No creo que nadie nazca
siendo esencialmente individualista. El individualismo, enfermedad del alma, se
contrae como todas las enfermedades en el contacto con personas infectadas de individualismo.
En el seno de nuestras propias familias, en el núcleo de nuestras sociedades, se
vehicula la idea de que es bueno juntarse con otras personas sólo si podemos
sacar algo que sea en nuestro propio beneficio. No en el
sentido de crecimiento personal, sino en el sentido pecuniario, económico, de
estatus social.
Los padres por ejemplo no propician relaciones de amistad según los valores, sino ponen a sus hijos en escuelas en donde “puedan hacer contactos” que les van a servir a futuro. El matrimonio es definido muchas veces como un contrato de intereses, y un buen matrimonio es aquel en el cual las partes se benefician porque ganaron estatus, dinero o “mejoraron la raza”. Todos hemos escuchado que no hay que dar mucho “porque te abusan” y por el contrario hay que “aprovechar toda circunstancia sin que importe las consecuencias”. Nuestra sociedad nos dice: sean individualistas, forjen su propio destino, consigan sus metas… poco importa quién se encuentre en el camino.
Los padres por ejemplo no propician relaciones de amistad según los valores, sino ponen a sus hijos en escuelas en donde “puedan hacer contactos” que les van a servir a futuro. El matrimonio es definido muchas veces como un contrato de intereses, y un buen matrimonio es aquel en el cual las partes se benefician porque ganaron estatus, dinero o “mejoraron la raza”. Todos hemos escuchado que no hay que dar mucho “porque te abusan” y por el contrario hay que “aprovechar toda circunstancia sin que importe las consecuencias”. Nuestra sociedad nos dice: sean individualistas, forjen su propio destino, consigan sus metas… poco importa quién se encuentre en el camino.
El individualismo viene
acompañado de una distorsión del concepto de interesarse por el otro de manera
generosa . La generosidad hacia el grupo se vende ahora con etiqueta de marca
registrada: clubes dedicados a ser dadivosos con los necesitados,
apadrinamientos de niños acompañados de campañas mediáticas, donaciones a ONGs
y fundaciones de valores universales. La generosidad se practica en público y debe
ser publicitada.
La pluralidad como virtud
del alma es algo más , una especie de conexión empática con las necesidades de
las otras personas, que hace reevaluar las nuestras en función del bien común. Pensar
en plural es conjugar en otra primera persona, no en “yo”, sino en “nosotros”,
un “nosotros” que abarca no solo a la familia, los hijos, los amigos, sino a todos aquellos que nos rodean en algún momento en algún
instante: los que están haciendo fila al mismo tiempo en el banco,
los que se encuentran en el tráfico, los que viven en nuestro
edificio… Si se piensa en plural, no nos vamos a saltar la fila porque nos
damos cuenta que las necesidades del resto de hacer el trámite son tan altas como las nuestras, se cederá
el paso porque todos tenemos igual necesidad de llegar a algún lado rápido, se cuidarán
los jardines y las veredas por que son de todos nosotros, etc…
Es difícil pensar en
plural, pero si todos lo hiciéramos, la convivencia humana sería más respetuosa y las relaciones más profundas y enriquecedoras, porque se forjarían lazos con alma y no con el interés.