domingo, 8 de febrero de 2015

La década de las faldas

La Maga pronto cumplirá 40 años. Implacable, se mira al espejo para poder rastrear los estragos que el tiempo ha hecho en ella: obviamente, conoce cada una de sus arrugas e imperfecciones de memoria. Sabe exactamente donde están alojados los excesos de comida y bebida de los últimos años, las manchas de los bronceados sin crema solar, las estrías de los engordes y enflaquecimientos, la celulitis, los colgajos de piel... Con mirada crítica recorre hasta la punta de sus pies y suspira por otras épocas en las cuales el ideal femenino era la mujer rebosante de llantitas y en las que la moda permitía esconderlo todo porque mostrar demasiada piel era algo indecente. Y eso que no está tan mal a lo que parece, ya que alguno de sus pretendientes de la adolescencia le dijo hace poco que estaba “bien conservada”, lo cual en ese momento no le impactó pero ahora, con los cuarenta en perspectiva,  le suena como el comentario que haría alguien en un museo al ver a una momia disecada.

Sabe muy bien que el tiempo no puede ser revertido y que esto es un proceso natural, pero eso no le ha impedido sentirse terriblemente mal al mirarse al espejo desde hace ya varios años; cada día le ha costado más amar esa imagen de sí que se aleja irremediablemente de lo que se considera atractivo.

El fatídico día del cambio de dígitos acaba por llegar. Contra toda expectativa, en lugar de quedarse tendida y moreliar, se levanta temprano con un ánimo renovado, una fuerza que no sentía hace tiempo: algo ha cambiado.

Es que desde hace algunos días ha venido manteniendo una conversación recurrente sobre el envejecer con un amigo muy especial; ha hablado de ello en terapia, meditado sobre el mismo tema en el yoga. Se ha desvelado, enojado, llorado… y por fin ha tomado una decisión al respecto: ha  resuelto por lo menos intentar verse con otros ojos, dejar de ser tan dura con ella  misma y darse una  segunda oportunidad. Está dispuesta a adornar ese cuerpo que no le gusta desde su adolescencia y a amarlo tal como es. A ponerse falda y mostrar esas piernas que odia desde los doce.  Esas piernas que ve demasiado gordas son las mismas que le permiten ciclear los domingos y tener ese sentimiento de libertad que le viene cuando el viento le azota la cara y su ruido oculta el tinnitus que le acompaña desde su nacimiento. Esos brazos demasiado redondos son en realidad tiernos y fuertes: con ellos ha reconfortado en el abrazo y cargado las compras sin que desfallezcan los cuatro pisos para arriba…



Con este tipo de pensamientos en mente se prepara para afrontar la nueva década: toma una ducha y una vez desayunada, sale a la calle y avienta un taxi. Las siguientes horas las pasará recorriendo animada las tiendas del barrio chino local, acalorada por el sol y el trajín, los brazos cargados de fundas y en su corazón una como llamita que empieza a iluminar su alma. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario