martes, 28 de julio de 2015

Eternamente a dieta


Me reúno con mi amigo Jean-Paul a que me pague el café que me debe por la apuesta del otro día. Mientras yo ordeno lo-más-light-en-la-cafetería-de-la-universidad (que se nota no es administrada por un nutricionista), él se pide el mega-sánduche mixto y se lo come sin ningún reparo. Yo no puedo darme ese lujo: con preocupación trato de recordar si estoy en mi día de dieta baja en carbohidratos o en el que me toca la dieta  baja en todo incluído proteínas

¿Les he contado que odio ir al doctor? Basta que te metan una aguja en el cuerpo o te escaneen con rayos X para que encuentren algo que no funciona bien . El año pasado me hicieron unas radiografías de la columna en los exámenes ocupacionales, de las cuales nunca retiré el resultado. Este año, con los exámenes de sangre, la enfermera del Centro Médico amenazó con no volver a atenderme nunca más si no venía a recibir todo el feedback en combo. Resultado: tengo una “ligera escoliosis” para la cual no hay nada que hacer y obviamente un montón de indicadores en rojo  que demandan que cambie mi vida: que el HDL, que el LDL, que el colesterol en total, que los triglicéridos… La médica ocupacional -una chica despampanante y con los 30 apenas cumplidos- me dijo que "aunque estaba bien  de peso para mi edad (¡!!!!) debía ponerme a dieta".

(Debo confesar que en ese momento una punzada de odio-envidia atravesó mi corazón y pensé mezquinamente: “espérate diez años y ya veremos lo que te dice el médico a ti”)

Volviendo al punto, sin embargo, bastó que fuera al médico y de repente mi vida tuvo que cambiar:  alimento que llega a mis ojos se trasforma en una lista de números y de porcentajes. Medio aguacate 180 calorías, una taza de fresas 39 calorías, porcentaje de sodio en la Güitig: 35 mg/l…  Carbohidratos en la pasta: 75 por cada 100 gramos…

Se acabaron las salidas impunes al restaurante: ¡imposible calcular  cuántas calorías tiene una “corvina asada a la vasca acompañada de papas salteadas con espárragos en salsa bechamel”!. Para conocer la cifra exacta de calorías (y si sobrepasa lo permitido “para mi edad”) debería asaltar al chef en la cocina y hacerle confesar el gramaje exacto de todos los ingredientes… Imagínense la escena…

Pero la peor parte no es esa (contar las calorías puede volverse algo medio didáctico en el plano aritmético); no no no: la peor parte es  que me hayan dicho que tengo que ponerme a dieta. ¡Qué ironía! ¡Si yo vivo a dieta!

Tuve dieta a partir de los 10 años, impuesta por mi madre cuando mi hermano comenzó a llamarme “panza loca” y ella decidió que, efectivamente, estaba pasada de kilos: mientras mis hermanos comían tostadas con mantequilla, yo recibía las integrales resecas. A partir de los 12 hasta los 25, estuve en dieta autoimpuesta por una pubertad prolongada acompañada de rechazo a la comida, que se transformó con los años en hábito (pero nada más fácil que ser delgada en esas edades porque hay algo que se “come la grasa” que se llama hormona del crecimiento). A los 28 comencé a pensar en embarazarme y me puse a dieta de  todo lo nocivo: tabaco, café, alcohol… Dieta que mantuve todo el tiempo que duró el lograr embarazarme, estar embarazada y dar de lactar… Casi  4 años después , tuve que ponerme a dieta para perder los 20 kilos que engordé en el embarazo. Luego estuve a dieta de todo por una operación de la vesícula y una vez recuperada de esta,  seguí otra dieta porque en un seguimiento me diagnosticaron erróneamente hígado graso, que resultó en realidad ser colon irritable, lo que determinó, de nuevo, un cambio de dieta.

En fin… He cumplido cuarenta años y creo que me he pasado  los ¾ de mi vida haciendo dieta; créanme que lo que más lamento es no recordar los 10 primeros en los cuales comí todo lo que podía -según yo-. En realidad creo que esos diez años son sólo  una libre aspiración de una infancia sin dieta porque  estoy convencida que he olvidado lo que realmente pasó en un rechazo inconsciente al recuerdo de mi madre persiguiéndome con la cuchara para que consumiera el famoso aceite de hígado de bacalao, o toneladas de brócoli y sopas y cosas así.

