Laura no sabe jugar.
Sobre todo, en lo que respecta a las relaciones de pareja. Nunca
ha sabido hacerlo, nunca supo, y se salió del juego lo más pronto que pudo,
como a los 19 años, ligándose por casi dos décadas con el mismo hombre. A Laura
le hubiera venido bien vivir a inicios del siglo XX, cuando la esperanza de
vida bordeaba los 40 años nada más. Hubiera cumplido con el mandato de “hasta
que la muerte los separe” y no hubiera tenido que volver a jugar nunca más en
estos juegos relacionales para los cuales nació completamente discapacitada.
No hay que malentender la situación. Laura no es fea ni
boba ni mala persona. Por el contrario, sus amigas no paran de decirle lo “guapa, inteligente y
buena” que es, y que “algún rato va a llegar un hombre a su altura”. Para Laura
esto no tiene mucho sentido. Desde que se divorció, lo único que ha llegado a
su vida son hombres narcisistas, que la quieren como un trofeo a su lado, o los
que tienen miedo al compromiso y que huyen cuando se dan cuenta que Laura no
quiere jugar con ellos. Por lo menos ya no pasa lo que le pasaba antes, cuando
era adolescente y lo único que atrajo fueron muchos malos ratos, algunos hasta pésimos, de esos
que en este tiempo hubieran sido denunciados en redes y hubieran recibido el apoyo
de las SororasVioletas.
Laura no quiere jugar desde hace rato en esas arenas; si han
seguido su historia, saben que recién después de tres años se ha lanzado de
nuevo al juego relacional. Solo para darse cuenta de que las cosas se han
complicado aún más. Ahora que tiene 48 años y ha salido con algunas personas
cercanas a su edad, se da cuenta de lo difícil que resulta por varias razones.
La primera, porque hay menos hombres disponibles y los que están, no lo están
del todo. Quieren entablar relaciones, pero vienen ensañados contra las mujeres por sus historias relacionales, y convencidos
que la solución es mantener la relación lo más superficial posible. Están dispuestos a seducir evocando escenarios futuros románticos, en los cuales exhiben
el compromiso como un anzuelo para que la presa se enganche: prometen futuras salidas,
intercambios de libros, salidas a la quinta familiar, cenas en restaurantes de
lujo, paseos en el parque, conciertos, teatros… Todo lo que les permita tener
acceso a esa persona, no para un revuelque puntual (bueno fuera), sino para un
plan más permanente para ellos, pero tremendamente frustrante para ellas: para cuando tengan tiempo una vez que se les termine lo verdaderamente importante en su vida, el gimnasio, los amigos, las reuniones, las salidas, en fin. Ya me
entienden.
El contexto no ayuda. Ahora todo se ha complicado aún más, porque las personas quieren mantener sus opciones abiertas. Estar con un pie adentro y otro afuera, por si acaso. Mantenerse siempre en el umbral de la relación. Tener un lazo que se pueda desanudar en cualquier momento, porque afuera pululan las opciones. No son opciones tan reales, son esas mujeres que ellos desean a través de los vídeos de Instagram que siguen, o del porno que ven, u otras con las que chatean a través de las app, mujeres de cuerpos perfectos, jóvenes, vitales y abstractas, a las que ven a través de una pantalla. Todas esas mujeres están en vitrina para ellos, por lo que conformarse con una real se vuelve tedioso, poco importa si es bonita, inteligente y buena. Ya nadie quiere esforzarse, nadie quiere cerrar sus cuentas de Tinder permanentemente, incluso si está “saliendo con alguien”, porque nadie sabe lo que dura nada, entonces es mejor suspender solo un ratito por si acaso, no vale perder los contactos de todas las mujeres con las que se chateó alguna vez.
Laura sabe cómo se le llama a esto. Ahora chatear con muchas
personas en plan de coqueteo, así no se concrete nada, es “tener ganado”. Al
ganado no se le puede descuidar, hay que darle de comer de vez en cuando, y sobre
todo no se lo puede perder por un plan “fijo”, porque ya nadie anda en plan
fijo y te puedes quedar sin ganado.
Ella mismo se ha sentido como ganado en este tiempo. Sabe que
las personas con las que ha interactuado no la han buscado para conocerla en realidad.
Siente que todos están en este juego relacional para mostrarse, para ser
conocidos, no para conocer. No están solo en vitrina en las redes, sino en el
mundo real. Están y no están. Toman café con ella, pero miran y hablan de otras
mujeres, a veces hasta le muestran videos de las mujeres que consideran bonitas.
Como diciendo “no te lo creas”, dejan el mensaje de “me gustas, pero
no es para tanto, hay otras que deseo también/ más”. Chatean y luego ghostean;
se ponen intensos, pero luego se muestran indisponibles. Muestran a ratos
sentimientos, pero luego los ocultan detrás del sarcasmo o la broma, de tal
manera que Laura, confundida, no entiende el mensaje.
Laura en este tiempo se ha dado cuenta que no solo no sabe
jugar, sino que nunca le ha gustado el juego, ni con las reglas anteriores, peor
con estas. Ella siempre pensó en lo
sencillo que sería si todas las personas fueran más sinceras en sus
intenciones, más abiertas en sus deseos y aspiraciones relacionales, y más
respetuosas de los sentimientos de los demás. Ahora eso también tiene un nombre;
lo llaman “responsabilidad afectiva”. Lo leyó en un meme el otro día: es el
equivalente de ser un ser humano decente. Ella solo ha querido eso siempre: ser
decente en las relaciones y que lo sean con ella. Ahora, cuando piensa en todo
esto, le parece que también por eso debió de haber nacido en otra época o en
otra piel, ya no sabe muy bien. Lo que sí sabe, es que ya no es solo que no
sabe jugar, es que ya no quiere intentar jugar.
No more games for Laura.
Se baja de este tablero, frustrada. Y cuando lo hace, se da cuenta que no está sola. Otras personas también se han bajado por los mismos motivos aparentemente. Se acerca a ellos. Alguien le extiende una mano: es un hombre todo serio, pero sus ojos brillan con picardía. Laura toma su mano, y decide caminar un poco con él por ahí. Una nunca sabe.