martes, 27 de enero de 2015

Nadie quiere ser Mafalda (o Por qué los hombres las prefieren Barbies)


Este certamen del Miss Universo es ciertamente una apología a los valores que atormentan a la sociedad actual. Es que para juzgar del éxito de alguien, a la sociedad no le importa que seas inteligente, ni  que tengas valores, ni que tu alma "reverbere de luz" . Hay dos maneras cómo se mide el éxito en la sociedad actual, cada una asociada a su género: posesión y belleza.

En el sexo masculino, el éxito viene asociado a la posesión: tener un buen trabajo, tener un auto de marca, tener un departamento/casa en un buen barrio, tener dinero para mantener a tu familia,  pagarte los mejores trajes, viajes y restaurantes, tener status… Luego, el concepto se amplía al poseer personas: tener una empresa con x número de empleados, tener una novia (o dos o más), una esposa, tener hijos… A mayor posesión, mejor percibido por la sociedad. Hombre de una cierta edad que no TENGA estas cosas, no es nadie. ¿Ejemplos de hombres exitosos?  Se me ocurre ahora que George Clooney y su nueva adquisición – perdón – esposa, encaja perfectamente en el perfil.

En el sexo femenino… el éxito se mide en belleza. ¿Y qué es ser bella en nuestra sociedad? Ser bella es ser JOVEN y GUAPA (según el canon Barbie: cuerpo perfecto, delgada, sonrisa Colgate, cabello sin frizz ni canas ni nada que lo haga lucir “fuera de lugar”, piel lisa, abdomen plano, senos rebosantes). Un canon de belleza que las mujeres nos pasamos tratando de llenar durante toda la vida, para algunas privilegiadas alcanzable durante la juventud, para la mayoría sólo un estereotipo con el que nos compararemos todos los días de nuestras vidas…Que levante la mano la mujer que no ha PENSADO por lo menos en la cirugía: el lifting, las pompis, levantarse los senos-estilo-etiopianos-que-nos-dejó-la lactancia, quitarse las manchas en la piel, engrosar los labios finos, diseñarse la sonrisa perfecta...


Pero si eres hombre y tienes plata y a eso le añades una Barbie a tu lado…te ganarás la admiración de los de tu género para siempre (piensen en Brad Pitt, sus seis hijos, no sé cuantas mansiones e islas, y por supuesto… Angelina Jolie). Además, mientras más joven y bonita sea la Barbie, mejor. No se cuestiona la diferencia de edad a menos que esta sea espantosamente grande, como Hugh Hefner, el magnate de playboy con sus conejas. Todo lo que no sea tan notorio será siempre percibido como éxito.

Por lo contrario, mujeres exitosas según los mismos parámetros (independencia financiera, solvencia social) que salen con hombres más jóvenes serán juzgadas de diferente manera,  como haciendo algo feo, contra-natura: ese hombre que anda con ella deben ser un “gígolo” que se aprovecha de esa vieja “patética”, “mírala cómo se va a enamorar de ese jovencito que solo se gasta su plata”, “no creerá genuinamente que se enamoró de ella, si a mí ya me daría hasta asco besarla, ha de oler a vieja”; en el mejor de los casos, se han inventado una palabra (cougar), que pretende mejorar esta percepción pero que sigue dejando en la duda de que si es “mismo-mismo” algo halagador o un insulto más. Es que ningún hombre va a estar con una mujer mayor porque la ama. Porque las mujeres mayores son feas físicamente: acumulan grasa, se les cuelgan las carnes, tienen arrugas, la piel se les mancha… Y eso que les obvio los detalles de lo que se oye decir a la gente joven sobre lo que es, no el envejecer, sino simplemente el entrar a la madurez.