Y ahora que por fin no tengo nadie que me persiga – llámese madre, adolescencia llena de estándares absurdos o juventud competitiva- ahora que por fin me sentía liberada de toda traba… llega esta médica-barbie y me “receta” ¡dieta!

Para tratar de ayudarme en este asunto  me bajé una aplicación en el celular…  Se llama “My Fitness Pal”: es un programa complejo en el que debo buscar las calorías de cada alimento, introducir las porciones, calcular los gramos de todo lo que consumo, ingresar el tiempo de ejercicio, los vasos de agua que tomo, etc. Terrible. Lo que más me impacta es el nombre… ¿Fitness Pal? En español, se traduciría algo así como “Mi Amigo para estar en forma”. ¡Esta es la peor mentira que he escuchado! : ¡él no es mi “Pal”! Si lo fuera, no me anunciaría fríamente al final del día que si sigo comiendo así bajaré sólo 100 gramos en 5 semanas L. Me diría que no lo he hecho tan mal y que lo siga intentando; me daría consejos en-tiempo-real como “ no comas” apenas me invitan el pastel del cumpleaños, y les diría a mis colegas que no es por "ningunearles" la fiesta sino porque mis triglicéridos siguen por encima de lo “normal para mi edad”; también  le diría a mi mamá que deje de cocinar tanta comida el domingo y que no se ofenda si la rechazo y le haría entender a mi hija  que si me voy a hacer bici sola no es porque soy una maldita egoísta sino porque mis arterias lo necesitan… Además, un verdadero “Pal” le  explicaría a mi jefe que es más beneficioso para mí si  salgo una hora antes para ir a los aeróbicos en lugar de quedarme atendiendo las quejas de los clientes y a la gente que me tiene en reuniones inútiles que todo el café que consumo para sobrevivir a las  discusiones abona a mi gastritis y no ayuda en nada.

No, este “Fitness Pal” con sus mensajes anti-autoestima definitivamente no es mi amigo.

Sospecho, por el contrario, que es amigo de la Doctorabarbie de Salud Ocupacional; es más: estoy segura que los dos tienen una alianza secreta en mi contra para hacer que me culpabilice desde el desayuno hasta la cena. Ya sé que parece que estoy en pleno delirio paranoico. Pero escuchen esto: el efecto maléfico de los exámenes ocupacionales no para ahí: ¿se acuerdan  que les mencioné de la escoliosis de la radiografía del año pasado? Pues durante el año que ignoraba el asunto salté, brinqué, bailé, cargué peso, hice bici, escalé… Pero bastó que la Doctorita pronunciara la palabra maldita (ella llamó a eso “diagnóstico”)  y no ha habido un solo día en que no me duela la columna; hasta sueño con sillas ergonómicas y colchones ortopédicos. De ahí a concluir lo siguiente no hay más que un paso: si me siento perfecta hasta que voy al médico y me inyecta agujas y me atraviesa con rayos X, ¿no será que durante los exámenes me ponen algo para luego poder “diagnosticarme” y recetarme una nueva vida?

En este momento  de mi reflexión, estoy segura que algún psiquiatra que me está leyendo se frota ya las manos y se dice: “dismorfismo corporal + hipocondría + personalización de la app + delirio sobre el tratamiento médico = cliente potencial”.

Entonces mejor paro de escribir y me resigno a hacer lo que siempre he hecho: seguir con la eterna dieta ;-)

martes, 21 de julio de 2015

3 x 2 en Martinis (o de como admitimos a la Maggie en el Club del Desencanto justo el día en que se me acabó la vacación)


Y así como para cerrar con broche de oro las vacaciones nos vamos de cafecito con las amigas y aunque nos hemos prometido una y mil veces que ya no vamos a hablar de hombres, al hablar de nosotras nos toca de ley « actualizarnos » en ese tema, aunque en lo particular no tenga nada que actualizar.

