“El ejercicio del día es no llorar en el lugar de trabajo”
me dice hoy Aurora en la oficina; sus ojos hinchados difícilmente pueden
pasar por una alergia estacional. Ni siquiera estamos en época de
alergias: más bien es época de ronqueras, laringitis y faringoamigdalitis. A nadie se le hinchan los ojos por eso, Aurora: tú y yo sabemos que es por llanto. Por eso me avisas del ejercicio del día. Para que no se me ocurra preguntar.
Solo el topar el tema ya trae una ola de lágrimas. Es evidente
que los diques de contención están al
borde de colapsar. Mejor no topar ningún tema que terminaría en inundación, ninguno.
No sólo los tuyos, Aurora. Más bien sobretodo los míos.
Es que yo ando en ese ejercicio desde hace algunos meses. Casi casi me he vuelto una experta y no es que sea tan difícil para nadie. Tal vez deberíamos abrir un club entre varias, porque sé que estamos
algunitas en ese plan: consiste en no pensar en las cosas que duelen. Como en el
caso de tu hijo que eligió irse a vivir con su padre a los doce años. Como en
el de mi amiga con la que compartía pasteles de chocolate en la adolescencia, que siempre quiso
ser pelirroja y a la que una infame enfermedad se le ha robado sus hermosos cabellos rubios. Como en la amputación, en el
mío.
Antes de la amputación, mi vida era muy cómoda. Tenía un
trabajo que me encantaba, la libertad de crear y disponer de mi tiempo para
leer, investigar, generar interacciones con mis colegas alrededor de una taza
de café. Las noches las dedicaba a mi hija, a preparar clase, a las novelas de
suspense, al blog. Los fines de semana, disfrutaba de mi relación de pareja. En fin,
tenía una vida cómoda.
Luego, comenzó el proceso de amputación. Las reglas
laborales cambiaron y me encontré entre la espada y la pared; para mantener
aquello que me da de comer, amputé la libertad, las clases, las interacciones
positivas. Luego tomé una decisión radical sobre mi vida y me amputé de un solo
golpe la vida que tenía en casa. Es más, hasta amputé mi espacio: dejé lo que
había sido mi hogar por 16 años para mudarme a un espacio que sé que no es mío
y en el cual estaré por un tiempo indeterminado, osea hasta que me boten de allí. Pensé poder preservar mi
relación de pareja, pero el proceso de amputación se salió de control y
finalmente eso también terminó casi totalmente cercenado.
La amputación trajo malas noches. Muchas. Hasta ahora son 59
de desvelo versus 1 de sueño casi continuo. A nadie le importa. Creo que ni a
mí, en el fondo:uno se acostumbra a todo, hasta a los campos de concentración. Pero no exageremos, no estoy tan mal: nadie se ha muerto por amputación de descanso y expectativas de vida.
Día a día trato de no
pensar en lo que fue amputado. Cuando pienso en mi caso ni siquiera considero que debería ser
sujeto de dolor. No frente al cáncer de mi mejor amiga. Ni frente a tus lágrimas
de madre, querida Aurora, cuanto tu hijo toma las riendas de su vida tan
temprano. Es más, ni siquiera entiendo por qué me duele tanto. No ha pasado nada grave.
Cambié de trabajo. Me mudé de casa. Boté la comodidad de mi vida anterior.
No estoy desempleada. No estoy enferma. Tengo a mis amores,
mi hija y mi novio a mi lado. Ni siquiera entiendo por
qué duele tanto. Es tan nimio, tan poco trascendental, que no logro ponerlo en palabras, porque la afectación no tiene proporciones con las causas.
No me pasa nada. Yo solo vivo amputada de una vida anterior.
El mayor dolor y sufrimiento de cada persona es el mayor dolor y sufrimiento del mundo, de cada mundo. Tarea imposible es sostener que haya unas personas que sufren más y otras menos, todas llegan, llegamos a sufrir UN MUNDO. Los cambios duelen, porque conllevan dejar atrás cosas buenas y malas, es comprensible que queramos arrastrar con nosotros lo bueno, no soltarlo ni aceptar que su tiempo ha terminado. ¿Qué pretendo con estas palabras?, no soy el hombre más feliz del mundo (aunque mi felicidad es la felicidad mas grande de "MI" MUNDO), pero en este instante me doy cuenta, que es mi propio sufrimiento el que escribe este comentario, es mi búsqueda de ayuda, de escucha, la que me impulsa por medio de palabras, a intentar diluir el sufrimiento de otra persona. "¿Para qué sufrir si no hace falta?" dice cierta canción. En el presente, sufrimos por lo que perdemos a lo largo de nuestro paso por la vida, pero, ¿no es acaso lo que tenemos ahora lo que nos hacía falta antes?
ResponderEliminar¡Ánimo! Qué bueno haberte leído.
https://www.youtube.com/watch?v=paCoXyutn9k
Muchas gracias Alejandro!
ResponderEliminar