¿Inventario de todo esto? A veces parece mejor haber nacido hombre que mujer. Es que esos cánones sociales masculinos (dinero-posesión) pueden ser alcanzados más fácilmente que los físicos… Porque el reverso de la medalla para mi género es:  suicidio (las más altas tasas están en chicas de 15 a 19 años en nuestro país), problemas alimenticios, jóvenes reinas de belleza sometiéndose a micro-lipo-succiones (WTF es una MICRO-LIPO-SUCCIÓN?), mujeres que se inyectan tanto botox que ya no parecen seres humanos sino aliens de un planeta medio felino, depresión, baja autoestima….

¿Por qué Mafalda no puede ser una buena figura de identificación? A mí me cae requete bién… pero claro, hay que verla: tiene kilos demás, frizz en los churos negros y encima ¡piensa! ¡Tenaz! Y eso que es niña… imagínense si creciera… ¿qué hombre regresaría a ver en la calle a una mujer así, que encima de eso, le cuestiona? De golpe, ninguna quiere crecer y ser como ella…

Y uno tiene que leer noticias como que el presidente de Venezuela se enoja con la Miss Venezolana porque ha ganado kilos desde el inicio del evento… (Yahoo News dice : "no solo ha sido criticada por el propio presidente de Miss Venezuela, Osmel Sousa, quien estaba molesto porque la reina subió mucho de peso" en https://es-us.celebridades.yahoo.com/blogs/lo-que-te-perdiste/critican-look-corriente-de-miss-venezuela-en-miss-universo-151025863.html ) Enojado porque Barbie decidió dejar de matarse de hambre  un rato ahora que por fin puede portarse como un ser humano con necesidades básicas como....¡comer!


¿Ustedes preguntarán: ¿a quién puede importarle la opinión de un gobernante machista o de los miles de periodistas faranduleros? 

Todos dirán que a nadie…


Y sin embargo… las mujeres normales miramos la noticia y nos comparamos con las dos versiones (antes y después) de la Miss y nos decimos que seguimos pareciendo ballenas al lado de la versión “gorda” que están criticando, y nos torturamos pensando que si con la-última-dieta-que-me-contaron me veré así algún día.

Y los hombres permanecen pegados a la pantalla deseando que su novia/amante/ esposa (la real o la que vendrá), tenga el cuerpo de esa Barbie. 

Consuélense chicos… solo tienen que ganar un montón de dinero para comprarse una de esas Barbies vivientes ... No se enojen pensando que exagero... ¿No tiene una colección de ellas el exitoso Donald Trump con su concurso de Miss Universo cada año?


miércoles, 21 de enero de 2015

Unbroken


No quiero deprimirle más a Carlita hoy que salimos a tomar por fin ese café que nos prometemos cada vez que el azar nos junta en un lugar público y atestado de gente. Esta tarde que logramos darnos el tiempo de frenar la vorágine de la vida adulta sabemos que no vale la pena gastar el tiempo  en banalidades, por eso ella me habla, de golpe y sopetón, de su vida sentimental. Carlita sabe que me divorcié hace unos años y apela a “mi experiencia” para entender lo que le pasa a ella, que lleva “solo un año” viviendo sola e intentando rehacer su vida después de una relación que, si se suma todo con todo, duró casi 20 años: desde que se conocieron al inicio de la U, hasta hace poco cuando se enteró que su esposo, padre de los tres hijos adolescentes que tienen juntos, tiene una nueva relación que, obviamente, él negó.

Sueños destrozados, ilusiones rotas, desconfianza… En fin, nada que no sea lo normal en muchas rupturas. Carlita recibió el 100% de apoyo en su separación. Finalmente, el que tenía la culpa era el otro, así que la familia tuvo un “chivo expiatorio” a quién culpar claramente y sin sospechas y todo se acabó manteniendo intacta la moral de Carlita. Paz para ella. Socialmente hablando, por que en lo personal….

