Tenemos
un contrato a plazo fijo con la vida. No sabemos cuándo, pero todos vamos a
morir: ya sea por circunstancias fortuitas o provocadas, de todas maneras
tenemos una “fecha de caducidad” inscrita en nuestras células que plantea que,
en el mejor de los casos, moriremos de todos modos en algún momento.
Todos
vamos a morir, pero tenemos una pésima
actitud frente a la muerte. Cuando alguien se muere, lo primero que hacemos es
tratar de “zafarnos” de ese suceso. Hace algunos decenios, cuando alguien moría
lo hacía en su casa rodeado de las personas queridas en un ambiente familiar,
en su cama, con sus ruidos y rutinas habituales. Ahora las personas se mueren
en los hospitales estériles, conectadas a un millón de tubos que las hacen
respirar, comer, excretar en contra de su voluntad, “a favor de su vida”… En
terapia intensiva ni siquiera pueden beneficiarse de la presencia de sus seres
queridos. Así, “ganan” a veces una o dos semanas de “vida” mientras los
hospitales cobran casi mil dólares diarios por la “atención” brindada. Antaño, para
velar al muerto se tendía una sábana en la mesa del comedor y se rodeaba al cadáver
de velas. Las personas queridas velaban al muerto varios días y luego se los
enterraba. Ahora, podemos morirnos en la mañana y la tarde estar en tierra,
mediante un servicio-funerario-flash del que nadie se entera, así, a los vivos,
no se los ve llorar. Ocultamos la muerte. Recuerdo que una amiga me contó
–espero que no se enoje si llega a leerme- que cuando su padre murió ella tenía
6 años. Estaba muy enfermo y lo llevaron al hospital. Lo último que recuerda es
haberlo visitado y verlo yacer en su cama con una serie de vendas en la cabeza.
A partir de allí, recuerda que, ante su extrañeza infantil de que el padre no
regrese, sólo obtuvo la respuesta de que “se había ido de viaje”. En su
inocencia, ella esperó que regresara casi un año sentada en las gradas de su
casa, cada día a las seis de la tarde. Un día la vecina -en un acto de caridad
o de imprudencia- le preguntó qué hacía ahí y ante la insólita respuesta de la
niña, le dijo tristemente: “mijita, si tu
papá donde está es en el cementerio, ¿nadie te lo dijo?”.
Desposeemos a los niños de la muerte de sus seres queridos. Robamos a los enfermos la suya, como cuando le ocultamos a la abuelita la gravedad de su condición o como cuando conectamos a esa persona cuyo organismo ya clama por descanso a un millón de aparatos que le prolongan muchas veces solo el sufrimiento orgánico, y no su calidad de vida.
¿Por
qué tenemos tanto miedo a la muerte?
Todos
vamos a morir, y creo que todos tememos mucho a nuestra condición mortal, lo
cual nos hace reaccionar mal ante la muerte de los que amamos. Tememos morir
por las cosas que no hemos hecho, los planes que no hemos concretado, los
lugares que no conocemos; por el futuro que no veremos de la gente querida: de
nuestros padres, amigos, nuestra pareja, de nuestros hijos si los tenemos. ¡Qué
ridícula actitud! Tememos perdernos el “futuro” de alguien cuando somos
incapaces de disfrutar su presente: de nuestra hija, su graduación, matrimonio, sus hijos. Pero nos perdemos impunemente
el presente trabajando como idiotas para alcanzar indicadores de gestión que
irán a engrosar el monto de papeleo de la empresa, para la cual, al final, no
somos una persona sino solo una firma que hacen aparecer en donde más les
conviene. Tememos perdernos los viajes que haremos con nuestra pareja y al cabo
del tiempo la verdad nos atrapa y nos damos cuenta que cuando tenemos el
tiempo, el dinero y todo lo demás… ya no hay salud, estamos demasiado viejos,
demasiado cansados o solos. Tememos planificar un futuro con una persona por no
comprometernos y al final, perdemos a esa persona en presente y en futuro..