La que tiene que contar mucho es mi amiga Maggie, la más activa en este tema. La última vez que la vimos seguía persiguiendo su plan de “encontrar la media naranja” y tenía “activos” a dos chicos. Uno que conoció en una farra loca y que desgraciadamente era como diez años menor a ella, al que le mandó a leer su currículum antes nada, pero luego ante su sonrisa Colgate y su desenfado se dejó ganar y le aceptó –según ella- sólo un café, que no se concretó menos mal. El segundo es un ex del que estuvo perdidamente enamorada una época, pero que resultó ser de ese tipo de personas que intentan excusar su revoloteo tiñéndole de una aura de romanticismo de telenovela mexicana, a quien dejó de idealizar en el mismo momento que descubrió que era una persona egoísta que no podía amarse más que así mismo; con él ha tenido unos “remember” pero la verdad –como suele decir la Rossy-  esto es más como “sexo de mantenimiento”. Ya ni eso la atrae mucho, y sintió un gran alivio cuando se marchó la última vez en media tarde porque “no hubiera aguantado tener que prepararle la cena como antes y alimentar su ego”. Tiene unos cuantos “admiradores”. Un ex colega muy agradable pero tan viejo que seguro se muere de la emoción  si le da el sí . Literalmente. Un compañero de trabajo casado que la acosa y tuvo que borrarlo del face. El padre de familia que recoge a sus hijos en el condominio, que es muy lindo pero tan tímido que le tocaría hacerse atropellar para que el hombre se atreviera a hablarle algún día. El director del otro departamento en su trabajo que le propone de vez en cuando “tomarse un vino”, pero como la última vez eso acaba casi en violación ha decidido que mejor se compra ahora la botella y se la toma sola.

Nos acompaña María José (mi amiga de la que les conté el otro día) cuyo último novio resultó ser una persona sin alma y que la ha dejado definitivamente “curada” del amor; la Rossy que, como siempre, sin “pelos en la lengua” nos manda a todas al pan y nos dice sin tapujos que “un buen vibrador es mejor que un mal novio”. Y la Pepa, cuya vida amorosa siempre ha sido un misterio para nosotras puesto que el último novio que  le conocemos lo tuvo a los 13 años.

Hoy solo estamos las solteras en el café. Obvio, es media semana y siempre se puede mentir algo al jefe para fugarse temprano, pero a los “maridos” ya es más complicado: o tienen arranques de celos cuando la mujer no asoma, o ataques de paranoia sobre “secuestros express” (estamos en Ecuador), o mínimamente se les escapa la situación con los guaguas y llaman a medio café clamando que la mujer regrese a enderezar la situación. Con los maridos no hay paz: no se les puede apagar el celular, no se logra llegar más allá de la hora indicada. Por ende: nada de casadas hoy.

Cuando la Maggie nos anuncia que ha renunciado por fin a encontrar pareja, cambiamos inmediatamente el café por la promoción del día: 3 x 2 en Martinis. No es para brindar. Es para sellar su entrada en nuestro club. Un club en el que se entra sin mucha explicación, por hastío, después de mucho desgaste, de mucha frustración.

Y ¿ cuál es ese club? Gissela Echeverría lo llama “la generación S” (http://gisselaecheverria.com/web/la-generacion-s/) : si bien ella lo describe de manera más sistematizada (y no lo llama Club), se trata de un lugar incierto donde transitamos hombres y mujeres con un perfil muy específico a partir de una cierta edad. Una especie de limbo del desencuentro en el que, atrincherados en nuestras malas experiencias, en nuestros sesgos relacionales y en nuestras creencias sobre el otro género, nos miramos los unos a los otros con suspicacia. Presentimos malas intenciones  y trampas escondidas; vamos con los corazones encerrados en cofres bajo mil llaves o congelados por la certeza de que enamorarse es sinónimo de sufrimiento. Dejamos de seguir la espontaneidad, la amordazamos y ponemos la cabeza para analizarlo todo (si no poseemos cabeza –como en mi caso- ponemos la cabeza de las amigas, de los padres y hermanos, de las estadísticas, de la terapeuta…. las que sean necesarias).

Cero confianza es el lema de nuestro club- aprendido cayéndose de bruces contra el planeta. Pero hoy no haremos introspección al respecto: hoy adherimos un nuevo miembro a nuestro club- nueva “miembra” si la Real Academia nos admitiera los feminismos (esto es objeto de otra discusión).

¡Salud por eso!

Sin embargo, cuando llegan los martinis de colores estrambóticos, medio nos arrepentimos de haber cedido ante el amague promocional. Es que a la Rossy no le gusta mucho tomar, la Pepa debe manejar y tiene miedo que le cojan los policías, la María José es más “de cafés” y yo “de margaritas”.

