lunes, 29 de diciembre de 2014

La reparadora


Mi hermano me pidió un favor muy especial el otro día…

Me entregó una funda llena de pedazos de algo-que-fue-una-chiva y me dijo: “Repárela por favor”.
Y yo  asentí.

Es que yo soy la reparadora….

Comencé hace muchos años. Pero antes de llegar a serlo, tuve mi trayectoria.

Durante un tiempo fui la destructora: cogía todas mis muñecas y separaba sin piedad troncos de brazos y piernas… Con un balde lleno de incógnitas anatómicas me dirigía a mi padre, quien, extrañamente paciente, hacía pares,  deducía incongruencias y lograba rearmar  todo sin errores de proporción. Agradezco no haber tenido un padre psicoanalista, porque seguro me hubiera puesto la etiqueta  de “psicópata”... Luego tuve otra época de “reconstrucción de look”, en donde todas las muñecas súbitamente pasaron por una peluquería obligatoria y renacieron en  versión masculina, cabello corto ochentero unisex para ellas. “Nenuco” es uno/a de ellas, sobreviviente adoptado por mi sobrina Isabela y parte del séquito obligatorio de Naomi hasta la actualidad…

Y después de esa etapa de comprender cómo funciona todo… me convertí en la reparadora.

Debo confesar que el afán de reparar vino de par con el de ocultar la travesura…  Abollé las esquinas de mi armario y me dí cuenta que si le ponía un poco de témpera café ni se notaba: un poco de esmalte transparente  encima para que durara hacía la diferencia, nadie se daba cuenta. La técnica funcionaba hasta para las abolladuras del auto, cosa que me dí cuenta después, siempre y cuando no vinieran acompañadas de hundimientos o algo más grave. Reparadora de vergüenzas en esa época. Debo admitirlo.

Y luego… mis padres se dieron cuenta poco a poco de mi talento. Jarrón que se abollaba, cerámica mellada, plato decorativo roto por el gato… Yo los reparaba…

Reparar es como armar un rompecabezas: todas las piezas están regadas. Unas más grandes, otras casi en polvo. Dependiendo  de la naturaleza del objeto se usa una pega u otra: brujita, cola blanca, cemento de contacto, UHU… Dependiendo de varios factores el resultado es óptimo, o a veces no hay remedio; y dependiendo de la función del objeto la reparación es  posible o no…

Me explico: la naturaleza del objeto (cerámica, madera, papel, vidrio…) determina el tipo de tratamiento (no todo se pega con todo). Luego, depende mucho del daño inicial: si el objeto se ha trizado nada más, es más fácil repararlo. Pero si está hecho añicos (un poco como la chiva que me dio mi hermano), se debe tener mucha paciencia, mucha dedicación para poder, aún con el ligante adecuado, encontrar dónde va todo y repararlo.

Pero más allá de eso, el éxito de la reparación depende más que nada –creo yo- de la naturaleza misma del objeto original… Si uno repara un florero, su propia naturaleza hace que sea más frágil y que la reparación sea más delicada. Un florero no sólo NO debe “parecer” trizado, porque desde su concepción original está hecho para contener agua que alimente a las flores. Repararlo implica no sólo que se “vea” bien sino que pueda cumplir con su función original. ¡Es sumamente complicado!. Que algo se vea bien, es una cosa, que algo FUNCIONE bien, es ya un arte…

Y eso, no siempre se logra. Es más. Casi nunca se logra…

Creo que en el afán de llegar más allá de la simple reparación formal estudié psicología. Reparar, ser el ligante, el medio, la pega. Pero a la vez, tratar de entender el objeto original, darle su forma, permitirle ser lo que estaba destinado a ser  antes del “trauma”, antes de ser abollado por las circunstancias. Fui terapeuta algunos años… Ahora ya no lo hago, mayoritariamente porque estoy en un puesto de “planificación”, en donde se supone que “evito” que las cosas se salgan de lo planificado (¿evito el daño?) .No sé si he logrado reparar el funcionamiento de las vidas que he tocado… Lo he intentado, tanto en mi vida profesional como personal. Pero eso es demasiado complicado de saber. Sé que he intentado todos los días hacerlo, pero mi propia naturaleza humana ha invadido a veces mis intenciones y sin quererlo ha sobresalido mi mezquindad, mi egoísmo, mi rebelión…

A veces, simplemente es más fácil intentar reparar objetos que personas. Las personas son demasiado complicadas.  Conocer la naturaleza de alguien debería “ayudar a ayudar”. Pero a  veces demanda ir más allá de uno mismo, hacer un esfuerzo  para no oírnos primero, para escuchar el grito de “ayuda” que clama que nos olvidemos de nuestras necesidades para responder a las del otro, un poco como entender cuándo es necesario dar de nuestra sangre a alguien que, sin ella, se va a morir, así estemos moribundos nosotros mismos: renunciar a nuestro bienestar por el de otra persona…  aceptar estar débiles y sufrir si eso le hace bien a alguien… es complicado. Talvez ni la psicología tradicional está dispuesta a algo así. Hay que ser humanista: hay que ser Kübler-Ross, o Fromm… Nosotros, los mortales, simples personas o psicólogos que no trascenderemos… sólo repararemos lo posible dentro de nuestras manos artesanas.

 Y les cuento sobre la chiva… para los que les intriga mis reparaciones manuales…

La chiva está muy bien (enterita de nuevo). Pero como mi hermano me dijo que todos los personajes van adentro, ahora tengo atrapado dentro de un bus a un personaje que decoraba, magníficamente, la parte trasera de la chiva original. Este señor, por un error de recuerdo , se convirtió en el chofer en la reparación…

¿Será que la terapia hace lo mismo con las personas? Les hace un “upgrade” a algunos de  “pasajeros colados "a “chofer de bus”?



 

domingo, 21 de diciembre de 2014

De puño y letra



El otro día salió una noticia de que en uno de esos países nórdicos súper evolucionados ya no se iba a enseñar a escribir a los niños a mano sino directamente aprenderían a teclear… resultó un malentendido, parece que Finlandia lo que hará es introducir simultáneamente la caligrafía y el teclado. Me causó estupor sin embargo y  me alegro profundamente de que no sea verdad que se abandona la escritura a mano.

Es que hay un sinnúmero de cosas implicadas en el escribir a mano. No soy docta en el tema, pero estoy segura que en la manipulación del lápiz al dibujar las primeras letras la interacción cerebro-producción manual es tan intensa que estructura el pensamiento en sí. Aún recuerdo las planas que nos mandaba mi profe de “bolitas” y “palitos”, en esos cuadernos de cuatro líneas que luego nos permitieron dibujar letras complejas y hermosas… Estas debían llenar el espacio perfectamente y ser lo más bonitas para alcanzar el puntaje total. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta concentración demandaba eso! Yo no era tan buena en la tarea, mi amiga Marguerite era una genia a mi lado y por más que me esmeré, nunca logré hacerlo como ella.