Pasado el caos del divorcio, Carlita perdió unas 20 libras, yo creo que a punta de llorar y llorar, por pura deshidratación vía lágrimas,  aunque amigas en común dicen que ella pensaba que su marido la traicionó por estar pasada de kilos y se mató de hambre para que regresara. Los hijos, adolescentes,  chicos sensatos y bien educados,  nunca reclamaron nada, pero sí anduvieron un buen rato con mirada de “ciervo herido”, mirada que fue inmediatamente reemplazada por la de “rayo láser” cuando se enteraron que Carlita comenzó a salir con otros hombres. Como que en el divorcio ella  hubiera tenido la obligación moral de abandonarlo todo, inclusive la posibilidad de relacionarse.

Carlita me cuenta que no quería salir con nadie, pero que la Rosy prácticamente le obligó a socializar de nuevo y que sin querer se encontró metida de cabeza en una relación, muy rara la verdad y hasta le da vergüenza hablar de ello, una relación en la que, en resumidas cuentas, se sintió utilizada, casi como una “muñeca inflable” para usar sus términos. Como somos mujeres de otras épocas, no ahondo mucho en lo que pasó, pero sí noto en su mirar que algo muy malo sucedió en ese plano, algo que la ha dejado desconfiada, arisca, como esos cachorros que muestran los dientes aunque saben que no sirve de nada porque el depredador, de todas formas, tiene las de ganar.

Carlita se abre conmigo hoy y me cuenta su historia, dolida  e ilusionada a la vez, esperando que le cuente otra versión, la versión de “no te preocupes, todo va a salir bien”.

Y estoy ahí, frente a ella, en la encrucijada… Tenemos sólo el espacio de un café, casi nunca logramos vernos. En poco ella volverá a su realidad, a sus tres hijos adolescentes, a su divorcio en plena digestión…..

¿Debo decirle la verdad?

¿Debo decirle que en realidad no hay nada que esperar, que a su edad (nuestra edad) no debe proyectarse a  nada bueno, porque estamos en la peor franja para las relaciones de pareja? ¿Decirle que si escoge a parejas más jóvenes o sin hijos estas saldrán huyendo apenas sepan que tiene tres porque una mujer-con-guaguas es considerada por ellos como “mercancía abollada”? ¿Qué nunca les mencionarán y ni siquiera se aprenderán sus nombres, que a duras penas le preguntarán por “los enanos” y eso como que le hicieran un favor? ¿Decirle que los hombres  machistas van a pensar que está buscando quién las mantenga a ella y a los chicos y que la sospecharán siempre de “querer chantarles otro niño”? ¿Qué los que ya se divorciaron solo andan en busca de recuperar el tiempo perdido? ¿Qué los divorciados que tienen hijos ni siquiera le preguntarán por los de ella y sólo querrán verla en los horarios en que esté  “libre”, porque consideran que con los de ellos ya tienen suficiente? ¿Qué, por si todo lo demás fuera poco,  los hombres casados verán en ella la "divorciada-desesperada-que-necesita-satisfacción” y se acercarán como buitres frente a la carne?

¿Que, hoy por hoy, ninguno se va a molestar en conocerla, a ella, Carlita, en su individualidad?

¿Cómo le digo eso? ¿Cómo rompo su esperanza? !Pero tampoco quiero mentir! Y no quiero deprimirle más a Carlita...

Entonces tomo su mano a través de la mesa y le cuento una historia, la de mi sobrina Isabela, cuyo corazón estaba tan dolido como el de ella y el mío hace pocos meses, y le relato cómo pasó de tener en su estatus de Whatsapp “Si vas en serio, dímelo para no fallarte; si es un juego, dímelo para divertirme” a “there is this boy and he kinda have my heart , para finalmente poner “Apareció y se detuvo el tiempo” …

Carlita forma parte de una especie en vía de extinción, de esa que no cree en las redes sociales, peor lee los blogs y en su whatsapp dice siempre algo así como “Hi there.! I am using whatsapp” . Ni siquiera estoy segura de que sabe qué es el estatus y de lo que implica el cambiarlo, o dejarlo estático... Pero dentro de todo, Carlita capta lo que le quiero decir  con toda  mi historia,  me sonríe y me dice: “En serio?¿Lo logró?” Y yo de sonreírle en respuesta y solo asentir. Y contarle que este chico que con el que sale mi sobrina  la llevó a cenar en la noche de luna llena al restaurante, que le contrató fuegos artificiales en el parque, que ví brillar estrellas en los ojos de él cuando la miraba el otro día, en la fiesta de cumpleaños de mi cuñado…