La Maggie, ella, trae tanto desencanto a cuestas que decide que por hoy se va a tomar todos los cócteles que vienen en extra y los que no queramos, porque total recién se une al club y, sobretodo, aún está de vacación.

Menos mal porque todas trabajan mañana.

O debería decir: trabajamos. Porque  a mí, hoy, se me acabó la vacación…


domingo, 19 de julio de 2015

Dónde empieza y dónde termina el amor


El amor empieza en el alma, cuando el otro alcanza a rozarla con algo que la hace brillar: el final feliz de una historia que debía acabar mal, la promesa de un sándwich compartido al atardecer cuando ambos sean viejos. Se alimenta de poemas y caricias, de escenarios de parques, nubes y árboles milenarios que mecen las promesas de eternidad. Se le añade la magia que esconde lo cotidiano : la frescura de los momentos compartidos, la ilusión de los versos de Benedetti,  la música de aquellos cantantes que mezclan rebeldía con versos. La alegría de la comida preparada por dos, los colores de los acrílicos de nombres estrambóticos, los sonidos de lenguas extranjeras, la inteligencia de la intuición, la magia e ingenuidad de los niños.

Y el amor termina en el alma, cuando entiendes que aquello que la tuya alberga nunca será alcanzado por el otro. Que mientras tú estás conjugando en todos los tiempos el verbo amar, el otro está en versión “turismo emocional” y te das cuenta que para él amar era sinónimo de tomar fotografías para ponerlas en exposición a los demás. Cuando descubres lo terrible que puede ser esa persona cuya única intención es apoderarse de tu alma para pincharla con un alfiler, ponerle una etiqueta y exhibirla en una vitrina.

Y que te rehúsas a ello.

viernes, 17 de julio de 2015

Perderse


En los cuentos de hadas, las que son buenas se reúnen al rededor de la cuna de un bebé y otorgan talentos. A veces unas hadas maléficas se mezclan entre los invitados y mandan maldiciones. Eso en la ciencia moderna se llama « herencia por ADN »… es menos romántico y más determinante, pero el resultado es el mismo : todos tenemos talentos y defectos.

Yo tengo_ modestia aparte_ algunos talentos innatos : puedo volar una cometa tan alto que siempre me falta hilo, peinar moños y trenzas que parecen hechos en peluquería, cortar los pasteles sin importar la forma ni el número de comensales y hacer que todos tengan un pedazo, lanzar el zapato desde el columpio lo suficientemente lejos como para establecer marcas olímpicas…

Y tengo también defectos innatos: soy incapaz de reconocer rápidamente a las personas fuera del contexto en las que las veo normalmente, peor si han cambiado o si es después de varios años. Carezco de “antenas” para detectar las verdaderas intenciones en las personas que frecuento y muchas veces “me doy contra el planeta” cuando las descubro. Y por encima de todo, mi peor defecto es que carezco absoluta y totalmente de un sentido de orientación espacial.

Hace poco pensé que pasé por el peor de mis despistes cuando perdí el auto en el parqueadero de Centro Comercial El Jardín. Fui una tarde con mi hija y mi sobrina a la librería y a tomar un café. Ambas  -por coincidencia- estaban con muletas y como ya sé que no soy buena en esto, me parquee diagonalmente a un ascensor. Cuando ya terminamos el plan librería-café pagué la tarifa correspondiente, nos subimos en el ascensor y bajamos al piso que –suponía- era el correcto. Veinte minutos después, conversando con la señorita de la caja me enteré que habían varios ascensores… Les hago el cuento corto porque nos tocó buscar con el personal en los subterráneos dónde andaba mi auto… con las niñas con muletas…

Después de eso me juré que no volvería a pasar. Y sin embargo esta semana decidí salir con mi hija y sus amigas a un lugar divertido. El Museo del Agua era el plan, así que para que no pasara nada me metí al web-site y me apunté el trayecto en un post-it. Llegado el día, sin embargo, frente a la casa de las niñas y admirando el sol, en un arranque de espontaneidad propuse: ¿Y si vamos al Zoológico?

