lunes, 24 de noviembre de 2014

Puertas adentro


Margarita está triste porque su familia se está disgregando. Ella entiende que su madre quiera abandonar a su padre, porque se casó muy joven estando embarazada, y ha vivido toda su vida al lado de este hombre que aparte de ser un don Juan, la ha maltratado frente a sus hijos constantemente durante 23 años. Con lágrimas en los ojos, me dice: “quisiera haber tenido una familia normal”.

Pero Margarita, ¿qué quiere decir “tener una familia normal”?

Supongo que se trata de esas familias “de domingo”, las que van  a misa bien peinadas, rezan y cantan juntas, comulgan los padres, las madres se arrodillan, y luego salen a comer en algún lugar bonito. Las que van al parque a disfrutar de la naturaleza y del sol trepados los niños en los juegos infantiles, mamás paseando al bebé y el perro correteando detrás de una paloma descuidada. Seguro ansías eso, la chispa de felicidad pública que se puede observar también en matrimonios, primeras comuniones, centros comerciales, restaurantes…

Familias de instantáneas perfectas para una propaganda Kodak.

Pero lo que no sabes Margarita es lo que hay detrás de esta fachada de supuesta felicidad. Cuando se acaba el domingo, cuando termina la fiesta. Cuando las familias regresan a casa y cierran las puertas al mundo exterior.

Lo que sucede puertas adentro…

Familias en las cuales existen verdaderos reinados del terror: padres que se desquitan de sus frustraciones con sus esposas y sus hijos, a punta de gritos, de correazos, de “déjame en paz, no ves que estoy cansado”. Madres que se alían al tirano y que castigan a los niños por ser niños, por dejar los juguetes regados, por hacer demasiada bulla, por reírse tontamente, por haber olvidado alguna tarea. Niños atemorizados que aprenden a hacerse invisibles para que no les caiga un golpe por sorpresa, que lloran en silencio porque su llanto molesta más, que esconden los moretones debajo de ropa espesa y a la larga  aprenden a huir como la paloma del parque apenas les ladran encima.

Familias llenas de indiferencia, donde los padres ya ni fingen siquiera amarse. La madre le lanza el plato al marido para hacerle notar que incomoda su presencia, él llega siempre demasiado tarde a casa desbordado de cansancio. No se saludan desde hace tiempo, se evitan hasta en la mirada. Se alían con los hijos en contra el uno del otro, se encierran en su mundo, en su vida paralela: el fútbol, la amante, las amigas, el gimnasio, el club de golf… lo que sea con tal de no verse más el uno al otro. El hielo les endurece el corazón a todos… No se aman a ellos, no aman a sus hijos.

Familias que no aceptan quién es su hijo, que no le reconocen en su identidad única, que intentan alienarlo y volverlo a toda costa “normal”. Es pecado ser gay en familia homofóbica, ser no tradicional en familia conservadora, ser sordo en familia de oyentes, ser oveja en familia de lobos. Hay que ser como los demás así duela serlo, hay que “normalizar” al anormal y obligarlo a que sonría  y agradezca porque de todas formas, lo que se hace es “por su bien”.  

Eso es lo que hay puertas adentro. Nadie te lo va a decir, Margarita: es que “los trapos sucios se lavan en casa”. Estas familias enseñan además un extraño sentido de lealtad: no se te ocurra ir a contar a tu amiga que papá te pega, a la profesora que tus padres duermen en camas separadas o que todos los días te encierras en el armario a llorar pensando que sería mejor acabar con toda esta farsa y morirte de una vez. ¡Sería traicionar a tu familia! No puedes confiar en las personas que no son de tu sangre: ellas se aprovecharán de tu debilidad, abusarán de lo que saben de ti, y te harán más daño … No se puede confiar en extraños, los únicos que te apoyarán serán siempre los miembros de tu familia. Estas familias te condenan a la soledad: es que a quién recurre una persona que no puede confiar en sus padres por lo que le han hecho vivir ni tampoco a nadie afuera porque le han enseñado a desconfiar?

Siempre me he preguntado, Margarita, cómo  creciendo en una familia en la cual tus padres te maltratan, te ignoran, desprecian tu individualidad, ¿cómo se espera que seas una persona con autoestima elevada, que crea en sí mismo, que se ame?. ¿Cómo se espera que llegados a ser adultos estos niños se miren al espejo cada día y no se sientan como monstruos?¿Cómo se les puede pedir que crean en la vida, que si se sienten solos o rechazados no se enquisten en el dolor porque el futuro les va a traer cosas buenas? ¿Cómo hacerles creer que un extraño los va a  amar genuinamente por quienes son si aquellas personas que le dieron la vida no supieron hacerlo  en primera instancia?

Ay Margarita,  todos quisieran tener un hogar como el de las películas, ese lugar al que uno regresa y en el que se sabe que se estará protegido de todas las cosas malas que nos pueden pasar en el mundo. Pero la verdad es que para muchos, su hogar es un lugar lleno de gritos, de humillaciones, de no aceptación, de sentirse solo y tener hasta que ocultar la soledad para que le dejen en paz.

Tú ansías la familia feliz que se muestra hacia fuera. Pero puertas adentro… sólo quienes están adentro saben lo que viven.

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