cosas peores en la vida, que no soy la única que pasa o pasó por estos sentimientos; me hago acuerdo a mí misma que esta es la vida que tengo que vivir y que es el resultado de mis elecciones.  Es que no se puede llorar sobre el camino escogido, y eso es algo que he tenido bien claro en estos 5 años de divorcio. Pero habiéndome sentido poco festiva últimamente, me pregunto si así va a ser mi vida para siempre, si ya nunca podré sentirme plenamente feliz en un momento porque esa vida doble me va a dejar siempre el sentimiento de que “algo anda mal”.