Es que en esa época, cuando yo era pequeña, no habían computadoras… Antes de escribir, había que pensar y saber exactamente qué decir para no tener que tachar, porque si no la profesora (cuando no la propia mamá) nos arrancaba la hoja y nos mandaba a repetir todo. SIEMPRE, sin excepción, hacíamos borradores  de TODO lo que escribíamos y solo después de retrabajar un montón de veces el texto nos permitíamos escribir la « versión definitiva ». Había que pensar dos veces antes de escribir. Esto también se transducía al habla…

En mi adolescencia me enseñaron a mecanografiar. En las máquinas de escribir cada error equivalía también a algo grave, como poner tinta en la página, ya que  muchas veces los profesores no aceptaban eso, es decir que equivocarse equivalía a repetir la hoja entera. Admiré siempre a las personas de ese siglo que escribieron manuscritos enteros a máquina, porque no se pudieron dar el lujo del « recorte-pega ». En mecanografía los profes nos ponían pegatinas en las teclas para que no viéramos el teclado y nos obligaban a usar todos los dedos, lo que me enojaba sobremanera. Desgraciadamente, por ahí por mis 12 o 13 años, las computadoras invadieron las escuelas y se suprimió el curso de mecanografía. Resultado : no uso los diez dedos al teclear, sino solo 8 (extrañamente los cinco de la izquierda aunque no soy zurda) y también miro más el teclado que la pantalla al escribir. Creo que he perdido en ello.

Soy entonces un producto de la transición entre la era pre-compu y la actual. Ni una loca anti-tecnología ni una fanática pro-modernismo:  agradezco las facilidades de la computadora, porque creo que  ha permitido que hagamos las cosas más rápido y ha facilitado procesos…Pero de ahí a dejar la escritura a mano… NO.

Es que escribir a mano es otra cosa.

En la letra, reconocemos rasgos de personalidad. No en balde hay una ciencia, la grafología, que estudia esto. Nuestra letra evoluciona con la edad que tenemos, con lo que aprendemos, con las experiencias vividas. Conozco una persona que era ambidiestra y la obligaron a escribir con la derecha: tiene pésima letra pero salta con el pie izquierdo, abre la botella con la mano zurda y brinda con la derecha. Aunque ni ella se entiende cuando se relee, sabe hablar con poesía sobre las cosas más simples, como aquellas personas que usan su hemisferio derecho casi en su totalidad… Es una contradicción viviente y ella jura que, si la hubieran dejado usar ambas manos, podría ser el doble de eficaz en lo que hace. Créanme que cuando alguien intenta leer su mala letra, tiene que calarse su vida enterita, lo quiera o no…

Además, la letra es como la palabra de la persona: a veces viene con énfasis, otras es débil. No escribimos de igual forma cuando estamos apurados, cuando nos dedicamos, cuando estamos enfermos o cuando estamos enamorados. La letra que tenemos depende de nuestro carácter, de esa parte semi- estable de nuestra personalidad, que además se plasma con la emoción del momento: es, en suma, casi una foto de lo que somos en un instante de nuestras vidas.

Hace poco recibí una carta escrita a mano… Leyéndola me puse a reflexionar sobre este tema. Sobre el esfuerzo que uno pone cuando escribe “de puño y letra”. Esfuerzo físico, primeramente, porque estamos tan acostumbrados a teclear que hasta duelen algunos músculos al escribir mucho tiempo con esfero. Esfuerzo intelectual en segundo lugar, porque no se puede entregar una carta a mano con manchas de tinta blanca, no sería algo correcto, hay que estructurar muy bien lo que se piensa decir. Y finalmente, esfuerzo emocional, porque el que escribe a mano se compromete a ser reconocido  y se apropia de la autoría de lo hecho. Si escribo un papel en la computadora, una carta, un poema, y lo firmo así, con Arial Narrow tamaño 11, cualquiera puede haber escrito eso… La tecnología es tan perversa (o tan perfeccionada) que además nos da pensando y nos  corrige lo que queremos decir, dando lugar a situaciones cómicas a veces y hasta embarazosas; ¿pero cuántas veces no encubrimos lo que queríamos decir y le echamos la culpa al corrector ? Por el contrario, cuando cojo un esfero y escribo lo que pienso  a mano, me pertenece plenamente, soy el autor, me comprometo con lo que digo ahí, puedo hasta ser imputable penalmente si lo que estoy escribiendo es ilegal…

Así, me parece que nadie debería aceptar cartas de amor escritas en computadora, cartas de despedida adjuntas a correos, compromisos de ningún tipo que vengan en tipografías preestablecidas, formatos de whastapp o chat, o impresos en la última tecnología HP. Para comprometer el alma, se requiere regresar al papel y a la tinta. Es así de simple. Esta es sólo una de las lecciones que me ha dejado mi aprendizaje caligráfico, que en realidad me ha dejado varias otras…

Primero, me ha permitido apreciar la escritura a mano. Actualmente no se puede más que admirar la valentía del remitente que escribe de puño y letra y valorar plenamente el mensaje incluído, porque en esta época que vivimos, todo se plagia, todo se copia, y ya nadie se responsabiliza de nada.

En segundo lugar, me ha permitido estructurar un razonamiento. Cuando escribo, tengo siempre una estructura previa: el “hilo conductor” general, la introducción, el desarrollo y la conclusión. No se puede hablar como se piensa, peor escribir como se habla (en lo personal, sería mucho más feliz si mis estudiantes entendieran eso también).

En tercer lugar, me enseñó a ser perfeccionista… Vamos por la vida pensando que tendremos muchos chances de corregir lo que hacemos, de hacer un “copy-paste”, un “delete”.  NO ES ASÍ, la vida está construída de instantes únicos e irrepetibles, nada se borra, nada desaparece… El párrafo que no escribimos, la palabra precisa que no buscamos, no vamos a poder “insertarla” mágicamente y arreglar el texto. Incluso cuando hablo con las personas intento estructurar lo que digo: pienso en las palabras precisas para transmitir lo que quiero…  Y a veces, cuando no quiero decir algo, simplemente me callo, porque la palabra me compromete, más allá de si esté escrita en papel o en el recuerdo de alguien. Hay que hacer las cosas bien hechas de una buena vez, porque nada se presenta de nuevo para que podamos releerlo, editarlo, transponerlo, borrarlo.

Finalmente, las planas de caligrafía, aunque no me salían tan bien como a la Maggie, me permiten aún hacer unas lindas tarjetas navideñas, lo cual es perfecto en una época como esta.

martes, 16 de diciembre de 2014

Todos vamos a morir


Tenemos un contrato a plazo fijo con la vida. No sabemos cuándo, pero todos vamos a morir: ya sea por circunstancias fortuitas o provocadas, de todas maneras tenemos una “fecha de caducidad” inscrita en nuestras células que plantea que, en el mejor de los casos, moriremos de todos modos en algún momento.