Hinchada las velas del corazón al relatar este amor juvenil, hasta me animo a decirle que aunque no me ha sucedido aún, tengo la esperanza yo también de que hay alguien así en este mundo para mí, un hombre dulce, sensible, inteligente y divertido que se enamorará tanto de mí que lo único que le importará es estar conmigo por encima de cualquier coyuntura.

Carlita sonríe y en este momento me doy cuenta que, haya pasado lo que sea que haya pasado en su vida este año, le he devuelto la ilusión… Nos despedimos con un abrazo de esos que estrujan el cuerpo y calientan el alma  y ella regresa a su cotidianidad con la esperanza renovada, mientras yo permanezco con una sensación agridulce de toda esta conversación: no le mentí a Carlita, pero hay muchas cosas que no le dije...

No le dije que, con la misma Isabela, llegamos a la conclusión de que su novio es así porque es un  “UNBROKEN”: nadie ha roto sus ilusiones, nadie lo ha engañado, nadie le ha abollado tanto como para detener su evolución sentimental.

No le dije que  creo que cada mujer se reconstruye en las rupturas y emerge mejor y que por el contrario creo que los hombres se estancan en alguna mala experiencia y hacen que las otras mujeres “paguen” por su mala vivencia.

No le dije que  debe acostumbrarse a que cada día se va a despertar sola y se preguntará  ¿Qué hice mal?” y “¿Cómo así el idiota de mi marido que me juró amor por siempre frente a DIOS hoy anda revolcándose con una chica 20 años más joven sin que nadie diga nada?”.

No le dije que abandone ya las citas arregladas y que haga como yo, que mejor se compre “Elsa y Fred” y mire la película un sábado tarde, para que vaya proyectando descubrir al amor de su vida en treinta años más, cuando esté al borde de la muerte, que ahí es en dónde hay más chances de encontrar un hombre que se conectará por fin en su misma sintonía, sintiéndo la libertad de amar sin prejucios, ni post-juicios, ni planes que interfieran, ni antecedentes que pesen…

No le dije que si espera encontrar ese tipo de amor que se da incondicionalmente,  sin que la razón se interponga, antes de los setenta… deberá esperar la próxima vida, ya que aún no han inventado  la máquina del tiempo para regresar a los quince,  porque si hay otra especie en vía de extinción son los adultos que no están definitivamente “broken” sino “just bendt” (como diría Pink).

martes, 13 de enero de 2015

Simplemente: " NO"


El otro día en el almuerzo hablábamos con unos colegas sobre lo que puede, en una relación hombre-mujer, ser considerado acoso.

Decía uno de ellos, hombre de mucha experiencia y respetable como pocos, que a veces lo que define si un hombre está pasando la tenue frontera del galanteo (a nivel verbal), es la intención que hay detrás. Un piropo entre colegas de trabajo, con vocabulario elegante, no sería acoso, sino simplemente una manera bonita de hacerle saber a la persona que ese día está excepcionalmente bonita, o que tiene lindos ojos. Sin embargo, si la relación tiene un nivel jerárquico (jefe-subalterno), la misma conducta puede tal vez ser ya considerada acoso.

Le contrargumenté que esta intencionalidad es demasiado ambigua de evaluar y que podría haber “inocencia” en un piropo lanzado por la jefa a un subalterno, pero que al mismo tiempo, esto abriría una compuerta para malas interpretaciones, porque no necesariamente podemos saber el impacto en otra persona de algo que pudo ser simple gentileza. Por otro lado, en las relaciones más “horizontales”, estilo colega-colega, ciertas cosas que son “inocentes” pueden tornarse acosantes  sin querer. Los apodos, la manera de saludar, las bromas, comentarios sobre la vestimenta… Y como corolario le dije que de todas maneras comenzar a cruzar esas fronteras puede, en algunas ocasiones, derivar en cosas más graves.