Obviamente todas aceptaron. Casi 40 minutos después, llegados a Calacalí algo me dijo que no era la buena vía… Por ahí se llegaba a la playa, si mal no recordaba. Hummm…. Preocupada le pregunté a un señor en la vía si por allí se llegaba al zoológico de Guayllabamba. Me miró con suspicacia y me indicó que escogí el camino erróneo 40 minutos antes. Desesperada por no re-andar lo andado le pregunté si había una vía alterna. ¡Claro! – me dijo- en el poblado de San Antonio, pregunte no más y ahí hay una vía que le llevará a donde quiere llegar.

Otro de mis defectos –debo admitir- es la falta de paciencia… ¿Desandar lo andado? ¡Nunca! Por eso prefería arriesgarme por esta vía alterna…El primer tramo era un camino lleno de arena que arruinó –por tercera vez este verano- mi lavado de carwash de 5-dólares-con-cera. La carretera a la que accedimos después es una maravilla reasfaltada por la famosa revolución que atraviesa mi país: un sendero magnífico lleno de curvas serpenteantes (se llama “Culebrillas” si logré leer bien el letrero), un camino que cruza las montañas divinas sin romperlas (nada que ver con el HORRIBLE camino que lleva al aeropuerto- y al zoológico, en donde lograron – en contra de toda ley natural- hormigonear las montañas).

Claro que yo, realmente, tuve que hacer esfuerzos para no entrar en pánico. Primero nadie sabía que estábamos ahí aparte de nosotras mismas (en total, las tripulantes sumábamos 70 años de edad,  pero debo decir que en suma creo que no se llega a la sabiduría) . En segundo lugar no había señal de celular. En tercer lugar no llevábamos ni agua ni comida en caso de desperfecto mecánico. Las niñas se rieron mucho cuando les pregunté si sabían algo sobre supervivencia. La verdad… sólo el humor rescata el espíritu cuando sientes que las cosas no están bajo tu control.

Pero en cambio (o a favor del destino) debo decir que este  camino es maravilloso: recorre la provincia de Pichincha en lugares que una ni sabe que son de Pichincha… Perucho- poblado en el que les hice escoger a las niñas si debía preguntar o seguir lo que decía el letrero  (en su sabiduría –sumada- de 30 años, me obligaron a que siguiera menos mal). Puéllaro, insospechado poblado con una iglesia bonita que fotografié al vuelo… El parque Jerusalem, que por votación unánime de estómagos hambrientos nos saltamos “hasta la próxima vez”…


Enfin… llegamos al zoológico como 3 horas después.

¿Y saben? Lo mejor no fue el zoológico. No digo para estas niñas embarcadas en el auto de una persona absolutamente despistada. Lo digo para mí. Me he perdido muchas, muchas veces. En el centro comercial, en el aeropuerto, en ciudades en las cuales no hablaba el idioma, en los viajes que he emprendido, a veces hasta en mi lugar de trabajo. Siempre sentí un poco de pánico. Siempre me demoré en llegar a donde quería. Pero nunca fue catastrófico. A la larga encontré mi camino y supe enrumbarme hacia donde quería llegar.

He conocido lugares insospechados, entablado conversaciones con personas que nunca hubiera conversado, me he reído y he sufrido pensando en todos los escenarios alternos que riman con catástrofe al peor estilo hollywoodiano sin nunca llegar a vivirlos.

Pero después de perderme, sobre todo, he tenido un sentido-de-logro-absoluto cuando he podido llegar a la meta original… Me he sentido feliz-feliz cuando agotada, encuentro el auto, doy con la dirección, me subo en el metro adecuado, llego al zoológico….

Por ello, aunque me vea forzada a ponerlo como un defecto, a veces pienso que en el fondo, perderse puede llegar a ser un talento también.

martes, 14 de julio de 2015

¡Gracias Libri Mundi !


Como nunca, has llenado las redes sociales. Nadie se acordaba de tí hasta que salió tu obituario en el periódico.

Como siempre, en vida ni siquiera te visitábamos. Pocos eran los que como hijos devotos iban a oír crujir tus maderas y sentir la luz de los rayos quiteños que a través de capas de nubes y de tu propio tragaluz iluminaban el interior de tus entrañas fecundas.

¡Ay Libri Mundi ! Yo he sido una de esas hijas pródigas, esas que gestaron en tu vientre el amor a la lectura, los sábados en la mañana en su infancia. Mi padre me llevaba donde ti, único lugar lleno de libros hace 30 años y mientras él husmeaba las novedades yo aprendí a leer cosas prohibidas, esas cosas que mi padre no me compraría nunca porque “no eran literatura” y que venían en formato de tira cómica : calentada por tu matriz de intelectualidad, conocí a Mafalda. Diecinueve años después compré en una feria en la plaza del Consejo Provincial un libro pirata de Quino que recapitulaba la obra del autor y cuando lo abrí, me sentí de nuevo en tus brazos.