Todos vamos a  morir, pero tenemos una pésima actitud frente a la muerte. Cuando alguien se muere, lo primero que hacemos es tratar de “zafarnos” de ese suceso. Hace algunos decenios, cuando alguien moría lo hacía en su casa rodeado de las personas queridas en un ambiente familiar, en su cama, con sus ruidos y rutinas habituales. Ahora las personas se mueren en los hospitales estériles, conectadas a un millón de tubos que las hacen respirar, comer, excretar en contra de su voluntad, “a favor de su vida”… En terapia intensiva ni siquiera pueden beneficiarse de la presencia de sus seres queridos. Así, “ganan” a veces una o dos semanas de “vida” mientras los hospitales cobran casi mil dólares diarios por la “atención” brindada. Antaño, para velar al muerto se tendía una sábana en la mesa del comedor y se rodeaba al cadáver de velas. Las personas queridas velaban al muerto varios días y luego se los enterraba. Ahora, podemos morirnos en la mañana y la tarde estar en tierra, mediante un servicio-funerario-flash del que nadie se entera, así, a los vivos, no se los ve llorar. Ocultamos la muerte. Recuerdo que una amiga me contó –espero que no se enoje si llega a leerme- que cuando su padre murió ella tenía 6 años. Estaba muy enfermo y lo llevaron al hospital. Lo último que recuerda es haberlo visitado y verlo yacer en su cama con una serie de vendas en la cabeza. A partir de allí, recuerda que, ante su extrañeza infantil de que el padre no regrese, sólo obtuvo la respuesta de que “se había ido de viaje”. En su inocencia, ella esperó que regresara casi un año sentada en las gradas de su casa, cada día a las seis de la tarde. Un día la vecina -en un acto de caridad o de imprudencia- le preguntó qué hacía ahí y ante la insólita respuesta de la niña, le dijo tristemente: “mijita, si tu papá donde está es en el cementerio, ¿nadie te lo dijo?”.

Desposeemos a los niños de la muerte de sus seres queridos. Robamos a los enfermos  la suya, como cuando le ocultamos a la abuelita la gravedad de su condición o como cuando conectamos a  esa persona cuyo organismo ya clama por descanso a un millón de aparatos  que le prolongan muchas veces solo el sufrimiento orgánico, y no su calidad de vida.

¿Por qué tenemos tanto miedo a la muerte?

Todos vamos a morir, y creo que todos tememos mucho a nuestra condición mortal, lo cual nos hace reaccionar mal ante la muerte de los que amamos. Tememos morir por las cosas que no hemos hecho, los planes que no hemos concretado, los lugares que no conocemos; por el futuro que no veremos de la gente querida: de nuestros padres, amigos, nuestra pareja, de nuestros hijos si los tenemos. ¡Qué ridícula actitud! Tememos perdernos el “futuro” de alguien cuando somos incapaces de disfrutar su presente:  de nuestra hija,  su graduación, matrimonio, sus hijos. Pero nos perdemos impunemente el presente trabajando como idiotas para alcanzar indicadores de gestión que irán a engrosar el monto de papeleo de la empresa, para la cual, al final, no somos una persona sino solo una firma que hacen aparecer en donde más les conviene. Tememos perdernos los viajes que haremos con nuestra pareja y al cabo del tiempo la verdad nos atrapa y nos damos cuenta que cuando tenemos el tiempo, el dinero y todo lo demás… ya no hay salud, estamos demasiado viejos, demasiado cansados o solos. Tememos planificar un futuro con una persona por no comprometernos y al final, perdemos a esa persona en presente y en futuro..

Planificar… no sirve de mucho. La vida es como navegar en un barco… hay que tener una idea de hacia dónde queremos ir (como Colón con las Indias). En el transcurso, hay tormentas, momentos de calma, puertos en los que atracamos para recobrar fuerzas. Pero debemos seguir navegando, guiando el barco de buena manera, cuidando de los tripulantes y de nosotros mismos. No podemos empeñarnos  en lanzarnos de cabeza a la tormenta y de la misma manera no podemos bajar los brazos en media tormenta y dejarnos hundir sólo porque “no estábamos preparados”. Aún cuando pensemos que todo está perdido, el horizonte es una perspectiva que no hay que perder. Pero en realidad el trayecto es un construir del día a día: la semana anterior pensamos que una estrategia era buena, pero si al aplicarla no funcionó, tuvimos que abandonarla. Al final, una vida es un trayecto, corto o largo, agradable o desagradable: a veces llegamos a donde planificamos, a veces llegamos a América…


Es que en realidad, todos vamos a morir, pero nos pasamos la vida  actuando como inmortales, como si pudiéramos posponer todo lo de hoy a mañana. Le decía a una amiga que planificar, a mí, no me va muy bien. Yo siempre creí que me iba a morir a los 30 años. Eso hizo que acelerara mi vida de tal manera que publiqué un libro antes de  esa edad y planifiqué tener un hijo también. ¿No dicen que para lograr una vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo? (el asunto de los árboles lo resolví mucho antes, he plantado varios). Pues para mi sorpresa, no me he muerto aún y casi llevo una década “de yapa” frente a mi expectativa de vida.  Me parece genial. La vida que planifiqué la concreté hasta los 30. En esta década “de excedente” he aprendido a improvisar cada día; he entendido que mis horarios , mis comidas, mis planificaciones pueden irse “al Cairo” por una enfermedad, una mala noche, un programa escolar. He entendido que mi tiempo no me pertenece, que si no cuido a las plantas o a los peces, se mueren, que por más que haga las cosas perfectamente algo puede irse al mismísimo carajo porque yo no puedo planificarlo todo, no puedo controlarlo todo. He entendido sobretodo que más allá de las cosas cotidianas, del dinero, de las preocupaciones laborales, del orgullo o egoísmo… están los vínculos con los seres humanos.  Yo no creo en Dios. Creo que la vida vale por lo que hacemos aquí y ahora. Creo que la vida se resume a preguntarnos cada día: “qué he hecho hoy por alguien que  haga la diferencia?”

Sólo si podemos responder la pregunta, el trayecto vale la pena.

Es que hay barcas  en la que soy el capitán. Hay otras en las que soy copiloto. Hay otras en las que, como simple pasajero, sobrevivo a las decisiones que toma el chofer.  Yo también voy a morir… mientras tanto, vivo el día a día. Nunca estoy segura si mis decisiones son acertadas. Pero vivo bajo el principio (no sé si es cristiano, o es simplemente un valor), que si lo que hago no agrega algo valioso en la vida de alguien, simplemente no debo hacerlo.

De todas formas, todos vamos a morir. El lío no está ahí… el lío está en lo que hacemos con nuestras vidas.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Perra


Perra es un insulto terrible. ¿Por qué? ¿qué tiene que ver un animalito del sexo femenino con lo que implica tremenda palabra?

La asociación es de índole sexual, seguramente porque este animal hembra tiene varios contrapartes sexuales durante su vida. Pero quienes han observado como se da el cortejo, verán que aunque las perras pueden aceptar varios machos, no aceptan a cualquiera; si bien están en época de reproducción, de todas maneras escogen a aquellos machos con quienes se van a acoplar. Que son varios  a veces, sí, que no hay monogamia todo el tiempo… verdad. Pero ¿para qué? ¿Acaso el "privilegiado" se va a quedar a su lado  toda la vida criando a los cachorros? ¡No! de la cópula en adelante, la perra permanece sola. Cuando pare, es sólo ella. Cuando amamanta , también. Además, sí hay perras que son fieles a un solo perro:  ¿De qué dependerá?

