viernes, 14 de agosto de 2015

Cotopaxi (o de cómo interpretar a Marianita de Jesús)


Y bueno, por fin después de varios meses de reactivación el Cotopaxi expulsó sus primeras cenizas. No fue directamente una explosión llena de fuegos pirotécnicos, como las del volcán de la Isla Isabela o las que de vez en cuanto nos ofrece el Tungurahua. Fue discreto, en la madrugada, así nadie se enteró. Ni  los del Instituto Geofísico (1), que con tanto aparato que les donaron se demoraron lo que el ciudadano común antes de oficializar lo evidente.

Medio Quito amaneció cubierto de cenizas. Desde la venta del aula en la que estaba dando clases pudimos vislumbrar la columna de cenizas de la explosión de las 10:50. Recién se comidieron en emitir un informe oficial. Parece que hay que esperar que nos asfixiemos con la ceniza en las oficines del Instituto Geofísico en  o que nos lluevan los piedrazos, para admitir que “algo está sucediendo” (valga la analogía con el momento político)... Luego esto pasa por varios filtros y el comunicado oficial aterrizó con noticias bastante “suaves”. Parafraseando al Presi, lo de hoy sería según el IG-EPN -y  mil disculpas Taita Cotopaxi- nada más que una “erupción blanda”.



Díganle eso sin embargo a los andinistas que estaban trepando a la cumbre cuando hubo la avalancha de piedras que desmoronó parte de uno de los flancos de la montaña. ¡Menos mal que ellos estaban del otro lado! Me pregunto qué hubiera pasado si estas personas hubieran muerto en la madrugada: ¿les hubieran tachado de “ cadáveres blandos”? (sin sarcasmos incluídos).

Díganle eso a los pobladores de las localidades cercanas, Machachi, Tambillo, Amaguaña… cuyo ganado ya no va a poder pastar porque la hierba está bajo la ceniza: ¿cómo van a hacer para que las vacas “entren en razón” y pasten como que nada?

Creo que estamos frente a una combinación de dos males terribles que envenenan a nuestro país: uno, el manejo político de las situaciones, que nunca pone el bien común por encima de intereses individuales y otro, el pensamiento mágico del pueblo  ecuatoriano que siempre piensa que “nada va pasar”.

El primero es un mal que, aparentemente, no podemos controlar. Digo aparentemente, porque uno puede elegir a quién hacerle caso y a quién no. No desconfío del gobierno, pero me parece medio absurdo que frente a la reactivación que se ha dado estos últimos meses hayan permitido que el parque esté abierto y que los andinistas sigan trepando los flancos como si nada. Hace poco en un diario se publicó una hermosa foto del cráter tomada por un andinista con una laguna en la mitad, formada por el deshielo causado por el aumento de la temperatura interna del volcán (http://www.cotopaxinoticias.com/seccion.aspx?sid=30&nid=20643). Poco faltó para que autoricen baños termales en la nueva laguna. Mientras tanto, el IG-EPN  ha minimizado lo que pasaba diciendo que la actividad era “baja”: deja mucho que pensar.

He seguido de cerca la actividad del volcán por varias razones. Una: me fascinan las montañas y el Cotopaxi es un volcán hermoso desde todo punto de vista (lo he observado durante mi infancia directamente desde la ventana de mi cuarto). La segunda, porque mi padre es geólogo. Y no uno como cualquiera, sino un enamorado de la tierra, que ha sabido inculcarme el amor a las piedras, a los cortes geológicos de las laderas, a la geografía en general. Mi padre es además un científico acérrimo que gracias a su formación impecable siempre nos ha explicado exactamente lo que puede suceder con los fenómenos naturales. Explicar no quiere decir predecir: simplemente nos ha hablado de probabilidades y esperado que los fenómenos sucedan. Cuando la tierra tembló en el año 1985, yo sabía perfectamente dónde estaban los lugares seguros para resguardarme en la casa y, cuando el megatemblor pasó, mi padre nos explicó con mucha calma que habrían varias réplicas y que no valía la pena ir a dormir en el parque como el resto del vecindario, porque más fácil nos mataría el resfrío que la réplica.

Este padre, frente a la reactivación del Cotopaxi nos dijo -y lo he venido repitiendo a quién me daba oídos- que “de este año no pasaba la erupción” . Y este mismo padre me acaba de decir que el vulcanólogo griego Theofilos Toulkeridis tiene razón: lo que se viene es peor… A buen entendedor…

El segundo mal del que adolece el pueblo ecuatoriano es una especie de inconsciencia que le lleva a pensar que “nada va a pasar”. Quizá es un rezago del pensamiento  mágico de las culturas primitivas o algo de pura pereza mental; el caso es que en varios temas el ecuatoriano común prefiere pensar que “nada va a pasar” PESE a que los datos científicos avalan lo contrario. Recuerdo la época de Lucio cuando se rompió el ducto de petróleo y se contaminaron las lagunas de Papallacta (http://www.eluniverso.com/2004/03/08/0001/12/36B70D1EB02D48B58BEB52C8B0608A47.html ) , lugar que abastece del 50% de agua a la ciudad de Quito. Informes técnicos decían que el agua estaba contaminada, pero el ministro de Energía y Minas de la época, Carlos Arboleda,  salió en la tele recogiendo agua de una de las lagunas en un vasito y tomándosela en directo (http://www.eluniverso.com/2004/09/07/0001/9/6D81B12DC5E34E81B09F34089A7BA2BB.html) . Eso bastó para que todos  en la ciudad capital se sintieran aliviados  y consumieran el agua. Tantos años de ciencia, de estudios, de reactivos y de análisis para que al ecuatoriano le importara más el testimonio de una persona inconsciente que ojalá no haya bebido nada ese día.

Misma política que con el volcán: Nada va a pasar.

Súmenle a eso el “saber popular”. La famosa predicción de Santa Marianita de Jesús a quien además de su vocación teológica se le añade la de sismóloga y a ratos  -como ahora- vulcanóloga. Según lo-que-dicen-que-ella-dijo, Quito no se hundiría por los terremotos (o los volcanes en la adaptación actual) sino por lo malos gobiernos…  Aparentemente, la versión que más se acerca a la verdad es la que dice que cedió su vida por los terremotos de ESA época y que su sacrificio coincidió con el cese de los movimientos cuando ella murió.  En pocas: nada de sismología futurista ni –peor- de vulcanología predictiva.  Cero puntos a la predicción…. 100 puntos a la ciencia.

Desde que se reactivó el Cotopaxi he torturado a la gente que me es cercana y que podría ser afectada por la erupción para que se informe si vive en zona de riesgo, que tome precauciones, que sepa a dónde evacuar.  Creo que nadie me tomó muy en serio. Incluso algunos debieron pensar que tenía un rasgo vulcanoparanóico

Hoy, solo para poner un ejemplo, ante la evidencia empírica lo que recibí como respuestas fueron: “no es para tanto”, “nada va a pasar” “solo Dios sabe”. Hasta hoy que ya vimos que ESTÁ PASANDO la gente decía: “sólo fue algo de ceniza”

Tal vez, tomado en cuenta todo lo  que está pasando, lo que quiso decir la Santa fue que nos hundiríamos por un mal gobierno y un buen terremoto (o contextualizando): un paro nacional sumado a  una erupción con movimientos vulcano-tectónicos. Dicho de manera más científica. Solo digo.

Santa o no santa, en todo caso, si yo fuera el Cotopaxi me enojaría de tanta indiferencia ante mi pasado vulcanológico y les mandaría a todos… a enlodarse con un buen lahar.

A meditar…


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(1) Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional de Quito (IG-EPN) 

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