“Ayer la Ministra de Salud anunció que las personas de 60
años en adelante, si ya tenían cinco meses de haber recibido la segunda dosis
de la vacuna contra el COVID, podían acudir a ponerse la dosis de refuerzo.
Contenta con esa noticia, yo, que ya tengo 62 años, fui hoy al vacunatorio. La
fila estaba corta, el tiempo de espera era mínimo. Me hicieron pasar en un
grupo de 10 personas, entre las que había personas de diferentes edades y
niños. Una vez dentro del recinto, nos dividían, como es lo lógico. Los niños
iban a una sala con sus padres, las personas adultas jóvenes a otra sala, y
pues, a las personas entre 60 y 70 años nos ubicaron en otro espacio. Observé a
mis compañeros de grupo. Había personas con cabello entre gris y blanco, de
andar cansado, algunas con sobrepeso, otras que lucían con alguna enfermedad
terminal o degenerativa. Y ahí estaba yo, preguntándome en qué momento pasó la
vida, cómo había yo llegado a formar parte de ese grupo... De una en una
pasaban las personas a vacunarse. Una amable señorita en una computadora preguntaba
¿Cuántos añitos tiene? con la misma ternura con que se le habla a un niño.
Las personas respondían: 61, 63, 68..., con lentitud,
sacaban sus documentos, los entregaban... Con la misma lentitud, se sentaban,
levantaban las mangas de su camisa y dejaban al descubierto sus brazos para
recibir la vacuna. Luego, se ponían de pie con cierta dificultad y abandonaban
a paso lento el lugar... Algunas se apoyaban en un bastón o en el brazo de
algún acompañante para caminar.
Ese es mi grupo etario. Ese es el sector al que
pertenezco. No dejo de sorprenderme.
Pensé entonces en mis compañeras de escuela, en mis
compañeras de colegio. Casi todas son abuelas; muchas de ellas tienen “malestares
propios de la edad”, condiciones como colesterol alto, sobrepeso,
hipotiroidismo, problemas con la presión arterial, el corazón... Algunas se han
ido de este mundo, otras han perdido a sus parejas...
La vida pasa irremediablemente, se nos va lentamente de
las manos sin que apenas nos demos cuenta.
Hoy estoy más clara que nunca que camino contra el tiempo,
tratando de hacer las cosas que me hacen feliz y que me corresponden. Aun me
siento fuerte, vigorosa, creativa y debo aprovecharlo porque el tiempo no se
detiene. Asimilarlo no es fácil, pero es real.
Me siento agradecida con la vida por todos los regalos que
me ha dado: mi esposo, mis hijos, mis amigas y colegas, personas con las que
siempre olvido el paso del tiempo pero a través de las cuales he aprendido
lecciones profundas.”
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