En esa época el dueño era un gringo medio pelirrojo. Taciturno, enjuto y reservado… (tantas palabras que aprendí en los libros comprados allí y que sólo ahora puedo usar). Nunca supe su  nombre y aunque mi padre era también extranjero, como buenos gringos casi nunca intercambiaron palabras.

¡Ay Libri Mundi!  Soy una hija pródiga que regresa cuando anuncian la agonía del padre que muere. En tus estanterías mi padre me compró la colección de libros que aún guardo, en donde se encuentra aquel que he leído más de 50 veces, “Vacaciones en Saltkrakan” (de Astrid Lindgren), un libro que amo tanto que ya ha tenido que pasar por varias cirugías de cinta-scotch para poder sobrevivir al tiempo.

Fuí a visitarte –a los años- hace unos tres meses. Fue como volver en el tiempo : la misma luz, los estantes atiborrados de libros. El segundo/tercer piso -ese que más me gustaba, el de la literatura infantil- estaba vacío… No para mí: me senté en las gradas y cogí un libro de fotografía medio raro, de un/a artista ecuatoriano/a que mezclaba emociones y escenarios y me quedé un rato ahí, hojeándolo y reviviendo sensaciones…

Al salir tomé un libro cuyo título me llamó la atención : « Los Patitos Feos »( de Boris Cyrulnik). Te agradezco por este último regalo, pues es un libro magnífico.

Discúlpame porque aunque he sido asidua a la lectura, no fui fiel a mís raíces. Mi hermana dice que cuando era pequeña – debía de tener cuatro o cinco años- ya fingía leer : cogía los libros al revés y fruncía el ceño en plena parodia de una total concentración. Ella me ayudó a comenzar a leer. Mi padre me regaló todos los libros que siempre deseé, salvo los que no consideraba literatura. Y tú me diste, en la luz filtrada por los ventanales del techo, la irreverencia de la filosofía de una Latinoamérica crítica en la forma de una niña argentina de pelo e ideas alborotadas.

Gracias Libri- Mundi J

5 pasos para superar una ruptura dolorosa



Si me estás leyendo, seguro formas parte del contingente que después de una ruptura no sabe cómo curarse la herida y se deprime ante cada canción de amor, o echa pestes cada que ve una pareja abrazada románticamente y besuqueándose en un lugar público. Seguro que te atormentas cada vez preguntándote ¿por qué ellos y no yo ? y te tortura el no saber nada de tu ex. Tal vez merodeas por su casa o su trabajo o acosas a sus amigos para conocer detalles de cómo está. O te has vuelto un maestro del stalking digital avanzado chequeando sus perfiles de redes sociales…


Antes de explicarte cómo superar una ruptura debo aclarar ciertas cosas sobre la relación  que explican cómo, sin que te percataras, te encontraste en esta situación que se asemeja a un pozo sin fondo, o a un enredo tremendo que te sigue atando , o a un pantano de arenas movedizas _ bueno, creo que me entiendes J_

Para entender lo que te pasa lo primero que debemos hacer es analizar tu relación. La magnitud de la herida es directamente proporcional a la magnitud del amor… Suena a frase cursi de twitter amateur pero creo que, desde un punto de vista psicológico, podemos darle una lectura que sirve para que entiendas lo que realmente esto implica. Detrás de una gran herida de amor, contrariamente a lo que piensas, no hay una persona magnífica que despertó tu amor. En realidad tú MAGNIFICASTE a la persona y la convertiste en alguien maravilloso a quien entregaste la llave de tu equilibrio emocional. Como dice mi amiga Sandri… tu ex no es el culpable: eres tú. Así que deja de quejarte echándole la culpa al otro, mírate al espejo y admite la primera verdad: tú  magnificaste a esa persona y le diste algo que no le pertenecía, por ende eres el verdadero responsable de la situación en la que te encuentras.


