martes, 16 de diciembre de 2014

Todos vamos a morir


Tenemos un contrato a plazo fijo con la vida. No sabemos cuándo, pero todos vamos a morir: ya sea por circunstancias fortuitas o provocadas, de todas maneras tenemos una “fecha de caducidad” inscrita en nuestras células que plantea que, en el mejor de los casos, moriremos de todos modos en algún momento.

Todos vamos a  morir, pero tenemos una pésima actitud frente a la muerte. Cuando alguien se muere, lo primero que hacemos es tratar de “zafarnos” de ese suceso. Hace algunos decenios, cuando alguien moría lo hacía en su casa rodeado de las personas queridas en un ambiente familiar, en su cama, con sus ruidos y rutinas habituales. Ahora las personas se mueren en los hospitales estériles, conectadas a un millón de tubos que las hacen respirar, comer, excretar en contra de su voluntad, “a favor de su vida”… En terapia intensiva ni siquiera pueden beneficiarse de la presencia de sus seres queridos. Así, “ganan” a veces una o dos semanas de “vida” mientras los hospitales cobran casi mil dólares diarios por la “atención” brindada. Antaño, para velar al muerto se tendía una sábana en la mesa del comedor y se rodeaba al cadáver de velas. Las personas queridas velaban al muerto varios días y luego se los enterraba. Ahora, podemos morirnos en la mañana y la tarde estar en tierra, mediante un servicio-funerario-flash del que nadie se entera, así, a los vivos, no se los ve llorar. Ocultamos la muerte. Recuerdo que una amiga me contó –espero que no se enoje si llega a leerme- que cuando su padre murió ella tenía 6 años. Estaba muy enfermo y lo llevaron al hospital. Lo último que recuerda es haberlo visitado y verlo yacer en su cama con una serie de vendas en la cabeza. A partir de allí, recuerda que, ante su extrañeza infantil de que el padre no regrese, sólo obtuvo la respuesta de que “se había ido de viaje”. En su inocencia, ella esperó que regresara casi un año sentada en las gradas de su casa, cada día a las seis de la tarde. Un día la vecina -en un acto de caridad o de imprudencia- le preguntó qué hacía ahí y ante la insólita respuesta de la niña, le dijo tristemente: “mijita, si tu papá donde está es en el cementerio, ¿nadie te lo dijo?”.

Desposeemos a los niños de la muerte de sus seres queridos. Robamos a los enfermos  la suya, como cuando le ocultamos a la abuelita la gravedad de su condición o como cuando conectamos a  esa persona cuyo organismo ya clama por descanso a un millón de aparatos  que le prolongan muchas veces solo el sufrimiento orgánico, y no su calidad de vida.

¿Por qué tenemos tanto miedo a la muerte?

Todos vamos a morir, y creo que todos tememos mucho a nuestra condición mortal, lo cual nos hace reaccionar mal ante la muerte de los que amamos. Tememos morir por las cosas que no hemos hecho, los planes que no hemos concretado, los lugares que no conocemos; por el futuro que no veremos de la gente querida: de nuestros padres, amigos, nuestra pareja, de nuestros hijos si los tenemos. ¡Qué ridícula actitud! Tememos perdernos el “futuro” de alguien cuando somos incapaces de disfrutar su presente:  de nuestra hija,  su graduación, matrimonio, sus hijos. Pero nos perdemos impunemente el presente trabajando como idiotas para alcanzar indicadores de gestión que irán a engrosar el monto de papeleo de la empresa, para la cual, al final, no somos una persona sino solo una firma que hacen aparecer en donde más les conviene. Tememos perdernos los viajes que haremos con nuestra pareja y al cabo del tiempo la verdad nos atrapa y nos damos cuenta que cuando tenemos el tiempo, el dinero y todo lo demás… ya no hay salud, estamos demasiado viejos, demasiado cansados o solos. Tememos planificar un futuro con una persona por no comprometernos y al final, perdemos a esa persona en presente y en futuro..

