A veces somos tan tontos para postergar
lo esencial ante lo efímero: yo que me precio de estar atenta al paso del
tiempo, dejé que pasara por encima de algo tan importante como la
relación con mi abuelo.
¿Será que me acostumbré tanto a que, desde los seis años, él me diera “mijita: ésta es seguramente la última vez que nos vemos”?. ¿Será que me hice a la idea de que él era como esos árboles milenarios: inquebrantables ante todo lo que se les presenta?
¿Qué será? ¿O estos sólo serán pretextos
para aliviar mi culpabilidad ante el hecho de no haber ido a visitarle estos
cuatro últimos años?
Tengo
un millón de excusas: en este
tiempo me divorcié y he intentado “más
mal que bien” rehacer mi vida; además, este período ha coincidido con el
más exigente a nivel profesional, así como se han cruzado un millón de cosas
que no me han permitido viajar a verlo. Hace unos meses, sin embargo, pasé por su
ciudad en un viaje por motivos no muy importantes (ahora me doy cuenta) y seguí
de largo hasta donde tenía que llegar,
convencida que hacía lo correcto y que regresaría pronto para verlo…
No puedo escribir todo lo que siento en
este momento sobre mi abuelo: las líneas no me van a avanzar.
Solo
quiero contarles lo que sentí al llegar 24 horas después de su muerte y verlo reducido
a una cajita de cenizas. Lo terrible que es saber que realmente es demasiado
tarde: que no hay rostro que mirar, ni mano que estrujar, nada… Lo extraño que
es tener una memoria que se reactiva y que hace que se lo vea en cualquier lugar,
allá, en su tierra: hablando de plantas y arrancando las flores de la
enredadera del jazmín, esas mismas que están el hotel y que conocí cuando trepaban
por la tapia en la que mis tíos _entre broma y broma_ pintaron dos siluetas
enormes como sombras que nunca
llegué a fotografiar.
Mi
abuelo tenía la mano verde: sabía arrancar a la tierra lo que podía y aún más…
Con él aprendí qué era un injerto y cómo matar a los pulgones de las plantas
con agua mezclada con las hojas de tabaco molidas de un simple cigarrillo. Él
no era un hombre fácil: era testarudo, mal genio, semi-ateo e inflexible. Sé
que muchas personas creen que heredé mi “mirada de rayo láser” de mis
ascendentes europeos pero se equivocan: pasa de generación en generación desde
este abuelo, que nunca gritó pero cuyo enojo siempre se transparentó en su
mirada fija y severa. De mi abuelo me viene la testarudez, el salir corriendo sin dar explicaciones de una situación si me disgusta algo y el trabajar duro -en lo que sea, como decía él- sin tener temor a ningún oficio mientras fuera honrado.
Hoy
quiero recordar a mi abuelo no como me cuentan mis tíos y mi mamá que era estos
últimos tiempos, un anciano de 93 años, sino así como se me viene a la memoria: con el tabaco en la
mano aunque el médico se lo prohibió hace por lo menos un lustro, fumando hace no
tanto en mi auto nuevo en el que todo ente tenía prohibido fumar, mal humorado, resentido porque fingía
habernos visto en algún lugar y que no lo habíamos saludado o porque timbró y
no le abrimos la puerta, poniéndose
el sombrero para ir a dar la vuelta al parque central de Azogues con unos amigos, en
pijama dejando que nos metamos en la cama mis hermanos y yo en esas mañanas heladas después el rosario
radial de mi abuela, para contarnos historias, sus historias: las de su padre,
las de mi mamá, las de su infancia; y luego mandarnos a bañar de un tono seco porque éramos unos “cuchi sucos”, mientras él
se vestía para ir a trabajar, incansablemente, en lo que fuera …
Creo
que la muerte de mi abuelo me deja una última lección: una lección que tiene que ver con el
peso – y el tiempo- que asignamos a las cosas. Hay cosas que son muy muy “pesadas” en nuestra vida:
difíciles, duras, complicadas. A esas tendemos a asignarles mucha energía vital, mucho tiempo, tratando de mejorarlas, rectificarlas, enderezarlas… Hay
otras en cambio que son ligeras, fáciles, tan livianas que se tornan etéreas… A
ellas – por ser tan simples, tan presentes y gratificantes- las damos por sentando y les otorgamos menos
tiempo, les asignamos menos recursos y las posponemos para “mejores momentos”…
Mi
abuelo era para mí una de estas últimas: siempre pensé que él me esperaría hasta
cuando yo dejara lo demás a un lado y fuera a verlo para estar con él una vez más.
Y se
murió. Simplemente.
Hoy le
agradezco, así me duela, porque me ha enseñado que el orden de prioridades es
diferente.
Hoy
entiendo que no todo lo que nos consume el esfuerzo vale la pena y no todo lo
que nos hace felices es evidente a primera vista.
Gracias
abuelo.
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