Perra es sin embargo un insulto y  no “gata”, por ejemplo; ¿por qué? Quizá por los otros rasgos asociados: la fidelidad al  dueño, la sumisión, la gentileza, la calidez del trato. Las gatas hacen lo mismo, se acuestan con varios machos, pero les dan encima un buen zarpazo y son frías y distantes…

A mí me cuestiona mucho esa asociación con las perras… En general los perros  son animales muy domésticos, calurosos, gentiles, afectuosos, juguetones, animalitos con los cuales se entablan verdaderas relaciones. Buenas y malas: hay perros que crecen mimados, otros educaditos, otros agresivos. Ninguno nace per se así, todos aprenden a reaccionar con el estilo de dueño que han tenido. Hay  perritos totalmente atemorizados, por ejemplo, a los que se ha acariciado y  de repente la misma mano le da un buen bofetón… dos o tres veces … y a la final cada vez que se le presenta al animal la mano que debería acariciar, este siente la desconfianza de que el bofetón venga por atrás. Animalito acorralado, sólo puede escoger entre huir y morder: ¡Malo! ¿Malo?

En mi familia nuclear de origen soy la única a la que le gustan los animales. Cuando tenía más o menos la edad de Naomi (mi hija), compré todos los boletos de una rifa en mi clase sólo porque el primer premio era un gatito. Menos mal, cuando llegué a la casa con la bolita de pelos negros y blancos mi Tía Sonia estaba de visita y abogó frente a mi mami sobre la posibilidad real de dejar que el gato viva con nosotros. Antes ya habíamos tenido un “primer intento”, un gatito que trajimos de contrabando de Azogues y al que llamamos “Mishu”, que mi madre regaló a los tres días. No sé lo que le dijo mi tía, pero Coral, mi primer gato, vivió varios años con nosotros. Tengo grabados episodios de su estadía en nuestra vida, como cuando le picó una abeja en el cachete y casi le da un shock anafiláctico o cuando se indigestó y el albañil que trabajaba en la casa le dio un masaje en la panza que parecía un partido de box y le recetó “agua de manzanilla” (¡obvio!), lo que contra toda expectativa curó al gatito…

He tenido después de él una gata maravillosa que se llamó “Pompón Maharajá Felipe” por un error inicial de determinación de género, que vivió casi 14 años con nosotros y fue mi mejor amiga durante toda mi adolescencia. Además, pobló de gatitos a medio Quito porque, cruzando fronteras raciales, era una “verdadera perra” como dirían algunos…

Lo que me hace volver a mi reflexión inicial. Extraña relación que tenemos con nuestra animalidad, con el género femenino, con la sexualidad. Los animales son seres genuinos, de fácil lectura, con su carácter e individualidad, como cualquier ser vivo. Pero aman sin condiciones a quien les cuida y les protege, son fieles, saben perdonar pequeños errores, extrañan la distancia emocional, dan cariño gratuitamente… sobre todo los perros (pero no únicamente) y más que nada las perras, aunque tengan tan mala fama. Esto es  más de lo que la mayoría de los seres humanos somos capaces de dar en nuestras relaciones.

Entré en tremenda polémica el otro día con una publicación de la página “Evolucionarios” del Face, en la que dijeron que un estudio había encontrado que "los hombres que tienen 20 parejas sexuales o más tienen menor incidencia de cáncer de próstata”… (https://www.facebook.com/EvolucionEC/photos/pb.220637228069156.-2207520000.1418263398./567905476675661/?type=3&theater) . Reaccioné racionalmente diciendo que a las cifras uno les hace decir lo que quiere, y que además el tener múltiples parejas en el hombre aumenta el riesgo de papiloma virus en las mujeres y que esto causa la MUERTE en el sexo femenino;  pero me “cayeron” un montón de hombres diciendo en resumen que solo las tontas se acuestan sin usar preservativo y se contagian. Ya ni les contesté. ¿Para qué polemizar con gente tan obtusa? Internamente me dije… solo las tontas… solo las fieles… ¿sólo las perras?

Del (la) Pompón y mis otros gatos, ya les contaré otra vez.


lunes, 8 de diciembre de 2014

A destiempo


La mayoría del tiempo, estamos a destiempo…

Como cuando el novio de mi amiga Paola decidió que quería reconocer a su hija de 2 años. ¿Demasiado tarde?. Cuando ella se quedó embarazada, él puso el grito en el cielo, que no estaba listo, que era muy joven, que él nunca se embarcó en algo tan serio… Menos mal mi amiga era una mujer « hecha y derecha » que no se « frikió » con la situación : tomó las cosas en mano, es decir puso los cuatro enseres del individuo en una maleta y lo mandó con viento fresco, sacó un turno con el ginecólogo y siguió sola todas las indicaciones de rigor para las circunstancias, incluídas las del curso de profilaxis del parto. Ahora que su hijita Megan tiene dos años, asoma el individuo queriendo reconocerla, pero desgraciadamente, es a destiempo. A destiempo (demasiado tarde?) para verla sonreír por primera vez, para ver brotar su primer diente, ayudarla a dar los primeros pasos, verla escupir los pedazos sólidos de la papilla. A destiempo para su primera palabra, para dormirse agotado de cansancio tratando de consolarla con ella en brazos. Demasiado tarde para dar apoyo a esa madre que lo hizo todo sola.

O demasiado adelantados, como cuando mi amiga Margarita se portó « intensa » con su vacile de una noche y le dijo de buenas a primeras una semana después que ella lo que quería era alguien así de dulce, de tierno, para envejecer con él. No necesariamente para casarse sino para una relación seria en la cual ella daría lo mejor de ella y esperaba que él la amara también. Esta muda le fue a soltar que su sueño “era llegar a ser anciana y que esta persona especial sostuviera su mano mientras caminaban de la mano en un sendero lleno de hojas secas que crujían a su paso”. ¡Pobre Margie! Debió de esperar hasta la tercera cita por lo menos para contarle su « dark Secret ». Una regla que debería ser posteada en el face como “meme” es aquella que me dijo mi amiga Sandra : « puedes hasta tener sexo en la primera cita, pero para decirle a un hombre lo que realmente quieres debes esperar hasta que se haya enamorado».