Es que he trabajado en varios lugares y he vivido situaciones muy incómodas. Alguna vez tuve un jefe que citaba a reuniones a las chicas que trabajamos allí, pero siempre eran reuniones face-to face. En general lo hacía en horas muy tempranas o muy tardías, cuando la secretaria no estaba y cerraba la puerta en el minuto que cruzábamos el umbral de la puerta. Comenzaba la reunión hablando de cosas laborales, pero luego se desviaba  y comenzaba a lanzar en tono de broma comentarios como “que el pico sexual de la mujer está entre los 20 y 30 años y usted ahí soltera desperdiciando todo este tiempo” o “tiene usted hijos muy bonitos, ya sabe si quiere uno más”. Luego venían otras actitudes, como el pararse demasiado cerca, el abrazar para saludar de manera muy prolongada, el invitar a almuerzos fuera de la oficina. Entre nosotras no sabíamos que a las demás les pasaba lo mismo, hasta que una explotó un día porque él le había escrito un poema y había intentado darle un beso en la boca. Ahí, en confidencias de mujeres, la una contó que durante un viaje a Colombia había recibido propuestas, la otra dijo que había visto como le halaba la tira del sostén a la secretaria, otra más contó lo de los chistes obscenos. Ese día, todas estábamos bajo shock y determinadas a ir a denunciar a este perverso al departamento de Recursos Humanos.

Y sin embargo… al día siguiente una dijo que talvez nos íbamos a quedar sin trabajo, la otra no quería que se entere el marido, la tercera alegó que tal vez estábamos exagerando en la mala intención… En pocas, me quedé sola con mi enojo y mis ganas revanchistas de que lo botaran, me enojé con ellas, les taché de cobardes y renuncié al trabajo. No les juzgo, éramos talvez demasiado jóvenes todas, o nos faltaba confianza, o talvez incluso teníamos los estereotipos machistas demasiado anclados en nosotras: ¿Qué iba a pasar después? Seguro nadie nos creía, incluso pensarían que nosotros le provocamos.

Admiro mucho a las mujeres jóvenes actualmente, que vienen de cajón más valientes, como la hija de una de mis colegas que hizo que despidieran a los albañiles de una construcción porque le lanzaron piropos obscenos. O a una amiga muy querida que cuando su colega comenzó a mandarle mensajes  de esos “inocentes”, lo mandó al Cairo y no le volvió a contestar. Es que como decíamos en esa conversación en el almuerzo, nada de esto debería de estar pasando. Ni piropos “inocentes”, ni frases como “que guapa estás hoy”, ni canciones dedicadas, ni nada. En los USA, por menos que eso se ponen demandas legales, porque en el ambiente laboral no caben estas cosas.

Por otro lado, extendiendo la reflexión fuera de las puertas de las oficinas… Me pregunto seriamente qué autoriza a un hombre a: saludar a una mujer que casi ni conoce tomándola por la cintura, retardar un segundo de más el beso en la mejilla, quedar viendo los pechos en lugar de los ojos cuando se está hablando, aprovechar de una fila o del estar atorados en el bus para rozarse un poco como que nada hubiera pasado, pretender ser amigo para lanzarse voraz a la primera ocasión a un manoseo desenfrenado… Creo, y en eso el género masculino va a tener que perdonarme si suena a sesgo, que estas conductas son muchísimo más frecuentes en varones que en mujeres. Y cuando la agraviada reclama, los hombres se hacen los ofendidos o los que nada-ha -pasado, las mujeres somos las que andábamos a la búsqueda de eso al vestirnos de una manera, al aceptar una copa de vino después de una cena, al habernos quedado sin decir nada a la primera que nos tomaron la mano, “no me vengan a hacerse ahorita las curuchupas, mojigatas de mierda”.