Planificar…
no sirve de mucho. La vida es como navegar en un barco… hay que tener una idea
de hacia dónde queremos ir (como Colón con las Indias). En el transcurso, hay
tormentas, momentos de calma, puertos en los que atracamos para recobrar
fuerzas. Pero debemos seguir navegando, guiando el barco de buena manera,
cuidando de los tripulantes y de nosotros mismos. No podemos empeñarnos en lanzarnos de cabeza a la tormenta y
de la misma manera no podemos bajar los brazos en media tormenta y dejarnos
hundir sólo porque “no estábamos preparados”. Aún cuando pensemos que todo está
perdido, el horizonte es una perspectiva que no hay que perder. Pero en
realidad el trayecto es un construir del día a día: la semana anterior pensamos
que una estrategia era buena, pero si al aplicarla no funcionó, tuvimos que
abandonarla. Al final, una vida es un trayecto, corto o largo, agradable o desagradable:
a veces llegamos a donde planificamos, a veces llegamos a América…
Es que
en realidad, todos vamos a morir, pero nos pasamos la vida actuando como inmortales, como si
pudiéramos posponer todo lo de hoy a mañana. Le decía a una amiga que
planificar, a mí, no me va muy bien. Yo siempre creí que me iba a morir a los
30 años. Eso hizo que acelerara mi vida de tal manera que publiqué un libro
antes de esa edad y planifiqué
tener un hijo también. ¿No dicen que para lograr una vida hay que plantar un
árbol, escribir un libro y tener un hijo? (el asunto de los árboles lo resolví
mucho antes, he plantado varios). Pues para mi sorpresa, no me he muerto aún y casi
llevo una década “de yapa” frente a mi expectativa de vida. Me parece genial. La vida que
planifiqué la concreté hasta los 30. En esta década “de excedente” he aprendido
a improvisar cada día; he entendido que mis horarios , mis comidas, mis
planificaciones pueden irse “al Cairo” por una enfermedad, una mala noche, un
programa escolar. He entendido que mi tiempo no me pertenece, que si no cuido a
las plantas o a los peces, se mueren, que por más que haga las cosas
perfectamente algo puede irse al mismísimo carajo porque yo no puedo
planificarlo todo, no puedo controlarlo todo. He entendido sobretodo que más
allá de las cosas cotidianas, del dinero, de las preocupaciones laborales, del
orgullo o egoísmo… están los vínculos con los seres humanos. Yo no creo en Dios. Creo que la vida
vale por lo que hacemos aquí y ahora. Creo que la vida se resume a preguntarnos
cada día: “qué he hecho hoy por alguien que haga la diferencia?”
Sólo si
podemos responder la pregunta, el trayecto vale la pena.
Es que
hay barcas en la que soy el
capitán. Hay otras en las que soy copiloto. Hay otras en las que, como simple
pasajero, sobrevivo a las decisiones que toma el chofer. Yo también voy a morir… mientras tanto,
vivo el día a día. Nunca estoy segura si mis decisiones son acertadas. Pero
vivo bajo el principio (no sé si es cristiano, o es simplemente un valor), que
si lo que hago no agrega algo valioso en la vida de alguien, simplemente no
debo hacerlo.
De
todas formas, todos vamos a morir. El lío no está ahí… el lío está en lo que
hacemos con nuestras vidas.
Y qué estamos haciendo?? Sentados a esperar la esperar la muerte.. Realmente que hacemos con nuestras vidas?? Con nuestro diario vivir?? Estamos tan asustados por el futuro que ni el presente lo vivimos
ResponderEliminarEstefy linda hé ahí todo el lío: si no hay sentido en el presnte, el pasado al evocarlo nos dará una impresiónde vacío... Muchas veces nos perdemos el prsente pensando en un futuro que nos asusta. Vivir con miedo, no tiene sentido
EliminarGracias tu reflexion Mary France, muy prounda e impactante es éste momento del año. Al rito de la muerte hace rato le despojamos de humanidad, preguntarnos el sentido de la vida nos permitirá estar alertas al día a dia.
ResponderEliminarSandri muchas gracias por tu comentario! La muerte solo es el corolario de la vida... Sería todo más encillo si lo mantuviéramos en mente ;-)
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