Demasiado tarde de nuevo, como cuando tratamos a toda costa de reparar una relación que ya se fue al carajo por nuestro descuido. Como la de mi amiga Leonor con sus padres. Personas frías que nunca supieron transmitirle amor. Ella, ser sensible como pocos, se fue acostumbrando a la falta de alegrías frente a sus éxitos, a la ausencia de su presencia en momentos importantes de su vida. Como cuando iba a jurar la bandera y sus padres no vinieron porque estaban demasiado ocupados con sus logros laborales. Nada ha cambiado ahora, acaba de obtener su doctorado y eso no les ha sacado de su apatía, han seguido sentados en la mesa como si se les anunciara que por-enésima-vez- que-subieron-los-impuestos… Leonor, imperturbable (como sólo pueden ser las personas que han levantado murallas años tras años), me dice que nada ha cambiado. Pero cuando le planteo que  se pudiera hacer algo al respecto, con sus ojos de niña luchando para no llenarse de lágrimas me dice : « Para qué ? Es demasiado tarde ». ¿Demasiado tarde? A destiempo, creo yo... la muralla con la que se van a topar cuando quieran arrelgar las cosas será demasiado grande ya.

A destiempo, solamente, como cuando uno llama al servicio informático al borde de la desesperación tecnológica para soporte técnico y nos dicen que, justo ese día, se fueron todos de paseo de integración. Como cuando se envía un correo quejándose del mal desempeño de alguien en el momento justo en que el proveedor iba a pedir disculpas, o como cuando nos conectamos al whatsapp que habíamos olvidado encendido dos horas antes y vemos un mensaje al que hubiéramos querido contestar inmediatamente. Como cuando nos abrazan demasiado fuerte y solo queremos soltarnos. Como cuando leemos un mensaje de arrepentimiento y ya se botó para siempre la llave del corazón.

Nunca es “demasiado tarde” o “demasiado pronto”

Simplemente es… a destiempo.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Puertas adentro


Margarita está triste porque su familia se está disgregando. Ella entiende que su madre quiera abandonar a su padre, porque se casó muy joven estando embarazada, y ha vivido toda su vida al lado de este hombre que aparte de ser un don Juan, la ha maltratado frente a sus hijos constantemente durante 23 años. Con lágrimas en los ojos, me dice: “quisiera haber tenido una familia normal”.

Pero Margarita, ¿qué quiere decir “tener una familia normal”?

Supongo que se trata de esas familias “de domingo”, las que van  a misa bien peinadas, rezan y cantan juntas, comulgan los padres, las madres se arrodillan, y luego salen a comer en algún lugar bonito. Las que van al parque a disfrutar de la naturaleza y del sol trepados los niños en los juegos infantiles, mamás paseando al bebé y el perro correteando detrás de una paloma descuidada. Seguro ansías eso, la chispa de felicidad pública que se puede observar también en matrimonios, primeras comuniones, centros comerciales, restaurantes…

Familias de instantáneas perfectas para una propaganda Kodak.

Pero lo que no sabes Margarita es lo que hay detrás de esta fachada de supuesta felicidad. Cuando se acaba el domingo, cuando termina la fiesta. Cuando las familias regresan a casa y cierran las puertas al mundo exterior.

Lo que sucede puertas adentro…

Familias en las cuales existen verdaderos reinados del terror: padres que se desquitan de sus frustraciones con sus esposas y sus hijos, a punta de gritos, de correazos, de “déjame en paz, no ves que estoy cansado”. Madres que se alían al tirano y que castigan a los niños por ser niños, por dejar los juguetes regados, por hacer demasiada bulla, por reírse tontamente, por haber olvidado alguna tarea. Niños atemorizados que aprenden a hacerse invisibles para que no les caiga un golpe por sorpresa, que lloran en silencio porque su llanto molesta más, que esconden los moretones debajo de ropa espesa y a la larga  aprenden a huir como la paloma del parque apenas les ladran encima.

Familias llenas de indiferencia, donde los padres ya ni fingen siquiera amarse. La madre le lanza el plato al marido para hacerle notar que incomoda su presencia, él llega siempre demasiado tarde a casa desbordado de cansancio. No se saludan desde hace tiempo, se evitan hasta en la mirada. Se alían con los hijos en contra el uno del otro, se encierran en su mundo, en su vida paralela: el fútbol, la amante, las amigas, el gimnasio, el club de golf… lo que sea con tal de no verse más el uno al otro. El hielo les endurece el corazón a todos… No se aman a ellos, no aman a sus hijos.

Familias que no aceptan quién es su hijo, que no le reconocen en su identidad única, que intentan alienarlo y volverlo a toda costa “normal”. Es pecado ser gay en familia homofóbica, ser no tradicional en familia conservadora, ser sordo en familia de oyentes, ser oveja en familia de lobos. Hay que ser como los demás así duela serlo, hay que “normalizar” al anormal y obligarlo a que sonría  y agradezca porque de todas formas, lo que se hace es “por su bien”.  

Eso es lo que hay puertas adentro. Nadie te lo va a decir, Margarita: es que “los trapos sucios se lavan en casa”. Estas familias enseñan además un extraño sentido de lealtad: no se te ocurra ir a contar a tu amiga que papá te pega, a la profesora que tus padres duermen en camas separadas o que todos los días te encierras en el armario a llorar pensando que sería mejor acabar con toda esta farsa y morirte de una vez. ¡Sería traicionar a tu familia! No puedes confiar en las personas que no son de tu sangre: ellas se aprovecharán de tu debilidad, abusarán de lo que saben de ti, y te harán más daño … No se puede confiar en extraños, los únicos que te apoyarán serán siempre los miembros de tu familia. Estas familias te condenan a la soledad: es que a quién recurre una persona que no puede confiar en sus padres por lo que le han hecho vivir ni tampoco a nadie afuera porque le han enseñado a desconfiar?

Siempre me he preguntado, Margarita, cómo  creciendo en una familia en la cual tus padres te maltratan, te ignoran, desprecian tu individualidad, ¿cómo se espera que seas una persona con autoestima elevada, que crea en sí mismo, que se ame?. ¿Cómo se espera que llegados a ser adultos estos niños se miren al espejo cada día y no se sientan como monstruos?¿Cómo se les puede pedir que crean en la vida, que si se sienten solos o rechazados no se enquisten en el dolor porque el futuro les va a traer cosas buenas? ¿Cómo hacerles creer que un extraño los va a  amar genuinamente por quienes son si aquellas personas que le dieron la vida no supieron hacerlo  en primera instancia?

Ay Margarita,  todos quisieran tener un hogar como el de las películas, ese lugar al que uno regresa y en el que se sabe que se estará protegido de todas las cosas malas que nos pueden pasar en el mundo. Pero la verdad es que para muchos, su hogar es un lugar lleno de gritos, de humillaciones, de no aceptación, de sentirse solo y tener hasta que ocultar la soledad para que le dejen en paz.

Tú ansías la familia feliz que se muestra hacia fuera. Pero puertas adentro… sólo quienes están adentro saben lo que viven.

jueves, 20 de noviembre de 2014

La bandeja de metal

Como sé que mi padre regresa cansado del trabajo y probablemente de mal humor, hoy  finjo que me duele la barriga y me voy a acostar temprano. Mis hermanos , menos perceptivos, más seguros de ellos o simplemente más « duros », deciden encarar la tormenta que nos espera.