Ningún galanteo verbal es del todo inocente. Deberían de dar clases a las mujeres para que lo entiendan y no lo acepten, de ningún modo, en las personas con las que se tiene relaciones laborales. Es un derecho fundamental el poder trabajar en un ambiente sin tensiones de este tipo.

Y de la misma manera, ningún contacto corporal no deseado debería de ser aceptado, desde el que te cojan el cabello porque “te lo arreglo ya  que estás despeinada”, pasando por el beso galante en la mano para saludar, hasta otros pedidos masculinos de los que hablaré en alguna entrada futura. No se educa suficientemente a las mujeres para poder decir no. Buscamos desde siempre la aprobación del otro porque tuvimos madres que exigieron más de nosotros que de nuestros hermanos varones o padres y que doblegaron nuestra voluntad a punta de “debes hacerlo tú porque eres mujer”. Y cuando crecemos, en las veces que nos encontramos atrapadas entre nuestro propio deseo y el del otro,  simplemente renunciamos a nuestro Yo por costumbre. 

Renunciamos a ese Yo que debería decir, en cualquier momento en que se siente incómodo, una palabra tan sencilla y tan corta como : “No”. 

Simplemente: " NO".

miércoles, 7 de enero de 2015

Honra tu palabra


El otro día escribí sobre la diferencia de escribir las cosas de puño y letra y el hacerlo a través de una máquina. Hoy quisiera reflexionar sobre la importancia de la palabra en general.


« Las palabras son aire y van al aire » según Becquer. Lo cité en otra entrada alguna vez. En estos tiempos cada vez voy sintiendo más que las personas no le dan importancia a lo que dicen, sin darse cuenta del peso que puede tener, en este caso, una idea envuelta en aire. Es que las palabras, para mí, tienen un peso.


Pasa con las promesas. Si creyera todo lo que me han prometido en los últimos 6 meses, personas con las que he interactuado de manera profunda me están “debiendo” cosas tan eclécticas como : una salida al parque, un tamal/humita, comida de todo origen, dibujarme, viajes de compras o a lugares exóticos, karaokes, cafés en mi oficina, mejoras en la eficacia del trabajo, puntualidad.... Muchas de estas cosas las proyecté en mi mente, las esperé… otras sonaron « hueco » desde un principio y me dí cuenta que nunca se concretarían. El punto no está ahí sin embargo (en si yo las deseaba o  no). El punto está en que las personas que las emitieron nunca se hicieron cargo de la promesa.


Pasa con los apodos. Como cuando uno le dice a alguien “el Peque” “Gordita” “Negra”. Mi ñaño le dice a  mi sobrinito “el Peque”, y él, desde sus dos años y medio, con una sonrisa que le arrancaría un rayo de sol al peor invierno, cuando se le pregunta quién es “el Peque”, señala al tío (qué ironía,  ¡mi ñaño sobrepasa 1.80m!). ¿Qué pasaría sin embargo con este apodo si lo mantiene a los 20, 30 años? … seguro no diría lo mismo sobre quién es él. “Gordita” sólo funciona si la persona es delgada (a ninguna mujer le gusta estar pasada de kilos), “Negra” sólo para aquella que no tiene complejos raciales… Un apodo, una simple palabra,  trae “cola”… Deberíamos escoger mejor los apodos, viendo los rasgos más bonitos de una persona, no sus defectos. Para mí, por ejemplo, mi sobrina Isabela es “la Più Bella”…

Pasa con las bromas. Como cuando mi amiga Wilma me dijo cuando era adolescente: “Parece que te peinó un gato”. Recuerdo sus palabras porque ese día entendí realmente que en general, para el mundo real,  un poco de mousse después de la ducha en el cabello no se considera un peinado. Por el tono jocoso, supe que no traía “mala intención”. Otra cosa hubiera sido si me decía sincerotamente: “Nunca te peinas”. En todo lo que uno dice hay una parte de verdad; decirlo en tono de broma nos permite solamente vehicular mensajes que no podríamos decir de otra manera.

