Es casi mediodía y hace un calor insoportable en el parque. Cansada de dar vueltas, me dejo tentar por un tronco que hace las veces de banco. En un extremo están ya sentadas dos mujeres, la una de unos treinta años, la otra de unos 60 por lo menos. Decido que deben ser madre e hija. Mi intención es descansar un rato y seguir caminando, pero poco a poco me dejo atrapar por la conversación de esa pareja. La “madre” cuenta con muchos detalles a la “hija” la historia de una prima lejana que se casó con un señor mayor a ella pero muy guapo, educado, de hecho, con un currículum envidiable: médico prestigioso, ha sido invitado a dar charlas en muchas universidades de otros países, y por último ha conseguido un puesto en un hospital de renombre en París. Le pinta la vida de la prima de una manera idílica y en una exhalación concluye: “tu prima hizo un excelente negocio casándose con el médico”. La hija, que hasta entonces seguía interesada el relato, sin intervenir mucho, parece despertarse y exclama indignada “ay mamá, qué comentario tan machista! si talvez el que hizo buen negocio fue él, casándose con ella!”. La mamá frunce el ceño, y enfurruñadas ambas se levantan y se van.
Recuerdo a una de mis parejas que solía hablar de nuestra relación
también en términos financieros. Solía decirme cosas como “he invertido en esta
relación” “tú me aportas mucho”. Como si la relación se cifrara en ganancias y
pérdidas, y mientras el balance fuera bueno entonces se podía mantener la inversión.
Huelga decirles que seguramente en algún punto el negocio ya no le pareció
bueno, y hasta ahí llegó el amor.
El otro día, en un momento de total aburrimiento, me
inscribí en Facebook Parejas. Por pura curiosidad, para saber cómo es conocer
personas en el mundo virtual. Apenas terminé de realizar mi perfil, Facebook me
mandó un desfile de fotos de hombres para escoger. Me sentí como cuando las
señoras de Avon me venían a dejar las revistas en la oficina para comprar
maquillaje. Una sensación incómoda tratándose de seres humanos. Medio asustada
de participar en este consumismo humano, busqué desesperadamente cómo salirme. ¿Han
notado lo fácil que es inscribirse en cualquier vaina en internet pero lo
difícil que es cerrar esas cuentas? Pues me tomó 15 minutos encontrar cómo
hacerlo. En ese tiempo recibí 7 solicitudes de contacto. Todas en términos más
o menos similares: “hola bella, quiero conocerte” “hola guapa, me gustas”. Te
toma menos de 15 segundos juzgar a alguien por una foto; otros 15 para decidir
que te gusta y mandarle un mensaje. Increíble como en 30 segundos estás
dispuesto a salir con una extraña que te parece bonita y de la cual no conoces
nada. Bienvenidos a las app de citas.
Pero no nos confundamos: la superficialidad no es exclusiva
del mundo virtual. También recuerdo una pareja que tuve hace algún tiempo y que
era incapaz de decirme “te amo” cuando hacíamos el amor. No se cansaba de repetirme
sin embargo cuánto le gustaba o cuánto me deseaba. Por más que estuve con él
varios años creo que nunca logramos intimar de verdad. Al él le gustaba la de
la foto del catálogo, por así decir, y cuando ya dejé de parecerme a esa imagen,
pues, obvio, ya no le gusté. Me deslizó a la izquierda en el mundo real.
Y así, resulta que para algunos el amor es un negocio, y
para otros una degustación. Solo para que pongan esta información en el otro lado de la balanza este
San Valentín.
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