Hoy en la tarde estábamos jugando con los vecinos al carnaval, y no recuerdo muy bien qué pasó pero en algún momento rompimos una rama del árbol  que adorna la fachada de la casa de enfrente. Entendí enseguida que eso estaba mal y como ya soy grandecito –tengo 8 años-, sé exactamente lo que eso significa : sus papás se quejarán a mis papás. Mi mamá va a estar super enojada y seguramente le transmitirá a mi papá lo mal que nos hemos portado.

Mis hermanas lo negarán, mis hermanos harán equipo con ellas. La misma historia de siempre en la cual yo quedo excluído se repetirá : mi padre furioso cogerá la correa y nos pegará. A mí siempre más, porque no logro mentir tan bien como ellos, porque no logro correr y escaparme. Siempre me quedo paralizado recibiendo lo que me merezco por "ser así".

Recuerdo una vez en que nos mandamos la mega-travesura, nos pareció excelente en el momento en que, aburridos, escuchamos la super idea de nuestro hermano mayor. Cosas que parecen muy divertidas tienden a transformarse en absolutos desastres una vez que mi madre pisa la casa. Una  magia fea que termina siempre en tragedia : mi madre y mi padre enfurecidos, correa en mano, persiguiéndonos a todos para que recibamos, otra vez, lo que merecemos. Resulta que esa vez todos huyeron como si tuvieran 8 patas como las arañas. Solo quedé yo, aterrado en un rincón del cuarto. Mis padres hicieron turnos : primero mi madre, que se tomó la molestia de contar los 20 correazos que me dio. Luego mi padre, quien decidió que podía equiparar el record de mi  madre porque los veinte primeros no eran suficientes… Yo mientras tanto no recuerdo haber llorado aunque seguro debí de hacerlo. Pero solo recuerdo haber mirado fijamente el papel tapiz memorizando esas formas rojas y raras que nunca supe qué eran, como unas flores pero deformes, sintiendo el dolor del cuero de la correa sobre la piel… Esa vez mis piernas se llenaron de moretones y de círculos verdes durante días.

En esa época trabajaba en nuestra casa una chica como niñera, Gladys, estudiante universitaria que se redondeaba el sueldo cuidando niños. A ella le mostré mis piernas llenas de colores (dolores?) y ella supo decirme que allá afuera, en la vida real, los padres podían ir presos por hacer eso a sus hijos.¡Qué alivio sentí ese día ! Mis padres solían decirnos que hacían eso « por nuestro propio bien »: a  mí nunca me pareció "bien" que el dolor y el miedo que nos infligían fuera necesario para hacernos mejores.

Pero esta noche, después de haber roto la rama, me sirve de poco consuelo saber eso porque más fuerte es el saber que todos me echarán la culpa a mí y que mi padre, enfurecido, sacará la correa y tendré de nuevo que vivirlo todo. Así que me voy a acostar y por si acaso amarro a mi cintura, del lado de las nalgas, una bandeja de juguete del juego de té de metal, ese que es de mi ñaña, la menor y más consentida, quien seguro se va a enojar en el minuto mismo en que sepa para qué la estoy usando…

Tendido en la oscuridad, escucho la puerta del garage que se abre. Poco después, los pasos de mi padre y el ruido del maletín que cae en el sofá. Voces que cuchichean; las de mis hermanos que se elevan declarando inocencia. El comienza a gritar buscando un culpable … Yo me hago chiquitito en la cama. Quisiera poder desaparecer, pero oigo los pasos que se acercan inexorablemente a la  puerta de mi cuarto. En el momento en que se abre, pierdo el sentido.

xxx

Hoy me desperté como todos los días. Tengo que levantarme e ir a la U. Pero simplemente, no tengo ganas.

¿Para qué? ¿Quién se va a dar cuenta de si llego o no llego a clases? La profe de ley me pone “falta”. Una  más, una menos. En dos minutos, mi debilidad superyoica es sobrellevada porque me doy cuenta de que hoy expongo y tengo que llegar  pase lo que pase. Si no, todo el grupo tendrá cero. La profe no bromeaba el día en que nos dijo que somos todos responsables de lo que pasa el día de la exposición. Media nazi, pero buena profe…

Una parte de mí se levanta, se baña, desayuna y hasta hace el esfuerzo de arreglarse. Estoy como disociado: lloro en la ducha pero me pongo bolsas de té en los ojos para que no se me note la hinchazón. Es que anoche también lloré, mirándome al espejo y viendo lo feo que soy, lo gordo que estoy, sintiéndome menos bueno que el perro de la calle al pensar lo que le dije a esa chica que me gustaba, lo que le ofrecí y escuchando lo que me contestó. No se portó mal , no no, me dijo que “no era por mí, sino por ella” pero yo sé que no es verdad, es lo que las chicas dicen cuando al final quieren quedar bien y ser gentiles, pero que en el fondo significa “no me interesas”.

¿Qué está mal en mí? Pregunta recurrente frente al espejo y mil respuestas me vienen en seguida: soy un tonto, soy intenso, como demasiado y estoy engordando, bebo demasiado,  no sé hablar bien, soy demasiado tímido.

¿Y si no voy a la exposición? Sigue pensando esa parte de mí. La otra… no me deja: me pone un terno, y me manda a sonreír a todos y a exponer para pegar 10.  Así me voy a la U. Todos me aplauden.Y soy triple “A”. Siempre. Mis padres estarían orgullosos de mí. Podrían poner mi sonrisa al lado de todas las placas que coleccionan en la vitrina familiar: igual de reluciente, sería la envidia de las tías que vienen al tecito mensual cada sábado.

El duelo se lleva siempre, desde siempre, por dentro: en forma de desmayo y de bandeja, en forma de lágrimas atragantadas y de éxitos que más llenan a  ajenos que a mí mismo…

Ellos no saben que esta noche tengo una cita con el espejo que me dirá las verdades: eres malo, todo lo haces mal, nadie te quiere ni te querrá; si no corriges tu forma de ser, te va a ir mal en la vida; deja de llorar, las lágrimas no resuelven nada; tienes que crecer y ser duro…

Hoy ganó esa parte de mí… Mañana… ojalá logre levantarme de nuevo la misma parte.

viernes, 14 de noviembre de 2014

La Tía Pepa


Cuando tenía trece años la Tía Pepa se enamoró.

Si la bendita vida hubiera evolucionado racionalmente, daría a los adolescentes unos años sabáticos antes de entrar en el juego relacional... La tía Pepa lo hubiera agradecido, porque no tuvo esa suerte. Tiene ahora la edad en que ya nadie la mira y su cara, llena de arrugas, ella tampoco quiere mirarla mucho en el espejo.

Pobre tía Pepa, se enamoró  de un chico de dieciséis, cabello rizado y ojos negros profundos, apasionado como solamente son los chicos a esa edad en la que el enamoramiento va de mano con el romance y con la biología. No nos asombra que los héroes de Shakespeare hayan tenido ese rango de edad…

Estuvieron juntos largo tiempo la verdad para la juventud que tenían ambos. El era un trovador moderno, le escribía cartas y poemas, en los que resabiaba frente a su juventud común, deseando poder ser mayor y estar junto a ella para siempre. Mi tía suspiraba y releía las cartas, añorando ese futuro que parecía que se ofertaba para ellos…

“El destino nefasto los separó sin que ellos quisieran.”-… así dicen los cuentos o simplemente se le echa la culpa al azar de las decisiones que se toman para no confesar que él ya tenía ansias de marcharse mientras mi tía comenzaba a anidar.

