Margarita
está triste porque su familia se está disgregando. Ella entiende que su
madre quiera abandonar a su padre, porque se casó muy joven estando embarazada,
y ha vivido toda su vida al lado de este hombre que aparte de ser un don Juan,
la ha maltratado frente a sus hijos constantemente durante 23 años. Con lágrimas en los ojos, me dice: “quisiera haber tenido una familia normal”.
Pero
Margarita, ¿qué quiere decir “tener una familia normal”?
Supongo
que se trata de esas familias “de domingo”, las que van a misa bien peinadas, rezan y cantan
juntas, comulgan los padres, las madres se arrodillan, y luego salen a comer
en algún lugar bonito. Las que van al parque a disfrutar de la naturaleza y del
sol trepados los niños en los juegos infantiles, mamás paseando al bebé y el
perro correteando detrás de una paloma descuidada. Seguro ansías eso, la chispa
de felicidad pública que se puede observar también en matrimonios, primeras comuniones, centros comerciales, restaurantes…
Familias
de instantáneas perfectas para una propaganda Kodak.
Pero lo
que no sabes Margarita es lo que hay detrás de esta fachada de supuesta
felicidad. Cuando se acaba el domingo, cuando termina la fiesta. Cuando las
familias regresan a casa y cierran las puertas al mundo exterior.
Lo que
sucede puertas adentro…
Familias
en las cuales existen verdaderos reinados del terror: padres que se desquitan
de sus frustraciones con sus esposas y sus hijos, a punta de gritos, de
correazos, de “déjame en paz, no ves que estoy cansado”. Madres que se alían al
tirano y que castigan a los niños por ser niños, por dejar los juguetes
regados, por hacer demasiada bulla, por reírse tontamente, por haber olvidado
alguna tarea. Niños atemorizados que aprenden a hacerse invisibles para que no
les caiga un golpe por sorpresa, que lloran en silencio porque su llanto
molesta más, que esconden los moretones debajo de ropa espesa y a la larga aprenden a huir como la paloma del
parque apenas les ladran encima.
Familias
llenas de indiferencia, donde los padres ya ni fingen siquiera amarse. La madre
le lanza el plato al marido para hacerle notar que incomoda su presencia, él
llega siempre demasiado tarde a casa desbordado de cansancio. No se saludan
desde hace tiempo, se evitan hasta en la mirada. Se alían con los hijos en
contra el uno del otro, se encierran en su mundo, en su vida paralela: el
fútbol, la amante, las amigas, el gimnasio, el club de golf… lo que sea con tal
de no verse más el uno al otro. El hielo les endurece el corazón a todos… No se
aman a ellos, no aman a sus hijos.
Familias
que no aceptan quién es su hijo, que no le reconocen en su identidad única, que
intentan alienarlo y volverlo a toda costa “normal”. Es pecado ser gay en
familia homofóbica, ser no tradicional en familia conservadora, ser sordo en
familia de oyentes, ser oveja en familia de lobos. Hay que ser como los demás
así duela serlo, hay que “normalizar” al anormal y obligarlo a que sonría y agradezca porque de todas formas, lo
que se hace es “por su bien”.
Eso es
lo que hay puertas adentro. Nadie te lo va a decir, Margarita: es que “los
trapos sucios se lavan en casa”. Estas familias enseñan además un extraño
sentido de lealtad: no se te ocurra ir a contar a tu amiga que papá te pega, a
la profesora que tus padres duermen en camas separadas o que todos los días te
encierras en el armario a llorar pensando que sería mejor acabar con toda esta
farsa y morirte de una vez. ¡Sería traicionar a tu familia! No puedes confiar
en las personas que no son de tu sangre: ellas se aprovecharán de tu debilidad,
abusarán de lo que saben de ti, y te harán más daño … No se puede confiar en
extraños, los únicos que te apoyarán serán siempre los miembros de tu familia.
Estas familias te condenan a la soledad: es que a quién recurre una persona que
no puede confiar en sus padres por lo que le han hecho vivir ni tampoco a nadie
afuera porque le han enseñado a desconfiar?
Siempre
me he preguntado, Margarita, cómo creciendo en una familia en la cual tus padres te maltratan,
te ignoran, desprecian tu individualidad, ¿cómo se espera que seas una persona
con autoestima elevada, que crea en sí mismo, que se ame?. ¿Cómo se espera que
llegados a ser adultos estos niños se miren al espejo cada día y no se sientan
como monstruos?¿Cómo se les puede pedir que crean en la vida, que si se sienten
solos o rechazados no se enquisten en el dolor porque el futuro les va a traer
cosas buenas? ¿Cómo hacerles creer que un extraño los va a amar genuinamente por quienes son si
aquellas personas que le dieron la vida no supieron hacerlo en primera instancia?
Ay
Margarita, todos quisieran tener
un hogar como el de las películas, ese lugar al que uno regresa y en el que se
sabe que se estará protegido de todas las cosas malas que nos pueden pasar en
el mundo. Pero la verdad es que para muchos, su hogar es un lugar lleno de
gritos, de humillaciones, de no aceptación, de sentirse solo y tener hasta que
ocultar la soledad para que le dejen en paz.
Tú
ansías la familia feliz que se muestra hacia fuera. Pero puertas adentro… sólo
quienes están adentro saben lo que viven.
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