Mi
amiga María José tiene una inteligencia fuera de serie ; es ese tipo de
mujer que, independientemente del tema del que se hable, desde el big bang
hasta de telas, con cualquier tipo de interlocutor, llámese científico de alto
vuelo o niño de 5 años, siempre puede entablar una conversación y siempre es
interesante. Es tan inteligente que si la dejaran frente a la televisión viendo
un programa en un idioma que no habla, estoy segura que en una hora sacaría
patrones lingüísticos y de contexto y estaría en capacidad de hacer un resumen
adecuado de la trama de lo visto.
El
reverso de la medalla es que, en temas de pareja, es una auténtica autista
relacional.
Se
enamora como una tonta de los peores ejemplares, y siempre acaba llamándome
para contarme una historia peor que la otra. Hasta ahora ha tenido de todo
aquello con lo que ninguna mujer se quisiera topar. Tuvo un admirador que
resultó estar casado pero de ese « detalle » sólo se enteró cuando la
esposa fue a hacerle un escándalo a la oficina. Estuvo con otro que, después de vivir
a costa de su intelecto y conseguir un mejor estatus social, se largó a vivir a la playa con una fotógrafa argentina
que conoció en un teatro, clamando que era un espíritu libre y ella le cortaba
las alas. El siguiente idilio que tuvo la mantuvo en la nube rosada durante
unos meses, y mientras no involucró sexo en la relación todo iba bien porque
resultó que el hombre era gay. En fin, ya se imaginan.
Cada
vez que sale de una de estas historias fallidas, me llama desesperada para el
consabido café entre chicas, en el cual siempre termina el relato preguntándome : ¿Por qué ? Ahí
solemos en general masacrar entre galletas y sarcasmos al ejemplar de turno, y
concluir que los hombres buenos son una especie en vías de extinción.
Sé
desde sus estatus de facebook que estuvo algunos meses con un chico y que
acaban de romper. A las frases románticas y las canciones de amor, le ha
sucedido un silencio “estatutario” que no es muy normal, por eso cuando me
llama para el café presiento que esta historia va a ser diferente de algún
modo. Pero no estoy preparada para el calibre de lo que me va a contar.
Todo
comenzó maravillosamente. El hombre trabajaba con ella desde hace algunos años,
pero en un departamento diferente; tenían proyectos en común, lo que hacía que
se frecuenten a menudo. El era muy atento, y así como conmigo, ella le contaba
sus desaventuras amorosas (en una versión resumida, claro está). Lo consideraba
su amigo. Desde su última ruptura, él se acercó más y más y por último le
declaró su amor, que según él estaba presente desde que la conoció; le dijo
cosas maravillosas, le describió un futuro a largo plazo con ella… poco faltó
para que le baje la luna. Ella siempre lo había visto como un amigo, pero
decidió darle un chance, y se enamoró. Los primeros meses fueron espectaculares.
Ella era su “reina” su “princesa” su “amor eterno”, la llenaba de flores, de
palabras bonitas, de mensajes repletos de emoticones con corazones de todos los
colores. Se fueron de viaje, recorrieron lugares maravillosos, se compraron
regalos, se tomaron tantas fotos que podrían haber llenado varios álbumes sin
problema. Todo iba bien, según ella, hasta que llegó el momento de entregar el
proyecto. Mucho estrés, mucho cansancio… él empezó a alejarse; a enojarse por
pequeñas cosas; a rebuscar su facebook; a reclamarle sus relaciones anteriores,
de las cuales conocía hasta el mínimo detalle porque ella misma se lo había
facilitado en la época en que solo eran amigos; desaparecieron los “te amo”,
los “hermosa”; comenzó a llamarla por su nombre de pila. Nada grave en sí,
según ella. Las personas con las que conversó le dijeron que era inseguro, que
la amaba demasiado…
Nada como las otras cosas, más esporádicas, las que no contó
a nadie hasta este momento, mucho más duras. Como la vez que, cuando ella le
dijo que tal vez deberían estar un
poco más de tiempo juntos, él le sacó en cara que su trabajo era muy
importante, mucho más que el de ella, y que ella podía delegar tal vez sus
tareas a alguien pero él no. O la otra vez en la que, en una salida del
trabajo, ella se tomó dos copas y él la llamó “borracha”. O cuando le pidió que
se quede a dormir una noche y él le dijo que no le gustaba quedarse porque
dormía mal con ella en la cama.
O
finalmente, esa vez en la que, haciendo el amor, le mordió el labio hasta
sacarle sangre para que “no hiciera tanto ruido”. Riéndose de su labio hinchado le dijo que para que se sintiera mejor solo tendía que ponerse un vestido y unos zapatos de tacón; luego, él se vistió para salir a farrear por
el cumpleaños de su mejor amiga y no lo volvió a ver.
María
José para el relato y me mira, y veo en sus ojos algo nuevo, que no solo está
en su mirada sino en todo su cuerpo. Presiento que no me va a contar más y creo
que no necesito saber más detalles. Lo importante no está en el relato. Esta vez no me pregunta ¿por qué?, no
nos vamos a reír del individuo, ni a pelarlo a punta de sarcasmos. Ni siquiera
comeremos las galletas… Solo tomo su mano a través de la mesa y en el apretón
que nos damos tratamos de ahogar esos momentos que ha vivido.
Ay
mujer, pienso ¿a dónde diablos se te va la inteligencia cuando dejas que estas
cosas pasen? Pareciera que el amor te interrumpe las sinapsis neuronales a tal
punto que no logras interpretar lo que está sucediendo a cabalidad. Y ahora, ¿cómo
estás? ¿Qué es lo que sientes?
Como si
hubiera escuchado mi pensamiento, María José suspira y con mucha mucha frialdad
me dice: “Me tomó mucho tiempo poder hablar de esto, le estuve dando vueltas en mi cabeza y preguntándome ¿Por qué? yo sola. Lloré a mares, me bebí todo el vino de mi cava. Pero entendí que todo es un aprendizaje y decidí que no volvería a derramar ni una sola lágrima más por esta historia, ¿sabes por qué? Por que esta vez aprendí lo que es la humillación”. Se pasa la
servilleta por los labios y con la inteligencia de nuevo al mando de la situación, como si esta conversación nunca hubiera existido, me pregunta: “Y tú, cómo estás? ¿Vas a lo del Papa?”