Pasa con los insultos. Esta semana estamos viviendo procesos importantes con los “clientes” en mi trabajo. Pese a la dedicación y afán que le ponemos, el sistema se “va” (siempre me intrigó esta expresión, es como que existiera un lugar virtual: ¿a dónde va el sistema cuando se va?), no se puede dar total satisfacción, se generan impasses… Y lo que veo, en redes sociales, son insultos como “incompetentes” “ineficientes” “no saben planificar” “ineptos”… Cada una de estas pequeñas palabras, soltadas "como si nada" sin tener que dar ni siquiera la cara, son recibidas por los que trabajamos como golpes de piedra que lapidan nuestra motivación. ¿Quién les dijo a estas personas que la vida debe siempre ser perfecta y plegarse a su voluntad? El mundo no es así, sólo  es lo que es y detrás de todos los procesos hay seres humanos y máquinas que no funcionan al 100%.  Más allá de eso, creo que hay definitivamente mejores palabras para expresar la insatisfacción...


Hay palabras que son  más fáciles de escribir que de pronunciar : como el “T.Q.M.”, que verbalizado se transforma en « Te Quiero Mucho ». Ya casi nadie se atreve a decírtelo en la cara: supongo que representa demasiado compromiso mirar a los ojos a una persona y atreverse a pronunciarlo, tal vez equivale a “dar el pecho” frente a la pistola… Estoy segura que ya nunca sucederá eso en esta época.

Otras palabras, en cambio, son más difíciles de escribir que de pronunciar, porque cuando se las dice en realidad son “aire” : no queda registro alguno, nadie graba, nadie filma…. Simplemente se desvanecen y sufren la transformación que sufre todo recuerdo : según la circunstancia y la necesidad, será magnificado, minimizado, modificado, impregnado para siempre o muchas veces… olvidado.

Si viéramos a las palabras como algo tangible, talvez pensaríamos más lo que decimos : el insulto a veces duele como un golpe, la broma disfraza verdades crueles, la  promesa  es casi un contrato escrito y un apodo puede ser… una condena.

“Honra tu palabra” debería ser un mandamiento fundamental. Desde mi punto de vista, honrar la palabra abarca la brecha entre la palabra y el acto, eso que se llama « coherencia ». Así, soy incoherente si le digo a mi hija que no mienta y luego le pido que, cuando suena el teléfono «diga que no estoy ». La palabra compromete al acto, por lo menos para mí. Honrar la palabra es reflexionar antes de decir cualquier cosa. Honrar la palabra es honrarse a sí mismo, porque las palabras que decimos nos definen como personas.

Pero bueno, ser coherente también puede ser considerado por algunos como ser de otro planeta…

jueves, 1 de enero de 2015

Inventario 2014

Cuando  Facebook quiso hacer las reseña de mi año en fotos, me negué. Un resumen de la vida hecho por un algoritmo de programación… qué cosa tan árida! No sería mejor hacer un “inventario existencial” propio (http://encrucijadas-vida.blogspot.com/2014/12/inventario-existencial.html?spref=fb) aprovechando el silencio posterior a las fiestas?

2014 inició como un sueño para mí. Cruzar un océano para visitar a la persona amada, ¿qué mejor plan puede haber? A estas alturas, hace un año exactamente, estaba con maleta lista yendo a Tababela para lo que esperaba fuera una experiencia extraordinaria. Y lo fue: en esa maravillosa ciudad que es París viví momentos inolvidables. Luego fui una semana a Italia, y conocí esa Roma milenaria de la que tanto se habla, Milano bajo la lluvia y la más extraordinaria ciudad que es Florencia: me enamoré de su catedral que parece hecha de papel, de ese puente lleno de casitas de colores, de las calles bañadas de lluvia, de las 800 gradas del campanile…

Cuando regresé de Europa estaba, literalmente, flotando en una nube. Nube que se fue diluyendo en los siguientes meses, a punta de insomnios, sospechas, dudas, mentiras, en fin, esas cosas que son el reverso de la medalla de las relaciones. Me encontré con mi lado obscuro, me hice daño, me curé a retazos en terapia, deduje más que saber lo que pasaba, me negué, acepté, me engañé. Sentí cosas que ni siquiera sabía que podía sentir.