Planificar… no sirve de mucho. La vida es como navegar en un barco… hay que tener una idea de hacia dónde queremos ir (como Colón con las Indias). En el transcurso, hay tormentas, momentos de calma, puertos en los que atracamos para recobrar fuerzas. Pero debemos seguir navegando, guiando el barco de buena manera, cuidando de los tripulantes y de nosotros mismos. No podemos empeñarnos  en lanzarnos de cabeza a la tormenta y de la misma manera no podemos bajar los brazos en media tormenta y dejarnos hundir sólo porque “no estábamos preparados”. Aún cuando pensemos que todo está perdido, el horizonte es una perspectiva que no hay que perder. Pero en realidad el trayecto es un construir del día a día: la semana anterior pensamos que una estrategia era buena, pero si al aplicarla no funcionó, tuvimos que abandonarla. Al final, una vida es un trayecto, corto o largo, agradable o desagradable: a veces llegamos a donde planificamos, a veces llegamos a América…


Es que en realidad, todos vamos a morir, pero nos pasamos la vida  actuando como inmortales, como si pudiéramos posponer todo lo de hoy a mañana. Le decía a una amiga que planificar, a mí, no me va muy bien. Yo siempre creí que me iba a morir a los 30 años. Eso hizo que acelerara mi vida de tal manera que publiqué un libro antes de  esa edad y planifiqué tener un hijo también. ¿No dicen que para lograr una vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo? (el asunto de los árboles lo resolví mucho antes, he plantado varios). Pues para mi sorpresa, no me he muerto aún y casi llevo una década “de yapa” frente a mi expectativa de vida.  Me parece genial. La vida que planifiqué la concreté hasta los 30. En esta década “de excedente” he aprendido a improvisar cada día; he entendido que mis horarios , mis comidas, mis planificaciones pueden irse “al Cairo” por una enfermedad, una mala noche, un programa escolar. He entendido que mi tiempo no me pertenece, que si no cuido a las plantas o a los peces, se mueren, que por más que haga las cosas perfectamente algo puede irse al mismísimo carajo porque yo no puedo planificarlo todo, no puedo controlarlo todo. He entendido sobretodo que más allá de las cosas cotidianas, del dinero, de las preocupaciones laborales, del orgullo o egoísmo… están los vínculos con los seres humanos.  Yo no creo en Dios. Creo que la vida vale por lo que hacemos aquí y ahora. Creo que la vida se resume a preguntarnos cada día: “qué he hecho hoy por alguien que  haga la diferencia?”

Sólo si podemos responder la pregunta, el trayecto vale la pena.

Es que hay barcas  en la que soy el capitán. Hay otras en las que soy copiloto. Hay otras en las que, como simple pasajero, sobrevivo a las decisiones que toma el chofer.  Yo también voy a morir… mientras tanto, vivo el día a día. Nunca estoy segura si mis decisiones son acertadas. Pero vivo bajo el principio (no sé si es cristiano, o es simplemente un valor), que si lo que hago no agrega algo valioso en la vida de alguien, simplemente no debo hacerlo.

De todas formas, todos vamos a morir. El lío no está ahí… el lío está en lo que hacemos con nuestras vidas.

4 comentarios:

  1. Y qué estamos haciendo?? Sentados a esperar la esperar la muerte.. Realmente que hacemos con nuestras vidas?? Con nuestro diario vivir?? Estamos tan asustados por el futuro que ni el presente lo vivimos

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    1. Estefy linda hé ahí todo el lío: si no hay sentido en el presnte, el pasado al evocarlo nos dará una impresiónde vacío... Muchas veces nos perdemos el prsente pensando en un futuro que nos asusta. Vivir con miedo, no tiene sentido

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  2. Gracias tu reflexion Mary France, muy prounda e impactante es éste momento del año. Al rito de la muerte hace rato le despojamos de humanidad, preguntarnos el sentido de la vida nos permitirá estar alertas al día a dia.

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    1. Sandri muchas gracias por tu comentario! La muerte solo es el corolario de la vida... Sería todo más encillo si lo mantuviéramos en mente ;-)

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