La segunda verdad que debes admitir antes de poder aplicar mis consejos prácticos es la siguiente: nadie te ha roto el corazón, tú te lo estás rompiendo día a día con tu actitud frente a los hechos. Tu ex a lo sumo le dio una mega patada, lo aplastó, lo estrujó como a una factura de consumidor final y lo lanzó al basurero. Pero ¿ROMPERLO????? No exageremos; hasta en las peores historias de amor, esas en las que uno se “engancha” como un pez al anzuelo, salimos feamente desgarrados, pero rotos no. ¿Por qué puntualizo esto? Porque para rehacer un corazón roto no hay cirujanos. Pero para un desgarro… hay miles de soluciones. Desde el mertiolate y la curita hasta el cirujano plástico. Y así cómo eres tú el que decide hurgar en la herida, tú puedes curarla.

Habiendo entendido estas dos grandes verdades (que todo tiene que ver con tu actitud frente a la relación y tu actitud frente a la ruptura ), podemos pasar a los cinco pasos para superar una ruptura dolorosa:

Paso 1.- Mira las cosas objetivamente: la ruptura no vino de la noche a la mañana. Vino después de días, semanas, meses, años de desgaste de la relación. La ruptura es sólo el epílogo de un libro que tal vez tuvo buenos párrafos, en el mejor de los casos buenos capítulos, pero cuya historia globalmente debió ser bastante mala puesto que terminó tan feamente.

Paso 2.- No te aferres  al recuerdo: borra todo lo relacionado a los “buenos momentos”. Sí, me refiero a esas fotos juntos en lugares bonitos, el peluche del 2do aniversario, las cartas, correos, chats, videos, notitas, magnets, TODO. No escuches música triste, no merodees en los lugares a los que solías ir con él/ella. Estos recuerdos solo reavivarán en ti la nostalgia de lo bueno y puedes comenzar a magnificar estos momentos haciendo que distorsiones la historia y que sigas sufriendo.

Paso 3.- No odies a tu ex, des-précialo: Un hombre muy sabio, Eduardo Punset, dice que la antítesis del amor no es el odio, sino el desprecio”. Cuando odias a alguien es como cuando lo amas,  sigues enganchado a él emocionalmente, pendiente de su presente y de su futuro, de sus logros y fracasos. No se trata tampoco de  “despreciarlo” en el sentido del desdén más crudo, sino solo que lo des-precies… es decir que le quites ese valor extra que le diste con tus ojos de amor. 

Paso 4.- Vuélvelo a ver. (Sí, pero  sólo cuando hayas dado los 3 primeros pasos). Esto te permitirá constatar cómo es en realidad, apreciarlo en su verdadera naturaleza. Seguro que descubrirás a un ser como otros, con defectos que eran mucho más graves que lo que querías ver, con virtudes menos virtuosas, etc… Pocas personas resultan ser igual de magníficas una vez que las vemos sin la venda del sentimiento. 

Paso 5.- Rodéate de cosas buenas.  De amor, pero del verdadero: el de tus amigos, de tus padres, de tus hijos, de tus sobrinos. De música buena, no de esas canciones lastimeras de cantantes que hacen apología al masoquismo relacional. De libros, muchos y variados. De películas interesantes, de paseos al aire libre, de paisajes magníficos, de flores… hay tantas y tantas cosas bellas por ver y vivir, que es una pérdida de vida estar clavado frente a un pantalla stalkeando la de otro.


Hay algo también muy importante, pero no quise ponerlo como un paso más, por que es como quien diría “un eje transversal”: Focalízate en ti. Estoy segura que durante tu relación te focalizaste tanto en ser “la mujer/ el hombre de su vida” que te quedaste sin vida en el intento. Haz un inventario de lo que tu ex ganó con la relación y no de lo que perdiste tú en ella. Eso que él/ella ganó, eso te lo debes tú a ti ahora.