Y él se fue;  el reloj de la tía Pepa se detuvo, como en esa canción tan popular en la que alguien se robó la historia de la Tía Pepa y la llamó “Penélope”, y que aún se escucha en guitarreadas de personas del siglo anterior…

Según lo que cuentan mis otras tías, el maldito desgraciado se fue de viaje por “las Europas”, y la mantuvo ilusionada con “una carta de vez en cuando y una llamada semanal” , en las que le hablaba de los destinos exóticos en los que se hallaba, siempre con frases ambiguas, como cuando le dijo que en las playas de Grecia “las mujeres tenían cuerpos de tentación y cara de arrepentimiento”, o con sus frases de poeta, como cuando le describía la luna que según él había inspirado a su tío Pablo el escritor, y finiquitando le decía “hablando de luna, te amo”… y retomaba “hablando de amor…”.

¡Pobre tía Pepa! Quemó las cartas alguna vez en una de esas terapias en que aconsejan cerrar los círculos, pero le han quedado grabadas algunas frases de ese amor juvenil como con el mismo fuego con las que intentó borrarlas cuando él se fue a “estudiar” y, amparado en la excusa de la novedad de las gringas y de las hormonas de su juventud,  se revolcó con cualquier gaviota, mientras ella, simple gorrión, se consumió en la espera…


La memoria le flaquea últimamente, pero recuerda con claridad que en ese mismo arranque de “cerrar círculos” que le cogió como a los treinta y pico decidió escribirle una última carta al individuo en la que le dedicó un poema, aquel del que recién le entero yo a ella que no era de Neruda como siempre creyó, sino de José Ángel Buesa (no porque yo sea culta en el tema, sino porque ahora existe el internet) y que comienza:

“ Te digo adiós y acaso…te quiero todavía
tal vez no te haya olvidado, pero te digo adiós
no sé si me quisiste, no sé si te quería
o tal vez nos quisimos demasiado los dos…”

La tía Pepa es tan buena que es capaz de recitarte las cuatro estrofas sin rencor con dos copas de vino en la sangre en las reuniones familiares. Todos saben que se las dedica a aquel cobarde desgraciado que la ha dejado tan magullada (enamorada) que no logra deshacerse de su recuerdo. Pero la verdad…

A la pobre tía Pepa, nadie la conduele. Al contrario, se le burlan, porque lleva una vida “disoluta”: va de amante en amante, dejando que hagan de ella lo que ella quiere y lo que no. Ella cree que los hombres la buscan para satisfacer sus deseos, y con vergüenza confiesa que le han enseñado a hacer las cosas que se supone que sólo saben las mujeres “de vida alegre”, cosas para nada alegres que la Tía hace sólo porque no quiere dormir sola, aunque ella se da cuenta que en las noches en que “tiene su mes”, todos sus amantes están de juerga, no en vano los hombres son mejores en matemática, sobre todo en matemática lunar… Ninguno quiere manchar sus sábanas con las lágrimas del amor que el amante adolescente no supo derramar.

Tía Pepa llora esos días. Por más que haya quemado las cartas y los poemas, no logra borrar de su mente los recuerdos. El otro día, casi al quedarse dormida, cuenta que se vio a ella misma caminando por la cancha de básquet del colegio y lo vio a él, en uniforme azul con bordes blancos, rodeado de sus amigos, sonreír mientras avanzaba hacia delante, sin conciencia de que en su camino… estaba ella.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Deshumanizados



¿Cómo explicar la violencia extrema que se vive en México en la actualidad? ¿Cómo entender el horror impensable que nos espanta, nos duele, nos da asco?  Esteban me pidió que hablara un poco sobre esto, y me ha tomado mucho tiempo de reflexión y de conversaciones para intentar dar una respuesta adecuada al tema.

Desentrañar un problema es un trabajo similar al de hacer un saco con una madeja de lana: se trata de jalar poco a poco el hilo desenredando más y más el ovillo si queremos tejer alguna realidad nueva con el mismo material… 

He aquí el fruto de mi reflexión.

El que menos se ha horrorizado escuchando el suceso de la masacre de los 43 estudiantes la semana anterior. Que en realidad no es la única que ha habido en México. Si uno se pone a revisar la historia de los últimos años en el país, resulta que desde finales de los 90, México vive ya varias matanzas : Aztecal (1997, 45 indígenas muertos), Villas de Salvácar (2010, 60 estudiantes),  1era Masacre de San Fernando (2010, 72 muertos) , 2da (2011, 193 cuerpos en fosas clandestinas), masacre del 27 de octubre (2010, 15 jóvenes), masacre en Ruiz (2011, 15 jóvenes y 29 sicarios), Masacres en Durango (2011, 340 cuerpos en fosas comunes!!!), Masacre en Torreón (2010, 18 muertos). Según fuentes oficiales, son más de 70.000 muertos y alrededor de 25 mil desaparecidos entre 2006 y 2012 (1)

En el estado de la última masacre, Guerrero, se han registrado 5 incidentes de extrema violencia desde 1995, tres de ellos con múltiples muertes. Dos involucraron a estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa,  siendo el último aquel en el que desaparecieron los 43 chicos : en efecto en 2011, un enfrentamiento de estudiantes y policías ya dejó 2 muertos en ese mismo lugar. ¿Los responsables de tanto horror? Hoy la policía, ayer los narcotraficantes, los paramilitares, los zetas, hasta reos que salen de la cárcel con el permiso de la directora (como en la masacre de Torreón !)… Diferentes títulos, misma historia : seres humanos matando a seres humanos…

“Así no era antes México.” Mi tía Sonia y su esposo Jaime estudiaron allá y tanto amor han expresado sobre este país que su hija también escogió a México como destino académico. Creo que quienes han tenido el privilegio de visitarlo aprecian a este país por muchos aspectos positivos que tiene: la acogida, su gente, su cultura, su gastronomía. ¿Qué le ha pasado entonces a México estos últimos años? Las explicaciones abundan: país frontalero con Estados Unidos, migración clandestina, coyoteros, carteles de droga que se han ido instalado como lo hicieron en su tiempo en Medellín los capos del narcotráfico. Pensándolo bien, México tiene ahora una reputación tan mala como la tenía Colombia hace algunos años…

Creo que es real que la droga engendra situaciones sociales tan obscuras que salpican a la población así no se involucre directamente. Mi amiga Alex, colombiana de nacionalidad y actualmente dueña de un spa personalizado, me contó  mientras me daba uno de sus tratamientos la vida que llevaba allá en Colombia en su adolescencia, donde salir a un Centro Comercial a veces rimaba con angustia y con dolor, por el estallido sorpresivo de bombas en la ciudad.

