lunes, 27 de enero de 2014

Del amor y de los miedos


El amor es lo que nos ata a la vida.

Durante nueve meses, un cordón nos permite formarnos, unidos al cuerpo de una madre que nos nutre, nos hace respirar y nos mantiene cómodos. Pero una vez que nacemos, el cordón se corta y es el amor el que nos mantiene vivos. Buen amor, mal amor: esa madre nos cuida como puede. Después, atamos otros cordones invisibles con varias personas, comenzando con aquellas que nos rodean. Amores fáciles o amores complicados: papá, hermanos, familia… Con suerte, estos cordones son lo suficientemente fuertes para sostenernos durante nuestro crecimiento. Con suerte, hacen que cuando las cosas se ponen difíciles recurramos a los lazos que nos unen. Con suerte, son cordones que sostienen y no nos manipulan como marionetas.

Crecemos más y queremos ampliar nuestros horizontes. Conocemos a personas y por ahí, desprevenidamente, nos enamoramos. Muy jóvenes, muy entusiastas, muy vulnerables. A muchos, esos cordones que tejemos tan rápido nos los arranchan con pedazos de corazón.

Y luego andamos con miedo. Con miedo a ligarnos con alguien, con miedo a que nos hagan sangrar. Entramos en las relaciones siguientes con todos los escudos que se puedan. Nos vendemos a nosotros mismos esas ideas que “el amor no existe”, “el amor no vale nada”, "no debemos entregarnos tanto", “hay que escoger con el cerebro y no con el corazón”. Nos comemos el cuento de que es mejor tener relaciones en donde prime el interés, la inteligencia, el dinero, el origen, el sexo, la amistad, el trabajo en equipo… Todo menos el amor.

Pero nos mentimos al hacerlo, porque a la larga si no hay amor, el vacío se vuelve más y más grande, más y más hondo… y entonces muchas personas sienten que nada les ata a la vida y acaban con ella, de miles de formas diferentes: saltando al vacío, bebiendo, farreando hasta la inconciencia, teniendo parejas casuales, no sintiendo placer con nada. Acabar con la vida no es solo matarse, es dejar de disfrutarla, aceptar que lo importante es lo externo y no lo que sentimos, desconectarse del corazón.

Amar nos da miedo incluso cuando amamos. Cuando tenemos la suerte de estar con alguien y sentir lo maravilloso que es existir con esa persona, nos llenamos de miedos: ¿qué pasará mañana si ya no está? ¿Y si me duele cuando se vaya? ¿Y si me pide algo que no puedo darle? ¿Y si en 10, 15, 20 años ya no sentimos lo mismo?

Y está el miedo extremo: el miedo a perder la libertad. Miedo a que dejemos de ser nosotros mismos, que perdamos oportunidades de hacer cosas, o que abandonemos objetivos por estar con esa persona. El miedo provoca reacciones extrañas, que pretenden cortar los cordones de alguna u otra forma: se descuida la relación, nos alejamos de la persona, pensamos en singular… Provocamos lo que tememos para así ratificar que el amor no sirve, no está bien.

No entendemos que mientras más sólido esté el cordón, más sentido tendrá la vida.

Los humanos somos seres extraños: hemos evolucionado de tal forma que levantamos toneladas de acero para atravesar los aires como los pájaros, pero sentimos que el amor nos restringe. Podemos construir rascacielos enormes pero somos incapaces de construir relaciones sólidas. No nos da miedo abrir los cuerpos de las personas para repararlos, o poner nuestra vida en manos de un médico para que lo haga, pero tenemos miedo a poner nuestro corazón en las manos de otro ser para que lo cuide.

Y sin embargo, solo hay una verdad en todo esto: estar vivo sin amor es estar muerto. Los menos afortunados lo entendemos por las malas, el día que se rompe el cordón, como cuando muere alguien y nos damos cuenta del dolor que nos causa su partida o cuando alguien nos deja porque se cansó de que desgastemos el cordón con nuestros miedos.

Los más afortunados lo sentimos en nuestra escencia, cuando enfrentados a los miles de problemas cotidianos percibimos el sostén que nos brindan esos cordones, indicándonos que lo esencial no está afuera, sino en nuestro corazón.

viernes, 24 de enero de 2014

Irremediablemente cursi

El otro día, en el avión del regreso, para sobrevivir a las turbulencias sin ataque cardíaco decidí enchufarme los audífonos y buscar qué películas cómicas tenían (esta técnica es mi aplicación moderna de la terapia de desensibilización sistemática conductista que dice que un organismo no puede sentirse A LA VEZ relajado y estresado).

De las 4 películas que ví en las diez horas de vuelo, una comedia romántica me gustó mucho. Se llama "He's just not that into you", y es la historia de varias parejas que lidian con la vida amorosa de diferentes maneras. Está la pareja de casados que se las verá con la infidelidad, la de arrejuntados desde hace rato en la cual el chico no quiere casarse y la chica le deja por eso, la del joven que va de cita en cita pero está enamorado de la ex... La que me gustó más es la de la chica protagonista, que es una romántica empedernida que está buscando pareja pero es demasiado "intensa", lo cual hace que los hombres huyan, a la vez que es demasiado ingenua, lo que provoca que no sea capaz de leer correctamente las señales masculinas, incapacidad que la mete en situaciones muy incómodas y definitivamente frustrantes.

A ella, un chico le va a "abrir los ojos", haciéndole caer en cuenta que la ley general no es que las historias se arreglen (el hombre casado NO deja  a la mujer por la amante, el que no quiere atarse NO acaba casándose, el playboy NO acaba enamorándose);  al contrario, todas esas cosas son excepciones a la regla.

Pero ella, desgraciadamente, es irremediablemente cursi...

Bueno, escribo sobre esto porque ayer me di cuenta que pertenezco a ese lote de las irremediablemente cursis (ya me lo sospechaba). Recibo un mensaje en el facebook de mi novio, con el cual tenemos una historia de esas que son como de cuento (menos mal para mi lado romántico) y al abrirlo me topo con fragmento de la "Carta de despedida" de García Márquez tan bonito..., que dice así:  "Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que ésta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos momentos que te veo, diría TE QUIERO y no asumiría tontamente que ya lo sabes."...

Y yo de conmoverme hasta las lágrimas... Al rato de querer contestarle, me doy cuenta que por alguna torpeza tecnológica mía, he abierto un  mensaje que YO le envié hace unos meses, y que en realidad, más abajo está el que él me ha enviado (su mensaje, mucho más "terrenal", contiene un link de youtube de una entrevista a Sabina).

Frente  a la pantalla me agarra un ataque de risa irrefrenable, como los que tuve en el avión al ver la película, porque la situación me parece de lo más cómica: me he conmovido ante mi propio sentimentalismo. ¿Puede haber algo más cursi que eso?