martes, 28 de diciembre de 2021

Envejeciendo parte II: La historia de Viviana




"Hace algunos días comentaba con un par de amigas cuán vieja me he descubierto a mis 47 -casi 48- años. Les mostré un video publicitario reciente donde decidí actuar voluntariamente. Con fondo oscuro y luces intensas, mis arrugas se delatan solas en ojos, frente y boca. «Mierda, estoy vieja», les dije.


Tengo un hijo de 17 años, una hijastra de 6 y una pareja -hombre- de 48 pero que aparenta de 35 y que es más guapo que tractor recién pintado. Yo soy pequeña, flaca y tengo cierta gracia, pero nadie, ni siquiera mi pareja que es bien sincera en estos temas, me ha dicho «guapa» o «hermosa», así que asumo que no lo soy por más que yo me vea medio agraciada cuando pinto mis ojos y mis labios. Pero eso de ser fea o linda no me ha afectado tanto a lo largo de mi vida, más sí redescubrirme con los años encima, muchas arrugas, pechos pequeños y caídos y varias canas que empiezan a nacer en medio de mis cabellos castaños. Que mi hijo me diga: «son otros tiempos, mamá, no sabes nada de lo que vivimos los jóvenes hoy» o que en la calle se refieran a mí como «señora», me afecta fuertemente. Peor aún, que me pregunten con cuántos años soy mayor a mi pareja, hace que mi corazón se acelere y que mi sangre se caliente de enojo interno. Respiro, respiro, respiro y pienso: ¿por qué me afecta tanto este proceso natural? ¿por qué le temo tanto a la vejez y a que otros me vean vieja? Teóricamente, y así lo dicen los psicólogos y las psicólogas, debemos sentirnos felices tal y como somos, asumiendo que los años pasan y que cada etapa de vida es interesante. TEÓRICAMENTE. En los hechos, vivimos en una sociedad que nos presenta miles de opciones y fórmulas para rejuvenecer y regalarnos un elixir de felicidad: cremas, brebajes, mascarillas, tintes, pestañas postizas, masajes, cirugías, tratamientos con botox. ¡Una sociedad que nos exige seguir siendo jóvenes!


Mi marido, lo dije, es guapo para los cánones occidentales -alto, con mucho cabello, ojos grandes y sonrisa encantadora- y parece de 38. Él no se ha hecho cirugías, no tiene canas y solo es un poquitín barrigón. Él no tiene problemas de autoestima ni por su apariencia ni por su edad, porque nadie lo ve ni feo ni viejo. Al contrario, a veces la mía se desmorona cuando alguien insinúa que no estoy a su altura y que cualquier jovenaza lo atrapará con sus encantos. Encima más, ¡me agarran mis inseguridades y me siento enojada con esas pobres jovenazas que nada tienen que ver con mis líos existenciales! Yo, vieja y algo agraciada, no debería, no debería ponerme así. Y me agarran enojos porque esta sociedad es asimétrica, esta sociedad nos coloca a las mujeres en desventaja con los hombres en todo sentido. A las mujeres nos exigen ser bellas y jóvenes, a los hombres no. He visto a algunos que, siendo canosos, calvos y gordos, no son observados ni juzgados por nadie porque, simplemente, ellos no entran dentro de los estereotipos de belleza y juventud.


¿Cómo pasar, entonces, de un discurso teórico a la práctica de sentirme bien, tal y como soy, con arrugas, canas y piel flácida? ¿Cómo, si a veces pareciera que ello no depende de mi voluntad, sino de alguna tara transmitida de generación en generación? Quisiera publicar aquel video publicitario donde me veo recontra arrugada y hacerlo sin vergüenza. ¡Pero no puedo! Quisiera seguir el ejemplo de muchas mujeres berracas y hermosas -en un sentido completo- que luchan en contra de lo establecido y que han difundido fotos en primer plano de sus canas, bendiciéndolas y asumiéndolas como parte de su nueva etapa de vida. Quisiera sentirme bella, tal y como soy, sin atarme a ningún canon de belleza. Quisiera. Ya vendrá el segundo paso, ya vendrá…"

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Envejeciendo parte 1: El testimonio de Eliana

 

“Ayer la Ministra de Salud anunció que las personas de 60 años en adelante, si ya tenían cinco meses de haber recibido la segunda dosis de la vacuna contra el COVID, podían acudir a ponerse la dosis de refuerzo. Contenta con esa noticia, yo, que ya tengo 62 años, fui hoy al vacunatorio. La fila estaba corta, el tiempo de espera era mínimo. Me hicieron pasar en un grupo de 10 personas, entre las que había personas de diferentes edades y niños. Una vez dentro del recinto, nos dividían, como es lo lógico. Los niños iban a una sala con sus padres, las personas adultas jóvenes a otra sala, y pues, a las personas entre 60 y 70 años nos ubicaron en otro espacio. Observé a mis compañeros de grupo. Había personas con cabello entre gris y blanco, de andar cansado, algunas con sobrepeso, otras que lucían con alguna enfermedad terminal o degenerativa. Y ahí estaba yo, preguntándome en qué momento pasó la vida, cómo había yo llegado a formar parte de ese grupo... De una en una pasaban las personas a vacunarse. Una amable señorita en una computadora preguntaba ¿Cuántos añitos tiene? con la misma ternura con que se le habla a un niño.

Las personas respondían: 61, 63, 68..., con lentitud, sacaban sus documentos, los entregaban... Con la misma lentitud, se sentaban, levantaban las mangas de su camisa y dejaban al descubierto sus brazos para recibir la vacuna. Luego, se ponían de pie con cierta dificultad y abandonaban a paso lento el lugar... Algunas se apoyaban en un bastón o en el brazo de algún acompañante para caminar.

Ese es mi grupo etario. Ese es el sector al que pertenezco. No dejo de sorprenderme.

Pensé entonces en mis compañeras de escuela, en mis compañeras de colegio. Casi todas son abuelas; muchas de ellas tienen “malestares propios de la edad”, condiciones como colesterol alto, sobrepeso, hipotiroidismo, problemas con la presión arterial, el corazón... Algunas se han ido de este mundo, otras han perdido a sus parejas...

La vida pasa irremediablemente, se nos va lentamente de las manos sin que apenas nos demos cuenta.

Hoy estoy más clara que nunca que camino contra el tiempo, tratando de hacer las cosas que me hacen feliz y que me corresponden. Aun me siento fuerte, vigorosa, creativa y debo aprovecharlo porque el tiempo no se detiene. Asimilarlo no es fácil, pero es real.

Me siento agradecida con la vida por todos los regalos que me ha dado: mi esposo, mis hijos, mis amigas y colegas, personas con las que siempre olvido el paso del tiempo pero a través de las cuales he aprendido lecciones profundas.”