Pero claro, echarle la culpa a la droga es como quedarse solamente en la parte externa del análisis del problema.  México y Colombia son dos países en donde se ha concentrado la violencia y ha llegado a extremos como los que hemos visto en la televisión en los últimos días. Pero la violencia no es exclusiva de esos países: existe en formas variadas en todo el planeta, y es considerada como un problema de salud por la OMS, quien ha emitido informes al respecto (OMS, 2003). El análisis que se hace por parte de este organismo clasificaría a la violencia que sufre México como “violencia colectiva”, y le asociaría los siguientes factores explicativos: Factores políticos (ausencia de procesos democráticos, desigualdad de acceso al poder), factores económicos (distribución desigual de los recursos, acceso desigual a los recursos, control de los recursos naturales, control de la producción y comercialización  de droga), factores sociales (desigualdad entre grupos, instigación al fanatismo, acceso a armas), los cambios demográficos rápidos. Seguro que en México se está dando una combinación de varios de estos factores, que funcionan como un “cóctel molotov” para que estalle un conflicto tan sangriento.

Estos factores van sumando  filas al tejido, sin duda, pero queda aún bastante ovillo de lana que desenredar.

Resulta que los factores culturales también podrían estar involucrados. En conversaciones con mis “chicas Flacso” (amigas que estudiaron ahí y otras que no pero tienen ese sesgo de género), me contaban que hay estudios que relacionan la violencia colectiva con la violencia hacia la mujer. Confieso que no tengo tiempo para  investigar esto a fondo ni para contactarme con las personas que me recomendaron, pero un simple análisis en google permite evidenciar una tendencia a que los “mapas” de conflictos armados (2) se solapen en gran medida con los de “inseguridad física de la mujer” (3) . Ni siquiera vale la pena comentar sobre el mapa de violencia sexual contra la mujer en este mismo México tan querido por todos pero tan machista y dañino para el sexo femenino (4) ni sobre la  tasa abrumadora de violaciones por estado (5) o de feminicidio y violencia sexual (6).

O sea que en esos lugares donde se violenta a las mujeres también hay narcotráfico, corrupción, drogadicción, migración descontrolada, desapariciones, violaciones a los derechos humanos, tortura, conflictos armados.

Llegados hasta este punto de mi reflexión algunos van a comenzar a pensar que se trata de un argumento feminista en contra de los hombres. No, no feminismo. No quiero poner a un género contra el otro y que nos entrampemos en discusiones vanas. Lo que me contaron estas chicas me hizo vislumbrar una realidad nueva frente al problema de estos crímenes sin sentido:  ¿qué tienen en común todas estas personas (policías, narcotraficantes, políticos cómplices, consumidores, pandilleros, paramilitares… ) que comulgan frente al mismo dios de la Violencia?

Todo puede variar: encontraremos gente violenta de niveles económicos diversos, diferentes  orígenes geográficos, cultura, idioma, religión. En realidad lo único que comparten todos sin excepción  es una MUJER, una figura femenina primordial: todos tienen MAMÁ. Mamá, mujer que engendra, que carga al feto durante 9 meses, que lo trae a la vida, que le presenta al mundo; mujer que debe lidiar desde muy temprano con estereotipos asociados a su género, con cambios continuos ligados a su biología, con traumas asociados a su historia…


¿Cómo es la mujer que crece en una sociedad machista? Mil disculpas a los hombres modernos como mi amigo Francisco que piensan que no debemos caer en el estereotipo, pero la mujer en culturas machistas es sumisa, criada en la convicción del rol de cuidado los hijos, del de sometimiento al destino pero sobretodo del de obedecer al más potente de los dueños: el hombre. Primero al padre, luego al marido, la pareja, conviviente, novio… La mujer que crece en un entorno de poder masculino subyuga su identidad a la del varón, le da autoridad sobre sus decisiones, sus pensamientos, sobre su cuerpo. En general, el varón toma el poder y se aprovecha de esta desigualdad: las estadísticas sobre violencia de género están ahí para hablar por ellas solas: maltrato, violación, humillaciones, tortura, feminicidio…

¿Y eso qué tiene que ver con las fosas comunes en México? Pues yo estoy profundamente convencida que el maltrato a la mujer repercute directamente en la relación que éstas establecerán con sus hijos, fruto de la suma de los ADNs del hombre machista que las violenta y de la mujer sumisa que son.

Sumatoria que crece viendo a su madre golpeada, abandonada, desequilibrada, migrante porque el padre nunca se hizo cargo, amargada por las mismas razones. Madre que se abandona al rol materno como una vía de escape a la desgracia de su propia vida, madre que va de hombre en hombre buscando seguridad y sólo recibe más maltrato, madre que cree proteger a sus hijos pero los descuida al permitir que vean este modelo relacional nocivo. Madre  que no cree en la vida, porque la vida significa siempre sufrimiento, dolor, sacrificio. Madre que se enoja, que rechaza, que exige, que llora, que sobreprotege, que chantajea, que se desvive y que se desentiende. Madre que no sabe ser madre, porque no sabe ser antes mujer.

Hijos que crecen sin modelos paternos adecuados, acostumbrados  a ver a las mujeres más importantes de sus vidas (sus propia madres!) rogando de rodillas, suplicando desnudas y sin armas a un hombre (marido, hermano, padre, policía, militar) por su existencia o la de ellos. Dejando que hagan de su cuerpo y de su alma jirones, brasas, llagas, lo que el hombre quiera para satisfacer su afán de poder.

Lo que les estoy contando es el cuento del ciclo de la violencia: niños-oveja que crecen con modelos de lobo y se transforman luego en el lobo.

Los psicólogos humanistas creen que el ser humano es fundamentalmente bueno. Para generar alguien malo, alguien capaz de segar la vida de otra persona, de torturar, de violar, de tomar como objeto sexual a una niña “casándose” con ella, se necesita un “mix” de circunstancias muy especial. Erich Fromm llama a estas personas NECRÓFILAS y dice que, en primer lugar,  debe haber una ausencia de empatía fundamental en ellas; además, deben haber vivido experiencias muy duras desde la temprana infancia, que les dejan cargados de ira. Y finalmente, deben haber tenido también una madre incapaz de amar la vida y de enseñarles a amar la vida.

Creo que con esto voy a cerrar mi reflexión: la vida es el mayor milagro que existe en la naturaleza. Comienza en el vientre de una mujer y se perpetúa en sus brazos, en su contacto. El bebé se humaniza en esta relación, aprende a ser un ser que recibe amor y luego es capaz de darlo. Siempre y cuando frente a él haya una mujer firmemente arraigada en su propia vida, feliz de ser mujer, de existir como una persona que ama y recibe amor. La mujer maltratada no es capaz de perpetuar la vida más allá de la gestación, no contiene al ser creciente, no le enseña el amor a la vida: crea seres deshumanizados.

He tejido en este espacio un saco con la madeja enredada  que me fue entregada, y  si bien el objeto resultante me ayuda a entender mejor lo que pasó en México, me queda la sensación pesada de que entender no es suficiente, si no se puede hacer nada por cambiar la sombría historia que estamos escribiendo como humanidad.