jueves, 7 de septiembre de 2023

Historias de mudanza

La desesperación. Son las 7 de la noche del sábado, el camión viene a recoger las cosas a las 8 del domingo y no tengo nada empacado. Peor aún. He tomado tantas malas decisiones en este fin de semana que no hay nadie para ayudarme. Comienzo a armar las cajas y a poner frenéticamente las cosas adentro. Tengo cantidades de libros, tantas cosas acumuladas. Quería donar antes de cambiarme, pero la mudanza se me vino encima con demasiada rapidez. Necesito más tiempo, más cajas, más manos que me ayuden. Las lágrimas se me vienen a los ojos, pero no hay tiempo para eso tampoco. Como un robot, empaco y empaco.

La furia. Algunas horas han pasado y aunque el trabajo avanza, no pareciera que va disminuyendo. Faltan los cuadros, los utensilios de cocina, los adornos de la sala, ¡ni hablar de todo lo que queda en los cuartos arriba! Me estoy comiendo mis horas de sueño mientras trato de no pensar en la mudanza anterior que también hice sola, y en donde me juré no volver a hacerlo así. Estoy furiosa conmigo misma porque aparentemente no aprendo nada.

La tristeza. Estoy ya en la otra casa, entre cajas y más cajas. Ordeno y ordeno, no paro de ordenar, pero el caos le gana al orden, pareciera que los objetos se multiplicaran adrede para hacerme sentir que esto no va a terminar nunca. Mis gatos están traumados, no salen de debajo del edredón desde hace dos días, no comen, no beben agua. A ratos, quisiera ser como ellos y esconderme. Esta casa no es mi casa. Los libros, los adornos, los cuadros, todo está en la bodega. Talvez debería de irme a vivir allá. Me encierro en el baño a llorar un rato, solo 5 minutos, no hay espacio para esto tampoco acá.

Las dudas. Esta mudanza es una especie de apuesta a la vida. Apostemos que es bueno salir de la zona de confort e intentar algo nuevo. Apostemos que no es tan malo irse al valle como siempre lo he pensado. Apostemos que puedo vivir en pareja y que es mejor que estar sola. Apostemos que los gatos y los perros pueden llevarse bien y no van a haber accidentes. Apostemos que se puede lograr un equilibrio y tener algo que no sea solo mío, o suyo, sino “nuestro”. Apostemos.

La esperanza. Estoy terminando mi jornada laboral en la universidad. Prendo la Waze para que me diga cuál es el mejor trayecto para llegar a mi nueva casa. El regreso extrañamente siempre es menos largo que la partida. Debe ser una señal del universo. Aunque todos estos días he flirteado con la idea de irme a un hotel que acepte mascotas, hoy tengo ganas de regresar allá. El desorden no se acaba, siguen llegando los objetos rezagados, pero no me importa. Hay algo que me calienta el corazón: es el pensamiento de que ahora siempre le voy a ver a él ahí.

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