¿Crees que hay algo de razón en lo que acabas de leer? Si es así ¡no esperes más! Ponle “manos a la obra” y constrúyete una nueva historia.

viernes, 10 de julio de 2015

Infidelidad



 Ya bueno, mucho se ha dicho de la fidelidad… que si somos monogámicos por naturaleza, que si los hombres son más propensos que las mujeres a romperla, que si se cree o no en ella…

Yo estuve con la misma pareja durante 17 años de mi vida:  desde el enamoramiento, pasando por el noviazgo, el vivir juntos, el casarnos, tener un hijo… 17 años de ser totalmente fiel a la misma persona, no porque no tuviera ojos y no hubieran otras personas a mi alrededor, no porque  no hubiera nadie que se me insinuara (creánme, hasta embarazada de 7 meses tuve ofertas de ver películas en casa de un  spanish-lover que no pudo creer que lo rechazara… seguro yo formaba parte de su « carnet-noir » en la casilla « mujer embarazada »)…

Por raro que parezca permanecí fiel al hombre con el que firmé mi compromiso no el día que fui a la alcaldía un verano en Lovaina (no juré nada frente a ninguna entidad divina y eterna por si acaso), sino una fría tarde de febrero, cuando le dí el sí la primera vez, sin que ni siquiera me hubiera besado. Soy una especie en vías de extinción.

17 años después, bañada en lágrimas le dije una noche que hasta ahí llegaba mi compromiso de fidelidad. Podíamos seguir viviendo juntos pero ese día me divorciaba afectivamente de él. Nunca hubiera podido “acostarme” con otro sin romper primero mi compromiso de palabra con él.

Por eso es que no entiendo la infidelidad… ¿Cuál es el punto de andar con otra persona si ya se tiene un compromiso con una?

Hablaba con un hombre (muy ecuatoriano en su manera de pensar, muy tradicional)  que me explicaba que finalmente la  infidelidad puede ser un asunto de un momento, algo como “tener la bragueta floja” , y que esto no determina nada respecto a la relación que se tiene.  Le pregunté si sería igual si se tratara de una mujer (algo así como “tener la falda ligera”) y según él no habría diferencias. Yo dudo  que en nuestra sociedad  haya tanta indulgencia… lo más seguro es que si el man se entera que la esposa le fue infiel, le mete un juicio  o un tiro en la cabeza, dependiendo del estrato social al que pertenece.

No quiero ahondar más en ese acápite, porque lo que me interesa es más la psicología del infiel.

Hay infieles e infieles… Están los que ocultan y niegan hasta la muerte el haberlo sido… Los hay muy maquiavélicos, que buscan amantes con el mismo nombre de sus mujeres así no tienen margen de error, y si tienen hijos les ponen los mismos nombres (sí sí, conozco casos verídicos de esta índole, no se pueden imaginar el trauma en los hijos -algún rato les cuento-). Hay infieles con “condescendencia”, cuya mujer sabe del affaire pero por algún sombrío beneficio prefiere que las cosas sean así, y se mantienen (muchas veces) hasta hogares paralelos. Hay los infieles que no concretan el acto, coquetean irremediablemente con alguna mujer que les parece ser la perfecta y se acuestan al lado de la que tienen suspirando por la otra, pero que nunca dejarán el confort de lo que tienen: son infieles “en omisión” y no en acción (a sus propios ojos, no han hecho nada malo). Hay infieles que, una vez (o varias veces) cometido el acto, se arrepienten (creo que psicológicamente quieren mantener su grandiosidad ante sus propios ojos) y en un acto de “purificación” confiesan la infidelidad a su pareja, esperando la redención.  Son infieles egoístas: en ningún momento piensan en la persona al frente de ellos; en un juego narcisista esperan salir “con la pata blanca”, sin darse cuenta que no son mejores en el acto del disfraz que el lobo de los siete cabritos.

Seré “chapada a la antigua”  en algunas cosas como estas. Para mí, el corazón es leal. Y lealtad implica fidelidad. Si hubiera estado en mis manos, hubiera elegido solo tener una persona en mi vida. No me fue acordado. La segunda persona no supo entender el don de mi lealtad… Eso es algo con lo que me ha tocado vivir estos años. Nunca deseé tener tercer ni cuarto ni quintos… Peor tener, como tienen algunos hombres, un carnet  (real o figurado) en el que apuntan sus conquistas y hasta anhelan tener una y otra de diferente raza, nacionalidad o continente. Nunca se me ocurriría hacer una apología de todo el sexo que pude acumular.

En lo personal ( y sin ser curuchupa), me encantaría que las personas fueran más conscientes de las relaciones que tienen que del sexo que pueden obtener. Después de todo, el sexo es solo sexo: con los atributos correctos (maquillaje, dinero, cirugías, alcohol, …) cualquiera obtiene eso… ¿O no?

Si solo es asunto de acostarse con alguien, o con muchas … ¿qué nos hace ser “seres evolucionados”?

A veces creo que nada…