A mediados de año, ya fue evidente mi suelazo. Maltrecha, adolorida, con las ilusiones desvanecidas, puse fin a esa relación, la enterré, la borré de mi vida.  Es que de tanto fondo que toqué me dí cuenta que no podía llegar a nada que no fuera autodestruirme. El día en que tomé esa decisión sentí tanto alivio!. Y de ahí comencé a relacionarme de diferente manera, como hacen los adultos, en relaciones a las cuales se entra por entrar, sin conocer a las personas, para compartir momentos y sin comprometer sentimientos. Seguramente las personas con las que estuve eran muy valiosas, pero no me di el tiempo y a veces tampoco me dio la gana de invertir nada en ellas. Me encontré con el egoísmo, el suyo y el mío. Aprendí a ser adulta en un mundo de adultos. 

Pero me dí cuenta de que esa tampoco era la vía;  no lo hice sola, no... tengo unas amigas muy lindas que se encargaron de darme cachetada tras cachetada para hacerme reaccionar. Un día entendí que no me aconsejaban estar sola, sino que el mensaje que intentaban hacerme llegar es que necesitaba reencontrarme conmigo misma. Ahí emprendí una nueva jornada, una que debía llevarme a redescubrir mi esencia humana.

Fue como volver a aprender a caminar: un día bien, otro día en el piso, un día humana, otro día mala. Reencontrarme conmigo misma ha pasado por hablar mucho, reflexionar mucho, escribir en este blog. Por ver el aprendizaje que me dejó esta relación y las siguientes que tuve, que es el aprender a desapegarme. Por entender que solo duele la pérdida cuando se cree poseer algo, pero que no se posee a nadie en realidad, solo se comparte caminos…Por archivar definitivamente esos números del whastapp, no esperar mensajes de nadie. Por levantarme día a día y mirarme al espejo tratando de amarme más a mí que a los demás, no por egoísmo sino porque al final yo sólo soy importante para mí misma. Por sentir lo bien que hace leer a personas buenas que tienen pensamientos buenos. Por sacar de mi vida el exceso de peso, las malas vibras, compartiendo las cosas cotidianas con personas confiables, desconfiando también de aquellas que me juzgan sin ni siquiera intentar ponerse en mis zapatos.

Una vez que entendí cual es mi esencia, me la tatué en la espalda; erróneamente hay quienes creen que lo hice en la tormenta, pero en realidad lo hice cuando accedí a la calma. Son dos hermosas alas que  han estado siempre ahí : simbolizan la libertad, mi libertad de decidir lo que es bueno para mí, de decir lo que pienso así asuste y ahuyente a las personas que me consideran “abrumadora”, de pensar diferente, de escribir sobre lo que se me antoja, libertad de pedir prestados recuerdos de otros y hacerlos míos o de hablar de los propios como si fueran ajenos. Libertad de dar abrazos un día y de estar enojada otro, de rechazar propuestas, de pintarme mechas azules, de no ir a reuniones, de estar de acuerdo así sea solo conmigo. De marcharme de relaciones mediocres cuantas veces me toque. De celebrar sola el año viejo, con una buena película y una copa de champán. De cerrar círculos a mi manera, de no vivir de recuerdos y de modificar los que he dejado en las personas. De querer en secreto cosas imposibles…

Creo haber hecho bien al negarme a  ver la reseña de fotos del face ejercitando mi pleno derecho a hacer la mía aquí. No voy a vivir de recuerdos, como lo hace la mayoría de la gente, voy a vivir los momentos, buenos, malos, generosos o mezquinos. Y recordaré solo lo que quiera recordar yo, no dejaré que un programa elija por mí.

Tengo unas alas magníficas… Este año voy a volar.